Carlos Almira Picazo. Nació en Castellón,
España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad
de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a
escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde
mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en
papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco
(editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre
la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid
2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un
país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº
22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de
cuentos, que viene publicando en revistas de América y Europa,
de temática diversa, abarcando la Ciencia Ficción, el Género
Fantástico, el cuento de Amor, humorístico, etc.

Marco Personae entró, como todos los días, en el cibercafé Els Gats.
Como siempre, era de los primeros. Dejó su mochila ociosa en la
entrada y se instaló ante el monitor.
Conviene hacerse una idea de Marcus Personae: robusto, arrosquillado,
de cara redonda y mofletuda; mirada indolente, pero perspicaz; viste
con descuido, como los estudiantes que viven solos pero que han sido
largamente malcriados; los zapatos fuertes, deslustrados, torcidos
hacia fuera por la forma de andar; y, lo más importante de todo, sin
oficio ni beneficio desde que, hace años, empezara la carrera de
Medicina. Nadie sabía a ciencia cierta, ni siquiera él mismo, por
qué curso iba.
Al principio, había sido un buen estudiante. Corrían los ochenta y
el ambiente, desde luego, era muy distinto al presente: Marcus
Personae se había quedado enganchado a aquella época, no porque
fuese propenso a la nostalgia o la poesía, sino por pura y perezosa
autocomplacencia. Sus primeros compañeros de promoción hacía siglos
que realizaban operaciones, dirigían hospitales o, los menos
afortunados y ambiciosos, pasaban consulta como médicos de familia.
No fue el amor, ni las drogas, ni la bebida, ni la fantasía lo que
descarriló la carrera fulgurante de Marcus Personae, sino la RED.
De modo que, en este punto, se acercaba otra vez la primavera y los
exámenes de junio sin que hubiese abierto un libro, ni siquiera la
Anatomía de primero. De entre la maraña de asignaturas pendientes,
sólo de vez en cuando hojeaba, mojando un bizcocho en el café
cibernético, o apurando un cigarrillo gorroneado, el grueso tomo de
Ginecología y Obstestricia, pues le maravillaba el principio de la
vida.
Cada año por esa época, Marcus Personae redactaba una larga carta a
sus padres en idénticos términos, en la que, tras declararles sus
sentimientos y sus buenas intenciones, y mencionar de pasada sus
últimos avances en los exámenes que indicaba, quizás, que su suerte
empezaba al fin a cambiar, les pedía dinero para el verano. El
verano era, desde época inmemorial, un problema para Marcus Personae:
en él se le planteaba el dilema de abandonar la Residencia
Universitaria, donde aún era admitido de milagro, para visitar a sus
padres allá en su pueblo, en la sierra de Jaén, a los que no veía
desde hacía años; o bien, y siempre optaba por esto último, aguantar
en Granada, donde además de cibercafés y bibliotecas, en las que
podías conectarte gratuitamente a la RED, había incluso en agosto,
cierto ambiente nocturno. Marcus Personae, sin ser un adonis, era lo
suficientemente divertido como para conquistar, de vez en cuando, a
alguna compañera o a alguna extranjera.
Sus padres ya eran viejos, por no decir que estaban acabados. Hacía
años que habían traspasado la carnicería, la mejor del pueblo, la
única que mataba reses de lidia, y vivían con lo justo. Cada año el
padre se hacía el propósito de rechazar sus peticiones de dinero,
pero al final siempre cedía. Para ahorrarse la vergüenza y la
maledicencia de la gente, lo habían mandado imaginariamente a las
Misiones al Brasil, como Médico de la UNESCO. Así que tampoco les
interesaba que de pronto apareciera por el pueblo, ocioso y bocazas,
sin el título de Medicina del que, en otro tiempo, tanto habían
presumido, hasta abusar. ¿Pero puede el hijo de un carnicero puede
llegar a Médico?
Así que, puntualmente todos los años el primero de junio, le
mandaban el dinero.
En cierta ocasión, tiempo atrás, alguien hizo correr el rumor de que
había visto al chico en un extraño bar, rodeado de ordenadores.
Luego el interesado dudó, tal vez se había equivocado de persona, lo
había confundido con otro. Ellos mismos, sus padres, no habían
recibido aún ninguna fotografía suya del Brasil, pese a sus
peticiones reiteradas. ¡América no está a la vuelta de la esquina!
Tal era el personaje que aquella mañana, apenas abierto, entró al
cibercafé Els Gats, ubicado al fondo de una callejuela. Nada más
sentarse lo invadió la consabida satisfacción. Esperó a que la
pantalla parpadeara, se volviese negra y de nuevo, azul, y
finalmente aparecieran los iconos. Entonces presionó el ratón, se
ubicó en el servidor que buscaba, se arrellanó en la silla
giratoria, y quedó un momento perplejo.
Innumeras posibilidades se abrían ante él: la RED es el mundo encima
de la mesa, había escrito alguien. ¡Y qué razón tenía! Sólo esa
semana había visitado virtualmente cuatro Museos del mundo, el
Louvre, el Ermitage, el Metropolitano de Nueva York, y el Guguenheim
de Bilbao; había jugado al ajedrez con un niño prodigio de cinco
años, un pequeño Capablanca, hasta que lo sobresaltó el estrépito de
la persiana al cerrarse (como viejo cliente tenía sus privilegios);
había chateado con una mulata brasileña llamada Estrella do Campos,
¡Estrella de mi Cielo!, a la que estuvo en un tris de proponerle el
matrimonio; había escrito, improvisando con sentimiento y rara
pericia, un largo poema a una manzana, para un foro, recibiendo
encendidos elogios e incluso una propuesta de publicación; un
australiano le había propuesto un intercambio de pareja que él
hubiera aceptado sin dudar, de tener pareja; había visitado con
regocijo ciertas páginas que, en la profundidad de la noche, en la
residencia dormida y solitaria, lo sobresaltaban manteniéndolo
despierto, fumando en medio de sus ensueños, hasta que despuntaba el
día; había recorrido un castrum romano, con todas sus máquinas de
guerra; y ¿quién iba a decir que un samurai del Japón feudal llevaba
una armadura con más de cien piececillas trabadas con cuero de
carnero y alambre?
En suma, Marcus Personae permaneció como siempre, un buen rato
abismado ante su monitor, sin decidirse por nada, saboreando aquella
especie de vértigo, tal vez lo mejor de todo.
¡El mundo, el Universo entero, el espacio hasta más allá de las
estrellas, el Tiempo que abarcaba toda la Historia Humana Universal,
real o imaginaria, se abrían ante él, a sus pies! Tras ese intervalo
que podía oscilar entre uno y cuatro o cinco minutos, durante los
cuales todo lo que le rodeaba desaparecía por completo, cobrando
después, paulatinamente de nuevo realidad, borrosa, Marcus
naturalmente, se sumergía en primer lugar en sus numerosas cuentas
de correo gratuitas, donde a veces encontraba mensajes inesperados,
felices, curiosos, o chocantes; más a menudo, anuncios spam, que le
ofrecían con sospechosa insistencia la mejor viagra del mercado, o
una rápida y sencilla operación de alargamiento de pene en una
clínica especializada de Sudáfrica, o loros amerindios capaces de
hablar en cuatro idiomas. Marcus jamás borraba un correo basura sin
antes leerlo y releerlo diez o doce veces, a menudo en inglés,
idioma que él desconocía por completo; y, cuando como ocurría a
menudo, incluían imagen o sonido, no dudaba en abrirlos todos, para
desesperación del encargado del local: en efecto, un cartel de medio
metro de largo por un metro de ancho, prohibía tajantemente bajar
archivos, para evitar los virus y los ataques de los hackers. Pero,
¿cómo culparle a él de no haber reparado en semejante prohibición
cuando todo su mundo y todos sus sentidos se hallaban absorbidos por
la RED y sólo por ella? Así, cuando algún virus le bloqueaba de
repente su ordenador dejándole la pantalla en blanco, lo que es de
presumir que le ocurría a menudo, Marcus Personae silbaba, miraba
con el rabillo del ojo a derecha e izquierda, colorado, y,
rápidamente, aunque con cautela, se cambiaba al monitor vecino.
Gracias a la RED había aprendido innumerables cosas que en la era de
la Imprenta, en la que aún estaban enfangadas por ejemplo las
Facultades de Medicina, jamás hubiese sospechado que pudiesen
aprenderse. No obstante, a la fecha de esta historia aún no había
logrado acabar ninguno de los cursos gratuitos que había empezado
(entre ellos uno de Chino Mandarín y otro de Religiones y Filosofía
del Oriente). En cambio, había rellenado ya varios cuadernos de
bolsillo, de apretadas notas, con su letra minúscula y nerviosa, de
toda clase de informaciones, y acariciaba el proyecto no
descabellado de confeccionar algún día una nueva Enciclopedia,
siguiendo la estela de Diderot y Dalembert.
No es de extrañar que, en cuanto lo veía aparecer por la puerta,
nada más abrir la persiana tapizada de grafitos obscenos, el
encargado de Els Gats mudase de expresión, el rostro se le
ensombreciese, aquejado por un repentino y extraño tic nervioso; y
los dedos de las manos se le engarabitasen, endureciéndosele en el
empeño vano de cerrar el puño con el que, de buena gana, le hubiese
partido los morros.
Pero Marcus Personae, deslumbrado como el novillo cuando sale de
chiqueros, no veía ante sí más que las hileras aún desiertas y
apagadas de los monitores. Elegía uno, el más apartado, por si se le
ocurría abrir páginas guarras, y sin reparar en nada más, se
aposentaba a la espera de que le diesen línea.
Con tantas cosas en la cabeza y en el corazón, era lógico y normal
que no abriera jamás un libro, y que la mochila que los contenía
intactos desde principio de curso, permaneciese por siempre jamás
ociosa a sus pies, junto al taburete. Después de todo, la época del
libro impreso había pasado, ya estaba periclitada, ya era tan
historia como la Revolución Francesa o la Guerra de los Cien Años.
A veces, cada vez menos, recordaba sus comienzos, como él los
llamaba. En los años ochenta, cuando obtuvo el Bachiller con notas
brillantes, fue de los pocos de su promoción que pudo entrar en
Medicina, donde pedían una nota astronómica. Su madre lloraba y su
padre, el carnicero, reventaba de satisfacción. Entonces era tan
responsable y estudioso, estaba tan centrado en lo que quería y tan
dispuesto a sacrificarlo todo, talento y juventud, que nadie hubiera
podido imaginar lo que después pasó. ¿Pero qué pasó?
Llegado aquí, Marcus Personae se abismaba en sus recuerdos. No había
una razón, un accidente, una persona, nada concreto en suma, que
explicase aquel giro brusco e inesperado de su vida. En realidad,
reflexionaba, había ido cambiando poco a poco: para empezar, su
aspecto físico, su robustez emergió de un cuerpo flaco, que se había
quedado como detenido, varado en la primera adolescencia; al igual
que la barba que poblaba ahora por temporadas sus mejillas, hirsuta
y ensortijada, había borrado los restos del acné; luego, al
principio, el cansancio lo llevaba a pasear al caer la tarde; apenas
tenía amigos, así que entraba solo en las librerías y los cafés;
empezó a aficionarse a los libros de viajes y luego, golpeado por el
amor, a los poemas de un tal Holderlin; cada vez regresaba un poco
más tarde a la Residencia; en las cervecerías que ahora frecuentaba
con asiduidad, se le unían grupos de estudiantes, conocidos
ocasionales, como jirones de cometas a la deriva. En un mes se
enamoró tres veces de la misma chica. Y de pronto dejó de concurrir
a los exámenes y las clases, descubrió que el mundo podía pasarse
perfectamente con un médico menos, pero que él no podía pasarse sin
el mundo, convertido de pronto en una terra incógnita, golpeado por
emociones intensas e insospechadas. Tal vez había extraviado su
vocación. ¿Quién era Marcus Personae?
Fue, pues, mucho antes de que la RED irrumpiese en la vida
cotidiana. El dinero que antes le sobraba, empezó a faltarle cada
vez más y cada vez antes. Cuando la mala conciencia lo obligaba a
mirarse a sí mismo, se encogía de hombros: mañana, a partir de
mañana vuelvo a hincar los codos. Y se sentaba a escribir a sus
padres.
Los compañeros se sucedían, brotaban y caían como las hojas, pero él
permanecía año tras año en la misma banca, en la misma habitación de
estudiante, donde apenas paraba para dormir, y donde los estantes,
otrora llenos de libros y apuntes, le servían ahora para colocar la
ropa y los zapatos. ¡Marcus, quién eres y que has hecho con tu vida?
Algo, no obstante, le reconfortaba en su fuero interno: ¿no consiste
después de todo la sabiduría en la búsqueda inagotable de uno mismo?
Mucho antes de que la RED fuese siquiera un sueño, Marcus Personae
empezó a rellenar decenas de cuartillas con sus observaciones.
Apenas necesitaba las Bibliotecas. Cualquier calle, cualquier
terraza, era un puesto de observación vertiginoso:
“imagina que todos los seres evolucionaran hacia el pez”, anotaba; o
bien: “¿qué pasará si esa muchacha en vez de girar hacia la
izquierda gira hacia la derecha y toma aquella calle?”; o “¿por qué
las nubes y las manchas de humedad de las paredes tienden a
parecerse a caras o a flores?”.
En cuanto al amor, sus experiencias fueron insatisfactorias pero
diversas. Ninguna mujer iba a redimirle ya. Comparado con el
esqueleto taciturno, granujiento y austero del Marcus del primer año
de Facultad, aquel mozarrón abúlico, ensoñado y ocioso, era un
encanto pero un encanto perdido. A la larga, uno está abocado a
estar solo y a perderse. Con todo, las compañeras cada vez más
jóvenes e intransigentes, empezaron a encontrarlo grosero, sucio,
extravagante, e impresentable; bueno en todo caso para pasar el rato
y tener después de qué hablar. “¿Sabéis la última de Marcus?”. Pobre
chiflado: no podían compararlo con aquel empollón de primero, cuando
muchas de ellas estaban aún en el Jardín de Infancia; así, Marcus se
convirtió en una especie de Deus ex Machina de las veladas de los de
primer curso, idénticas año tras año, y distintas, como si el mundo
se fuese endureciendo poco a poco; y luego, si te vi no me acuerdo
(lo que, dicho sea de paso, le venía de perlas como a todo ser
libre, Marcus lobo solitario). Sabía un montón de cosas, una porción
de rarezas inútiles y trascendentes, y cuando estaba en vena daba
gusto oírle. Era un bulto magnífico junto al que emborracharse y
regresar dando traspiés de madrugada.
Fue en una de esas reuniones, ya en los noventa, cuando a alguien se
le ocurrió meterlo en un sótano llamado Els Gats, uno de los
primeros cibercafés de Granada.
Volvamos al momento presente. El estudiante Marcus se acababa de
sentar ante el monitor más apartado, equidistante de la cabina del
encargado y de la puerta, separada de la callejuela por unos
escalones, cuando una exclamación hizo vibrar las vitrinas y escapó
a la calle silenciosa aún. Al abrir uno de sus correos, Marcus había
leído el siguiente email:
“Señor Marcus: como le indicamos en nuestra última nota, se le ha
hecho el ingreso en la cuenta que tan amablemente nos facilitó. Le
rogamos que lo compruebe. Seguramente tenga que esperar unos días
para hacerlo efectivo, pero podrá ver un extracto bancario. En
cualquier caso, si se produjera alguna dificultad en el cobro, le
rogamos que nos lo haga saber a la mayor brevedad. Le reiteramos una
vez más nuestra gratitud por su colaboración, y quedamos a la espera
de sus noticias. Un saludo cordial desde Ciudad de El Cabo: P.S.
Coock, 12 de octubre 1998”
Al pie del email venía la cantidad de la transferencia: 1.000.000 de
euros.
Era una broma pesada, desde luego, pero él no podía quejarse, pues
les había seguido el juego hasta el momento. Sin embargo, ahora se
arrepentía de haberlo hecho. En el mejor de los casos, era algo
absurdo, y estúpido. Lo mejor era borrar el email y olvidarlo cuanto
antes. Con todo, ¿qué perdía comprobando su cuenta bancaria? La
curiosidad le picó de pronto, inesperadamente. Lerdos y maníacos
pululaban en la red cada minuto: locos, mesías, terroristas,
pederastas y toda clase de salidos, pero nunca hubiera imaginado que
nadie fuera capaz de idear una broma semejante, tan absurda. Con
todo, la curiosidad le había picado. Ya estaba dispuesto a borrar y
a olvidar el mensaje, como se olvida el pelotazo de un niño en la
calle, cuando para su propia sorpresa se levantó de un salto, se
embutió el abrigo, recogió su mochila y corrió a la puerta. El
encargado apenas tuvo tiempo de verlo.
En dos zancadas estaba en la plaza. Poco después, entraba en el
Banco.
Aunque era temprano, había ya mucha gente, pues era horario de cobro
de recibos. Lo peor no era esperar en la cola, aún más lenta con una
de las ventanillas cerradas (por el turno del desayuno, pensó), sino
que se le plantearía cuando le llegara su turno y tuviera que pedir
el comprobante de un ingreso de un millón de euros. Claro que no
tenía por qué mencionar la cantidad, pero por mucho que bajara la
voz, aunque susurrara tras el grueso cristal del cajero, éste no
dejaría de advertirla y lo miraría de tal forma que todo el mundo se
daría cuenta de que algo pasaba. Se le ocurrió utilizar el cajero
automático pero ya estaba en la cola, y aquella sucursal no tenía.
Supongamos que un loco me ha ingresado ese dinero: ¿qué culpa tengo
yo? Sólo he dado mi número de cuenta, pensó con deliciosa
incongruencia. Y entretanto, le llegó su turno, más rápido de lo que
pensaba.
La cajera introdujo mecánicamente sus datos en el ordenador. ¿Habría
oído la cantidad? Recogió el papel escupido de inmediato por la
impresora, y sin dignarse mirarlo, con gesto aburrido, se lo
extendió bajo el cristal.
Marcus Personae se separó un poco para leer en soledad aquellos
números. Normalmente, su cuenta, ya próximo el verano, debía estar
bajo cero. No obstante, al final de la segunda hoja, tras una
intrincada columna de cifras que menguaban, cada vez más magras,
leyó el saldo increíble: 1.000.653 euros. A la izquierda se
especificaba con escueta vaguedad el concepto: ingreso por
transferencia.
¡Era pues, cierto! El señor Cook, cafetero en África Oriental
asesinado por sus socios, por el hallazgo de una mina de oro (¿o
eran diamantes?), le había confiado aquella fortuna para que la
administrase para sus hijos, aún menores de edad, fuera del alcance
de sus socios y del gobierno de Sudáfrica. ¡Era pues, cierto!
En la puerta tropezó con un hombre corpulento, con aspecto de indio
americano vestido de sport. No lo vio. Tampoco vio al segundo que en
ese momento bajaba de un coche que esperaba sobre la acera, frente
al Banco. Junto al primer hombre que se había parado a sus espaldas,
como si incrédulo ante la extraordinaria noticia, tratara de
comprobarla leyendo por encima de su hombro, apareció el segundo
individuo como brotado de la tierra, mucho más bajo y mejor vestido,
y se dirigió hacia ellos, casi parecía que iba a abrir los brazos
para felicitarlo, sonriendo. Entretanto, el conductor ya había
puesto el coche en marcha y arrojaba una colilla bien apurada a la
acera. Pese a estar avanzada la primavera, el aire aún era frío por
la mañana temprano. Una fina niebla flotaba sobre la calzada dándole
a la calle un aspecto irreal, acorde con sus ensueños y fantasías.