Daniel Aparici Chaves
(Tánger, Marruecos 1978).
Estudió Magisterio de francés y la Licenciatura de Periodismo,
en la Universidad de Málaga. Trabajó en dos periódicos
malagueños como redactor y fotógrafo. Ha colaborado con revistas
de deportes de tirada nacional e internacional. Ha publicado
poesía, relatos y novela, en distintas ediciones electrónicas.
Desde hace tres años ya, alterna el periodismo freelance con su
trabajo de profesor de francés. Tras dar clases en colegios de
Málaga, Canarias y París, actualmente trabaja en Sevilla,
también dando clases de francés en un colegio. Actividades que
compagina con sus estudios de Pedagogía y el Doctorado en
Eliminación de las Desigualdades Mediante la Educación, por la
UNED. También es director de videonews24.net, un proyecto de
periodismo ciudadano.

“tengokvrt oi. n aguant +”, retumbó el críptico mensaje en el móvil
de su novio. “Dime sitio y hora”, respondió Ana curiosa.
Allí estaba, clavada, sin saber qué hacer. Llegó media hora antes al
lugar de la cita, una pensión de mala muerte a las afueras de la
ciudad. No sabía quién era la supuesta amante de su novio,
únicamente su nombre: Casandra. A las tres y dos minutos apareció
una morena de pelo corto con una falda ceñida de escasos
centímetros. Casandra esperó 15 minutos y llamó de nuevo al móvil
del novio de Ana…
Ana llegó a su casa e intentó actuar con naturalidad.
-¿Me ocultas algo?- le preguntó al llegar a casa a su novio.
-Sí,
que eres el amor de mi vida.- le respondió Mariano, sin saber que le
había robado el móvil y que estaba al tanto de su aventura con
Casandra.
Vuelta al lugar de los hechos… Ana se aproxima a la amante de su
pareja e interroga a Casandra.
-¿Ha
quedado aquí contigo?-formuló retóricamente Ana.
-No
creo que venga.-se contestó ella misma, sin esperar a que Casandra
articulase palabra.
Insistió.
-¿Cuánto
hace que os veis?
-No
sé quién eres ni de qué me hablas. -Casandra la conocía de vista,
sabía que era la novia de Mariano. No dijo nada más, se fue sin más.
Al cruzar la calle la miró de reojo, sin preguntarse si había roto
una pareja. Ella estaba casada y sus preocupaciones pasaban por
mantener sus relaciones extramatrimoniales sin llamar la atención.
Ana era extrañamente intuitiva, excepto para su vida. En
cuanto miraba a los demás se percataba de sus miedos y deseos. Si
alguien quería ser otra persona con ella, no lo conseguía. Leía los
gestos de los demás con una clarividencia casi genial. Pero Ana, una
castaña de pelo largo y cuerpo atlético, se desconocía por completo.
Tres semanas antes de descubrir el mensaje, Ana leyó el futuro de
una chica en su mirada. Se preguntó si la mujer de la tienda en la
que había estado era feliz. Intuyó que su marido la hacía
desdichada. Seguramente le pegaba y hacía grasos esfuerzos por
esconder su inmensa pena. Imaginó cómo se habían conocido, ella,
seguramente, quería una pareja estable y se aferró al primer chico
que se le cruzó. Sus 26 años la llamaban a tener hijos y una vida
familiar, sin reflexionar en que tal vez era la llamada del destino
que marca a cada generación a lo largo de la historia. Tenía un
resplandeciente anillo de casada, pensó que hacía poco tiempo…
Casandra se sorprendió al ver en su tienda a Ana, sintió una
vergüenza abrumadora, tocaba su anillo de casada expiando su culpa
en un matrimonio sin vida. Su marido la ignoraba, dormían juntos, no
hacían sexo. Ella pensaba que su pareja debía poseerla todas las
noches, lo creía normal. Suponía que tendría sus motivos, aunque no
tuviese ni la más remota idea del porqué un hombrecito de 30 años la
olvidaba en un rincón de su lecho cada madrugada. Mitigaba su lívido
con relaciones temporales. Su última adquisición era Mariano, le
gustaba lo ardiente que era. La poseía con violencia, sin timidez,
sin los tapujos de un hombre que no sabe hablar de sus verdaderos.
Dos días después de su casual encuentro con Ana en la tienda, se
cortó su rubia melena hasta la cintura y se tiño el pelo de un color
más oscuro.
Ana había probado todo con Mariano. Aunque sus celos eran un
problema sin solución. No la dejaba mirar a nadie, hablar con
antiguos amigos o incluso enviar un mensaje de texto (con el móvil)
sin su supervisión. Hacía tiempo que le daba todo. Y para Ana, una
chica que se comprometía de verdad, era todo. En la cama hacían
realidad los deseos de su pareja, permitía que la tratase como una
basura, decidir la ropa que vestiría o los comentarios y palabras
impronunciables. Aunque todavía no consentía que le pegase cuando
hacían el amor.
Llegué a casa. Estaba tan tranquilo, me preguntó por su móvil.
Intercambié un par de frases con él y, al rato, le dije que estaba
bajo la cama. Aunque no pude aguantarme, le conté que había quedado
con su amante, me pegó, no me preguntó, al contrario que en la cama.
Tampoco me defendí, merecía el castigo, no era buena amante. Eso me
gritaba también cuando me golpeaba. Me quedé tirada en el suelo, sin
habla, dolida, humillada. A la media hora me levanté como pude y
pasé frente al espejo del pasillo. Un moratón asomaba en mi mejilla.
Llegué hasta el cuarto, se había vuelto a dejar el móvil. Sonó, abrí
el aparato y volví a ver un mensaje. “tu puta l sab”. Estrellé el
teléfono contra la pared.
-¡Escritor! ¡Explica ya cómo abandoné a Mariano!-me suplicó Ana.
-Lo siento Ana, aquí termina mi parte como narrador. Dejo mi relato
con un final abierto porque no quiero continuar esta historia, ahora
tampoco tienes que seguirla tú… Dame tu mano y corre.
