Elsa Levy.
Colima, México. Lic. en Psicología, Maestría es Creación
literaria; hoy cursa la maestría en Literaturas comparadas.
Premio Colima,”Longinos Banda”, 1992; Premio nacional de cuento
“Criaturas de la noche”, Coahuila,1999; Premio nacional de
cuento “Juegos florales de Lagos de Moreno” 2005. Publicaciones:
El vuelo de la iguana, 1991; Bajo la piel, 1ª
edición, 1993, 2ª 1997, 3ª 2005; Los cuentos de Tati,
1995; Pre-textos de inverecundia,1995; Otras sombras
de la luz, 1996; Tinta fresca ,1996; La
cabaña de el Moro,1998; De amores,2000;
El Misterio de la casa de citas en el barrio galante, y otros
cuentos, 2003. Antologadora de Erótica, 43
narradores en Jalisco,1998, y de Amatoria, el cuento
amoroso en Jalisco,2005. El porqué del
silencio, 2005; Trece cuentos indómitos, 2006. Ha
participado en numerosas antologías y publicaciones colectivas.

¿Qué vida es la
de aquel a quien falta el vino
?
Eclesiástico 31, 33.
Lontananza,
palabra que evoca lo lejano, la nostalgia, es el nombre de una
cantina, alrededor de la cual David Toscana (Monterrey, Nuevo León,
1961) teje una serie de relatos independientes pero con elementos
unificadores, como ciertos aires de novela y el espacio común de una
cantina. A esa cantina acuden a saciar la sed y compartir sus
nostalgias personajes diversos: desempleados, oficinistas, pequeños
comerciantes, poetas locales y muchos otros, todos marcados por la
frustración de sueños y esperanzas fallidas. La cantina, el
cantinero Odilón y el tema del fracaso y la esperanza fallida,
forman la “triple unidad” que va apareciendo en el desarrollo de
los textos y que logra su encadenamiento.
En mi búsqueda por Internet encontré que el restaurante bar
Lontananza se localiza en la zona del centro de la ciudad de
Monterrey, y deduzco que en tiempos pasados honraba su nombre porque
debía estar a las afueras, en lejanía, pero el Lontananza literario
de Toscana está ubicado en uno y, a la vez, en varios lugares del
norte del país.
¿Cuál es el origen de la palabra cantina? La Casa Pedro Domecq, en
su constante afán de impulsar los estudios y la cultura en México,
ha proyectado, en acuerdo con una Unión Gremial de Propietarios de
Cantinas, A. C., el estudio histórico sobre las cantinas en la
Ciudad de México. De ese estudio extraje la siguiente información:
La palabra "cantina" es un término que se usó en México desde el
siglo XIX con el significado que actualmente se le ha impuesto. A
esta le precedió la taberna, el tendejón y la vinatería,
establecimientos que tuvieron vida robusta en la época colonial
(1521-1821)
El terminó "cantina" deriva, según el Diccionario latino, de la
palabra cella que significa: despensa, gabinete o cuarto
pequeño donde se ordenan y se ubican los vinos. La palabra specus-us
nos conduce también a este concepto, pues significa: sótano,
despacho de bebidas, taberna y vinatería.
El cronista Salvador Novo afirma que el término aparece en 1847
cuando entraron a México los soldados norteamericanos invasores del
país. Estos demandaban los licores y las bebidas mezcladas a las que
estaban acostumbrados y esto fue lo que motivó la oferta de tales
bebidas en sitios que llevaron el nombre de cantinas. El mismo
Salvador Novo afirma que a la mitad del siglo XIX funcionaban
oficialmente en México once de estos establecimientos.
Otro cronista de la Ciudad de México, don Artemio del Valle Arizpe,
afirmó: "las cantinas o bares a la manera americana sobria y pulcra
no proceden en México sino de la era en que gobernaba el general
Porfirio Díaz. Antes de esos pacíficos años no eran conocidos tales
establecimientos para la bebida , sino que funcionaban las típicas
vinaterías y tradicionales pulquerías procedentes del viejo tiempo
de la Colonia. Se acepte una u otra idea, lo cierto es que el
término cantina aparece en México en el siglo XIX.
Todos los personajes que acuden al Lontananza son hombres: Amaro,
Hildebrando, Rubén, Alberto, Carlos, Héctor, Parra, Víctor, Amílcar,
Felipe, sólo “existen” en la narración que les corresponde, los
personajes que se repiten son: Odilón, el dueño de la cantina y
cantinero desde hace 40 años, quien interactúa con los clientes, el
“Güero” su ayudante y, por supuesto, el Lontananza como el principal
personaje de estos textos sin nombre, que se encadenan en su espacio
al que yo llamo terapéutico.
¿Por qué terapéutico? Porque la cantina, espacio de
refugio, de espera, lugar de huida, de ilusión, de angustia, de
alegría, de amistad y de muchas otras cosas más, es una entidad
social que juega un papel definido en la zona socioeconómica en la
que está enclavada.
Es también un jardín heterogéneo donde florece la interrelación
humana al calor de la camaradería que manifiesta un deseo grato de
que todo problema humano, sea político, social o religioso, se
resuelva con facilidad y prontitud. Significa sociabilidad, calor
humano, conversación amena, distante de todo problema que aqueja a
la humanidad. Es lugar donde se acrisola la voluntad en el uso o
abuso del libre albedrío. Las cantinas son lugares para bebedores,
no para enfermos alcohólicos.
Ocho de los nueve cuentos que conforman “Lontananza”están narrados
en tercera persona, por un narrador omnisciente, el último está
narrado en primera persona por un narrador personaje.
Después de la lectura de Lontananza queda la impresión de que
predomina la desesperanza. Más que la desesperanza, diría yo la
esperanza fallida, porque en un momento dado los personajes sí
tienen esperanzas, proyectos, pero eventualmente se desploman
Veamos la desesperanza de Amaro que ese día fue despedido de su
trabajo, y la terapia que encuentra en el Lontananza: llega a su
casa y en lugar de contarle lo sucedido a su esposa, calla y espera
a que llegue la noche para ir al Lontananza a contárselo a sus
amigos, ellos sí lo entenderán. “Para Amaro la felicidad era una
falacia aprendía en las telenovela. Nadie podía ser feliz porque la
alegría era algo momentáneo que de pronto aparecía en una risa, con
una buena noticia, con un buen trago, pero igual se esfumaba en un
momento y tardaba en volver […] Amaro forzó la respiración. Ansiaba
el humo del cigarro, las palmadas en la espalda, las frases
imbricadas en busca de una risa, de un gesto de aprobación. Allá
dentro del Lontananza estaba la vida […] Encontró a sus amigos.
Amaro sonrió. Todos estaban con él en su noche […] Esa noche el
Lontananza era un paraíso donde el fracaso no existía”.
Vayamos ahora con Odilón, él había heredado el Lontananza de su
padre quién le guió y aconsejó de la forma en que debía dirigir la
cantina: “Eres el jefe. Nunca te sientes a beber con nadie porque te
faltarán al respeto”. Durante cuarenta años siguió la indicaciones
de su padre, hasta que leyó un libro: Manual del bartender,
y quiso poner en práctica lo leído con sus clientes, aquellos que
nunca le habían interesado como personas. Siguió las instrucciones
del manual y fracasó: “Le vino un sentimiento de desolación. Pensó
que tal vez, sólo tal vez, él había sido creado para ocuparse de
asuntos más grandes que atender una cantina […] Quizá su padre lo
había engañado. Por primera vez se sentaba a hablar con un cliente
y, de pronto, se sentía otro, o al menos quería ser otro”. Se
sirvió un trago y llenó de esperanza decidió ponerse a prueba con su
última lectura; intentó formular una frase clave, poderosa, que
trasmitiría de mesa en mesa, sentado con sus clientes. Pensó en
varias, ninguna lo convenció, luego, con desesperanza “Negó con la
cabeza, tapó la botella y volvió a la barra. Se puso a atender sin
ánimo a los clientes, con la sensación de que aquel hombre (el
primer cliente con el que habló) le había encendido la luz por un
instante, sólo por un instante”.
Otra historia de desesperanza y fracaso es la de Rubén, dueño de “La
brocha gorda”, tlapalería que vendía pinturas. El negocio se había
convertido en un fracaso. Rubén esperaba todo el día la llegada de
los clientes que no acudían, y uno que otro que llegaban no
encontraban lo que buscaban; la tienda estaba vacía, su único
empleado había renunciado por falta de pago a sus honorarios. Una
tarde, después de esperar sin resultados, lleno de frustración
decide que: “Se vayan al demonio, que me dejen en paz”. Rubén,
después de colocar en la puerta de su negocio un letrero que decía “
vuelvo al rato”, acude al Lontananza: “Entró en el Lotananza, se
sentó en la barra y pidió una cerveza. Mientras la bebía observó con
envidia a Odilón. Él sí tenía un negocio próspero y con clientes a
cualquier hora y con libertad de vender las marcas que quisiera […]
¿Por qué carajos, se preguntó Rubén, fui a poner una tlapalería y no
una cantina?”. Sale de la cantina, y regresa a su negocio, recibe
una llamada de su esposa diciéndole que tiene una mala noticia, que
se la dirá en casa. Terminada la tarde Rubén sale de “La brocha
gorda” y camina rumbo a su casa, en el trayecto juega con juegos
imaginarios, retardando el momento de llegar a su casa. Decide hacer
una escala en el Lontananza, con seguridad para llenarse de valor:
“Nada le sería tan reconfortante como gastar el último dinero en un
trago que le diera paciencia necesaria para enfrentarse a la mala
noticia de Clara, al teléfono que no suena, al muestrario de doce
colores”.
Siguen desfilando por el Lontananza, Alberto, vendedor de
enciclopedias, Carlos, desempleado desde hacía un año, hombre
hipocondriaco y deprimido, ambos conversan sobre un billete de
lotería que podrían haber comprado, y que Carlos intuye será el
premiado. Carlos sale de la cantina para buscar el mencionado
billete y encuentra el lugar cerrado; comienza a llover y regresa al
Lontananza. “Entró en el Lontananza con una sensación de vacío
similar a la que le vino cuando cerraron la ensambladora. ¡Y ahora
qué?, era la pregunta sin respuesta”. Carlos que había memorizado
el número del billete de lotería, va a su casa, no puede dormir,
sale y se sentó en una banca de la plaza a esperar la llegada del
periódico, para comparar el número con los resultados de la lotería,
y así estar seguro de su mala suerte. Llega el periódico, lo compra
pero no se atreve a buscar la noticia, regresa a casa y se acuesta
junto a su mujer. “ Carlos pensó, que a su edad, sin empleo, con
dolor en la vejiga y sin ánimo para abrir el periódico, por mucha
Adelina de calzones blancos que tuviera a su lado, alguien tendría
que enseñarle a diferenciar entre la buena y la mala suerte”.
Ahora, son Héctor y Parra, dos amigos que estudiaron juntos y nunca
terminaron su carrera de leyes. Ambos están en el Lontananza
bebiendo y conversando, es su plática tan natural, tan coloquial que
al lector le parece estar presente, ahí, sentado en la mesa con
ellos, frente a la sinfonola que sólo toca una canción, al
ventilador descompuesto, a los posters de la rubia Superior, y al
Güero sirviendo las copas, y Héctor diciéndole a Parra que mañana
comenzará una nueva vida. Su diálogo llano bien podría ser el
diálogo de un paciente con su terapeuta.
La narración en la que el Güero es el personaje principal, se enlaza
con la narración final. Odilón había estado enfermo: “Un día Odilón
se precipitó al suelo, sin oportunidad siguiera de poner las manos”.
Cuando, un mes después regresó del hospital llegó convertido en un
viejo de pasos cortos, pendiente del reloj para tomar a sus horas
píldoras para la circulación, la acidez, los gases, las piernas
entumecidas.
La enfermedad de Odilón había impuesto una mayor carga de trabajo
sobre el Gúero, él aceptaba esta carga a cambio de cierta esperanza.
El negocio no marchaba viento en popa y algunas veces Odilón le
preguntaba al Güero: “¿Qué podemos hacer para que sea como antes?”
No, sé, respondía el Güero, pero él se guardaba muy bien sus planes.
Odilón tenía un sobrino, al que nunca se veía por el Lontananza, el
Güero intuía que este sería el heredero de Odilón, pero en su
interior guardaba la esperanza de ser él el propietario de la
cantina: “Colocaría una televisión en cada esquina para ver el box y
el futbol, una buena mano de pintura, mesas de billar, otras marcas
de cerveza, aire acondicionado y, sobre todo, un cambio de nombre.
Compraría un letrero luminoso que prendiera y apagara toda la noche.
Bar El Güero. La palabra cantina era del pasado. O mejor aún:
Güero’s Bar”.
El Güero era el bastón de Odilón, todas las noches lo acompañaba a
su casa. Arrastraba un pie, daba otro paso y el muchacho decía, sí,
sí, sí, asqueado de sentir el temblor de las manos sobre sus hombros
y convencido de que todo era una prueba, sin duda, porque Odilón no
iba a creer que tanta lealtad, tanto sacrificio, era por el sueldo
de cada semana. El Güero tenía una novia llamada Consuelo a la que
decía repetidamente: “ Vas a ver, Consuelo, cómo al rato me va ir
mejor”.
En
la última narración, narrada en primera persona, son tres amigos,
uno de ellos, Amílcar, que viene desde Tejas a visitar su pueblo
natal (sin nombre); guiados por éste, y dentro de su flamante
automóvil, recorren el pueblo mientras Almícar extrae recuerdos
desde su nacimiento hasta que se fue de “mojado” a los Estados
Unidos. Termina invitándolos a tomar una cerveza. Aquí es, dijo
Almícar. “En la esquina contraria se distinguía un local con un
letrero luminoso que decía Lontananza. Un cúmulo de zancudos y
palomillas revoloteaban en torno de la luz”. ¿Qué es Lontananza?,
preguntó Felipe. Es un bar, respondió Almícar. Pregunto por la
palabra, ¿qué quiere decir? No sé. Vamos adentro, ahí le
preguntaremos al encargado.
“El local estaba casi vacío, sólo un par de hombres junto a la
barra […] Bastó ver la actitud del cantinero para darse cuenta de
que el negocio andaba mal”. Los tres pidieron Tecates, Almícar les
habló de su primera cerveza cuando apenas tenía siete años , se la
había dado un tal Odilón,. Había ido al Lontananza a acompañar a su
padre que era fontanero y debía destapar un caño. Almícar niño quedó
sentado en el bar solitario de las mañanas, Odilón le llevó una
cerveza y lo motivó a beberla. El niño se embriagó. “De vuelta a su
casa su padre le dio una tunda y dijo que, aunque sentía más rabia
contra Odilón, a él no le reclamaba porque era su mejor cliente”.
El
cantinero (no sabemos su nombre) atendía a los tres clientes con
demasiada amabilidad. Almícar le preguntó: “—Y Odilón? —Odilón ya no
está dijo. Y en su boca no estar era sinónimo de haberse muerto”. Es
aquí en donde el lector comienza a deducir que el cantinero es el
Güero., y que la cantina ahora es de él: hay afuera un anuncio
luminoso, hay una televisión, el local está recién pintado. De
súbito, sin haberlo pedido, el cantinero, acompañado de su esposa,
(primera mujer que en todas las narraciones figura en el Lontananza,
y que el lector deduce que es Consuelo) les pone sobre la mesa tres
platos con crepas de cajeta, y les dice que es regalo de la casa y
que las hizo su mujer. El narrador personaje narra: “Yo empecé a
ponerme demasiado triste, Uno no va a un bar a comer crepas con
cajeta, y menos que a uno lo vean comer crepas con cajeta. Además
resultaba patético lo que esto implicaba: el hombre y su mujer
sabían que estaban al borde de la quiebra. No sé si querían
agradecer nuestra presencia con las crepas o si suponían que
sirviendo crepas el lugar se les iba a llenar de gente. Cualquiera
de las dos opciones me entristecía igual”.
Pidieron
la cuenta, y ya afuera, antes de subirse al automóvil, el narrador
personaje, se regresa al Lontananza: “Sólo quería ver a la mujer por
última vez. Agradecerle las crepas. Decirle algo de mí, aunque fuera
algo mínimo, superficial; mi nombre, mi edad, que cuando era niño
pensaba que si mis papás no se hubieran casado yo de cualquier forma
había nacido, aunque fuera en otro país, pero con mi misma cara,
mismas ideas, mismo sexo. Pero explicarle esto a Felipe y Almíclar
era tanto como escuchar el hervidero convertirse en metralla”. Una
vez más el ambiente terapéutico de una cantina.
Comentario aparte, el humor es otro ingrediente importante de estás
narraciones de David Toscana, pero muchas veces aparece en forma de
sarcasmo, de acidez, de negrura, inclusive es un humor, salvo en el
texto sobre el poeta, más explícito, en el que tiene que participar
el lector y, según su sensibilidad, encontrar un motivo para
sonreír.
Igual sucede con la nostalgia, otro elemento de estos cuentos, pues
al evocarse el pasado se le da un sentido sublime o apologético,
aunque se trate de algo ordinario.
Finalmente, concluyo que David Toscana en este libro de cuentos,
idealizó a la cantina, vendiendo al lector la idea de que la
cantina no es un lugar de borrachos ni un sitio donde proliferan
los vicios ni tampoco es un lugar malo.
En cuanto a lo terapéutico, en lo personal estoy de acuerdo en que
la cantina es un espacio de interrelación humana donde se conjuga el
beber con lo íntimo del vivir. No hay que olvidar que la medida del
beber y del comer la marca el hombre.
La cantina es el lugar donde el mundo de ilusiones del hombre cobra
vida, y donde las esperanzas se hacen presentes, cuando en la mente
del cliente se agolpan las claras soluciones a sus problemas
personales, surgidos en la sociedad, en el trabajo o en el mismo
hogar. Sí, la cantina es un lugar donde se comercializa la bebida
acompañada por la comida, pero también es un sitio para la reflexión
y el diálogo.
Toscana, David, Lontananza, Buenos
Aires, Edit Sudamericana, 2003, 1ª edición, 1991
