Emilio Moyano. Tiene 34 años y
es licenciado en Letras, docente y escritor. Vive en la ciudad
de Córdoba, en la República Argentina. En sus comienzos colaboró
con guiones radiales para la FM Rock & Pop; y en 1999, con el
apoyo de la Municipalidad de Córdoba, la Editorial
COMUNICARTE
publicó su primer libro de relatos: Cenizas del tiempo.
Sus cuentos y poesías han aparecido en diversos medios como los
periódicos La Voz del Interior y Hoy Día Córdoba
(Córdoba), y la revista Letralia (Venezuela)

Ciudad de Córdoba, junio de 1977
“En mi vida siempre tuve, y aún lo tengo, todo para perder. Por lo
menos tengo algo, peor sería no tener nada. Por eso trato de
buscarle la vuelta y transformar el fracaso en victoria, el
desengaño en prosperidad y esta prisión en una forma de libertad…
El comisario de la seccional 10ma. leía con agudeza
el primer párrafo que estaba escrito en un cuaderno tamaño monitor.
Se lo había traído el cabo de guardia adentro de una caja de cartón
en la que había también un paquete de yerba por la mitad, un mazo de
naipes españoles, una frazada apolillada y dos libros: Historia
de la filosofía occidental de Bertrand Russell, y una antología
sin título del poeta Enrique Banchs.
Todo aquello parecía extraño, incómodamente ajeno.
Levantó los ojos un instante con el cuaderno abierto entre sus
manos, miró el techo, apretando los labios, mordiéndolos; después se
apoyó el bolígrafo en la base del mentón y siguió leyendo.
“Hace seis meses que estoy aquí. ‘Guardado’, como
dicen los demás. Esperando que los que me trajeron de una vez por
todas promulguen su sentencia. No ha sido tan difícil. Nada es
difícil aquí; después de todo el comisario es un tipo normal. Su
aspecto siempre me recuerda estos versos:
Mientras lee el secretario con voz que atrista
de los considerandos partes primeras,
el juez que tiene cara de prestamista
va marcando el programa de las carreras.
El jefe apartó el cuaderno y se puso a pensar en
todas las palabras que no conocía; atrista, considerandos. Examinó
luego las paredes de la oficina buscando a ver si había algún
diccionario. Se lo notaba pensativo y desorientado. De inmediato se
dio cuenta de que era una búsqueda en vano y regresó al papel.
“No tengo a nadie que me venga a ver. Los guardias
son personas muy indiferentes y con mi familia perdí todo tipo de
conexión, supongo porque nadie quiere perder su honorabilidad.
Aquí los presos me preguntan por qué no
tengo visita, es algo que sorprende mucho pues para un preso la
visita es un rito sagrado. Intocable. Sublime. A mí no me molesta.
Me conformo con este cuaderno y con mis dos libros, ni siquiera me
acuerdo de que estoy aquí en la comisaría, ‘guardado’...
El despacho olía a vapor de kerosén del día anterior.
Contra uno de los rincones había un armario enorme pintado con el
gris de la rutina, repleto de legajos y cajones que no cerraban
bien. Al lado había un estante con biblioratos y publicaciones del
Ministerio del Interior.
—¡Juan! —gritó de repente, llamando al cabo de
guardia, mientras se frotaba las manos porque hacía frío.
—¿Qué pasa?
—Caliente la pava y prepare unos amargos.
Sin dejarlo terminar la frase, evaporándose como un
fantasma, el cabo movió la cabeza y se retiró. Su jefe volvió al
cuaderno.
“La celda me sirve para pensar. Hay un momento exacto
para todo. Para irse de la casa de alguien en la cual
estamos de visita hay que saber cuál es ese momento exacto, si
no, corremos el riesgo de ser o demasiado cargosos, o demasiado
superficiales. En el amor también hay que saber cuál es el
momento exacto para arrancar un beso; puede que sea inoportuno,
puede que sea demasiado tarde.
“Mis compañeros de celda no pueden pensar. Tienen
otra forma de ser. Viven lamentándose del pasado. Estar preso es
como ser la víctima de un matrimonio arreglado entre dos familias:
de repente hay que ceder ciertos espacios de nuestro interior con
alguien al que
recién conocemos, y aunque con el tiempo
los hombres se terminan aceptando (pues a fuerza de costumbre y
rutina todo se termina queriendo), eso no deja de ser una situación
bastante desagradable…
—Permiso —murmuró el cabo.
Venía haciendo equilibrio con una bandeja. Traía un termo de
aluminio y un mate de caña tacuara. El comisario señaló con la
frente el lugar donde debía dejarla, sin interrumpirse en la
lectura.
“El comisario me ha pedido que diga la verdad, así me
evito el traslado a uno de esos lugares que nadie quiere nombrar…
“On ne tue point les idées”.
“Esa es la verdad. MI VERDAD. Junto a mí, deberían
juzgar a toda la humanidad, pues en ella está la verdad. Esa verdad
que de pronto, de un día para otro, pasó a ser mi verdad y yo pasé a
ser un elemento peligroso, un animal enfermo que no se aburre entre
estas cuatro paredes talladas por el aburrimiento de, vaya a saber
uno, cuántos antiguos presidiarios y cubiertas por, vaya a saber
uno, cuántas capas de pintura al aceite.
—¡Juan! —gritó nuevamente.
Al oírlo, el guardia clavó un cuchillo imaginario en
el aire. Estaba harto de que lo mandonearan. Después miró hacia el
cielorraso y masculló un insulto sin mover los dientes.
—¿Qué pasa?
—¿No había nada más en la celda?
—No. Lo que le traje nomás.
—¿Y dónde estaba este cuaderno?
—Estaba ahí, qué sé yo.
Agitó el reverso de su mano haciéndole saber al cabo
que debía retirarse y se sirvió dos mates seguidos que tomó casi sin
respirar. Luego inclinó un poco el cuaderno para aprovechar de otro
modo la iluminación y siguió leyendo.
“Cuando camino la celda, de u lado a otro, como un
animal encerrado, aplacando las ganas de fumar, me pregunto qué es
lo que busco en ese deambular enfermo y limitado. En esa indecisión
continua. En ese no saber qué diablos hacer con los brazos, mientras
los pensamientos se diluyen en un embudo de errores y de aciertos.
En esa sucesión de contradicciones se desarrollan mis pensamientos y
junto a ello la vida se agiliza y encuentra un sentido. Un sentido
que no tenía
hasta antes de llegar aquí.
Se sentía embretado en ese laberinto de adjetivos que
había forjado sobre el papel el hombre que acababan de trasladar al
campo de La Perla. Se sentía como aturdido por ese silencio de la
letra escrita. Miró el reloj y llamó por última vez al cabo de
guardia.
—Esto dice muy poco o está inconcluso —reflexionó.
El cabo movió la cabeza como un títere de un lado a
otro, sin decir ni que sí ni que no. Después bajó la mirada para
evitarle los ojos.
—Hice un curso en la SIDE —prosiguió el comisario—,
no hace mucho, sobre inteligencia criminal. Ahí los milicos me
enseñaron que todo siempre es una pista... ¿Qué me dice Juan, usted?
Éste tipo nos ha desconcertado a todos. No veo ninguna pista como
para hacer algo por él —sirvió un mate y se lo pasó al guardia. El
agua estaba oscura, apenas flotaban dos palitos, sin nada de
espuma—. ¿Qué me dice?
—Lo que yo sé ya se lo dije —se justificó mientras
recibía el culo del mate y lo daba vuelta para que la bombilla le
quedara mirando hacia su lado—. El día ese de las visitas se
presentaron los tres tipos, bien vestidos, traje oscuro, mostraron
sus credenciales de militares y se lo llevaron con los ojos vendados
en un camión celular.
—Un procedimiento extraño —agregó el director con
convicción—. Según lo que me dijo, y según este cuaderno, el pibe no
tiene amigos, ni familiares, y estaba cómodo aquí en la comisaría.
No parece que hubiera hecho algo malo… Pero hay que seguir
investigando. Este cuaderno a lo mejor lo puede salvar… Estas
palabras On ne tue point les idées … podrían ser un
mensaje en clave, ¿no?El Guardia aspiró el último chorro de mate,
hizo el sonido de sifón y se lo devolvió, diciéndole gracias.
—… Averigüe con un profesor qué carajo quiere
decir eso. Yo no hablo idiomas.
—Enseguida. ¿Algo más?
—No. Nada. Llévese el mate.
