México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

 

Botas locas - Sui generis (youTube)

 

ON NE TUE POINT LES IDÉES

Emilio Moyano. Tiene 34 años y es licenciado en Letras, docente y escritor. Vive en la ciudad de Córdoba, en la República Argentina. En sus comienzos colaboró con guiones radiales para la FM Rock & Pop; y en 1999, con el apoyo de la Municipalidad de Córdoba, la Editorial COMUNICARTE publicó su primer libro de relatos: Cenizas del tiempo. Sus cuentos y poesías han aparecido en diversos medios como los periódicos La Voz del Interior y Hoy Día Córdoba (Córdoba), y la revista Letralia (Venezuela)

 

Ciudad de Córdoba, junio de 1977 

“En mi vida siempre tuve, y aún lo tengo, todo para perder. Por lo menos tengo algo, peor sería no tener nada. Por eso trato de buscarle la vuelta y transformar el fracaso en victoria, el desengaño en prosperidad y esta prisión en una forma de libertad… 

El comisario de la seccional 10ma. leía con agudeza el primer párrafo que estaba escrito en un cuaderno tamaño monitor. Se lo había traído el cabo de guardia adentro de una caja de cartón en la que había también un paquete de yerba por la mitad, un mazo de naipes españoles, una frazada apolillada y dos libros: Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell, y una antología sin título del poeta Enrique Banchs.

Todo aquello parecía extraño, incómodamente ajeno. Levantó los ojos un instante con el cuaderno abierto entre sus manos, miró el techo, apretando los labios, mordiéndolos; después se apoyó el bolígrafo en la base del mentón y siguió leyendo. 

“Hace seis meses que estoy aquí. ‘Guardado’, como dicen los demás. Esperando que los que me trajeron de una vez por todas promulguen su sentencia. No ha sido tan difícil. Nada es difícil aquí; después de todo el comisario es un tipo normal. Su aspecto siempre me recuerda estos versos: 

Mientras lee el secretario con voz que atrista

de los considerandos partes primeras,

el juez que tiene cara de prestamista

va marcando el programa de las carreras. 

El jefe apartó el cuaderno y se puso a pensar en todas las palabras que no conocía; atrista, considerandos. Examinó luego las paredes de la oficina buscando a ver si había algún diccionario. Se lo notaba pensativo y desorientado. De inmediato se dio cuenta de que era una búsqueda en vano y regresó al papel.  

“No tengo a nadie que me venga a ver. Los guardias son personas muy indiferentes y con mi familia perdí todo tipo de conexión, supongo porque nadie quiere perder su honorabilidad. Aquí los presos me preguntan por qué no tengo visita, es algo que sorprende mucho pues para un preso la visita es un rito sagrado. Intocable. Sublime. A mí no me molesta. Me conformo con este cuaderno y con mis dos libros, ni siquiera me acuerdo de que estoy aquí en la comisaría, ‘guardado’... 

El despacho olía a vapor de kerosén del día anterior. Contra uno de los rincones había un armario enorme pintado con el gris de la rutina, repleto de legajos y cajones que no cerraban bien. Al lado había un estante con biblioratos y publicaciones del Ministerio del Interior.

—¡Juan! —gritó de repente, llamando al cabo de guardia, mientras se frotaba las manos porque hacía frío.

—¿Qué pasa?

—Caliente la pava y prepare unos amargos.

Sin dejarlo terminar la frase, evaporándose como un fantasma, el cabo movió la cabeza y se retiró. Su jefe volvió al cuaderno. 

“La celda me sirve para pensar. Hay un momento exacto para todo. Para irse de la casa de alguien en la cual estamos de visita hay que saber cuál es ese momento exacto, si no, corremos el riesgo de ser o demasiado cargosos, o demasiado superficiales. En el amor también hay que saber cuál es el momento exacto para arrancar un beso; puede que sea inoportuno, puede que sea demasiado tarde.

 “Mis compañeros de celda no pueden pensar. Tienen otra forma de ser. Viven lamentándose del pasado. Estar preso es como ser la víctima de un matrimonio arreglado entre dos familias: de repente hay que ceder ciertos espacios de nuestro interior con alguien al que recién conocemos, y aunque con el tiempo los hombres se terminan aceptando (pues a fuerza de costumbre y rutina todo se termina queriendo), eso no deja de ser una situación bastante desagradable… 

—Permiso —murmuró el cabo.

Venía haciendo equilibrio con una bandeja. Traía un termo de aluminio y un mate de caña tacuara. El comisario señaló con la frente el lugar donde debía dejarla, sin interrumpirse en la lectura. 

“El comisario me ha pedido que diga la verdad, así me evito el traslado a uno de esos lugares que nadie quiere nombrar… “On ne tue point les idées”.

“Esa es la verdad. MI VERDAD. Junto a mí, deberían juzgar a toda la humanidad, pues en ella está la verdad. Esa verdad que de pronto, de un día para otro, pasó a ser mi verdad y yo pasé a ser un elemento peligroso, un animal enfermo que no se aburre entre estas cuatro paredes talladas por el aburrimiento de, vaya a saber uno, cuántos antiguos presidiarios y cubiertas por, vaya a saber uno, cuántas capas de pintura al aceite. 

—¡Juan! —gritó nuevamente.

Al oírlo, el guardia clavó un cuchillo imaginario en el aire. Estaba harto de que lo mandonearan. Después miró hacia el cielorraso y masculló un insulto sin mover los dientes.

—¿Qué pasa?

—¿No había nada más en la celda?

—No. Lo que le traje nomás.

—¿Y dónde estaba este cuaderno?

—Estaba ahí, qué sé yo.

Agitó el reverso de su mano haciéndole saber al cabo que debía retirarse y se sirvió dos mates seguidos que tomó casi sin respirar. Luego inclinó un poco el cuaderno para aprovechar de otro modo la iluminación y siguió leyendo. 

“Cuando camino la celda, de u lado a otro, como un animal encerrado, aplacando las ganas de fumar, me pregunto qué es lo que busco en ese deambular enfermo y limitado. En esa indecisión continua. En ese no saber qué diablos hacer con los brazos, mientras los pensamientos se diluyen en un embudo de errores y de aciertos. En esa sucesión de contradicciones se desarrollan mis pensamientos y junto a ello la vida se agiliza y encuentra un sentido. Un sentido que no tenía hasta antes de llegar aquí. 

Se sentía embretado en ese laberinto de adjetivos que había forjado sobre el papel el hombre que acababan de trasladar al campo de La Perla. Se sentía como aturdido por ese silencio de la letra escrita. Miró el reloj y llamó por última vez al cabo de guardia.

—Esto dice muy poco o está inconcluso —reflexionó.

El cabo movió la cabeza como un títere de un lado a otro, sin decir ni que sí ni que no. Después bajó la mirada para evitarle los ojos.

—Hice un curso en la SIDE —prosiguió el comisario—, no hace mucho, sobre inteligencia criminal. Ahí los milicos me enseñaron que todo siempre es una pista... ¿Qué me dice Juan, usted? Éste tipo nos ha desconcertado a todos. No veo ninguna pista como para hacer algo por él —sirvió un mate y se lo pasó al guardia. El agua estaba oscura, apenas flotaban dos palitos, sin nada de espuma—. ¿Qué me dice?

—Lo que yo sé ya se lo dije —se justificó mientras recibía el culo del mate y lo daba vuelta para que la bombilla le quedara mirando hacia su lado—. El día ese de las visitas se presentaron los tres tipos, bien vestidos, traje oscuro, mostraron sus credenciales de militares y se lo llevaron con los ojos vendados en un camión celular.

—Un procedimiento extraño —agregó el director con convicción—. Según lo que me dijo, y según este cuaderno, el pibe no tiene amigos, ni familiares, y estaba cómodo aquí en la comisaría. No parece que hubiera hecho algo malo… Pero hay que seguir investigando. Este cuaderno a lo mejor lo puede salvar… Estas palabras On ne tue point les idées … podrían ser un mensaje en clave, ¿no?El Guardia aspiró el último chorro de mate, hizo el sonido de sifón y se lo devolvió, diciéndole gracias.

Averigüe con un profesor qué carajo quiere decir eso. Yo no hablo idiomas.

—Enseguida. ¿Algo más?

—No. Nada. Llévese el mate.

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 13 I  2008 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2008- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e