Enrique García Diaz (Salamanca 1974). Se
licenció en Filología inglesa por la Universidad de Salamanca
(2002) y posteriormente se doctoró (2007) especializándose en la
novela histórica inglesa y en la obra del escritor escocés Sir
Walter Scott. Debido a este interés por la novela histórica
surgió su afición a escribir romance histórico y relatos
históricos. También ha cultivado el relato gótico. Ha trabajado
en el campo de la traducción durante seis años. En la actualidad
compagina su labor docente como profesor de inglés, en un centro
de formación, con la investigación y la creación literaria.

La historia que voy a relatarles la encontré por casualidad en una
vieja librería de la ciudad de Praga, a la que acudí a pasar una
semana de vacaciones. Me encontraba recorriendo sus callejuelas
empedradas en dirección al mítico y famoso Puente de Carlos, cuando
mis ojos se posaron en un letrero de madera, que sobresalía de la
cornisa de una casa de planta baja. Bookshop estaba escrito
en aquel. De manera que encaminé mis pasos hacia allí con el fin de
encontrar algún libro sobre la ciudad. Al entrar noté el aroma que
se respira en esa librerías antiguas, donde la sabiduría de cientos
de años se almacena en los estantes entre cuatro paredes. Me limité
a echar un vistazo por encima como quien no quiere la cosa, cuando
de repente un libro pequeño de piel marrón claro y en un estado
deplorable captó mi atención. Lo tomé en mis manos por el simple
hecho de sentir su rugosidad en mis palmas. Hube de tener mucho
cuidado de no caer ninguna página pues algunas estaban sueltas. Yo
no hablo ni entiendo el checo, claro está, pero las ilustraciones
que contenían llamaron poderosamente mi atención y en especial una.
En ella se veía a un hombre postrado en la cama rodeado de sus
familiares, según, deduje y alguien que parecía ser un sacerdote. A
la cabecera de la cama había una siniestra figura. Era la muerte.
Representada por un esqueleto cubierto por una túnica de color
negro. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras tendía los brazos
hacia el hombre de la cama. Tras hojear el libro me acerqué al
vendedor, que en este caso era una joven de piel blanca y ojos
claros que amablemente atendió mi consulta. Le pregunté como se
titulaba el libro.
- El hombre que burló a la muerte –me respondió en inglés,
al comprobar que yo no era nativo de Praga. aga. aga.
Le pregunté si lo había leído y podría explicarme de que
iba. La joven vendedora me explicó en pocas palabras el relato.
Lástima que estuviera en checo, dije. A lo que ella me respondió que
si estaba interesado en la obra me la traduciría gustosamente, ya
que se trataba de un libro de apenas cinco páginas. Por supuesto
accedí a cambio de pagarle por la traducción y la obra. Quedamos
convenido que al día siguiente pasaría a recogerlo y así fue. Cuando
lo tuve en mis manos no pude resistirme a leerlo y tras abonar a la
simpática chica cien coronas checas, encaminé mis pasos hacia el
café más cercano. Me senté en una mesa apartada y comencé a leer
mientras el calor y el olor a café me inundaban. El hombre que
burló a la muerte, decía el título. Y acto seguido comenzaba la
historia.
“Una noche fría de comienzos de diciembre un coche de
caballos recorría la región de Moravia. Dentro del carruaje viajaban
tres personas un matrimonio de mediana edad y un joven de aspecto
sombrío. Al llegar al pueblo de...que era la ultima parada del
camino, los tres pasajeros se apearon del coche y buscaron
alojamiento en la posada, una pequeña casa algo vieja pero en la
cuál podrían guarnecerse del frío de aquella época. La dueña, una
mujer algo mayor vestida con un capote de color negro y un pañuelo
del mismo color a la cabeza y anudado por debajo de la barbilla se
dirigió a ellos en tono severo.
- ¿Qué buscáis aquí? ¿No sabéis que la muerte ronda en esta
casa?.
Los tres forasteros se miraron entre si y después el más
joven se volvió hacia la mujer.
- ¿De qué habláis, mujer?.
- La muerte se ha adueñado de la casa. Idos u os
arrepentiréis.
- ¿Con la noche que hace? Yo me quedó –dijo resuelto el
joven.
El matrimonio que había viajado con él en el carruaje
preguntaron donde podrían alojarse y la vieja les indicó otra posada
que había en el mismo pueblo. Cuando se hubieron marchado el joven
se volvió a dirigir a la vieja posadera quien lo miraba expectante
con sus ojos saltones y su tic en la boca.
- ¿De qué muerte hablabas?.
- ¿No te lo crees, eh? Pues sígueme –le indicó mientras
ascendían por unas escaleras decrepitas que crujían con cada paso
que daban. La mujer portaba una vela de sebo en su mano para
iluminar el estrecho y lóbrego pasillo que se abría ante ellos. El
joven pensó que se metía en la boca del lobo a juzgar por aquello
siniestra oscuridad. Se detuvieron delante de una puerta a la cuál
la vieja llamó suavemente. Toc, toc. Alguien abrió desde el interior
y la anciana y el joven penetraron en la estancia. Había un hombre
postrado en la cama y tres más a su alrededor rezando. Uno de ellos
llevaba una especie de Biblia en su mano y levantaba de vez en
cuando la vista hacia arriba dando gracias a Dios. El joven entendió
que el hombre de la cama se estaba muriendo. Tenía muy mal aspecto a
juzgar por sus ojeras y sus facciones demacradas. Era seguro que no
le quedaban más que un par de días. Otro de los hombres parecía un
doctor a juzgar por el gesto que hacia de tomarle el pulso
constantemente. Y el último tenía toda la pinta de ser el
enterrador. Alto, delgado, vestido de negro de la cabeza a los pies.
Pájaro de mal agüero.
- ¿Qué le pasa? –le preguntó el joven a la anciana.
- El bueno del señor.... La muerte viene a buscarlo. ¿No la
ves apoyada en el cabecero?.
El joven dirigió su mirada hacia el cabecero pero no vio
nada.
- Tienes que fijarte más –le repitió la anciana.
El joven volvió a mirar y esta vez para su sorpresa vio la
figura de la muerte apoyada en el cabecero de la cama del señor...
- Cuando la muerte se sitúa a la cabeza de la cama quiere
decir que viene a buscar al que se encuentra en ella.
- ¿Y no se puede hacer nada? –le preguntó el joven.
- ¿Cómo? Nadie escapa a la muerte –respondió la anciana en
un susurro.
El joven no quedó convencido del todo. Pensó que algo se
podía hacer. Decidió quedarse en la habitación haciendo compañía a
los presentes y ver en que acababa todo aquello. Las horas iban
cayendo una tras otra haciendo que la noche pareciera más corta de
lo normal. El joven, recordó las palabras de la anciana. Si está al
cabecero es porque viene a por el alma del que descansa. Entonces el
joven reaccionó. Miró a la muerte y se percató de que estaba dormida.
Ese era el momento adecuado para llevar a cabo su plan.
A la mañana siguiente cuando la anciana entró en la
habitación no pudo ocultar su sorpresa mediante un chillido. El
enfermo había mejorado notablemente. Pero ¿cómo?. La muerte ya no
estaba a la cabecera sino a los pies de la cama. El joven había
aprovechado el sueño de la muerte para dar la vuelta a la cama.
Cuando la muerte despertó y se vio desplazada de la cabecera nada
pudo hacer. Se marchó como había venido esperando una nueva
oportunidad. Mientras, los hombres que permanecían en la habitación
felicitaban al joven por su sagacidad y atrevimiento. Había
conseguido burlar a la muerte, pero sólo por esa vez.
Poco tiempo después el enfermo recayó y en aquella ocasión la muerte
permaneció despierta toda la noche hasta la mañana en la que llevó
el alma del desdichado señor... No había olvidado el día en que un
joven había conseguido engañarla.”
