Federico Zertuche González. Estudió derecho en la
Escuela Libre de Derecho de México, D.F.,ha sido profesor de
Historia de México en el I.T.E.S.M., campus Monterrey, N.L,, así
como en la Universidad de Monterrey, antigua Facultad de Derecho
de las materias Teoría del Estado, Ideas Políticas y Derecho
Internacional Privado. También profesor de Literatura e Historia
de México en el Liceo Michoacano de Morelia. Funcionario de la
S.R.E. en Asuntos Culturales. Miembro del Servicio Exterior
Mexicano de 1980 a 1992, sirviendo en las Embajadas de México en
Ecuador, Estados Unidos de América y en Colombia, donde se
desempeñó como Agregado Cultural y Primer Secretario para
asuntos políticos. Es periodista cultural e internacional, ha
sido editor de la revista Bien Común, y colaborador en
diversos periódicos y revistas. Finalista al Premio Octavio Paz
1998.

A
lo largo y ancho de la geografía y de la historia las sociedades
humanas, desde las más primitivas hasta las postmodernas, se
ha imaginado la existencia, ya en el pasado o en un futuro ideales,
de épocas felices o catastróficas como referencias fundamentales
para ordenar el tiempo; incluso se ha dividido la manera de concebir
su devenir en sucesiones de estadios acorde a un orden decreciente (edades
de oro, plata y bronce), para explicar metafóricamente una
primigenia edad paradisíaca que va en decadencia conforme transcurre
la historia.
En
otras concepciones del tiempo el orden es inverso: apunta a la
realización de una promesa a cumplirse en el futuro o en el fin de
los tiempos, por ejemplo en el cristianismo el regreso glorioso de
Jesucristo (la Parusía) a fin de instaurar por siempre el
reino de Dios, luego de la resurrección de los muertos y del juicio
final.
Así,
unas sitúan a las edades míticas felices, perfectas, paraísos
perdidos, (o en su caso, edades que padecieron cataclismos cósmicos:
terremotos, incendios, epidemias, diluvios, etc.), en el origen de
la sociedad o en un pasado remoto; otras, en cambio, las ubican en
un futuro o en el fin de los tiempos, más allá de la historia.
Aquellas propenden a establecer representaciones cíclicas del tiempo
mientras las segundas conciben un orden lineal. Las primeras
vislumbran un eterno retorno y éstas una escatología: doctrina de
los fines últimos, cuerpo de creencias relativas al destino último
del hombre y del universo.
Como señala el historiador medievalista Jacques Le Goff: “La
descripción y la doctrina de estas edades míticas se encuentran ante
todo en los mitos, luego en los textos religiosos y filosóficos a
menudo vecinos de los mismos mitos, finalmente en los textos
literarios que, a través de la antigüedad, nos han transmitido los
mitos que de otro modo hubieran sido mal conocidos o desconocidos.”
En
efecto, es a través de los mitos, tanto sobre el origen como el fin
de la humanidad, como se conciben tales edades y las
representaciones del tiempo que luego pueden revestir un carácter
religioso o incluso filosófico. Para los fines de este trabajo, doy
al término mito el sentido que le confiere Mircea Eliade
cuando dirige sus investigaciones “en primer lugar, hacia las
sociedades en que el mito tiene o ha tenido hasta estos últimos
tiempos ‘vida’, en el sentido de proporcionar modelos a la conducta
humana y conferir por eso mismo significación y valor a la
existencia.”
In
illo tempore
“El
mito –agrega Eliade- cuenta una historia sagrada; relata un
acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el
tiempo fabuloso de los ‘comienzos’. Dicho de otro modo: el mito
cuenta cómo, gracias a las hazañas de los seres sobrenaturales, una
realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el
Cosmos, o solamente un fragmento como, por ejemplo, una isla, una
especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues,
siempre el relato de una ‘creación’; se narra cómo algo ha sido
producido, ha comenzado a ser. [...] Los personajes de los
mitos son seres sobrenaturales. [...] En suma, los mitos describen
las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de
lo ‘sobre-natural’) en el mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la
que fundamenta realmente el mundo y la que le hace tal como
es hoy día. Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal,
sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de los
seres sobrenaturales [...]
En
suma, los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida tienen un
origen y una historia sobrenatural, y que esta historia es
significativa, preciosa y ejemplar.”
Como hemos señalado, hay fundamentalmente dos orientaciones míticas
respecto al ordenamiento del tiempo: en los orígenes, ya sea la
creación del universo o su destrucción acaecida por algún cataclismo
cósmico y prefigurada de nueva cuenta (de manera cíclica) en un
futuro, como la cosmogonía azteca de los cinco soles, que concibe
cinco edades destruidas por distintos cataclismos. La otra, situada
al final de los tiempos y de la historia cuando un salvador vendrá a
juzgar y redimir al género humano, como proponen la escatología, el
milenarismo y el mesianismo judeo-cristiano.
Las
primeras concepciones proponen un mito del eterno retorno y, en
definitiva, la eternidad del mundo, dado que a toda destrucción
sucede una re-creación y así por siempre. Mientras que en las
visiones escatológicas prima una concepción lineal del tiempo y de
la historia que concluye justamente con los acontecimientos
prefigurados mitológicamente, por ejemplo, el Apocalipsis de Juan.
En
tanto que las visiones de la creación y destrucción cíclica del
mundo y en la perfección de los comienzos, presuponen edades de una
infinita creación, degradación o decadencia, destrucción y
recreación del universo -el eterno retorno-, por su parte, la
concepción apocalíptica judeo-cristiana supone una innovación
capital: el fin del mundo será único, así como su cosmogonía. Luego
de la Parusía, del juicio final y del fin de la historia, se
instaurará el reino de Dios que ya no tendrá fin, será eterno, y los
acontecimientos irreversibles.
No
se trata ya de una regeneración cósmica, como en los ciclos que
prefiguran el tiempo circular, sino que la humanidad entera, luego
de la resurrección de los muertos, se verá ante un Juicio Final que
implica una selección en que serán salvados sólo los elegidos, los
buenos, los que han sido fieles al reino celeste. Ocurridos
estos sucesos, se instaura eternamente el reino de Dios, no habrá
retorno.
Eliade destaca que “Otra diferencia con las religiones cósmicas:
para el judeocristianismo, el fin del mundo forma parte del misterio
mesiánico. Para los judíos, la llegada del Mesías anunciará el fin
del mundo y la restauración del paraíso. Para los cristianos, el fin
del mundo procederá a la segunda venida de Cristo y al Juicio final.
Por tanto para los unos como para los otros el triunfo de la
historia sagrada manifestado por el fin del mundo implica en cierto
modo la restauración del paraíso.”
Un
elemento esencial en la escatología cristiana es la aparición del
Anticristo en la época que precede inmediatamente al fin, durante el
Milenio –en que reinarán los santos y los mártires resucitados- y
que aquel usurpará como falso Mesías, subvirtiendo los valores
sociales, morales y religiosos hasta el regreso de Cristo (la
Parusía) quien en combate cósmico en que ocurrirán toda suerte
de catástrofes, plagas, lluvia de fuego, diluvios, terror histórico,
triunfará sobre el Anticristo y reinstaurará su reino.
El
milenarismo es un movimiento recurrente en la historia de la
cristiandad, surgió con los primeros cristianos, condenado después
por la Iglesia una vez reconocida oficialmente por el Imperio romano,
resurgido a partir del silgo XI luego de la irrupción del Islam en
el Mediterráneo, enderezado más tarde contra la misma Iglesia o su
jerarquía, siempre ha tenido ocasión para resurgir con ímpetu y
fuerza.
Sus
inspiradores y seguidores esperan y proclaman el fin inminente del
mundo y la restauración del paraíso sobre la tierra luego de un
período de prueba con la aparición del Anticristo y de terribles
catástrofes.
Eliade señala: “Durante siglos, encontramos, en diferentes
repeticiones, la misma idea religiosa: este mundo concreto –el mundo
de la Historia- es injusto, abominable, demoníaco; felizmente, está
ya descomponiéndose, las catástrofes han comenzado, este viejo mundo
se resquebraja por todos lados; en muy breve plazo será destruido,
las fuerzas de las tinieblas serán vencidas definitivamente y los
‘buenos’ triunfarán, el paraíso será recobrado”
Luego de siglos esta tensión escatológica ha disminuido notablemente
en las grandes iglesias cristianas que ya se ocupan poco o nada de
ella. Quizá sobrevive en algunas sectas. Donde curiosamente apareció
en el siglo XX fue en el seno de dos movimientos políticos
totalitarios: el nazismo y el comunismo. Al respecto, Norman Cohn, a
quien cita Eliade, escribe a propósito del nacionalsocialismo y del
marxismo-leninismo:
“Mediante la jerga seudocientífica de que uno y otro se sirven, se
encuentra una visión de las cosas que recuerda especialmente las
lucubraciones a las que se entregaba la gente de la Edad Media. La
lucha final, decisiva, de los elegidos (ya sean ‘arios’ o ‘proletarios’)
contra las huestes del demonio (judíos o burgueses); la alegría de
dominar al mundo, o la de vivir en la igualdad absoluta, o las dos a
la vez, concedida, según un decreto de la Providencia, a los
elegidos, que encontrarán así una compensación a todos sus
sufrimientos; el cumplimiento de los últimos designios de la
historia de un universo al fin desprovisto del mal, he aquí alguna
quimeras que todavía hoy nos acarician.”
Es
notable constatar que en algunos milenarismos políticos del Tercer
Mundo, a pesar de estar atraídos por valores occidentales y desear
apropiarse tanto de la religión y la educación de los blancos
como de sus riquezas y de sus armas, sus simpatizantes son
antioccidentales, sus líderes fuertes personalidades de tipo
profético, y aunque el carácter de esos movimientos sea político,
social y económico, poseen un componente religioso. El discurso
utópico de Marcos tiene tintes milenaristas, y no es casual la
influencia de la Teología de la Liberación (también milenarista) en
las bases indígenas del EZLN.
Pero volvamos a la historia de las escatologías judeocristianas. Le
Goff señala que “A diferencia de las religiones que le rodeaban,
simplemente basadas sobre los mitos y los ritos, el judaísmo
confiere un sentido al tiempo y a la historia, que Dios conduce
hacia un fin. La religión judía es la religión de la espera y de la
esperanza, vale decir, de la esencia misma de la escatología.”
La
aparición de Jesús en la Tierra, como el Mesías anunciado por los
profetas en el Antiguo Testamento, pone en estado de ambigüedad y de
excitación a la escatología judaica. La irrupción de Cristo como
inicio del cumplimiento de la promesa, y su muerte como inicio del
reino de Dios, marca la separación de las escatologías judía y
cristiana. El judaísmo sigue en espera del Mesías que no reconoce en
Cristo, y de la realización de la promesa. En tanto que el
cristianismo profesa que por medio de Jesús la escatología ha
ingresado en la historia y ha comenzado a realizarse.
Apocalipsis
En
griego antiguo Apocalipsis significa revelación. La Iglesia
ha decretado canónico y colocado al final del Nuevo Testamento el
Apocalipsis de Juan, compuesto a finales del primer siglo de la
era cristiana. Sin ningún género de duda San Juan retoma el tema y
las imágenes de la apocalíptica judaica, identificando al Mesías con
Jesús e introduciendo a la Iglesia del nuevo tiempo, esto es, a la
católica.
En
todo caso el Apocalipsis de Juan consta de: 1) reproducción
del cómputo escatológico del tiempo: “la ciudad santa despreciada
durante 42 meses; los dos testimonios que profetizan bajo el saqueo
a través de 1260 días; la mujer de huye en el desierto a través de
1260 días; 666 que es la cifra de la Bestia y naturalmente el número
7 sagrado desde largo tiempo, con los 7 ángeles que vierten las 7
copas de la cólera de Dios; 2) la maldición –por medio de Babilonia
que está simbolizada por la Bestia y que el pueblo de Dios está
invitado a abandonar- de todo poder temporal; 3) la división de la
escatología en dos tiempos, entre una primera resurrección –aquella
de los santos y de los mártires que reinarán sobre la tierra a lo
largo de 1000 años- anterior a una segunda resurrección, el Milenio
–drama en el centro del cual emerge el personaje del Anticristo-, y
por la otra, indican la segunda y definitiva resurrección seguida
por el grandioso juicio final; 5) la manipulación de las señales
anunciadoras (cometas, terremotos, guerras, carestías, epidemias)
que de ahora en adelante serán observadas en un clima de angustia y
de pánico; 6) por fin, la abundancia y el virtuosismo de las
imágenes y de los símbolos que durante siglos han agitado la
imaginación y excitado el estro de los artistas.”
No
quiero concluir este pequeño y ajustado trabajo sin mencionar al
monje cistercience Joaquín de Fiore que fundara la Orden florense y
muriera en 1202, por haber sido el primer teorizador de la
escatología cristiana y que tuviese enorme influencia en todos los
movimientos milenaristas a partir de entonces, incluyendo a los
franciscanos desde los albores de su Orden.
Luego aparecen otros movimientos milenaristas como el impulsado en
Florencia (1494-1498) por Savonarola. El encuentro de Quiliasmo con
la revolución, aspirando a la realización escatológica en el “aquí y
ahora”, politizándola a favor de los oprimidos, que habría de
inspirar a Thomas Münzer, sacerdote católico convertido a la Reforma,
que se separó bien pronto de Lutero, en quien vio la Bestia del
Apocalipsis, y se convirtiera en uno de los líderes de la gran
sublevación de los campesinos alemanes en 1525, mezclando la prédica
del “reino de Dios” con las reivindicaciones agrarias. Fue abatido y
muerto por la implacable represión de la nobleza contra el
movimiento campesino.
Por
último es pertinente mencionar al fraile Gerónimo de Mendieta, autor
de Historia Eclesiástica Indiana, que inspirado en Joaquín
de Fiore y en los espirituales (corriente franciscana influida por
de Fiore), pensaba que los frailes y los indios en México podrían
crear el reino de los puros fundado sobre un ascetismo
riguroso y sobre el fervor místico. Los indios eran una nación
angélica con los cuales los frailes podían construir el reino del
Espíritu en el Nuevo Mundo, que debía ser el fin del mundo.
Mendieta llegó a México poco después de los doce franciscanos que
arribaron en 1524, llamados afectuosamente los Doce Apóstoles, entre
los que figuraban fray Martín de Valencia y fray Toribio de
Benavente, Motolinía; en el grupo de Mendieta llegó fray Bernardino
de Sahagún. Los primeros evangelizadores llegaron en 1523, tres
franciscanos flamencos, uno de ellos Peter van der Moere, mejor
conocido por su nombre españolizado fray Pedro de Gante.
Huelga indicar que ellos devinieron grandes protectores y
defensores de los indios, aparte de haber rescatado su historia y
cultura a través de notables obras etnohistóricas, e instituciones
como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 por
fray Juan de Zumárraga y el virrey don Antonio de Mendoza, confiado
a los franciscanos para la educación superior de los indios. No
pocos frailes además de hablar varios idiomas indígenas, fueron
autores de diccionarios y gramáticas de esas lenguas.
Amén.
