Federico Zertuche González. Estudió derecho en la
Escuela Libre de Derecho de México, D.F.,ha sido profesor de
Historia de México en el I.T.E.S.M., campus Monterrey, N.L,, así
como en la Universidad de Monterrey, antigua Facultad de Derecho
de las materias Teoría del Estado, Ideas Políticas y Derecho
Internacional Privado. También profesor de Literatura e Historia
de México en el Liceo Michoacano de Morelia. Funcionario de la
S.R.E. en Asuntos Culturales. Miembro del Servicio Exterior
Mexicano de 1980 a 1992, sirviendo en las Embajadas de México en
Ecuador, Estados Unidos de América y en Colombia, donde se
desempeñó como Agregado Cultural y Primer Secretario para
asuntos políticos. Es periodista cultural e internacional, ha
sido editor de la revista Bien Común, y colaborador en
diversos periódicos y revistas. Finalista al Premio Octavio Paz
1998.

Al profesor don Francisco Luis de Yturbe, en
agradecimiento por sus noticias
sobre Martín Cortés que estimularon el
presente artículo.
La
nación mexicana como tal empezó a gestarse y consolidarse a la par
del proceso de mestizaje entre indígenas y españoles; México devino
país fundamentalmente mestizo, no sólo racial sino culturalmente, de
tal manera tengo para mi que, simbólica y paradigmáticamente, el
primer mexicano haya sido justamente don Martín Cortés, el hijo del
conquistador don Hernán y de doña Marina, la Malinche o Malintzin.
Naturalmente, dicho proceso de mestizaje se decantó a la par de la
conformación de una unidad geográfica, jurídica y política a la que
se agregaron otros rasgos de cohesión social, religiosa y cultural
que con los años moldearan la entidad sociológica conocida como
nación mexicana que con la Independencia adquiriera categoría
jurídica-política con rango de Estado nacional moderno.
Creo que en este tercer milenio –d.C.- es oportuno, pertinente y
hasta justo recordar, tanto en México como en España, al primer
Martín Cortés, pues como sabemos, hubo un segundo hijo Martín, éste
legítimo, nacido en Cuernavaca en 1532 de la segunda esposa de
Cortés, doña Juana de Zúñiga, sucesor y futuro marqués del Valle. El
historiador don José Luis Martínez, llama al primero el Viejo
y al segundo Martín a secas para distinguirlos. El padre del
conquistador se llamaba Martín (Cortés de Monroy), en cuyo honor y
recuerdo nombrara así a sus hijos.
De
acuerdo a Clavijero, doña Marina era “una joven noble, piritosa y de
buen entendimiento nombrada Tenepal, natural de Painalla, pueblo de
la provincia de Coatzacualco.”
Al fallecer su padre, la madre contrae segundas nupcias con otro
noble con quien tuvo un hijo a quien dieron predilección y para no
perjudicar su herencia, se deshicieron de su hija dándola por muerta
públicamente y entregándola a unos comerciantes de Tabasco, quienes
la vendieron a los tabascos y éstos, a su vez, la dieron a Cortés
junto con otras esclavas como tributo. Fue bautizada junto con las
otras y tomó el nombre de Marina. Los mexicas, acomodando el nombre
la llamaron Malintzin y los españoles, por corrupción, Malinche.
Martín el Viejo, nace en Coyoacán a principios de 1523, muy
poco después del arribo a dicho pueblo de doña Catalina Xuárez,
primera esposa de Hernán Cortés, quien al parecer era presa de celos
por el amor que Cortés profesaba por Martín, reprochándole la
bastardía y el mestizaje de su hijo varón que ella no pudo darle.
Hay quien sostiene que en uno de esos trances de celos y reproches
Cortés la estranguló en un momento de exasperación, como comenta
José Luis Martínez.
Al
año siguiente (1524), Cortés se lleva a doña Marina a la expedición
de las Hibueras como “lengua”, y apenas iniciado el viaje, cerca de
Orizaba, decide casarla con Juan de Jaramillo, con quien doña Marina
tuvo una hija, llamada María. El conquistador les da por dote los
pueblos de Olutla y Jáltipan, y además poseían una casa en la ciudad
de México en la calle de las Medinas, según relata Martínez.
Malintzin muere aún joven en 1527.
Cortés tomó a su cargo la educación de Martín, y en 1529 parte con
él a España. El 16 de abril de ese mismo año el papa Clemente VII
envió a Cortés dos bulas (luego de recibir de éste “un rico presente
de piedras ricas y joyas de oro, y dos indios maestros de jugar el
palo con los pies”),
por la primera de ellas el papa legitima a tres de los hijos
bastardos de Hernán: a Martín, a Luis de Altamirano, el hijo que
tuvo con la española Antonia o Elvira Hermosillo, y a Catalina
Pizarro, hija de Leonor Pizarro.
La
segunda bula concede a Cortés el patronato del Hospital de Jesús,
que el conquistador edificaba en la ciudad de México y al que le
otorgó especial cuidado y esmero, aún en pie hoy en día, y asimismo,
le autorizaba para recibir diezmos y primicias de las tierras que le
pertenecían (a lo que la Corona se opuso y prohibiera a Cortés el
uso de dicha exención).
Poco después el propio Carlos V concede legitimidad a Martín, y en
1531 el Emperador hace “Merced del Hábito de Santiago” a padre e
hijo. Ese mismo año don Martín es nombrado paje del futuro Felipe
II, con quien al parecer siempre mantuvo buena relación. Más tarde
Felipe II lo haría su Gentilhombre. Don Martín recibió esmerada
educación humanística y militar en la Corte.
En
1541 se alista junto con su padre para la expedición de Argel,
siendo el primero en saltar al agua en el desembarco y comenzando a
pelear teniendo el agua por las rodillas, como resultado de su
acción aislada, antes de que estuviera preparada la artillería, lo
siguió el resto de la tripulación de la barcaza de desembarco, y así
se pudo montar con rapidez una cabeza de playa. Como resultado de su
intrépida acción ahí mismo el Emperador lo nombró Comendador “ad
Vacum” (en espera de que hubiese una encomienda libre).
Sobre la malograda expedición de Argel quisiera transcribir algunos
pasajes de las memorias del propio emperador Carlos V: “La flota de
España acudió a su hora, y cuando, tras algunas escaramuzas, las
tropas habían conseguido ya situarse en un lugar adecuado para
asaltar la ciudad de Argel y se encontraban en orden de batalla, con
todo lo necesario para iniciar el fuego de sus baterías, se levantó
súbitamente tal tempestad en el mar que un gran número de navíos
zozobraron y el ejército, que se encontraba ya en tierra, sufrió
también grandes daños.”
“No
obstante, -prosigue el relato imperial-, todos se ayudaron
mutuamente y se restableció lo mejor posible el orden, para resistir
tanto al furor del mar como a las incursiones y los ataques, por
tierra, de los enemigos. Pero la tormenta alcanzó tal magnitud que
el emperador juzgó lo más prudente desistir de la expedición y
hacerse de nuevo a la mar. Aunque esta decisión no pudo llevarse a
efecto inmediatamente, ya que la tempestad no había aún cesado. El
emperador se vio, pues, obligado a cubrir por tierra veinte millas,
franqueando dos grandes ríos antes de llegar a cabo Matifou, donde
pudo reembarcar.”
En
1547 figura ya como Alférez en la batalla de Mühlberg, librada el 20
de abril contra los príncipes protestantes (luteranos), coaligados
por la Liga de Esmalcalda, en la que sale victorioso Carlos V.
A
decir de Fernand Braudel, esa gran batalla “fijó de golpe el
destino de Alemania y de Europa, y, por consecuencia, el del
Mediterráneo. Fue, para el emperador un gran triunfo, mayor incluso
que el de Pavía. Alemania pasaba a ser suya, mientras que, hasta
ahora, Carlos V casi nunca había contado con el apoyo regular del
mundo alemán.”
“¿Qué dio, exactamente, al emperador aquella victoria del 24 de
abril de 1547, entre las nieblas del Elba? Ante todo, un
indiscutible éxito de prestigio; tan inesperada fue y tan rápida,
que sorprendió al mismo vencedor. Y no porque la guerra estuviese,
ni mucho menos, admirablemente preparada y dirigida. [...] Pero los
protestantes, divididos entre ellos y desconcertados en el primer
momento por la traición de Mauricio de Sajonia, dejaron en manos del
enemigo a sus jefes y a millares de hombres. Su retirada condujo al
desastre. Carlos V viose libre de pronto, de ‘lo que desde hacía
quince años era su mayor tormento’: la Liga de Esmalcalda, la
coalición de los príncipes de la Alemania Protestante, rebelde a
Roma y hostil a la voluntad del emperador.”
Participa en la batalla de San Quintín, donde parece que se cubrió
de gloria puesto que Felipe II lo asciende a Trece de la Orden de
Santiago (uno de los más altos cargos de la Orden). Sobre esa
batalla relata Braudel lo siguiente: “Sabido es cómo Coligny se
deslizó subrepticiamente en la plaza, al día siguiente de su cerco
por los españoles. El ejército que, al mando del condestable, se
presenta delante de la ciudad para levantar el bloqueo, es
dispersado por el grueso del enemigo, el 10 de agosto, a lo largo
del Somma. Sobreviene una gran matanza y los españoles hacen una
enorme masa de prisioneros, entre los que figura el propio
condestable. Felipe II, en la retaguardia de sus tropas, recibe de
hora en hora las noticias de la victoria.”
En
1565 ya es capitán y acude en auxilio de Malta asediada por los
turcos. Gracias a esta acción, dirigida personalmente por el propio
Felipe II, quien nombrara a García de Toledo como general de la mar,
se pudo abortar exitosamente un plan largamente añorado y planeado
por Solimán el Magnífico para apoderarse de la isla y de ahí
dominar el sur de Italia y amenazar directamente al Papa.
En
efecto, el 20 de marzo de 1565 la mayor escuadra que surcara el
Mediterráneo en aquellos tiempos –doscientas naves, casi todas
galeras y cincuenta mil soldados para el desembarco- se disponían
conquistar Malta. El capitán de la mar García de Toledo había
coordinado perfectamente todos los recursos y ayudas de la defensa,
y la sorpresa turca falló por completo. Cuando la escuadra española,
que había incorporado naves aliadas, se acercó a la isla, el jefe de
los turcos ordenó inmediatamente la retirada sobre la isla de Chipre.
Se socorrió a los caballeros de Malta y el Mediterráneo occidental
quedó libre de las grandes incursiones enemigas.
Al
dejar Malta Martín era ya Capitán de Mar y Guerra. Había pasado a
las órdenes de don Luis de Requeséns, Almirante de la Flota del
Mediterráneo. Parece que ahí había intimado con don Juan de Austria,
probablemente su doble condición de bastardos debió unirlos.
En
1566, a las órdenes del duque de Alba, va con el ejército por el
Camino de los Españoles, en Lombardía, donde tuvo que rechazar un
ataque de Hugonotes precipitado por Enrique II de Francia.
En
1568 regresa a la Nueva España, viéndose involuntariamente envuelto
junto a su medio hermano el II marqués y tocayo, en una real o
supuesta conspiración para “alzarse con la tierra”, y por cuya
denuncia fueron apresados por orden de la Audiencia que gobernaba
tras la muerte del virrey don Luis de Velasco. Se cuenta que don
Martín fue torturado por órdenes de la Real Audiencia y que al no
obtener confesión lo desterró a perpetuidad de la Nueva España junto
con su medio hermano. Cabe mencionar que aunque la Audiencia no
tenía facultades para torturar, así lo hizo, sometiendo a Martín al
potro y a tragar “un cuartillo de agua” conforme iba estirándose
dicho instrumento. Cuando quitaron el camisón a Martín notaron
varias cicatrices de heridas y al ser preguntado por la causa de las
mismas don Martín se limitó a contestar que habían sido inflingidas
“al servicio de su Majestad”.
De
regreso a España se reincorporó a su vida militar. Ambos hermanos
fueron recibidos en audiencia por Felipe II quien mostró claras
diferencias en el trato a favor de don Martín (El Viejo).
Para estas fechas éste ya ostenta el grado de Cabo de Tercio (segundo
en el mando de un Tercio, regimiento de infantería que agrupaba a
3,000 soldados divididos en tres armas diferentes: pica, arcabuz y
espada). Luego fue a Flandes comisionado por don Juan de Austria con
el objeto de reclutar y mandar a quinientos hombres entre soldados
veteranos y oficiales bien bragados para enfrentar una sublevación
de moriscos en Granada.
En
Granada en diciembre de 1569 a escasos diez días de haber llegado
para luchar al lado de don Juan de Austria, parte a una incursión
cerca de aquella ciudad y justo en un desfiladero que se iba
haciendo cada vez más estrecho, cayó mal herido por disparos de
artillería pequeña al proteger la retirada de sus hombres que habían
caído en una emboscada morisca. Sus veteranos, tras obedecer la
retirada escalonada que ordenó y al ver que aquel estaba tendido,
hicieron una carga descubierta para recoger el cuerpo herido.
Falleció dos días más tarde en Granada. Tras su muerte Felipe II
otorgó a su viuda, doña Bernardina de Porres, perteneciente a la
nobleza media de Rioja, una pensión de 400 ducados.
Tal es en apretada síntesis un recuento de la vida
de nuestro Martín Cortés, que ventilo públicamente no solo para
difundir y honrar su genio y figura, sino fundamentalmente para
estimular un merecido, acucioso y profundo estudio sobre este
singular personaje que considero el “primer mexicano”, quien ha
recibido poco interés en ambos lados geográficos que comparten una
historia común: México y España.
Vale.
