México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

Del alma romántica y el espíritu decadente: una transgresión del orden y el progreso brasileño.

Apuntes sobre lo Romántico y lo Modernista en “El espejo” de Joaquín María Machado de Assis.

 

Fernando Adolfo Morales Orozco. (México, 1983). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa la maestría en Letras Mexicanas en esa misma institución.

 

Han pasado algunos años, menos de cien, desde que el rey don Juan VI otorgara la independencia del Brasil. El príncipe don Pedro se ha colocado en el trono de Brasil y se ha declarado como emperador. Poco tiempo dura el imperio y en 1889 se sutituye por una república en la cual el lema será la premisa del positivismo: Orden y Progreso. Bajo los últimos años del imperialismo, el proceso de modernización se concentró fuertemente en la abolición de la esclavitud y la entrada de inmigrantes de origen europeo en el país, con lo cual comenzaron a mezclar las distintas ideologías, entre ellas, seguramente los indicios del Decadentismo que en América tomaron un camino diferente al del resto del mundo occidental. En esta atmósfera, Joaquím María Machado de Assis escribe su literatura. Influido fuertemente por el Romanticismo durante sus primeros escritos, Machado en 1882 comienza a demostrar lo que yo considero son ciertos visos de decadentismo en su serie de cuentos denominada El alienista[1]. Pienso centrarme, en este momento, en uno de los cuentos de esta antología: “El espejo. Esbozo de una teoría del alma humana”, en el cual, Machado imprime algunos de estos indicios de hastío en contra de la modernidad[2] sin que, por supuesto se separe completamente del pensamiento romántico, fuerte todavía en su época. “El espejo” de Machado es una propuesta de análisis sobre el alma humana que, según Alfredo Bosi: “embiste contra las convicciones del “yo” romántico, [...] no existe “unidad” previa del alma. La conciencia de cada hombre proviene de afuera; pero este “afuera” es descontinuo y oscilante, porque descontinua es la presencia física de los otros, y oscilante su apoyo. Jacobina conquistará su “alma”, o sea la autoimagen perdida, solamente cuando se haga un todo con el uniforme del alférez que lo constituye como persona. (Machado: XXIII) A partir de esto, y por el conocimiento de cómo funciona el Modernismo en otras latitudes latinoamericanas, es que considero que este cuento de Machado es muy cercano ya a l manifiesto que unos cuantos años antes ya se había propagado por todo el continente en la pluma de Manuel Gutiérrez Nájera y otros autores de la época.

Con el advenimiento de un nuevo orden económico ―proceso lento y disímil entre las naciones hispanoamericanas― se sentaron las bases de una cultura materialista que impuso el concepto de mercado como el elemento rector de todas las actividades humanas, inclusive las literarias. [...] Otros factores de esta profunda transformación social aumentaron el sentido de desarraigo y angustia del escritor modernista: el desmoronamiento del sistema ideológico colonial [...] la crisis de la fe religiosa, la comercialización de la cultura y la marginalización en ella del escritor. [...] los artistas del Modernismo experimentaron una agonía espiritual y una duda filosófica, sentimientos que generaron una variedad de estrategias experimentales cuya finalidad fue la reconstrucción de su universo individual y nacional. (Schulman: 10-11) 

         Seguramente Machado es conocedor de este credo y lo trasformó para que fuera propio de la ideología brasileña. “El espejo” servirá para demostrarlo.

Se encuentra un joven llamado Jacobina en un pequeño pueblo, donde todavía se saborea ese gusto a pequeño lugar de campesinos, un lugar a donde todavía no ha llegado la modernidad para abatir con el ambiente bucólico y campirano. El joven ha recibido una noticia que conmueve a los habitantes de la villa. De esta manera inicia “El espejo”

―Yo tenía veinticinco años, era pobre y acababa de ser nombrado alférez de la guardia nacional. No se imaginan el revuelo que provocó la noticia en mi casa. ¡Mi madre se sintió tan orgullosa! ¡Tan contenta! Me llamaba su alférez [...] En el pueblo donde vivíamos, como en la Escritura, hay que decirlo, hubo algunos resentidos; llanto y castañeteo de dientes, [...] hubo muchas personas que se sintieron satisfechas con el nombramiento; y la prueba es que el uniforme completo me fue obsequiado por amigos... (Machado: 139)

         Un uniforme, un nombramiento, en el credo romántico, un militar, reminiscencia del caballero medieval, es un héroe. Este militar debe ser una figura de poder y motivo de orgullo para todo el pueblo que lo vio crecer y convertirse en su protector. Jacobina es admirado por la familia, envidiado y adorado por el pueblo y obsequiado con el traje de alférez, que será un símbolo de la construcción de una nueva alma, el alma externa que entrará adelante, en conflicto con la que obtuvo y cultivó mientras fue un simple ciudadano. Se conjugan aquí dos ideas muy interesantes en el cuento de Machado: en principio, ese sabor romántico que también se observa en las figuras de los héroes militares como Fernando Valle de Altamirano. Ambos son jóvenes, galantes, buenos partidos, admirados por el vulgo. Pero al contrario del militar de Altamirano, el de Machado posee una sombra que no le permite ser un héroe romántico y que lo llevará al tremendo golpe que es el examen de la construcción de su alma. El recurso de la individualidad, el decadente pensamiento del individualismo que, si bien, se conformó durante la época libertaria romántica, se consolidó a fines del siglo XIX con la desaparición de los héroes nacionalistas. La desconfianza del pueblo sobre la decisión de que Jacobina haya sido nobmrado alférez es una marca de la fragmentación de la confianza en las instituciones y de esta descomposición del ideal romántico. Alfredo Bosi lo determina de la siguiente manera:

Machado vive hasta el fondo la certeza postromántica (burguesa, “tardío capitalista” como diría un sociólogo italiano) de que es una ilusión suponer la autonomía del sujeto. Y, peor que ilusión, un grave riesgo para el mismo sujeto parecer diferente del promedio general consentido. Por curiosas que sean las volteretas del pensamiento y extrañas las fantasías del deseo, no hay otro modo de sobrevivir en lo cotidiano sino agarrándose bien firme a las instituciones; éstas, y sólo éstas, le aseguran al frágil individuo el pleno derecho a la vida material, y, de allí, el dulce ocio que le permitirá, incluso, balancearse sobre esas volteretas y fantasías. (Machado: XIV) 

Hombre y militar y se mantienen conjugados en una sola persona; pero durante poco tiempo[3]. Cuando Jacobina llega a casa de la madrina, nos aparece otro elemento que porta una reminiscencia del antiguo mundo romántico por su construcción, por su estilo y por la época en la que fue adquirido: el espejo, que da nombre a la narración y que juega un papel muy importante en el resto de la narración.

Era un espejo que le había comprado la madrina, y que ésta había heredado de su madre, quien lo había comprado a una de las hidalgas venidas en 1808 con la corte de Don Juan VI. No sé qué había en eso de verdad; pero era lo que se decía. Naturalmente, el espejo estaba muy viejo; pero se veía en él todavía el oro, carcomido en parte por el tiempo, unos delfines esculpidos en los ángulos superiores del marco, unos adornos de madreperla y otros caprichos del artista. Todo viejo pero bueno... (Machado: 140) 

El espejo desaparece por unos momentos de la narración. Jacobina, durante su estancia en la hacienda de su madrina, termina por esconder su alma humana y se construye un alma externa a que se basa en la admiración que le tienen, tanto los esclavos, como la madrina y el resto de los habitantes de la finca. El alma de Jacobina, como la idea positivista del orden y progreso, solo se sotiene por medio de la estratificación social, en la cual, cada uno de los hombres que conforman la comunidad mantienen un lugar y un trabajo preestablecido, esta idea de la gran máquina con engranajes cuyo malfuncionamiento puede componerse cambiando la pieza que se ha barrido. Machado retrata esta situación en su cuento. El alma de Jacobina se sostiene a partir de su lugar en la sociedad. Su puesto militar solamente tiene sentido ante la comunidad que lo ha vestido en un ritual de disfrazamiento que bien puede funcionar como un procedimiento de cambio de status y también de posición en la máquina, esto se refleja en el miedo que Jacobina siente cuando su tía sale de casa, porque el sistema que mantiene a Jacobina dentro de la máquina es el antiguo sistema esclavista que también se ve tambaleante ante la llegada de la modernidad: “Les confieso que de inmediato sentí una gran opresión, algo aprecido al efecto de cuatro paredes carcelarias, súbitamente alzadas a mi alrededor. Era el alma exterior que se retraía; reducida ahora a algunos espírtius imbecilizados. El alférez seguía predominando en mí aunque su vida fuera menor intensa y la conciencia más débil.” (Machado: 141). Por esta causa es que Jacobina entra en pánico al momento en que tanto la madrina, como los esclavos lo dejan solo en la hacienda. Finalmente, al momento de ser extraído de la máquina, de la sociedad, el hombre fractura esta visión cosmológica tan ordenada y se enfrenta a una realidad desconocida para él:

¡Ojalá hubiese podido tener miedo! Hubiera sido una prueba de que estaba vivo. Pero lo característico de aquella situación es que yo no podía tener miedo, o sea, lo que comúnmente se entiende por miedo. Lo que tenía era una sensación inexplicable. Parecía un difunto caminando, un sonámbulo, un muñeco mecánico. Cuando dormía, era otra cosa. El sueño me aliviaba, no porque sea, como vulgarmente se dice, hermano de la muerte, sino por otra razón. [...] el sueño, al eliminar la necesidad de un alma exterior, dejaba actuar al alma interior. En los sueños vestía mi uniforme, orgullosamente, en medio de la familia y de los amigos, que elogiaban mi garbo, que me llamaban alférez [...] (Machado: 142) 

Comienza entonces la batalla entre las almas del personaje, esta batalla que también refleja de cierta manera esta contraposición de lo romántico y lo decadente-modernista. Jacobina ha sido nombrado alférez por un gobierno monárquico, inspirado en la tradición medieval del gobierno por derecho divino y que, por supuesto, tiene su corte romántico. En contraposición, se encuentra solo en la mitad del campo, donde ni el nombramiento ni el status tiene valor porque está lejos de la sociedad donde todos estos símbolos tienen un fundamento y un significado. Por lo tanto, alma interna ―la decadente― y alma externa ―la romántica― se encuentran en lucha dentro de Jacobina.

Para los románticos, el alma no puede ser sino el ligar de nuestra semejanza y de nuestro contacto con el organismo universal, la presencia en nosotros de un principio de vida que se confunde con la propia Vida divina. Y, como nuestra psique consciente es la psique posterior a la separación, encerrada en sí misma, será preciso postular otra región de nosotros mismos a través de la cual la prisión de la existencia individual se abra a la realidad. En efecto, lo que las facultades de nuestro ser consciente –sentido y razón- conocen con el nombre de realidad objetiva no es lo Real. Esto último, que se confunde con la vida, solamente puede alcanzarse en nuestro interior, en el Inconsciente. (Beguin: 108) 

Esta batalla se continuará durante los siguientes días. Jacobina es a veces medio romántico y a veces medio decadente.modernista. Hastiado por la soledad se dedica a intentar todo sin ahcer nada. Jacobina es un militar al mismo tiempo que un artista en potencia. “En una oprotunidad pensé en escribir algo, un artículo político, una novela, una oda; no elegí nada preciso, me senté y garabateé en el papel algunas palabras y frases sueltas, para trabajarlas estilísticamente después.” (Machado: 142) Esta es una clara señal de esta lucha entre lo romántico y lo decadente. Regreso a la figura del militar según la poética romántica y retomo una que conjuga al soldado con el artista. El soldado del segundo periodo romántico, como el Fernando Valle de Altamirano, conjuga su faceta militar con el arte. El credo romántico avanza, se transforma y entonces tanto artistas como militares se alejan para luego convertirse en entes contrapuestos: el artista bohemio y el soldado fuerte. Esta separación se comienza a observar ya en Machado. Aquí estriba una clave para distinguir al autor brasileño, no como un modernista en pleno, pero sí como un predecesor del movimiento antipositivista de fin de siglo XIX.

El espejo finalmente hace aparición en el relato nuevamente. Ocho días han pasado desde que Jacobina se vio solo en la hacienda: “[...] al cabo de ocho días se me dio la ventolera de verme al espejo, con el fin, justamente, de encontrarme dual. Me miré y retrocedí. Hasta el vidrio parecía conjurado con el resto del universo; no me devolvió la figura nítida y entera, sino vaga, esfumada, difusa, sombra de sombra. [...]” (Machado: 143) El cuadro está completo. Jacobina no tiene un alma bajo la perspectiva aristotélica: “Resulta ser así, además, por definición: pues en cada caso la entelequia se produce en el sujeto que está en potencia y, por tanto, en la materia adecuada. Así pues, de todo esto se deduce con evidencia que el alma es entelequia y forma de aquel sujeto que tiene la posibilidad de convertirse en un ser de tal tipo.” (II 1, 414 a25) Si antes, las dos almas de Jacobina batallan contra sí para obtener supremacía, en este momento ninguna de las dos tiene una forma. Bajo el planteamiento de que el espejo, según Chevalier, el espejo revela la verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y de la conciencia, pero al mismo tiempo: “La reflexión de la luz o de la realidad no cambia ciertamente su naturaleza, sino que entraña un cierto aspecto de ilusión, de mentira con respecto al Principio.” (Chevalier: ESPEJO); este objeto revela la vacuidad anímica de Jacobina. El espejo es solamente un reflejo de que Jacobina no tiene un alma propia y por tanto deberá construírsela a partir de un disfraz, de una ropa que, como ya habíamos dicho anteriormente, constituye un ritual en el que el alma se conforma nuevamente, con una cara diferente.

―Se me ocurrió ponerme el uniforme de alférez. Lo vestí, me apronté de arriba abajo; y como estaba frente al espejo, levanté los ojos [...] el espejo reprodujo entonces la figura íntegra [...] era yo mismo, el alférez, que encontraba, por fin el alma exterior. Esa alma que se había ausentado junto con la dueña de la chacra, dispersa y fugitiva como los esclavos, allí estaba recompuesta en el espejo. (Machado: 143)

 

Jacobina ha recuperado un alma, que no la original suya. Un alma que es causa y principio de su cuerpo. El alma de Jacobina discierne y reconoce como realidad solo la del uniforme, por lo tanto la de la sociedad ordenada y progresista. Esta alma ha dejado tras de sí la idea individual, la personal, la del Jacobina del pueblo, en su lugar se sostiene una imagen creada por el modelo en decadencia de la monarquía imperial brasileña. Machado entonces nos ilustra su hastío conta la sociedad crecientemente modernizada y el gobierno que lo impulsa a través de viejos esquemas y nuevas ideas. La monarquía decadente abre paso a la república y con ella a la ruptura de estos modelos. De alguna manera Machado se ha dado cuenta de esto, fuertemente denuncia la pérdida del individuo en la maquinaria progesista de la modernidad a la que Brasil se sujetará pocos años más adelante con la república. Machado, sin embargo, no denuncia la pérdida de la individualidad como algo malo, no se siente este juicio en todo su cuento, por eso es que no puede ser un escritor romántico que defienda a plenitud el ideal de la libertad y la individualidad del ser humano. Sin embargo, sí mantiene su oposición ante el evolucionismo como bien lo considera Merquior:

Lo que singulariza el pensamiento de Machado es su posición antagónica en relación con el evolucionismo ochocentista, con el culto del progreso y de la ciencia. [...] Un artista como Machado de Assis tomó más en serio que los heraldos del evolucionismo cientificista que el golpe que Darwin había asestado a las ilusiones antropocéntircas de la humanidad. Machado aprendió de Montaigne a no olvidar que el hombre es un animal sujeto a su naturaleza y a sus caprichos, y no un soberano invulnerable de la creación, arrogantemente señor de su destino. (Merquior: 90-91)

 

         La técnica convencional no está ya presente en la obra de Machado de Assis. Su cuento “El espejo” es una ilustración de esta contienda entre el antiguo mundo monárquico romántico y el arrasador movimiento en pro de la modernidad que apabulló a Brasil en los últimos treinta años del siglo XIX. Jacobina sabe que su alma está solamente justificada por el uniforme de alférez, así como Brasil se sabe prensada entre dos mundos que chocan entre sí. Jacobina existe y es a partir del uniforme militar. No es por el simple hecho de existir, sino por el papel que representa dentro de la sociedad en la que vive: “Machado de Assis [...] se impregnó profundamente del pensamiento de Schopenhauer, para quien, exactamente, el universo es voluntad; ciega, oscura e irracional voluntad de vivir. La ley de lo real no es ningún logos armonioso, pero sí un conflictivo querer, fatalmente doloroso, porque es necesariamente instisfecho.” (Merquior: 89) En este sentido, y bajo una perspectiva comapratista muy somera del modernismo con la obra de Joaquín María Machado de Assis, bien puede decirse que en algún momento su literatura se encuentra a caballo entre el manifiesto romántico y el credo decadente de fines del siglo XIX.

 

Bibliografía

MACHADO de Assis, Joaquín María. 1978. “El espejo” en Cuentos, sel. y pról., Alfredo Bosi, (Caracas: Ayacucho) pp. 137-144.

ARISTÓTELES. 1978. Acerca del alma, introd., trad. y notas Tomás Calvo Martínez, (Madrid: Gredos), Biblioteca Clásica Gredos, 14. 

BÉGUIN, Albert. 1954. El alma romántica y el sueño. Ensayo sobre el romanticismo alemán y la poesía francesa, trad., Mario Monteforte Toledo. (México. Fondo de Cultura Económica) 

CHEVALIER, Jean y Alain Gheerbant. 1999. Diccionario de los símbolos, trad. Manuel Silva y Arturo Rodríguez, 6ª ed. (Barcelona: Herder) 

JOU, María Teresa. 1992. “Romanticismo y mito del progreso. Consideraciones desde la perspectiva actual” en Gabriel Oliver et. al. Romanticismo y fin de siglo. (Barcelona: Universidad de Barcelona), pp. 203-212. 

MERQUIOR, José Guilherme. 1994. “Machado de Assis: un puente entre dos literaturas”, trad. Leonidas Cevallos Mesones y Carmen Sologuren, en Horácio Costa (comp.). Estudios Brasileños. (México: Universidad Nacional Autónoma de México), pp. 77-107. 

SCHULMAN, Ivan A. 2002. “Vigencia del Modernismo hispanoamericano: concepto en movimiento.” en El proyecto inconcluso. La vigencia del Modernismo. (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Siglo XXI), pp. 9-25. 

WERNECK Sodré, Nelson. 1976. Historia da Literatura Brasileira. Seus fundamentos Econômicos, 6ª ed. (Río de Janeiro: Civilização Brasileira), Vera Cruz, 60. 


[1] “Sua carrera literária tem duas fases bem nítidas, a primeira, em que é ainda romântico, embora anunciando, aquí e ali, a posse daquelas virtudes que se engrandecerão na segundo. Depois, e com intervalo curto, evolui para una posição realista inequívoca, embora não ligado à forma de expressão que o realismo assumiu cm a escola naturalista, que teve o senso de desprezar. [...] Aquela sociedades em que o triunfou, que o acolheu e lhe permitiu a glória, não a estima, não afina como os seus costumes, sente lhe a pequenez. Daí ter parecido cético, pessimista, decrente da vida e dos homens. [...] Quando afirma a literatura como “mais do que passatempo e menos do que apostolado”, compreende que a arte não se destina a preencher os ócios, como era aceito naquele ensinar aos homens as córsas da vida, mas tal ensino perderia em vigor e se diluiria na refratariedade se tomasse a forma de apostolado, se denunciasse intenção, Assim, realiza a sua obra. [...]” (Werneck: 501)

[2] El concepto de lo “moderno” tiene su acepción más cierta en la asunción de la linealidad histórica bajo la óptica progresista, esto es, en la consideración del futuro no sólo como único espacio real en el que ser sino asimismo en la entidad de “lo mejor” que se asienta en una base esencialmente expansiva. En el dinamismo que es propio de la sociedad moderna se parte de la necesidad innovadora y de la objetivación a fin de conseguir la perfección en un mundo radicalmente dominado por el hombre. (Jou: 203)

[3] “―El alférez eliminó al hombre. Durante algunos días las dos naturalezas se equilibraron; pero no fue necesario mucho tiempo, para que la primitiva cediese a la otra; restó en mí una parte mínima de humanidad. Ocurrió entonces que el alma exterior, que era antes el sol, el campo, los ojos de las muchachas, cambió de naturaleza, y pasó a ser la cortesía y las adulaciones de la casa, todo lo que me hablaba de mi cargo, nada de lo que me hablaba del hombre. La única parte del ciudadano que restó en mí fue aquella que tenía que ver con mi reciente nombramiento; la otra se desvaneció en el aire y en el pasado.” (Machado: 140)

 

 

 

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