Fernando
Adolfo Morales Orozco. (México, 1983). Licenciado en
Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional
Autónoma de México, actualmente cursa la maestría en Letras
Mexicanas en esa misma institución.

Han
pasado algunos años, menos de cien, desde que el rey don Juan VI
otorgara la independencia del Brasil. El príncipe don Pedro se ha
colocado en el trono de Brasil y se ha declarado como emperador.
Poco tiempo dura el imperio y en 1889 se sutituye por una república
en la cual el lema será la premisa del positivismo: Orden y
Progreso. Bajo los últimos años del imperialismo, el proceso de
modernización se concentró fuertemente en la abolición de la
esclavitud y la entrada de inmigrantes de origen europeo en el país,
con lo cual comenzaron a mezclar las distintas ideologías, entre
ellas, seguramente los indicios del Decadentismo que en América
tomaron un camino diferente al del resto del mundo occidental. En
esta atmósfera, Joaquím María Machado de Assis escribe su literatura.
Influido fuertemente por el Romanticismo durante sus primeros
escritos, Machado en 1882 comienza a demostrar lo que yo considero
son ciertos visos de decadentismo en su serie de cuentos denominada
El alienista.
Pienso centrarme, en este momento, en uno de los cuentos de esta
antología: “El espejo. Esbozo de una teoría del alma humana”, en el
cual, Machado imprime algunos de estos indicios de hastío en contra
de la modernidad
sin que, por supuesto se separe completamente del pensamiento
romántico, fuerte todavía en su época. “El espejo” de Machado es una
propuesta de análisis sobre el alma humana que, según Alfredo Bosi:
“embiste contra las convicciones del “yo” romántico, [...] no existe
“unidad” previa del alma. La conciencia de cada hombre proviene de
afuera; pero este “afuera” es descontinuo y oscilante, porque
descontinua es la presencia física de los otros, y oscilante su
apoyo. Jacobina conquistará su “alma”, o sea la autoimagen perdida,
solamente cuando se haga un todo con el uniforme del alférez que lo
constituye como persona. (Machado: XXIII) A partir de esto, y por el
conocimiento de cómo funciona el Modernismo en otras latitudes
latinoamericanas, es que considero que este cuento de Machado es muy
cercano ya a l manifiesto que unos cuantos años antes ya se había
propagado por todo el continente en la pluma de Manuel Gutiérrez
Nájera y otros autores de la época.
Con el advenimiento de un
nuevo orden económico ―proceso lento y disímil entre las naciones
hispanoamericanas― se sentaron las bases de una cultura materialista
que impuso el concepto de mercado como el elemento rector de todas
las actividades humanas, inclusive las literarias. [...] Otros
factores de esta profunda transformación social aumentaron el
sentido de desarraigo y angustia del escritor modernista: el
desmoronamiento del sistema ideológico colonial [...] la crisis de
la fe religiosa, la comercialización de la cultura y la
marginalización en ella del escritor. [...] los artistas del
Modernismo experimentaron una agonía espiritual y una duda
filosófica, sentimientos que generaron una variedad de estrategias
experimentales cuya finalidad fue la reconstrucción de su universo
individual y nacional. (Schulman: 10-11)
Seguramente Machado es conocedor de este credo y lo
trasformó para que fuera propio de la ideología brasileña. “El
espejo” servirá para demostrarlo.
Se
encuentra un joven llamado Jacobina en un pequeño pueblo, donde
todavía se saborea ese gusto a pequeño lugar de campesinos, un lugar
a donde todavía no ha llegado la modernidad para abatir con el
ambiente bucólico y campirano. El joven ha recibido una noticia que
conmueve a los habitantes de la villa. De esta manera inicia “El
espejo”
―Yo
tenía veinticinco años, era pobre y acababa de ser nombrado alférez
de la guardia nacional. No se imaginan el revuelo que provocó la
noticia en mi casa. ¡Mi madre se sintió tan orgullosa! ¡Tan contenta!
Me llamaba su alférez [...] En el pueblo donde vivíamos, como en la
Escritura, hay que decirlo, hubo algunos resentidos; llanto y
castañeteo de dientes, [...] hubo muchas personas que se sintieron
satisfechas con el nombramiento; y la prueba es que el uniforme
completo me fue obsequiado por amigos... (Machado: 139)
Un uniforme, un nombramiento, en el credo romántico, un
militar, reminiscencia del caballero medieval, es un héroe. Este
militar debe ser una figura de poder y motivo de orgullo para todo
el pueblo que lo vio crecer y convertirse en su protector. Jacobina
es admirado por la familia, envidiado y adorado por el pueblo y
obsequiado con el traje de alférez, que será un símbolo de la
construcción de una nueva alma, el alma externa que entrará adelante,
en conflicto con la que obtuvo y cultivó mientras fue un simple
ciudadano. Se conjugan aquí dos ideas muy interesantes en el cuento
de Machado: en principio, ese sabor romántico que también se observa
en las figuras de los héroes militares como Fernando Valle de
Altamirano. Ambos son jóvenes, galantes, buenos partidos, admirados
por el vulgo. Pero al contrario del militar de Altamirano, el de
Machado posee una sombra que no le permite ser un héroe romántico y
que lo llevará al tremendo golpe que es el examen de la construcción
de su alma. El recurso de la individualidad, el decadente
pensamiento del individualismo que, si bien, se conformó durante la
época libertaria romántica, se consolidó a fines del siglo XIX con
la desaparición de los héroes nacionalistas. La desconfianza del
pueblo sobre la decisión de que Jacobina haya sido nobmrado alférez
es una marca de la fragmentación de la confianza en las
instituciones y de esta descomposición del ideal romántico. Alfredo
Bosi lo determina de la siguiente manera:
Machado vive hasta el fondo la certeza postromántica (burguesa,
“tardío capitalista” como diría un sociólogo italiano) de que es una
ilusión suponer la autonomía del sujeto. Y, peor que ilusión, un
grave riesgo para el mismo sujeto parecer diferente del promedio
general consentido. Por curiosas que sean las volteretas del
pensamiento y extrañas las fantasías del deseo, no hay otro modo de
sobrevivir en lo cotidiano sino agarrándose bien firme a las
instituciones; éstas, y sólo éstas, le aseguran al frágil individuo
el pleno derecho a la vida material, y, de allí, el dulce ocio que
le permitirá, incluso, balancearse sobre esas volteretas y fantasías.
(Machado: XIV)
Hombre y militar y se mantienen conjugados en una sola persona; pero
durante poco tiempo.
Cuando Jacobina llega a casa de la madrina, nos aparece otro
elemento que porta una reminiscencia del antiguo mundo romántico por
su construcción, por su estilo y por la época en la que fue
adquirido: el espejo, que da nombre a la narración y que juega un
papel muy importante en el resto de la narración.
Era
un espejo que le había comprado la madrina, y que ésta había
heredado de su madre, quien lo había comprado a una de las hidalgas
venidas en 1808 con la corte de Don Juan VI. No sé qué había en eso
de verdad; pero era lo que se decía. Naturalmente, el espejo estaba
muy viejo; pero se veía en él todavía el oro, carcomido en parte por
el tiempo, unos delfines esculpidos en los ángulos superiores del
marco, unos adornos de madreperla y otros caprichos del artista.
Todo viejo pero bueno... (Machado: 140)
El
espejo desaparece por unos momentos de la narración. Jacobina,
durante su estancia en la hacienda de su madrina, termina por
esconder su alma humana y se construye un alma externa a que se basa
en la admiración que le tienen, tanto los esclavos, como la madrina
y el resto de los habitantes de la finca. El alma de Jacobina, como
la idea positivista del orden y progreso, solo se sotiene por medio
de la estratificación social, en la cual, cada uno de los hombres
que conforman la comunidad mantienen un lugar y un trabajo
preestablecido, esta idea de la gran máquina con engranajes cuyo
malfuncionamiento puede componerse cambiando la pieza que se ha
barrido. Machado retrata esta situación en su cuento. El alma de
Jacobina se sostiene a partir de su lugar en la sociedad. Su puesto
militar solamente tiene sentido ante la comunidad que lo ha vestido
en un ritual de disfrazamiento que bien puede funcionar como un
procedimiento de cambio de status y también de posición en la
máquina, esto se refleja en el miedo que Jacobina siente cuando su
tía sale de casa, porque el sistema que mantiene a Jacobina dentro
de la máquina es el antiguo sistema esclavista que también se ve
tambaleante ante la llegada de la modernidad: “Les confieso que de
inmediato sentí una gran opresión, algo aprecido al efecto de cuatro
paredes carcelarias, súbitamente alzadas a mi alrededor. Era el alma
exterior que se retraía; reducida ahora a algunos espírtius
imbecilizados. El alférez seguía predominando en mí aunque su vida
fuera menor intensa y la conciencia más débil.” (Machado: 141). Por
esta causa es que Jacobina entra en pánico al momento en que tanto
la madrina, como los esclavos lo dejan solo en la hacienda.
Finalmente, al momento de ser extraído de la máquina, de la sociedad,
el hombre fractura esta visión cosmológica tan ordenada y se
enfrenta a una realidad desconocida para él:
¡Ojalá
hubiese podido tener miedo! Hubiera sido una prueba de que estaba
vivo. Pero lo característico de aquella situación es que yo no podía
tener miedo, o sea, lo que comúnmente se entiende por miedo. Lo que
tenía era una sensación inexplicable. Parecía un difunto caminando,
un sonámbulo, un muñeco mecánico. Cuando dormía, era otra cosa. El
sueño me aliviaba, no porque sea, como vulgarmente se dice, hermano
de la muerte, sino por otra razón. [...] el sueño, al eliminar la
necesidad de un alma exterior, dejaba actuar al alma interior. En
los sueños vestía mi uniforme, orgullosamente, en medio de la
familia y de los amigos, que elogiaban mi garbo, que me llamaban
alférez [...] (Machado: 142)
Comienza entonces la batalla entre las almas del personaje, esta
batalla que también refleja de cierta manera esta contraposición de
lo romántico y lo decadente-modernista. Jacobina ha sido nombrado
alférez por un gobierno monárquico, inspirado en la tradición
medieval del gobierno por derecho divino y que, por supuesto, tiene
su corte romántico. En contraposición, se encuentra solo en la mitad
del campo, donde ni el nombramiento ni el status tiene valor porque
está lejos de la sociedad donde todos estos símbolos tienen un
fundamento y un significado. Por lo tanto, alma interna ―la
decadente― y alma externa ―la romántica― se encuentran en lucha
dentro de Jacobina.
Para los románticos, el alma no puede ser sino el ligar de nuestra
semejanza y de nuestro contacto con el organismo universal, la
presencia en nosotros de un principio de vida que se confunde con la
propia Vida divina. Y, como nuestra psique consciente es la psique
posterior a la separación, encerrada en sí misma, será preciso
postular otra región de nosotros mismos a través de la cual la
prisión de la existencia individual se abra a la realidad. En efecto,
lo que las facultades de nuestro ser consciente –sentido y razón-
conocen con el nombre de realidad objetiva no es lo Real. Esto
último, que se confunde con la vida, solamente puede alcanzarse en
nuestro interior, en el Inconsciente. (Beguin: 108)
Esta batalla se continuará durante los siguientes días. Jacobina es
a veces medio romántico y a veces medio decadente.modernista.
Hastiado por la soledad se dedica a intentar todo sin ahcer nada.
Jacobina es un militar al mismo tiempo que un artista en potencia.
“En una oprotunidad pensé en escribir algo, un artículo político,
una novela, una oda; no elegí nada preciso, me senté y garabateé en
el papel algunas palabras y frases sueltas, para trabajarlas
estilísticamente después.” (Machado: 142) Esta es una clara señal de
esta lucha entre lo romántico y lo decadente. Regreso a la figura
del militar según la poética romántica y retomo una que conjuga al
soldado con el artista. El soldado del segundo periodo romántico,
como el Fernando Valle de Altamirano, conjuga su faceta militar con
el arte. El credo romántico avanza, se transforma y entonces tanto
artistas como militares se alejan para luego convertirse en entes
contrapuestos: el artista bohemio y el soldado fuerte. Esta
separación se comienza a observar ya en Machado. Aquí estriba una
clave para distinguir al autor brasileño, no como un modernista en
pleno, pero sí como un predecesor del movimiento antipositivista de
fin de siglo XIX.
El
espejo finalmente hace aparición en el relato nuevamente. Ocho días
han pasado desde que Jacobina se vio solo en la hacienda: “[...] al
cabo de ocho días se me dio la ventolera de verme al espejo, con el
fin, justamente, de encontrarme dual. Me miré y retrocedí. Hasta el
vidrio parecía conjurado con el resto del universo; no me devolvió
la figura nítida y entera, sino vaga, esfumada, difusa, sombra de
sombra. [...]” (Machado: 143) El cuadro está completo. Jacobina no
tiene un alma bajo la perspectiva aristotélica: “Resulta ser así,
además, por definición: pues en cada caso la entelequia se produce
en el sujeto que está en potencia y, por tanto, en la materia
adecuada. Así pues, de todo esto se deduce con evidencia que el alma
es entelequia y forma de aquel sujeto que tiene la posibilidad de
convertirse en un ser de tal tipo.” (II 1, 414 a25) Si antes, las
dos almas de Jacobina batallan contra sí para obtener supremacía, en
este momento ninguna de las dos tiene una forma. Bajo el
planteamiento de que el espejo, según Chevalier, el espejo revela la
verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y de la conciencia,
pero al mismo tiempo: “La reflexión de la luz o de la realidad no
cambia ciertamente su naturaleza, sino que entraña un cierto aspecto
de ilusión, de mentira con respecto al Principio.” (Chevalier:
ESPEJO); este objeto revela la vacuidad anímica de Jacobina. El
espejo es solamente un reflejo de que Jacobina no tiene un alma
propia y por tanto deberá construírsela a partir de un disfraz, de
una ropa que, como ya habíamos dicho anteriormente, constituye un
ritual en el que el alma se conforma nuevamente, con una cara
diferente.
―Se
me ocurrió ponerme el uniforme de alférez. Lo vestí, me apronté de
arriba abajo; y como estaba frente al espejo, levanté los ojos [...]
el espejo reprodujo entonces la figura íntegra [...] era yo mismo,
el alférez, que encontraba, por fin el alma exterior. Esa alma que
se había ausentado junto con la dueña de la chacra, dispersa y
fugitiva como los esclavos, allí estaba recompuesta en el espejo.
(Machado: 143)
Jacobina ha recuperado un alma, que no la original suya. Un alma que
es causa y principio de su cuerpo. El alma de Jacobina discierne y
reconoce como realidad solo la del uniforme, por lo tanto la de la
sociedad ordenada y progresista. Esta alma ha dejado tras de sí la
idea individual, la personal, la del Jacobina del pueblo, en su
lugar se sostiene una imagen creada por el modelo en decadencia de
la monarquía imperial brasileña. Machado entonces nos ilustra su
hastío conta la sociedad crecientemente modernizada y el gobierno
que lo impulsa a través de viejos esquemas y nuevas ideas. La
monarquía decadente abre paso a la república y con ella a la ruptura
de estos modelos. De alguna manera Machado se ha dado cuenta de esto,
fuertemente denuncia la pérdida del individuo en la maquinaria
progesista de la modernidad a la que Brasil se sujetará pocos años
más adelante con la república. Machado, sin embargo, no denuncia la
pérdida de la individualidad como algo malo, no se siente este
juicio en todo su cuento, por eso es que no puede ser un escritor
romántico que defienda a plenitud el ideal de la libertad y la
individualidad del ser humano. Sin embargo, sí mantiene su oposición
ante el evolucionismo como bien lo considera Merquior:
Lo
que singulariza el pensamiento de Machado es su posición antagónica
en relación con el evolucionismo ochocentista, con el culto del
progreso y de la ciencia. [...] Un artista como Machado de Assis
tomó más en serio que los heraldos del evolucionismo cientificista
que el golpe que Darwin había asestado a las ilusiones
antropocéntircas de la humanidad. Machado aprendió de Montaigne a no
olvidar que el hombre es un animal sujeto a su naturaleza y a sus
caprichos, y no un soberano invulnerable de la creación,
arrogantemente señor de su destino. (Merquior: 90-91)
La técnica convencional no está ya presente en la obra de
Machado de Assis. Su cuento “El espejo” es una ilustración de esta
contienda entre el antiguo mundo monárquico romántico y el arrasador
movimiento en pro de la modernidad que apabulló a Brasil en los
últimos treinta años del siglo XIX. Jacobina sabe que su alma está
solamente justificada por el uniforme de alférez, así como Brasil se
sabe prensada entre dos mundos que chocan entre sí. Jacobina existe
y es a partir del uniforme militar. No es por el simple hecho de
existir, sino por el papel que representa dentro de la sociedad en
la que vive: “Machado de Assis [...] se impregnó profundamente del
pensamiento de Schopenhauer, para quien, exactamente, el universo es
voluntad; ciega, oscura e irracional voluntad de vivir. La ley de lo
real no es ningún logos armonioso, pero sí un conflictivo querer,
fatalmente doloroso, porque es necesariamente instisfecho.” (Merquior:
89) En este sentido, y bajo una perspectiva comapratista muy somera
del modernismo con la obra de Joaquín María Machado de Assis, bien
puede decirse que en algún momento su literatura se encuentra a
caballo entre el manifiesto romántico y el credo decadente de fines
del siglo XIX.
Bibliografía
MACHADO
de Assis, Joaquín María. 1978. “El espejo” en Cuentos, sel. y
pról., Alfredo Bosi, (Caracas: Ayacucho) pp. 137-144.
ARISTÓTELES. 1978. Acerca del alma, introd., trad. y notas
Tomás Calvo Martínez, (Madrid: Gredos), Biblioteca Clásica Gredos,
14.
BÉGUIN,
Albert. 1954. El alma romántica y el sueño. Ensayo sobre el
romanticismo alemán y la poesía francesa, trad., Mario
Monteforte Toledo. (México. Fondo de Cultura Económica)
CHEVALIER, Jean y Alain Gheerbant.
1999.
Diccionario de los símbolos, trad. Manuel Silva y Arturo
Rodríguez, 6ª ed. (Barcelona: Herder)
JOU,
María Teresa. 1992. “Romanticismo y mito del progreso.
Consideraciones desde la perspectiva actual” en Gabriel Oliver
et. al. Romanticismo y fin de siglo. (Barcelona: Universidad de
Barcelona), pp. 203-212.
MERQUIOR, José Guilherme. 1994. “Machado de Assis: un puente entre
dos literaturas”, trad. Leonidas Cevallos Mesones y Carmen Sologuren,
en Horácio Costa (comp.). Estudios Brasileños. (México:
Universidad Nacional Autónoma de México), pp. 77-107.
WERNECK Sodré, Nelson.
1976.
Historia da Literatura Brasileira. Seus fundamentos Econômicos,
6ª ed. (Río de Janeiro: Civilização Brasileira), Vera Cruz, 60.
“Sua carrera literária tem duas fases bem nítidas, a
primeira, em que é ainda romântico, embora anunciando, aquí
e ali, a posse daquelas virtudes que se engrandecerão na
segundo. Depois, e com intervalo curto, evolui para una
posição realista inequívoca, embora não ligado à forma de
expressão que o realismo assumiu cm a escola naturalista,
que teve o senso de desprezar. [...] Aquela sociedades em
que o triunfou, que o acolheu e lhe permitiu a glória, não a
estima, não afina como os seus costumes, sente lhe a
pequenez. Daí ter parecido cético, pessimista, decrente da
vida e dos homens. [...] Quando afirma a literatura como
“mais do que passatempo e menos do que apostolado”,
compreende que a arte não se destina a preencher os ócios,
como era aceito naquele ensinar aos homens as córsas da vida,
mas tal ensino perderia em vigor e se diluiria na
refratariedade se tomasse a forma de apostolado, se
denunciasse intenção, Assim, realiza a sua obra. [...]” (Werneck:
501)
El concepto de lo “moderno” tiene su acepción más cierta en
la asunción de la linealidad histórica bajo la óptica
progresista, esto es, en la consideración del futuro no sólo
como único espacio real en el que ser sino asimismo en la
entidad de “lo mejor” que se asienta en una base
esencialmente expansiva. En el dinamismo que es propio de la
sociedad moderna se parte de la necesidad innovadora y de la
objetivación a fin de conseguir la perfección en un mundo
radicalmente dominado por el hombre. (Jou: 203)
“―El alférez eliminó al hombre. Durante algunos días las dos
naturalezas se equilibraron; pero no fue necesario mucho
tiempo, para que la primitiva cediese a la otra; restó en mí
una parte mínima de humanidad. Ocurrió entonces que el alma
exterior, que era antes el sol, el campo, los ojos de las
muchachas, cambió de naturaleza, y pasó a ser la cortesía y
las adulaciones de la casa, todo lo que me hablaba de mi
cargo, nada de lo que me hablaba del hombre. La única parte
del ciudadano que restó en mí fue aquella que tenía que ver
con mi reciente nombramiento; la otra se desvaneció en el
aire y en el pasado.” (Machado: 140)
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