Guillermina Walas
es profesora en la Universidad de Eastern
Washington, Estados Unidos. Originaria de Tres Arroyos,
Argentina, siguió la licenciatura y profesorado en Letras en la
Universidad Nacional de Mar del Plata, de donde se graduó en
1994. Luego emigró a los Estados Unidos y recibió su doctorado
en 1999 de la Universidad de Pittsburgh. Como crítica literaria
ha publicado Entre dos Américas. Narrativas de Latinas en los
’90s (Lanham: University Press of America, 2000), y
numerosos ensayos sobre mujeres, autobiografía, testimonio,
literatura de migración y exilio y la búsqueda de identidad en
Latinoamérica. Como poeta, su escritura ha salido a la luz
recientemente con su primer libro Fecundiciclos (Scott
Depot, WV: Obsidiana Press, 2006), aunque es una actividad que
desarrolla desde su niñez. Algunos de sus poemas aparecieron en
la revista electrónica Tatuana (de la Universidad de
Alabama) en 2005, y en 2006 en Paradoja. Revista de Poesía
(número 9 y 11), así como en la antología española del concurso
Flores Nuevas.

Hace unos días nomás ha cumplido cinco años. Su mamá se niega a
comprar una tele, pero la radio siempre está encendida. Discursos de
radio en la cocina. Ella, la viuda con su moño y el pelo para atrás,
con voz de pito – la ha visto en lo de la vecina que sí tiene una
tele - anunciando la entrega del poder, de la presidencia, a un
grupo de hombres de uniforme, de los cuales uno se reconocerá por
sus grandes bigotes, especialmente años más tarde con el tan
celebrado y luego repudiado mundial de fútbol del ’78. “Transmite
LRA Uno cadena nacional....conjuntamente con sus repetidoras...bla,bla,bla”.
Ya ha escuchado esto muchas veces y muchas más las escuchará con
marcha militar, himno y todo. Algo que parece intrascendente para
una nena de pueblo que juega con sus vecinitos a treparse a los
techos, hacer casitas de barro o desafiar la hora de la siesta con
mil travesuras, y sin embargo, escucha atenta. Escucha. Se da cuenta
de que hay algo trascendente. Día tras día hay discursos y más
discursos. Estamos en guerra. Eso quiere decir que hay buenos y
malos, villanos como en “El zorro” que tal vez un héroe enmascarado
debe combatir. O como cuando juega con su hermano a los soldaditos y
los indios pieles rojas. Pero ¿quiénes son los malos y quiénes los
buenos? Como en “El zorro” los policías, los milicos,
parecen bastante malos. Flores de villanos.
Semanas más tarde (tal vez meses, tal vez años), su madre volverá
del trabajo llorando. Esos milicos han irrumpido en el hotel donde
es recepcionista (uno de los pocos de categoría en el pueblito),
“tirándole” las armas y las órdenes encima del mostrador. Tuvo miedo
su mamá, nunca antes ha visto así a la mami. Eso es lo que la nena
observa. No mucho más. Hay tanta inocencia a los cinco años...Los
milicos y las armas que matan; matan perdices y otros bichos que a
su papá le gusta cazar. A papá tampoco le gustan los milicos porque
ha tenido que esconder su escopeta de cazar perdices. Tal vez la
enterró en el patio después de desarmarla. Está prohibido tener
armas, aunque los hombres de verde siempre las llevan. También la
modesta colección de balas que se exhibían junto al teléfono ha
desaparecido. A la nena le gusta atender el teléfono y jugar con las
balitas, aunque la mamá la rete. Ahora las balitas no están más. Es
peligroso, dicen los grandes. También es peligroso cuando papi no
está y los milicos golpean a la puerta. Es tarde. Seguramente
quieren una coima porque su papá trabaja para una bodega famosa. La
nena se duerme con miedo. Todo es peligroso en este mundo dominado
por grandes que tal vez, en realidad, son bien pequeños.
Pero tenemos suerte: nada pasa...La nena puede dormir tranquila,
sigue en su mundo, su casa, el barrio, crece con el mundial de
fútbol y “el que no salta es un holandés” y su hermano tres meses en
cama con hepatitis, y la mudanza a una ciudad más grande, el apagón
en el ’79 cuando era inminente la guerra con Chile por el Canal de
Beagle, la plata dulce (que no lo fue nada para su familia en tanto
su papá quedó desempleado tras la quiebra del grupo Greco), y más
euforia con “el que no salta es un inglés”, tejer bufandas y enviar
chocolates a los soldaditos (en su mayoría chicos de 17 y 18 años,
víctimas del servicio militar obligatorio) en el ’82 con una guerra
de Malvinas que algunos pensaban tan fácil, ya más comprendida por
la nena que no lo es tanto. Casi adolescente habría de aprender de
algo que se llama democracia y que al parecer, a los argentinos, nos
cuesta muchísimo.
Hoy la chica ha crecido, se ha informado, sabe que tuvo mucha suerte
(por su edad, o curiosamente porque sus padres no eran ni
profesionales ni obreros ni estudiantes, o quién sabe por qué). Hoy
la chica es una mujer idealista que aún no entiende cómo puede
existir tanto odio, saña que en la Argentina se traza desde sus
orígenes como una secuencia de imágenes que se repiten cada tanto,
con ciertos retoques, variaciones a veces cada vez más macabras.
Pero ojalá que no, ojalá que aquellas dadas entre el ’76 y el ’83
realmente NUNCA MÁS se reproduzcan. Suena trillado el “Nunca Más”
para algunos...pero no, no nos cansemos de decirlo y tratemos,
principalmente, de cumplirlo.
Creo que a la mayoría de los argentinos sensibles nos duele (a
algunos nos duele mucho, muchísimo) pensar que tantas atrocidades
ocurrían veladas tras un manto de normalidad, escapando todavía a la
memoria de un buen número de ellos. Más duele pensar en aquellos que
siguen impunes o los que niegan incluso lo que bien se sabe y
justifican lo injustificable con el infame “algo habrán hecho”, o
“y, che, era una guerra: siempre muere algún inocente...”. Frases
increíblemente impúdicas con nueve mil desaparecidos comprobados (aunque
se estima que fueron cerca de treinta mil) y crímenes sin
precedentes como el robo de bebés (¿Cómo se explica tanta crueldad,
tanta inhumanidad?). Mi generación creció en una sociedad
militarizada y represiva, con miedo a una ley que no se cumple (o se
cumple de una manera torcida, paradójicamente injusta) y los
policías. Tener ideas políticas, participar en el centro de
estudiantes de la escuela secundaria a partir del ‘84, por ejemplo,
provocaba increíble temor en la mayoría de nuestros padres que
todavía descreía de la posibilidad de expresarse en democracia. Y
aún el miedo existe en una sociedad que ama y odia a ritmo de un
drama tanguero fatal. Pero repito: esperemos que algún día
aceptemos la memoria, aprendamos a tolerar, vivamos en cambio a
pasos de gentil milonga y esencialmente, NUNCA MÁS se haga la vista
gorda a crímenes ocurriendo frente a las narices de todos, en parte
por simple comodidad. Qué no se olvide, y qué jamás se repita ni en
Argentina, ni en ningún lado.
Gracias a Destiempos.com por este espacio.
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Año 3
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Número 13
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