México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

 

León Gieco-Para la vida (YouTube)

 

Pequeño testimonio misceláneo de una niña con suerte...

Guillermina Walas es profesora en la Universidad de Eastern Washington, Estados Unidos. Originaria de Tres Arroyos, Argentina, siguió la licenciatura y profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata, de donde se graduó en 1994. Luego emigró a los Estados Unidos y recibió su doctorado en 1999 de la Universidad de Pittsburgh. Como crítica literaria ha publicado Entre dos Américas. Narrativas de Latinas en los ’90s (Lanham: University Press of America, 2000), y numerosos ensayos sobre mujeres, autobiografía, testimonio, literatura de migración y exilio y la búsqueda de identidad en Latinoamérica. Como poeta, su escritura ha salido a la luz recientemente con su primer libro Fecundiciclos (Scott Depot, WV: Obsidiana Press, 2006), aunque es una actividad que desarrolla desde su niñez. Algunos de sus poemas aparecieron en la revista electrónica Tatuana  (de la Universidad de Alabama) en 2005, y en 2006 en Paradoja. Revista de Poesía (número 9 y 11), así como en la antología española del concurso Flores Nuevas.

Hace unos días nomás ha cumplido cinco años. Su mamá se niega a comprar una tele, pero la radio siempre está encendida. Discursos de radio en la cocina. Ella, la viuda con su moño y el pelo para atrás, con voz de pito – la ha visto en lo de la vecina que sí tiene una tele - anunciando la entrega del poder, de la presidencia, a un grupo de hombres de uniforme, de los cuales uno se reconocerá por sus grandes bigotes, especialmente años más tarde con el tan celebrado y luego repudiado mundial de fútbol del ’78.  “Transmite LRA Uno cadena nacional....conjuntamente con sus repetidoras...bla,bla,bla”. Ya ha escuchado esto muchas veces y muchas más las escuchará con marcha militar, himno y todo. Algo que parece intrascendente para una nena de pueblo que juega con sus vecinitos a treparse a los techos, hacer casitas de barro o desafiar la hora de la siesta con mil travesuras, y sin embargo, escucha atenta. Escucha. Se da cuenta de que hay algo trascendente. Día tras día hay discursos y más discursos.  Estamos en guerra. Eso quiere decir que hay buenos y malos, villanos como en “El zorro” que tal vez un héroe enmascarado debe combatir. O como cuando juega con su hermano a los soldaditos y los indios pieles rojas. Pero ¿quiénes son los malos y quiénes los buenos? Como en “El zorro” los policías, los milicos*, parecen bastante malos. Flores de villanos.

Semanas más tarde (tal vez meses, tal vez años), su madre volverá del trabajo llorando. Esos milicos han irrumpido en el hotel donde es recepcionista (uno de los pocos de categoría en el pueblito), “tirándole” las armas y las órdenes encima del mostrador. Tuvo miedo su mamá, nunca antes ha visto así a la mami. Eso es lo que la nena observa. No mucho más. Hay tanta inocencia a los cinco años...Los milicos y  las armas que matan; matan perdices y otros bichos que a su papá le gusta cazar.  A papá tampoco le gustan los milicos porque ha tenido que esconder su escopeta de cazar perdices. Tal vez la enterró en el patio después de desarmarla. Está prohibido tener armas, aunque los hombres de verde siempre las llevan. También la modesta colección de balas que se exhibían junto al teléfono ha desaparecido. A la nena le gusta atender el teléfono y jugar con las balitas, aunque la mamá la rete. Ahora las balitas no están más. Es peligroso, dicen los grandes. También es peligroso cuando papi no está y los milicos golpean a la puerta. Es tarde. Seguramente quieren una coima porque su papá trabaja para una bodega famosa. La nena se duerme con miedo. Todo es peligroso en este mundo dominado por grandes que tal vez, en realidad, son bien pequeños.

Pero tenemos suerte: nada pasa...La nena puede dormir tranquila, sigue en su mundo, su casa, el barrio, crece con el mundial de fútbol y “el que no salta es un holandés” y su hermano tres meses en cama con hepatitis, y la mudanza a una ciudad más grande, el apagón en el ’79 cuando era inminente la guerra con Chile por el Canal de Beagle, la plata dulce (que no lo fue nada para su familia en tanto su papá quedó desempleado tras la quiebra del grupo Greco), y más euforia con “el que no salta es un inglés”, tejer bufandas y enviar chocolates a los soldaditos (en su mayoría chicos de 17 y 18 años, víctimas del servicio militar obligatorio) en el ’82 con una guerra de Malvinas que algunos pensaban tan fácil, ya más comprendida por la nena que no lo es tanto.  Casi adolescente habría de aprender de algo que se llama democracia y que al parecer, a los argentinos, nos cuesta muchísimo. 

Hoy la chica ha crecido, se ha informado, sabe que tuvo mucha suerte (por su edad, o curiosamente porque sus padres no eran ni profesionales ni obreros ni estudiantes, o quién sabe por qué). Hoy la chica es una mujer idealista que aún no entiende cómo puede existir tanto odio, saña que en la Argentina se traza desde sus orígenes como una secuencia de imágenes que se repiten cada tanto, con ciertos retoques, variaciones a veces cada vez más macabras. Pero ojalá que no, ojalá que aquellas dadas entre el ’76 y el ’83 realmente NUNCA MÁS se reproduzcan. Suena trillado el “Nunca Más” para algunos...pero no, no nos cansemos de decirlo y tratemos, principalmente, de cumplirlo.   

Creo que a la mayoría de los argentinos sensibles nos duele (a algunos nos duele mucho, muchísimo) pensar que tantas atrocidades ocurrían veladas tras un manto de normalidad, escapando todavía a la memoria de un buen número de ellos. Más duele pensar en aquellos que siguen impunes o los que niegan incluso lo que bien se sabe y justifican lo injustificable con el infame “algo habrán hecho”, o “y, che, era una guerra: siempre muere algún inocente...”. Frases increíblemente impúdicas con nueve mil desaparecidos comprobados (aunque se estima que fueron cerca de treinta mil) y crímenes sin precedentes como el robo de bebés (¿Cómo se explica tanta crueldad, tanta inhumanidad?). Mi generación creció en una sociedad militarizada y represiva, con miedo a una ley que no se cumple (o se cumple de una manera torcida, paradójicamente injusta) y los policías. Tener ideas políticas, participar en el centro de estudiantes de la escuela secundaria a partir del ‘84, por ejemplo, provocaba increíble temor en la mayoría de nuestros padres que todavía descreía de la posibilidad de expresarse en democracia. Y aún el miedo existe en una sociedad que ama y odia a ritmo de un drama tanguero fatal.  Pero repito: esperemos que algún día aceptemos la memoria, aprendamos a tolerar, vivamos en cambio a pasos de gentil milonga y esencialmente, NUNCA MÁS se haga la vista gorda a crímenes ocurriendo frente a las narices de todos, en parte por simple comodidad.  Qué no se olvide, y qué jamás se repita ni en Argentina, ni en ningún lado.

 Gracias a Destiempos.com por este espacio.                                                            

 

* Palabra que en el habla rioplatense refiere a policías tanto como a militares.

 

 

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