21/04/1981
Artículo Publicado en El País en 1981
Por Gabriel García Márquez
5 de mayo de 1976: desaparece Haroldo Conti
A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de los grandes, le
advirtieron en octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en
una lista de agentes subversivos. La advertencia se repitió por
distintos conductos en las semanas siguientes y, a principios de
1976, era ya de dominio público en Buenos Aires. Por esos días, me
escribió una carta a Bogotá, en la cual era evidente su estado de
tensión. "Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros", decía,
"ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en
clave". Y terminaba: "Abajo va mi dirección, por si sigo vivo". Esa
dirección era la de su casa alquilada en el número 1205 de la calle
Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de
ninguna clase hasta que un comando de seis hombres armados la asaltó
a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo
llevaron vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron
desaparecer para siempre. Haroldo Conti tenía entonces 51 años,
había publicado siete libros excelentes y no se avergonzaba de su
gran amor a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural: criaba
gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba niños y cultivaba en
canteros legumbres y flores. Como tantos escritores de nuestra
generación, era un lector constante de Hemingway, de quien aprendió
además la disciplina de cajero de banco. Su pensamiento político era
claro y público, lo expresaba de viva voz y lo exponía en la prensa,
y su identificación con la revolución cubana no era un misterio para
nadie.
Desde que recibió las primeras advertencias tenía una invitación
para viajar a Ecuador, pero prefirió quedarse en su casa. "Uno elige",
me decía en su carta. El pretexto principal para no irse era que
Martha estaba encinta de siete meses y no sería aceptada en
avión.Pero la verdad es que no quiso irse. "Me quedaré hasta que
pueda, y después Dios verá", me decía en su carta, "porque, aparte
de escribir, y no muy bien que digamos, no sé hacer otra cosa". En
febrero de 1976, Martha dio a luz un varón, a quien pusieron el
nombre de Ernesto. Ya para entonces, Haroldo Conti había colgado un
letrero frente a su escritorio: "Este es mi lugar de combate, y de
aquí no me voy". Pero sus secuestradores no supieron lo que decía
ese letrero, porque estaba escrito en latín.
El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió toda la mañana en el
estudio y terminó un cuento que había empezado el día anterior: A la
diestra. Luego se puso saco y corbata para dictar una clase de
rutina en una escuela secundarla del sector, y antes de las seis de
la tarde volvió a casa y se cambió de ropa. Al anochecer ayudó a
Martha a poner cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de
tres meses y le echó una mano en las tareas escolares a una hija del
matrimonio anterior de Martha, que vivía con ellos: Myriam, de siete
años. A las nueve de la noche, después de comerse un pedazo de carne
asada, se fueron a ver El Padrino II. Era la primera vez que iban al
cine en seis meses. Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo
que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron a dormir en el
sofá del estudio.
Cuando volvieron, a las 12.05 horas de la noche, quien les abrió la
puerta de su propia casa fue un civil armado con una ametralladora
de guerra. Dentro había otros cinco hombres, con armas semejantes,
que los derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas.
El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado, y con
la cara desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños no se
dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo.
Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones distintas,
mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de
valor. Luego los sometieron a un interrogatorio bárbaro. Martha, que
tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las
preguntas que le hacían a su marido en la habitación contigua. Todas
se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a La Habana.
En realidad. había ido dos veces -en 1971 y en 1974-, y en ambas
ocasiones como jurado del concurso de La Casa de las Américas. Los
interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que
Haroldo Conti era un agente cubano.
A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes tuvo un gesto
humano, y llevó a Martha a la habitación donde estaba Haroldo para
que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios
dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque
tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se
burló: "¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo se despidió de Martha
con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado,
y esa comprobación la aterrorizó, pues sabía que sólo a los que Iban
a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última
vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro,
habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Martha se
asiló en la Embajada de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el
salvoconducto, hasta que el general Omar Torrijos intercedió ante el
almirante Emilio Massera, que entonces era miembro de la Junta de
Gobierno Argentina, y éste le facilitó la salida del país.
Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y
entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para
almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran
Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la
Sociedad Argentina de Escritores, v el sacerdote Leonardo Castellani.
Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de
plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo,
y entregó además una lista de otros once escritores presos. El padre
Castellani, entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de
Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel.
Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el
padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa
Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue
posible conversar con él.
Otros presos, liberados más tarde, estuvieron con Haroldo Conti. Uno
de ellos rindió un testimonio escrito, según el cual fue su
compañero de presidio en el campo de concentración de la Brigada
Goemez, situada en la autopista Richieri, a doce kilómetros de
Buenos Aires por el camino de Ezeiza. "En mayo de 1976", dice el
testimonio, "Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos metros
por uno, con piso de cemento y puerta metálica. Llegó el día 20.
Dijo haber estado en un lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal.
Dijo que se había quedado encerrado en un baño, donde se desmayó.
Apenas sí podía hablar y no podía comer. El día 21 pudo comer algo.
Se ve que andaba muy mal porque le dieron una manta y lo iban a ver
con frecuencia. En la madrugada del día 22 lo sacaron de la celda.
Parece que lo iban a revisar o algo así. Estaba muy mal y no retenía
orines". El testigo no lo volvió a ver en la prisión. No ha habido
gestión, ni derecha ni torcida, que la esposa y los amigos de
Haroldo Conti no hayamos hecho en el mundo entero para esclarecer su
suerte.
Hace unos dos años sostuve una entrevista en México con el almirante
Emilio Massera, que ya entonces estaba retirado de las armas y del
Gobierno, pero que mantenía buenos contactos con el poder. Me
prometió averiguar todo lo que pudiera sobre Haroldo Conti, pero
nunca me dio una respuesta definitiva. En junio de 1980, la reina
Sofía de España viajó a Argentina al frente de una delegación
cultural que asistió al aniversario de Buenos Aires. Un grupo de
exiliados le pidió a algunos miembros de la comitiva que
intercedieran ante el Gobierno argentino para la liberación de
varios presos políticos prominentes. Yo, en nombre de la Fundación
Habeas, y como amigo personal de Haroldo Conti, les pedí una gestión
muy modesta: establecer de una vez y para siempre cuál era su
situación real. La gestión se hizo, pero el Gobierno argentino no
dio ninguna respuesta. Sin embargo, en octubre pasado, cuando ya
estaba decidido su retiro de la presidencia, el general Jorge Videla
concedió una entrevista a una delegación de alto nivel de la agencia
Efe, y respondió algunas preguntas sobre los presos políticos. Por
primera vez habló entonces de Haroldo Conti. No hizo ninguna
precisión de fecha, ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia,
pero reveló sin ninguna duda que estaba muerto. Fue la primera
noticia oficial, y hasta ahora la única. No obstante, el general
Videla les pidió a los periodistas españoles que no la publicaran de
inmediato, y ellos cumplieron. Yo considero, ahora que el general
Videla no está en el poder, y sin haberlo consultado con nadie, que
el mundo tiene derecho a conocer esa noticia.
