Haroldo Conti (1925-) Escritor, director de teatro y docente
argentino (Premio Universidad de Veracruz por su novela Alrededor
de la jaula, premio Barral por la novela En vida y premio
Casa de las Américas por su novela Mascaró el cazador americano.
Secuestrado por el batallón de Inteligencia 601 del Ejército
Argentino y desaparecido hasta el día de hoy.
Publicaciones: 1962: Sudeste,
1964: Todos los
veranos, 1966: Alrededor de la jaula, 1967: Con otra
gente, 1971: En vida, 1975: Mascaró el cazador
americano, 1975: La balada del álamo carolina, 1994: Los
novios y otros cuentos.

El
siguiente relato de la noche del secuestro de Haroldo Conti hecho por la esposa Martha Scavac.
Publicado
en la revista Crisis n°41, abril de 1986
La noche del secuestro
Apenas entramos, unos diez
hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras,
se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la
espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que
hacen lo
mismo
con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy
fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían
al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas.
Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento
resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al
piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No
sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo
revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les
dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero
seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía -dejen
a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen,
déjenla y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua,
aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen.
Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era
total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra.
No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.
Distinguía dos voces entre todas, las del que al parecer dirigía
todo, el -malo del grupo, y otra suave, la del -bueno que me sacó
del comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era una persona
con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo un trato muy
especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles. afiches que teníamos
en las paredes, me decia: -Señora, ¿cómo una mujer de su clase se
metió en esto?. Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían.
Me respondió que estábamos en guerra: -o nosotros los matamos o
ustedes nos matan a nosotros. Le respondí que nosotros no matábamos
a nadie, que yo no conocía ninguna guerra en nuestro país.
Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el
cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la
máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento,
intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la
casa revuelta, como sacudida por un terremoto.
Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que del cine y que en el
abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse cuanto me preguntó
por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que
Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas. Me
reprochó por qué no viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí
había viajado a ese país, y que podía comprobarlo en el pasaporte.
Censuró además mi colaboración con Haroldo en la novela Mascaró y le
pregunté qué tenía en contra de la novela. Me respondió que era una
novela subversiva e insistió en por qué había colaborado en eso. Le
expliqué que trabajaba junto a mi marido ayudándolo en su tarea de
escritor.
Simultáneamente escuchaba cómo el -malo le hacía preguntas a Haroldo.
No podía distinguir bien las preguntas y respuestas, aunque se
filtró la voz del -malo diciendo: -Don Haroldo ¿por qué se metió en
esto? Lo va a pagar caro.
Me aterroricé al escuchar esto y le pregunté al -bueno qué estaba
pasando, qué pasaba con mi marido, por qué le decían eso. No me
respondió. Seguía revisando papeles. Yo escuchaba el ruido de los
libros contra el suelo.
Interrumpió el -malo para preguntarme sobre un escrito taquigráfico
que había en mi cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar de
qué se trataba. Como soy taquígrafa, así se lo expliqué, muchas de
las notas que hacíamos con Haroldo para la revista las escribía yo.
Uno de ellos dice que les estoy tomando el pelo. que voy a hablar
cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia era total, no sé
si me creyeron, pero yo les decía la verdad.
Me preguntaban sobre la vida del muchacho que estaba en la casa. Yo
no sabía nada de él, solamente que vivía en Córdoba y que estaba de
paso por la Capital, que nos había pedido estar unos días en casa
mientras buscaba buenos precios porque trabajaba de decorador y
hacía los arreglos de escenografía en teatros de Córdoba.
Les expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no tenía
tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos, de conocer la vida
de cada uno. Me decían que era un guerrillero, yo les preguntaba de
dónde, yo no conocía su vida íntima y seguían insistiendo en que era
un subversivo. que por qué estaba en mi casa. Otra vez trataba de
explicarles como podía la presencia de esta persona en casa. que era
muy correcto, muy bueno.
Comienza a llorar el nene. Les pido que me dejen ir con mi hijo que
lloraba de hambre. Haroldo escucha y grita: -dejen que la madre esté
con el nene dejen a mi mujer dejen que le dé la mamadera. El -bueno
me pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle las
indicaciones, dice que me quede tranquila que él va a atender a
Ernestito.
Uno de los sujetos encuentra unas fotos que Federico Vogelius nos
había sacado a mí y al nene, dos meses atrás en Claromecó. Me dice
qué lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo en esa foto, qué bien
que habíamos salido madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo era
que me había metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba
metida en nada que nuestra vida era pública, normal que todo era
perfectamente legal, que no teníamos que ocultar nada.
Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el escritorio. Seguía
escuchando cómo rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que
sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles. Ahí me confundo
de nuevo pensando que podía tratarse de ladrones comunes.
Vuelve el bueno y me pregunta qué temperatura debe tener la leche
para el nene yo le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a
mi hijo Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me quedara
tranquila, que él se había hecho cargo. Me quedé con la sensación de
que él era padre o estaba por serlo. Estaba desconcertada.
Seguían llevándose cosas y no entendía cómo podían actuar tan
tranquilamente, siendo que la comisaría 29a. estaba a menos de dos
cuadras y el patrullaje por esta zona era frecuente.
Lo que para nada era común era una mudanza a estas horas de a noche.
Confiaba en que alguien se diera cuenta de la situación y que
interviniera. pero no pasó nada.
Ya no escucho llorar al bebé. El -bueno viene a decirme que me quede
tranquila que Ernestito había comido. Le pregunto por mi hija, no
entendía cómo tanto ruido no la había despertado. Me dice que está
bien, que no me preocupe. Vuelve el -malo y me informa: -nos
llevamos a su marido porque tenemos unas cuantas preguntas que
hacerle. Yo le respondo que había escuchado toda la noche cómo lo
interrogaban y que si querían continuar con las preguntas que lo
hicieran en casa. El -malo pierde el control otra vez y me insulta,
me grita, me amenaza. Interviene el -bueno pidiendo que me deje
tranquila.
Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo que dicen. Se filtran
unas palabras: -no, no tenemos lugar, el coche está completo. Yo
seguía a los pies de ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto
se acerca nuevamente el -malo y me dice: -bueno, hemos decidido
llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no intentés escapar
porque dejamos un coche en la puerta y en cuanto asomés la cabeza te
limpiamos.
Les pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis ruegos.
Cuando comprendí que no podía convencerlos de que lo dejaran, les
pedí que se llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un
patrullero lo había atropellado en diciembre del '73. Me preguntan
dónde están esos remedios y les digo que en la mesita de luz. No me
responden.
En un momento de desesperación les grité que quería despedirme de mi
marido. Interviene el -bueno y me dice: -yo la voy a llevar señora .
Sigo sus pasos porque, lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno
de ellos le dice al que me llevaba: -¿vas a bailar el vals con la
señora que está tan elegante?. Yo imagino que estaría muy elegante
después de haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta
que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy cuenta que
estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a llamar a Haroldo.
Le pido que se acerque. que no lo puedo ver y escucho su voz que me
responde y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero tratando de
verlo. de tocarlo pero sigo con las manos atadas y la cabeza
encapuchada. Haroldo me responde: -estoy bien querida, no te
preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy bien.
Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla, que era la única
parte de la cara que tenía descubierta. Ahí me doy cuenta que
Haroldo no estaba encapuchado, ya que me besó directamente la parte
descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero tender
mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento que
bruscamente nos apartan. Todo sucede rápidamente. Me tiran sobre la
cama. Uno de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver
en la nuca.
Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan, siento un ruido
de cadenas nuevamente y motores de automóviles que se encienden. El
tipo que me estaba custodiando gritaba sin parar -no te muevas, no
te muevas, no te muevas. Pero no podía moverme. Apenas podía
respirar con mi cara apretada contra el colchón. Escucho que se abre
la puerta de calle y una voz llama al sujeto que estaba conmigo.
Este sale corriendo y ahora escucho un portazo y que cierran la
puerta con llave. Luego un silencio de muerte me rodea.
Me doy cuenta que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo. de
incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No sé cómo
logro desatarme y quitarme la ropa que cubría mi cabeza; son dos
camisas, una de Haroldo y otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en
la cuna, me acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los
gritos, desesperada. Ella no me responde. mis fuerzas físicas no dan
más, las piernas se me doblan y la cabeza me da vueltas. Sigo
llamando a la nena, enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor
muy fuerte. Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo.
Ernestito comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y
Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están dilatadas.
Rápidamente le cuento a la nena lo que había pasado, le pido que se
levante y me ayude a salir de la casa. Sigue mirándome espantada y
comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos lloramos
juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el camisón y
envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a caminar por la casa
hacia la puerta. En el piso hay que sortear objetos rotos, ropa,
papeles y libros. Miro hacia el comedor y veo platos, cubiertos y
restos de comida. Habían comido las milanesas que tenía preparadas.
También tomado café. El aparato de teléfono no estaba, se lo habían
llevado. Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento a los chicos
y me subo al respaldo tratando de alcanzar una ventana. La abro y
salto a la vereda. No veo ningún coche vigilando.
La nena me pasa al bebito y salta con mi ayuda. Comenzamos a caminar.
Eran alrededor de las seis de la mañana. Llovía y hacía mucho frio.
Un amanecer gris y destemplado, clásico de un día de mayo. Cuando
siento que las piernas no me dan más, veo pasar un taxi desocupado.
No podía creer en ese milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y
baja a ayudarme. Le cuento brevemente lo que me había pasado y le
pido que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro que
no tengo un solo peso para pagarle, ya que me habían robado hasta
las monedas. El taxista me dijo -señora. yo trabajo de noche y todos
los días veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea.
El hombre tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme,
acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos una
palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve a ayudarme
con los chicos. Me pregunta: -¿en qué puedo ayudarla?.
No sé quién es este hombre, ignoro su nombre, sólo tengo este medio
para agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo olvidaré.
