Hernán Fontanet. Es
Profesor Asistente de Lengua y Literatura Latinoamericana en
Rider University. Se doctoró en Literatura española y
latinoamericana en la Universidad Complutense de Madrid;
asimismo, obtuvo dos maestrías (una en Argentina y, la otra, en
España). Tiene diez años de experiencia docente en las
universidades de Buenos Aires, Almería, Yale, Belgrano y
Fayetteville. Ha publicado diversos materiales educativos como
autor o como editor. Además del español, domina el inglés, el
italiano y el portugués.

Crimen
y castigo
La osadía del poeta radica en la
utilización de instrumentos divinos. El don de la creación, de la
genialidad, de lo que los románticos llamaban daimon
en su sentido espiritual, es decir, la fuente más alta de
inspiración, dotan al mortal rapsoda de atributos exclusivos de las
deidades celestiales. No sin por ello, pagar el precio por su
afrenta a los dioses.
Prometeo y el albor
En la
mitología
griega, Prometeo,
que en
griego
antiguo (Προμηθεύς) significa ‘previsión’, ‘prospección’,
osa engañar a Zeus, en dos ocasiones para ayudar a los hombres, convirtiéndose así, en
el símbolo del
titán
amigo de los
mortales.
Tanto Hesíodo como Esquilo,
a pesar de sus divergencias en cuanto al
origen mitológico de Prometeo, muestran a los dioses griegos como enemigo de los humanos y a
Prometeo como una especie de benefactor de estos.
En su primera afrenta, Prometeo, mediante argucias diversas, confunde a Zeus
, al punto de hacerle elegir la parte menos conveniente del animal a
sacrificar; dejando así, la parte más suculenta y nutritiva a los
mortales.
Según cuenta la mitología, estando Prometeo en Mecone, durante un sacrificio solemne inmola a dos bueyes para ofrecérselos
a los dioses. Divide los restos de los animales en dos montones: uno
nutritivo, conteniendo la carne y las entrañas, aunque de aspecto
informe y poco sustancioso; y el otro, hecho de huesos y de poca
valía alimenticia, aunque de apariencia suculenta. Llama Prometeo a
Zeus y pídele que elija la parte que desean comer los dioses. Eligiendo
este el montón de apariencia viva y apetitosa pero compuesto
solamente de huesos y grasa poco sustanciosas se concreta el engaño.
Como dijera John Dryden en su comedia Sir
Martin Mar-All, “That´s the common fate of your Machiavellians; they draw their
designs so subtle that their very fineness breaks them”.
Al percibir el falible Zeus el ardid que tramara Prometeo condena a los hombres al padecimiento
de una vida sin los beneficios del fuego, ni para la cocción, ni
para la calefacción. Desde entonces, y gracias a las artes de
Prometeo, los hombres queman en los sacrificios los huesos para ofrecérselo
a los dioses y comen la nutritiva carne.
Y hete aquí que Prometeo comienza a pergeñar la segunda y definitiva argucia, la que mayor
trascendencia tiene en el marco de este análisis: el robo del fuego
sagrado que lo condenará al exilio en el inhóspito Cáucaso. Mediante la ascensión al monte Olimpo, Prometeo roba semillas de fuego del carro sagrado de Helio y las
lleva a la tierra ocultas en unas pequeñas tablillas utilizadas para
pegar a los muchachos en las manos.
El robo del fuego, que bien podría simbolizar la luz del
conocimiento, sitúa la figura de Prometeo en el lugar de privilegio que ostentan aquellos que democratizan el
saber, extendiéndolo a débiles y penados. El gesto del titán,
doblemente desafiante del poder, lo enaltece y asemeja a nuestros
cientos de poetas expulsados, aquellos que también osaran desafiar
al poder hegemónico de las juntas militares.
La caja de Pandora y la capital del Infierno
Para vengarse por este segundo agravio, Zeus ordena a
Hefesto
que haga una mujer de arcilla y la dote de vida. Esta primer mujer
mortal, una especie de Eva si se nos permite la comparación, es
conferida de dones especiales por los dioses del Olimpo. Como sobre ella las deidades delegan todas las virtudes y también
los vicios la llaman Pandora, que literalmente significa “de todo (Pan)
portadora (dora)”.
Una vez terminada, Zeus le ordena que vaya a la tierra y se case con Prometeo. Para tal fin, proporciona a Pandora una pequeña caja que prohíbe
abrir. Cuando el titán la ve, tan bellamente dotada, no imagina que
algo malo pueda sucederle. “Zeus me envía -dice la hermosa
doncella”. Suspicaz y desconfiado, Prometeo la devuelve al Olimpo, encolerizando aún más al padre de los dioses.
Zeus la remite entonces a Epimeteo, hermano de Prometeo de menor picardía que este, junto con la caja que contiene todas
las desgracias -plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera- con las
que Zeus pretendía castigar a la humanidad toda. Epimeteo se casa
con ella, a pesar de las advertencias de su hermano de que no acepte
ningún regalo de los dioses. Como premeditado estaba, terminará
Pandora abriendo la caja y desatando el pandemónium. Tras vengarse
así de la humanidad, Zeus se venga también de Prometeo, haciendo que
este sea expulsado al Cáucaso, donde es encadenado y cegado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. No conforme con eso, Zeus envía un
águila
-hija de los monstruos
Tifón
y
Equidna- para que se coma eternamente el
hígado
de Prometeo. Siendo este inmortal, su hígado vuelve a reproducirse
cada día, por lo que el águila devora cada mañana una y otra vez las
entrañas de Prometeo regeneradas durante las noches. Este castigo
debía de durar por siempre, pero, según recuerdan los griegos,
Heracles,
pasando por el lugar de cautiverio de Prometeo, de camino al jardín
de las
Hespérides, lo libra disparándole una flecha mortífera al águila. Prometeo es
así liberado, aunque deba llevar consigo un anillo unido a un trozo
de la roca a la que fuera encadenado.
Si Prometeo, quien es cegado, atado, desterrado y devorado eternamente,
equivale, en nuestro tiempo, a aquellos que, como dijimos, defienden
las causas justas sufriendo por ello tortura y exilio; otra analogía
debería hacerse respecto a la caja de Pandora. Ya que bien podría el
receptáculo vengador estar representado, no ya por una vasija
contenedora de nefastos males, sino, en un plano contemporáneo, por
las calamitosas dictaduras de América Latina -arrogadas de facultad omnipotente- que despojan a los hombres de
sus derechos humanos y de ciudadanía: sus derechos a la vida, a
la libertad, a la
integridad personal o la resistencia a la opresión. Derechos todos
suspendidos, negados: los derechos a proceso, a la propiedad, a la
seguridad, el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención,
el derecho a la justicia o el derecho a no ser ejecutado
sumariamente sin proceso alguno.
Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes
exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se
tenía respuesta precisas a estos interrogantes: las autoridades no
habían oído habar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas,
la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían
por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso
silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de
detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una
sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días,
semanas, meses, años de incertidumbre y dolor de padres, madres,
hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas
expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruego a
influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les
recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era
siempre negativa.
La caja de Pandora que se abre en Argentina a mediados de la década del setenta, como respuesta a la libertad
creadora de nuestros artistas, a los reclamos de justicia de
nuestros jóvenes, al sueño de tantos por un mundo más humano, en
mucho excede a catástrofe alguna vez sufrida previamente por esta
nación en su historia. Conclusión a la que también llega la Comisión
Nacional sobre la Desaparición de Personas en su
Informe
después de recibir varios miles de testimonios y declaraciones y
acumular más de cincuenta mil páginas documentales:
[…] tenemos la
certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande
tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Las grandes
calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible
drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período
que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para
hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de
preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede
mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura
humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS
en nuestra patria se repetirán hechos que
nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado..
Prometeo
encadenado en el Garaje Olimpo
Así como Prometeo, que osa desafiar al supremo dios del Olimpo en defensa de los débiles mortales, sufriendo por ello castigo y
destierro, nuestros poetas sudamericanos, como ya mencionáramos,
exiliados por los soberanos defensores de los valores hegemónicos,
occidentales y cristianos, como solía decir hasta el hartazgo,
el presidente de facto argentino Jorge Rafael Videla, una y otra vez, para justificar los crímenes de lesa humanidad,
nuestros poetas sufren el martirio y la mudez. Paradójicamente,
muchos de ellos, son detenidos clandestinamente y conducidos al
Garaje Olimpo, nombre con el que los militares bautizaron al
centro de reclusión del barrio de Floresta, que funcionara entre
agosto de 1978 y enero de 1979. Tal vez porque, como los griegos, se
creían dioses de la vida y la muerte.
Exiliados o asesinados en más de 340
campos de concentración repartidos por todo el territorio argentino,
como consta en Nunca más, informe de la Comisión Nacional sobre
la desaparición de personas (CONADEP ,
comparables quizá, a los campos de exterminio de la Europa Nazi-Fascista
del siglo pasado, o a la Siberia de Stalin, o al Guantánamo de hoy en menor escala, por nombrar tan sólo
algunos campos de reclusión occidentales donde nuestros artistas son
confinados al exilio interior, la persecución, tortura y asesinato o
el destierro a las estériles tierras de la mudez y la ausencia.
Así como Prometeo
es desterrado al Cáucaso, nuestros
héroes huyen para salvar su vida, primero confinados al ostracismo,
recluidos y escondidos, para luego escapar a México,
España, Venezuela, Italia, Brasil
o a las mismísimas entrañas de la tierra argentina, en fosas
comunes, sin nombre ni data alguna.
Nos preguntamos también, si la
figura de Prometo no ilustra la lucha por el conocimiento, la luz
esclarecedora, el ignis fatuus,
la excelencia, la búsqueda del saber y la distribución del mismo a
los débiles mortales. Pensamos que Prometeo
asimismo ilumina, valga el homógrafo, la
lucha por la justicia, sin reparar en cálculos políticos y posibles
victorias, sin detenerse siquiera ante el tamaño de sus adversarios
o el poder que estos pudieran tener, sino en lo justo de la causa
que se defiende.
Prometeo, al igual que muchos de nuestros artistas de todos
los tiempos en la América Latina, es confinado al ostracismo que el poder de facto de turno se
arroga, sin atención a derecho alguno, sin sujeción a poder de
iure
-como se decía en
nuestras facultades- se ve sujeto a unas pocas voluntades basadas
simplemente en la fuerza de los cañones que el pueblo les da y no en
la razón.
Como Prometeo, defensor de los débiles y la justicia, nuestros Humberto
Costantini, Juan Gelman, Leónidas Lamborghini, Haroldo Conti,
Santiago Sylvester, Francisco Paco Urondo, Héctor Germán Oesterheld,
y tantos otros, pagarán también el atrevimiento de desafiar a los dioses todopoderososos, a los arrogantes y déspotas militares de la Junta
Militar.
Hesíodo, que en
griego antiguo
es conocido como
Ἡσίοδος
/ Hêsíodos
y en
latín
como Hesiodus, es, junto con
Homero, el gran autor de la antigüedad. Contemporáneo del creador
de La Ilíada, nace en Ascra, cerca de
Tebas, hacia la segunda mitad del
siglo VIII a. C.
Para Hesíodo, Prometeo
XE "Prometeo,"
nace
de la unión entre el titán Japeto
y de Clímene, una de las Oceánides, lo que lo convierte en primo hermano de Zeus, hijo, a su vez, de otro titán, Cronos.