México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

Todavía cantamos (Concierto en la Esma ,2004)-Serrat-Heredia-Gieco (youtube)

Prometeo encadenado en el Garaje Olimpo

 

Hernán Fontanet. Es Profesor Asistente de Lengua y Literatura Latinoamericana en Rider University. Se doctoró en Literatura española y latinoamericana en la Universidad Complutense de Madrid; asimismo, obtuvo dos maestrías (una en Argentina y, la otra, en España). Tiene diez años de experiencia docente en las universidades de Buenos Aires, Almería, Yale, Belgrano y Fayetteville. Ha publicado diversos materiales educativos como autor o como editor. Además del español, domina el inglés, el italiano y el portugués.

Crimen y castigo

La osadía del poeta radica en la utilización de instrumentos divinos. El don de la creación, de la genialidad, de lo que los románticos llamaban daimon[1] en su sentido espiritual, es decir, la fuente más alta de inspiración, dotan al mortal rapsoda de atributos exclusivos de las deidades celestiales. No sin por ello, pagar el precio por su afrenta a los dioses. 

Prometeo y el albor

En la mitología griega, Prometeo, que en griego antiguo (Προμηθεύς) significa ‘previsión’, ‘prospección’, osa engañar a Zeus, en dos ocasiones para ayudar a los hombres, convirtiéndose así, en el símbolo del titán amigo de los mortales.

Tanto Hesíodo[2] como Esquilo, [3] a pesar de sus divergencias en cuanto al origen mitológico de Prometeo,  muestran a los dioses griegos como enemigo de los humanos y a Prometeo como una especie de benefactor de estos.

En su primera afrenta, Prometeo, mediante argucias diversas, confunde a Zeus , al punto de hacerle elegir la parte menos conveniente del animal a sacrificar; dejando así, la parte más suculenta y nutritiva a los mortales.

Según cuenta la mitología, estando Prometeo en Mecone, durante un sacrificio solemne inmola a dos bueyes para ofrecérselos a los dioses. Divide los restos de los animales en dos montones: uno nutritivo, conteniendo la carne y las entrañas, aunque de aspecto informe y poco sustancioso; y el otro, hecho de huesos y de poca valía alimenticia, aunque de apariencia suculenta. Llama Prometeo a Zeus y pídele que elija la parte que desean comer los dioses. Eligiendo este el montón de apariencia viva y apetitosa pero compuesto solamente de huesos y grasa poco sustanciosas se concreta el engaño.

Como dijera John Dryden en su comedia Sir Martin Mar-All, “That´s the common fate of your Machiavellians; they draw their designs so subtle that their very fineness breaks them”[4]. Al percibir el falible Zeus el ardid que tramara Prometeo condena a los hombres al padecimiento de una vida sin los beneficios del fuego, ni para la cocción, ni para la calefacción. Desde entonces, y gracias a las artes de Prometeo, los hombres queman en los sacrificios los huesos para ofrecérselo a los dioses y comen la nutritiva carne.

Y hete aquí que Prometeo comienza a pergeñar la segunda y definitiva argucia, la que mayor trascendencia tiene en el marco de este análisis: el robo del fuego sagrado que lo condenará al exilio en el inhóspito Cáucaso. Mediante la ascensión al monte Olimpo, Prometeo roba semillas de fuego del carro sagrado de Helio y las lleva a la tierra ocultas en unas pequeñas tablillas utilizadas para pegar a los muchachos en las manos.

El robo del fuego, que bien podría simbolizar la luz del conocimiento, sitúa la figura de Prometeo en el lugar de privilegio que ostentan aquellos que democratizan el saber, extendiéndolo a débiles y penados. El gesto del titán, doblemente desafiante del poder, lo enaltece y asemeja a nuestros cientos de poetas expulsados, aquellos que también osaran desafiar al poder hegemónico de las juntas militares.

 

La caja de Pandora y la capital del Infierno

Para vengarse por este segundo agravio, Zeus ordena a Hefesto que haga una mujer de arcilla y la dote de vida. Esta primer mujer mortal, una especie de Eva si se nos permite la comparación, es conferida de dones especiales por los dioses del Olimpo. Como sobre ella las deidades delegan todas las virtudes y también los vicios la llaman Pandora, que literalmente significa “de todo (Pan) portadora (dora)”.

Una vez terminada, Zeus le ordena que vaya a la tierra y se case con Prometeo. Para tal fin, proporciona a Pandora una pequeña caja que prohíbe abrir. Cuando el titán la ve, tan bellamente dotada, no imagina que algo malo pueda sucederle. “Zeus me envía -dice la hermosa doncella”.  Suspicaz y desconfiado, Prometeo la devuelve al Olimpo, encolerizando aún más al padre de los dioses.

Zeus la remite entonces a Epimeteo, hermano de Prometeo de menor picardía que este, junto con la caja que contiene todas las desgracias -plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera- con las que Zeus pretendía castigar a la humanidad toda. Epimeteo se casa con ella, a pesar de las advertencias de su hermano de que no acepte ningún regalo de los dioses. Como premeditado estaba, terminará Pandora abriendo la caja y desatando el pandemónium. Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se venga también de Prometeo, haciendo que este sea expulsado al Cáucaso, donde es encadenado y cegado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. No conforme con eso, Zeus envía un águila -hija de los monstruos Tifón y Equidna[5]- para que se coma eternamente el hígado de Prometeo. Siendo este inmortal, su hígado vuelve a reproducirse cada día, por lo que el águila devora cada mañana una y otra vez las entrañas de Prometeo regeneradas durante las noches. Este castigo debía de durar por siempre, pero, según recuerdan los griegos, Heracles, pasando por el lugar de cautiverio de Prometeo, de camino al jardín de las Hespérides, lo libra disparándole una flecha mortífera al águila. Prometeo es así liberado, aunque deba llevar consigo un anillo unido a un trozo de la roca a la que fuera encadenado.

Si Prometeo, quien es cegado, atado, desterrado y devorado eternamente, equivale, en nuestro tiempo, a aquellos que, como dijimos, defienden las causas justas sufriendo por ello tortura y exilio; otra analogía debería hacerse respecto a la caja de Pandora. Ya que bien podría el receptáculo vengador estar representado, no ya por una vasija contenedora de nefastos males, sino, en un plano contemporáneo, por las calamitosas dictaduras de América Latina -arrogadas de facultad omnipotente- que despojan a los hombres de sus derechos humanos y de ciudadanía: sus derechos a la vida, a la libertad, a la integridad personal o la resistencia a la opresión. Derechos todos suspendidos, negados: los derechos a proceso, a la propiedad, a la seguridad, el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, el derecho a la justicia o el derecho a no ser ejecutado sumariamente sin proceso alguno.  

Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisas a estos interrogantes: las autoridades no habían oído habar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbre y dolor de padres, madres, hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruego a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.[6] 

La caja de Pandora que se abre en Argentina a mediados de la década del setenta, como respuesta a la libertad creadora de nuestros artistas, a los reclamos de justicia de nuestros jóvenes, al sueño de tantos por un mundo más humano, en mucho excede a catástrofe alguna vez sufrida previamente por esta nación en su historia. Conclusión a la que también llega la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en su Informe después de recibir varios miles de testimonios y declaraciones y acumular más de cincuenta mil páginas documentales:  

[…] tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado.[7].

Prometeo encadenado en el Garaje Olimpo

Así como Prometeo, que osa desafiar al supremo dios del Olimpo en defensa de los débiles mortales, sufriendo por ello castigo y destierro, nuestros poetas sudamericanos, como ya mencionáramos, exiliados por los soberanos defensores de los valores hegemónicos, occidentales y cristianos, como solía decir hasta el hartazgo, el presidente de facto argentino Jorge Rafael Videla, una y otra vez, para justificar los crímenes de lesa humanidad, nuestros poetas sufren el martirio y la mudez. Paradójicamente, muchos de ellos, son detenidos clandestinamente y conducidos al Garaje Olimpo, nombre con el que los militares bautizaron al centro de reclusión del barrio de Floresta, que funcionara entre agosto de 1978 y enero de 1979. Tal vez porque, como los griegos, se creían dioses de la vida y la muerte.

Exiliados o asesinados en más de 340 campos de concentración repartidos por todo el territorio argentino, como consta en Nunca más, informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas (CONADEP , comparables quizá, a los campos de exterminio de la Europa Nazi-Fascista del siglo pasado, o a la Siberia de Stalin[8], o al Guantánamo[9] de hoy en menor escala, por nombrar tan sólo algunos campos de reclusión occidentales donde nuestros artistas son confinados al exilio interior, la persecución, tortura y asesinato o el destierro a las estériles tierras de la mudez y la ausencia.

Así como Prometeo es desterrado al Cáucaso, nuestros héroes huyen para salvar su vida, primero confinados al ostracismo, recluidos y escondidos, para luego escapar a México, España, Venezuela, Italia, Brasil o a las mismísimas entrañas de la tierra argentina, en fosas comunes, sin nombre ni data alguna.

Nos preguntamos también, si la figura de Prometo no ilustra la lucha por el conocimiento, la luz esclarecedora, el ignis fatuus[10], la excelencia, la búsqueda del saber y la distribución del mismo a los débiles mortales. Pensamos que Prometeo asimismo ilumina, valga el homógrafo, la lucha por la justicia, sin reparar en cálculos políticos y posibles victorias, sin detenerse siquiera ante el tamaño de sus adversarios o  el poder que estos pudieran tener, sino en lo justo de la causa que se defiende.

Prometeo, al igual que muchos de nuestros artistas de todos los tiempos en la América Latina, es confinado al ostracismo que el poder de facto de turno se arroga, sin atención a derecho alguno, sin sujeción a poder de iure -como se decía en nuestras facultades- se ve sujeto a unas pocas voluntades basadas simplemente en la fuerza de los cañones que el pueblo les da y no en la razón.

Como Prometeo, defensor de los débiles y la justicia, nuestros Humberto Costantini, Juan Gelman, Leónidas Lamborghini, Haroldo Conti, Santiago Sylvester, Francisco Paco Urondo, Héctor Germán Oesterheld, y tantos otros,  pagarán también el atrevimiento de desafiar a los dioses todopoderososos, a los arrogantes y déspotas militares de la Junta Militar.


[1] Δαίμων en griego, Daemon en su transliteración al latín. 

[2] Hesíodo, que en griego antiguo es conocido como σίοδος / Hêsíodos y en latín como Hesiodus, es, junto con Homero, el gran autor de la antigüedad. Contemporáneo del creador de La Ilíada, nace en Ascra, cerca de Tebas, hacia la segunda mitad del siglo VIII a. C. Para Hesíodo, Prometeo XE "Prometeo,"  nace de la unión entre el titán Japeto y de Clímene, una de las Oceánides, lo que lo convierte en primo hermano de Zeus, hijo, a su vez, de otro titán, Cronos.

[3] Esquilo, que en griego antiguo es conocido como Ασχύλος / Aiskhúlos, nace en Eleusis en el 525 a. C. y muere en Gela en 456 a. C. Predecesor de Sófocles y Eurípides, es considerado como el creador de la tragedia griega. Para Esquilo, a diferencia de lo sostenido por Hesíodo, Prometeo es hijo de Gea XE "Gea,"  y Temis .

[4] La obra Sir Martin Mar-All, también conocida como The Feign'd Innocence fue representada por primera vez en 1667. Esta comedia inglesa, escrita por John Dryden, se basa en la traducción de L´Étourdi de Moliere: “Esta es la suerte común de todos los astutos: hacer sus dibujos tan sutiles, que se rompen por su misma finura”.

[5] Descrita por Hesíodo en su Teogonía como un engendro con rostro de una bella mujer de temibles ojos oscuros pero cuerpo de serpiente. Madre con Tifón de todos los monstruos importantes de la mitología griega.

[6] Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, “Prólogo”, Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas (CONADEP), Buenos Aires, EUDEBA, 1984, pág. 9.

[7] Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, “Prólogo”, Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas (CONADEP), Buenos Aires, EUDEBA, 1984, pág. 11.

 [8] Los campos de trabajo forzado, localizados mayoritariamente al noreste de Siberia, fueron reabiertos por Joseph Stalin en 1930. Se estima que en estos centros de reclusión, también conocidos como Glavnoye Upravleniye Ispravitelno-trudovykh Lagerey i kolonii, (Gulag), murieron alrededor de 50 millones de personas.

[9] El estatus legal de este campo de detención militar es aún hoy muy polémico. Debido a que la soberanía de la Bahía de Guantánamo reside en Cuba, el gobierno de Estados Unidos argumenta que los prisioneros detenidos en Guantánamo se encuentran legalmente fuera de Estados Unidos, no teniendo así los derechos constitucionales que tendrían si estuvieran detenidos en territorio estadounidense. La corte suprema rechazó este argumento en el caso Rasul  en el 2004. Estados Unidos clasifica a los prisioneros encerrados en los campos Delta y Eco como combatientes enemigos ilegales para no ser alcanzados por la Tercera Convención de Ginebra (GCIII) que trata exclusivamente sobre prisioneros de guerra. 

[10] Fuego fatuo, metafóricamente utilizado para describir cualquier esperanza o meta que guía a alguien pero que es imposible de alcanzar.

 

 

 

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