México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

El vendedor de consejos

 

Juan Carlos Hernández Cuevas (Ciudad de México, 1959). Es profesor en educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México, maestro de artes por Portland State University (Portland, Oregon, EUA), licenciado en artes y letras (Portland), minor en estudios africanos (Portland) y doctorando en la Universidad de Alicante (Valencia, España). Becario de la Fundación Max Aub (Segorbe, Valencia, España; 2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

 

 

A Marco Polo Hernández Cuevas

-!My dick is thick like a beer can! Vociferó borracho, desde el fondo del bar, sujetando con ambas manos la entrepierna del sólido y escuálido muslo. Sonreía a placer ante el obvio estupor de los parroquianos, cuyas miradas lúbricas delataban un deseo subrepticio. Una década antes, Hassan había renunciado a su empleo logístico y, después de un extenuante periplo por tierra y mar, despegó del aeropuerto de Mombasa con el propósito de nunca regresar a aquella guerra absurda, pensaba al enterrar las desgastadas botas y uniforme deslavado. El avión de la British Airways descendió en Roma. De ahí, con la cartera llena de shillings y liras, se fue a Grecia. Pues la hermosura de la vieja Athenaia lo deslumbraba a medida que iba descubriendo a las turistas de Norteamérica y Europa. Desde antes de partir, había aprendido que la tersura del ébano era el manjar predilecto y prohibido por el hombre blanco. Las primeras conquistas fueron fáciles y alentadoras. Aprendió a gozar el verdadero valor del dinero que se escurría rápidamente de sus lánguidas manos, como si fuera aceite de palma. Los paseos continuos por El Pireo, La Acrópolis y museos aledaños, le proporcionaron un impresionante acervo cultural helenístico. Para matar el tiempo, leyó tragedias de Esquilo y Sófocles en los cafés del centro. Al terminar cada libro, recordaba haber escuchado en labios de sus abuelos, relatos que se asemejaban a las ancestrales leyendas tebanas y mitos recogidos en las obras adquiridas en las librerías de usado. 

Los acordes de Saturday Night Fever retumbaban en las bocinas de una de tantas discotecas repletas de Afroditas y Apolos que disfrutaban retorciéndose frente al laberinto de vidrio pulido y metalizado. El alcohol y el hachís corrían de un lado a otro: de boca en boca. El reflector daba la impresión de dividir a la gente: por un costado los Travolta, y los demás por su lado, indiferentes unos hacia otros. La seductora madrugada se esfumaba entre los acordes. Horas más tarde, Hassan sonrió antes de proseguir la lectura de Antígona. Sorbió parsimonioso el té que acompañaba con un sabroso cigarro rubio. Al mismo tiempo observó las calles y sintió la necesidad de largarse y vivir recitando versos del alma, profundos y melancólicos. Desearía ser un Homero, pensaba al cerrar el libro. Se incorporó para dirigirse al puerto.

Trabajó en Cádiz con unos paisanos de Mogadishu, luego aprendió el español y redescubriría al Conde Lucanor. Cada mañana, antes de irse a la playa para vender baratijas, barría el suelo, la acera, y secaba todos los utensilios de cocina. Fregaba platos y enormes ollas mientras aprendía a cocinar platos combinados, paella marinera y otros arroces. Dominó la preparación de pescados y mariscos; la ensaladilla rusa, callos, tortillas, pimientos, salpicones, y demás alimentos populares del área mediterránea. Después de una fugaz temporada en el bar, ascendió a camarero, y a partir de entonces pudo independizarse gracias a las propinas dentro y fuera de las horas de empleo.

El antiguo Gadir era un hogar cálido y lúgubre noche de estrellas desparramadas. La nívea ciudad fue un preámbulo donde las fantasías y esperanzas habían sido coartadas por la cruda realidad de un mundo impuesto y vedado a los hijos bastardos del colonialismo. ¿Qué culpa tenía de haber aprendido a cultivar la moaxaja y el zejel?, reflexionaba, frente a las obscuras olas del Mediterráneo.

Un incierto día marchó a Lanzarote desde donde, y a pesar de haber tratado a Saramago, navegaría hacia la Gran Canaria. En el ámbito hostelero conoció a Marilyn: una atractiva muchacha de Nueva York que, al concluir sus vacaciones anuales, juró volverse a encontrar con él en la ciudad de Los Ángeles. Haría hasta lo imposible para volver a verlo. El mar fue testigo de aquella promesa que sorprendió a la pareja con las manos entrelazadas, sin haberse percatado del alba. Marilyn, por fin, había encontrado el amor. Los años de espera y  tiempo desperdiciados en viajes se desvanecían ante la realidad del momento.

Los Estados Unidos: la América distante, tierra prometida, mundo de ensueños que se materializan en dólares; tierra de la libertad y embriagadora democracia, pensó Hassan, al salir del aeropuerto de Las Palmas, y dirigirse apresurado al restaurante. Las blanquiazules olas poseían una hermosura en la que nunca antes había reparado. El viento de Colón acariciaba sus brazos y mejillas. La vida le sonreía. ¡Vivir y vivir! ¡Viva la vita!

Las palmeras del bulevard Hollywood despertaron los recuerdos almacenados: el olor del Mar Rojo, los partidos de béisbol donde las langostas suplían a las pelotas; la guerra personal, y el cuerno de África. Todo aquello quedaba muy distante, detrás, y alejadísimo; los recuerdos empezaron a morir sumergidos en los abismos de la memoria que cesa ante el resplandor eléctrico y las rápidas sierpes que integran la gigantesca metrópolis que se presentaba ante su incrédula mirada. Nunca antes había experimentado aquella sensación de abandono e inseguridad ante lo desconocido. La vacuidad de ese instante le perseguiría hasta el último de sus días en Canadá. Los altivos rascacielos, la prisa, la extrema limpieza y el orden de la América anglosajona le causaron una impresión memorable, pues acostumbrado a una existencia desordenada, típica de la juventud, el entorno nuevo le disgustaba inconscientemente. Sintió un poco de alivio, cuando su nueva compañera de viaje lo invitó a pasar un fin de semana en México. Un país que le recordó al suyo. El orden dentro de un desorden que parece operar bajo el influjo de la aparente inercia colectiva. Observó el característico amor a la vida del estoico pueblo mexicano. Una señora, entrada en carnes, deseó a la pareja ¡salud, dinero y amor! Al fondo, se escuchaba un bolero de Julio Jaramillo.

−¡Quiá!, vociferaba un anciano montado sobre una mula. Un rostro impertérrito y cubierto de surcos, levantó su sombrero para saludar a la pareja de extranjeros, y proseguir el camino hacia la plaza de toros. Esa escena le trajo a la memoria el bar de Polop de la Marina, Alicante, donde observó a un burro que bebía cerveza con la clientela, enfrente de una enorme y bella ventana.

−Buenos días señor, contestó Marilyn. Hassan sonreía amable mientras agitaba el sombrero en señal de reverencia. Los dos hombres se miraron para reconocerse y  despedirse en silencio, como dos hermanos reunidos por mera circunstancia.

Marilyn fue secretaria en un despacho de abogados de ascendencia judía. Sin embargo, el matrimonio con el somalí nunca fue visto con buenos ojos por parte de la familia de ella y algunas personas del afamado bufete angelino.

La llegada del bebé transformaría la actitud despreciativa de varios familiares cercanos y distantes. Los otros optaron por alejarse o esconderse en la comodidad de sus amplias oficinas y hogares. Los avances tecnológicos fueron utilizados para realizar más conductas perversas.

He is such a lovely boy!, asintió con gestos dudosos la señora Schmitz. Isn’t he?, reiteró su inseguridad ante la muda opinión de dos enfermeras que entrecruzaron miradas. Una de ellas, sin contestar, contrajo mecánicamente los labios, sólo para mostrar unos dientes pequeñitos de coneja; la otra enfermera apresuró el cambio del pañal.

Desfilaron flores, ropa, bombones, tarjetas con felicitaciones impresas, y gentes. Hassan, pasó las horas sentado sobre un estrecho sillón rojo, observando a todos, y pensando que en Somalia, hubiera tenido que pagar una determinada cantidad de camellos al padre de la desposada. Y posteriormente, habrían masticado Qat y bebido infusiones de otras plantas, toda la tarde, en compañía de varias bellezas femeninas. Asimismo, se hubieran liberado del tiempo y el espacio con relatos que han circulado oralmente durante muchísimas generaciones.   

Con el paso del tiempo, la desadaptación social de Hassan se acrecentaría debido al nuevo y forzado estilo de vida familiar. Los bancos incrementaron los intereses de la hipoteca, los pagos mensuales de los dos automóviles y las tarjetas de crédito. La guardería, la luz, ropa, las cuentas de los restaurantes y la gasolina inflaron el respetable presupuesto mensual. Aparecieron los falsos problemas, y aunque los dos aumentaron las horas de trabajo, el dinero no alcanzaba a cubrir todos los gastos y seudonecesidades diarias.

Los bares del este de la ciudad se convirtieron en un refugio. Empezó a beber todos los fines de semana hasta convertir cada visita, desde el punto de vista de la cónyuge, en un nuevo e innecesario gasto. Esta situación no duraría mucho, ya que Marilyn presionada por su familia -con la diligente ayuda de sus jefes- decidió tramitar el divorcio, y así quedarse con la custodia del retoño.

Sin un solo dólar, Hassan solicitaría empleo en San Diego. Tuvo suerte, pues necesitaban un cocinero en uno de los barcos mercantes.

Manila, Formosa, Guam, Acapulco y San Diego. Tailandia, Yokohama, Pusan y Honolulú: idas y vueltas continuas por las mismas rutas. Transcurrieron semanas y meses, hasta que un día domingo, la compañía naviera lo trasladó de sopetón a la península escandinaba. Después de cruzar el canal de Panamá, aprendería −en Estocolmo− a cocinar el salmón, bacalao y otros pescados. El segundo periplo duró poco tiempo, ya que, pudo más el frío.

El tedio y la aversión causada por la avenida Broadway únicamente podían disiparse mediante paseos por el parque central de Manhattan. Nueva York siempre fue demasiada urbe para un nómada acostumbrado a la reflexión y proximidad de la madre naturaleza. El ser humano, decía Hassan, es parte integral de la tierra, el agua y la flora: un animal pensante y libre. Después de cada caminata, sólo la vida del bar lograba aminorar la aberrante realidad de sentirse odiado por gente extraña. Desde un rincón de la barra, pretendía mirar el televisor mientras pensaba en la suerte de su hijo y en la propia. Años atrás había aprendido a ignorar la incultura de los colonizadores ingleses e italianos; pero nunca entendió la causa de tanta ignominia. ¿Cómo era posible ser despreciado u odiado después de haber sido secuestrados, invadidos, esclavizados, violados, torturados y sujetos a una barbárica explotación? Sin lugar a dudas, la atmósfera de los Estados Unidos representaba una prolongación de aquella irracionalidad bajo la cual había crecido y trató de escapar. La libertad adquirida era producto de la emancipación personal. Había logrado crear y transformar la realidad ajena en algo tangible a través de la identificación consigo mismo. Volvería a ser africano para sobrevivir en un medio homogeneizado por la ambición del dinero. El alcohol facilitaba la transición de un mundo al otro. Pudo viajar desde cualquier bar y trasladarse hasta los parajes más recónditos. Era libre, ¡finalmente libre!

Tuve el privilegio de conocerlo en la Cheerful Tortoise, una cantina del barrio universitario de PSU. También, frecuentábamos Sam’s Hofbrau y el Candlelight. Por aquel entonces, después de ingerir cerveza durante todo el día y parte de la madrugada, pernoctábamos en un sótano conocido como The People’s House. Èramos un grupo de 20 ó 30 extranjeros que aprendimos a tolerar las opiniones de nuestros congéneres de Libia, Gambia, Tanzania, Ghana, Rumanía, México, Yemen, Marruecos y otros países. Algunas veces nos amanecíamos en un Denny’s o en la calle. Cuando hubo dinero, acudíamos a los bares ilegales de la zona noreste de la ciudad. Para ser admitido en los afterhours, el único requisito era no ser blanco. Estos bares fueron un refugio para alejarse de la sociedad que gozaba denigrándonos mediante el rechazo consuetudinario.

Quizá, la mayor cualidad de Hassan fue la puntualidad. A las 3: 00 p.m. acudía religiosamente a la Cheerful. Pedía un café y lo disfrutaba leyendo el Oregonian o el New York Times. En particular, estudiaba la sección internacional. A partir de las 4: 00 en punto, la clientela empezaba a llenar el recinto. Entre las caras familiares aparecían rostros deseosos de conocerle. Otros regresaban a convivir, olvidar y escapar de la soledad citadina. Las tertulias se prolongaban hasta la madrugada. El peregrinaje diario incluía visitas esporádicas a los bares aludidos.

Hassan fue un maestro de la palabra, capaz de cautivar audiencias completas por medio de conversaciones apócrifas y reales. Tenía la extraordinaria habilidad de convertir la ficción en realidad y viceversa. Su voz era la voz ancestral de pueblos y naciones creadoras de sabios relatos que -pese al fluir de los siglos- están presentes en la cotidianeidad de nuestras vidas postmodernas. La mesa de Hassan se convirtió en una especie de locutorio donde las almas confundidas y en crisis acudían a hacer llamadas a sí mismos; a pedir consejo a cambio de cerveza y mariguana que eran compartidas equitativamente. Gente de todo el orbe estuvieron sentados alrededor de aquella mesa, y muchos de éstos han logrado ver más allá. Algunos triunfaron en la vida gracias a lo aprendido durante las horas de aparente esparcimiento. Cada experiencia representó una placentera catarsis para el vasto número de seres incapaces de ver las cosas tal y como son. Los complejos y prejuicios provenientes de una educación deficiente, quedaban eliminados después de varias e intensas sesiones en el bar.   

Aquel mundo quedó atrás. Nunca más volvimos a saber de él. La comunidad africana de Estados Unidos habla de un doble que apareció en Boston y Toronto, según dicen, es su hermano gemelo.   

 

 

 

 

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