Juan Carlos Hernández
Cuevas (Ciudad de México,
1959). Es profesor en educación primaria por la Escuela Nacional
de Maestros de la ciudad de México, maestro de artes por
Portland State University (Portland, Oregon, EUA), licenciado en
artes y letras (Portland), minor en estudios africanos
(Portland) y doctorando en la Universidad de Alicante (Valencia,
España). Becario de la Fundación Max Aub (Segorbe, Valencia,
España; 2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para
Emporia State University (Kansas, EUA, 2002-2004) y otras
universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen
cuentos y ensayos.

A Marco Polo Hernández Cuevas
-!My dick is thick like a beer can!
Vociferó borracho, desde el fondo del bar, sujetando con ambas manos
la entrepierna del sólido y escuálido muslo. Sonreía a placer ante
el obvio estupor de los parroquianos, cuyas miradas lúbricas
delataban un deseo subrepticio. Una década antes, Hassan había
renunciado a su empleo logístico y, después de un extenuante periplo
por tierra y mar, despegó del aeropuerto de Mombasa con el propósito
de nunca regresar a aquella guerra absurda, pensaba al enterrar las
desgastadas botas y uniforme deslavado. El avión de la British
Airways descendió en Roma. De ahí, con la cartera llena de
shillings y liras, se fue a Grecia. Pues la hermosura de la vieja
Athenaia lo deslumbraba a medida que iba descubriendo a las turistas
de Norteamérica y Europa. Desde antes de partir, había aprendido que
la tersura del ébano era el manjar predilecto y prohibido por el
hombre blanco. Las primeras conquistas fueron fáciles y alentadoras.
Aprendió a gozar el verdadero valor del dinero que se escurría
rápidamente de sus lánguidas manos, como si fuera aceite de palma.
Los paseos continuos por El Pireo, La Acrópolis y museos aledaños,
le proporcionaron un impresionante acervo cultural helenístico. Para
matar el tiempo, leyó tragedias de Esquilo y Sófocles en los cafés
del centro. Al terminar cada libro, recordaba haber escuchado en
labios de sus abuelos, relatos que se asemejaban a las ancestrales
leyendas tebanas y mitos recogidos en las obras adquiridas en las
librerías de usado.
Los acordes de Saturday Night Fever retumbaban en las bocinas
de una de tantas discotecas repletas de Afroditas y Apolos que
disfrutaban retorciéndose frente al laberinto de vidrio pulido y
metalizado. El alcohol y el hachís corrían de un lado a otro: de
boca en boca. El reflector daba la impresión de dividir a la gente:
por un costado los Travolta, y los demás por su lado, indiferentes
unos hacia otros. La seductora madrugada se esfumaba entre los
acordes. Horas más tarde, Hassan sonrió antes de proseguir la
lectura de Antígona. Sorbió parsimonioso el té que acompañaba
con un sabroso cigarro rubio. Al mismo tiempo observó las calles y
sintió la necesidad de largarse y vivir recitando versos del alma,
profundos y melancólicos. Desearía ser un Homero, pensaba al cerrar
el libro. Se incorporó para dirigirse al puerto.
Trabajó en Cádiz con unos paisanos de Mogadishu, luego aprendió el
español y redescubriría al Conde Lucanor. Cada mañana, antes
de irse a la playa para vender baratijas, barría el suelo, la acera,
y secaba todos los utensilios de cocina. Fregaba platos y enormes
ollas mientras aprendía a cocinar platos combinados, paella marinera
y otros arroces. Dominó la preparación de pescados y mariscos; la
ensaladilla rusa, callos, tortillas, pimientos, salpicones, y demás
alimentos populares del área mediterránea. Después de una fugaz
temporada en el bar, ascendió a camarero, y a partir de entonces
pudo independizarse gracias a las propinas dentro y fuera de las
horas de empleo.
El antiguo Gadir era un hogar cálido y lúgubre noche de estrellas
desparramadas. La nívea ciudad fue un preámbulo donde las fantasías
y esperanzas habían sido coartadas por la cruda realidad de un mundo
impuesto y vedado a los hijos bastardos del colonialismo. ¿Qué culpa
tenía de haber aprendido a cultivar la moaxaja y el zejel?,
reflexionaba, frente a las obscuras olas del Mediterráneo.
Un incierto día marchó a Lanzarote desde donde, y a pesar de haber
tratado a Saramago, navegaría hacia la Gran Canaria. En el ámbito
hostelero conoció a Marilyn: una atractiva muchacha de Nueva York
que, al concluir sus vacaciones anuales, juró volverse a encontrar
con él en la ciudad de Los Ángeles. Haría hasta lo imposible para
volver a verlo. El mar fue testigo de aquella promesa que sorprendió
a la pareja con las manos entrelazadas, sin haberse percatado del
alba. Marilyn, por fin, había encontrado el amor. Los años de espera
y tiempo desperdiciados en viajes se desvanecían ante la realidad
del momento.
Los Estados Unidos: la América distante, tierra prometida, mundo de
ensueños que se materializan en dólares; tierra de la libertad y
embriagadora democracia, pensó Hassan, al salir del aeropuerto de
Las Palmas, y dirigirse apresurado al restaurante. Las blanquiazules
olas poseían una hermosura en la que nunca antes había reparado. El
viento de Colón acariciaba sus brazos y mejillas. La vida le
sonreía. ¡Vivir y vivir! ¡Viva la vita!
Las palmeras del bulevard Hollywood despertaron los recuerdos
almacenados: el olor del Mar Rojo, los partidos de béisbol donde las
langostas suplían a las pelotas; la guerra personal, y el cuerno de
África. Todo aquello quedaba muy distante, detrás, y alejadísimo;
los recuerdos empezaron a morir sumergidos en los abismos de la
memoria que cesa ante el resplandor eléctrico y las rápidas sierpes
que integran la gigantesca metrópolis que se presentaba ante su
incrédula mirada. Nunca antes había experimentado aquella sensación
de abandono e inseguridad ante lo desconocido. La vacuidad de ese
instante le perseguiría hasta el último de sus días en Canadá. Los
altivos rascacielos, la prisa, la extrema limpieza y el orden de la
América anglosajona le causaron una impresión memorable, pues
acostumbrado a una existencia desordenada, típica de la juventud, el
entorno nuevo le disgustaba inconscientemente. Sintió un poco de
alivio, cuando su nueva compañera de viaje lo invitó a pasar un fin
de semana en México. Un país que le recordó al suyo. El orden dentro
de un desorden que parece operar bajo el influjo de la aparente
inercia colectiva. Observó el característico amor a la vida del
estoico pueblo mexicano. Una señora, entrada en carnes, deseó a la
pareja ¡salud, dinero y amor! Al fondo, se escuchaba un bolero de
Julio Jaramillo.
−¡Quiá!, vociferaba un anciano montado sobre una mula. Un rostro
impertérrito y cubierto de surcos, levantó su sombrero para saludar
a la pareja de extranjeros, y proseguir el camino hacia la plaza de
toros. Esa escena le trajo a la memoria el bar de Polop de la
Marina, Alicante, donde observó a un burro que bebía cerveza con la
clientela, enfrente de una enorme y bella ventana.
−Buenos días señor, contestó Marilyn. Hassan sonreía amable mientras
agitaba el sombrero en señal de reverencia. Los dos hombres se
miraron para reconocerse y despedirse en silencio, como dos
hermanos reunidos por mera circunstancia.
Marilyn fue secretaria en un despacho de abogados de ascendencia
judía. Sin embargo, el matrimonio con el somalí nunca fue visto con
buenos ojos por parte de la familia de ella y algunas personas del
afamado bufete angelino.
La llegada del bebé transformaría la actitud despreciativa de varios
familiares cercanos y distantes. Los otros optaron por alejarse o
esconderse en la comodidad de sus amplias oficinas y hogares. Los
avances tecnológicos fueron utilizados para realizar más conductas
perversas.
−He is such a lovely boy!, asintió con gestos dudosos la
señora Schmitz. Isn’t he?, reiteró su inseguridad ante la
muda opinión de dos enfermeras que entrecruzaron miradas. Una de
ellas, sin contestar, contrajo mecánicamente los labios, sólo para
mostrar unos dientes pequeñitos de coneja; la otra enfermera
apresuró el cambio del pañal.
Desfilaron flores, ropa, bombones, tarjetas con felicitaciones
impresas, y gentes. Hassan, pasó las horas sentado sobre un estrecho
sillón rojo, observando a todos, y pensando que en Somalia, hubiera
tenido que pagar una determinada cantidad de camellos al padre de la
desposada. Y posteriormente, habrían masticado Qat y bebido
infusiones de otras plantas, toda la tarde, en compañía de varias
bellezas femeninas. Asimismo, se hubieran liberado del tiempo y el
espacio con relatos que han circulado oralmente durante muchísimas
generaciones.
Con el paso del tiempo, la desadaptación social de Hassan se
acrecentaría debido al nuevo y forzado estilo de vida familiar. Los
bancos incrementaron los intereses de la hipoteca, los pagos
mensuales de los dos automóviles y las tarjetas de crédito. La
guardería, la luz, ropa, las cuentas de los restaurantes y la
gasolina inflaron el respetable presupuesto mensual. Aparecieron los
falsos problemas, y aunque los dos aumentaron las horas de trabajo,
el dinero no alcanzaba a cubrir todos los gastos y seudonecesidades
diarias.
Los bares del este de la ciudad se convirtieron en un refugio.
Empezó a beber todos los fines de semana hasta convertir cada
visita, desde el punto de vista de la cónyuge, en un nuevo e
innecesario gasto. Esta situación no duraría mucho, ya que Marilyn
presionada por su familia -con la diligente ayuda de sus jefes-
decidió tramitar el divorcio, y así quedarse con la custodia del
retoño.
Sin un solo dólar, Hassan solicitaría empleo en San Diego. Tuvo
suerte, pues necesitaban un cocinero en uno de los barcos mercantes.
Manila, Formosa, Guam, Acapulco y San Diego. Tailandia, Yokohama,
Pusan y Honolulú: idas y vueltas continuas por las mismas rutas.
Transcurrieron semanas y meses, hasta que un día domingo, la
compañía naviera lo trasladó de sopetón a la península escandinaba.
Después de cruzar el canal de Panamá, aprendería −en Estocolmo− a
cocinar el salmón, bacalao y otros pescados. El segundo periplo duró
poco tiempo, ya que, pudo más el frío.
El tedio y la aversión causada por la avenida Broadway únicamente
podían disiparse mediante paseos por el parque central de Manhattan.
Nueva York siempre fue demasiada urbe para un nómada acostumbrado a
la reflexión y proximidad de la madre naturaleza. El ser humano,
decía Hassan, es parte integral de la tierra, el agua y la flora: un
animal pensante y libre. Después de cada caminata, sólo la vida del
bar lograba aminorar la aberrante realidad de sentirse odiado por
gente extraña. Desde un rincón de la barra, pretendía mirar el
televisor mientras pensaba en la suerte de su hijo y en la propia.
Años atrás había aprendido a ignorar la incultura de los
colonizadores ingleses e italianos; pero nunca entendió la causa de
tanta ignominia. ¿Cómo era posible ser despreciado u odiado después
de haber sido secuestrados, invadidos, esclavizados, violados,
torturados y sujetos a una barbárica explotación? Sin lugar a dudas,
la atmósfera de los Estados Unidos representaba una prolongación de
aquella irracionalidad bajo la cual había crecido y trató de
escapar. La libertad adquirida era producto de la emancipación
personal. Había logrado crear y transformar la realidad ajena en
algo tangible a través de la identificación consigo mismo. Volvería
a ser africano para sobrevivir en un medio homogeneizado por la
ambición del dinero. El alcohol facilitaba la transición de un mundo
al otro. Pudo viajar desde cualquier bar y trasladarse hasta los
parajes más recónditos. Era libre, ¡finalmente libre!
Tuve el privilegio de conocerlo en la Cheerful Tortoise, una
cantina del barrio universitario de PSU. También, frecuentábamos
Sam’s Hofbrau y el Candlelight. Por aquel entonces,
después de ingerir cerveza durante todo el día y parte de la
madrugada, pernoctábamos en un sótano conocido como The People’s
House. Èramos un grupo de 20 ó 30 extranjeros que aprendimos a
tolerar las opiniones de nuestros congéneres de Libia, Gambia,
Tanzania, Ghana, Rumanía, México, Yemen, Marruecos y otros países.
Algunas veces nos amanecíamos en un Denny’s o en la calle.
Cuando hubo dinero, acudíamos a los bares ilegales de la zona
noreste de la ciudad. Para ser admitido en los afterhours, el
único requisito era no ser blanco. Estos bares fueron un refugio
para alejarse de la sociedad que gozaba denigrándonos mediante el
rechazo consuetudinario.
Quizá, la mayor cualidad de Hassan fue la puntualidad. A las 3: 00
p.m. acudía religiosamente a la Cheerful. Pedía un
café y lo disfrutaba leyendo el Oregonian o el New York
Times. En particular, estudiaba la sección internacional. A
partir de las 4: 00 en punto, la clientela empezaba a llenar el
recinto. Entre las caras familiares aparecían rostros deseosos de
conocerle. Otros regresaban a convivir, olvidar y escapar de la
soledad citadina. Las tertulias se prolongaban hasta la madrugada.
El peregrinaje diario incluía visitas esporádicas a los bares
aludidos.
Hassan fue un maestro de la palabra, capaz de cautivar audiencias
completas por medio de conversaciones apócrifas y reales. Tenía la
extraordinaria habilidad de convertir la ficción en realidad y
viceversa. Su voz era la voz ancestral de pueblos y naciones
creadoras de sabios relatos que -pese al fluir de los siglos- están
presentes en la cotidianeidad de nuestras vidas postmodernas. La
mesa de Hassan se convirtió en una especie de locutorio donde las
almas confundidas y en crisis acudían a hacer llamadas a sí mismos;
a pedir consejo a cambio de cerveza y mariguana que eran compartidas
equitativamente. Gente de todo el orbe estuvieron sentados alrededor
de aquella mesa, y muchos de éstos han logrado ver más allá. Algunos
triunfaron en la vida gracias a lo aprendido durante las horas de
aparente esparcimiento. Cada experiencia representó una placentera
catarsis para el vasto número de seres incapaces de ver las cosas
tal y como son. Los complejos y prejuicios provenientes de una
educación deficiente, quedaban eliminados después de varias e
intensas sesiones en el bar.
Aquel mundo quedó atrás. Nunca más volvimos a saber de él. La
comunidad africana de Estados Unidos habla de un doble que apareció
en Boston y Toronto, según dicen, es su hermano gemelo.
