Jesús Ademir Morales Rojas. Nació en la Ciudad de
México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad
Nacional Autónoma de México e Historia del Arte en la
Universidad del Claustro de Sor Juana.

Si
Heidegger tenía razón cuando mencionaba que la esencia de una obra
de arte se relaciona con el “mundo” y la “tierra” que la componen;
tal es decir, su contexto histórico-cultural y los materiales para
su elaboración, cabe decir que “La Barca de Dante” es un claro
manifiesto de cómo los medios pueden sublimarse, y superar al ideal
que los impulsa: en esta obra es posible advertir el esfuerzo de su
propia concepción, puesto que se forja a sí misma en una
dialéctica épica, en donde “mundo” y “tierra”, se vencen y derrotan,
uno a otra, alternativamente; puesto que el esfuerzo creativo del
artista es reproducido por el contemplador, en la lectura de cada
trazo, de cada segmento de la obra; tal y como el mensaje de
independencia y autonomía buscado por Delacroix, bien podría
manifestarse siempre actual, en cualquier momento histórico que se
le presente a diálogo.
Admirablemente, en esta lucha estética tenaz, la barca marcha,
indeclinable.
***
Obsérvese cómo, a diferencia de otras representaciones sobre el
episodio, y tal vez con respecto hasta del mismo incidente, narrado
en la propia Comedia; Dante, es quien comanda la marcha de la
travesía con aventurada decisión. Aunque se sostiene en Virgilio, la
razón, la herencia clásica, más bien pareciera que el florentino
protege a su venerable y sabio acompañante. La historia entera de la
civilización puede ser recomprendida, con esta variación
practicada por Delacroix al tema: la mirada de este Dante, tan
humano y sólo eso, apunta al horizonte siempre, sin titubeos.
***
También cabe resaltar la postura de Caronte y de los condenados
sumergidos en las infernales aguas: inspirado sin duda por Miguel
Ángel y por Rubens, en cuanto al moldeo detallado y plástico de las
musculaturas y siluetas de los personajes, Delacroix pareciera
expresar en el movimiento concentrado del demonio conductor un
cierto disimulo, un ocultamiento de cierta inquietud: ¿Acaso Caronte
esta convencido de que el destino de toda empresa humana, meramente
humana, esta condenado a la incertidumbre más atroz? Sería entonces
entendible la piadosa fiereza con la que los condenados tratan de
impedir, desesperadamente, el avance del emblemático navío.
Nunca el derrotero de lo mortal ha estado determinado por tan
incierta condición.
Aún.
***
Es insoslayable percatarnos de que, mientras que Dante y Miguel
Ángel siguieron rutas paralelas por el Infierno, para llegar al
Cielo- plasticidad extrema transmutada en carne, lascerada y
palpitante- Delacroix, los emula, pero más altivo, encarna su
heroica epicidad, y mira con, por y desde ella, hacia un
horizonte enteramente terrenal y digno.
(¿Y justo?)
***
¿Y si el Dante de Delacroix no fuera sino la ilusión anhelante de
Caronte, condenado a un ir y venir infinito, siempre indefinido,
siempre límite? ¿Y si no fuese más que la concepción redentora de un
alma enclaustrada en su propia esencia, ahogado de sentimiento?
Porqué si recordamos detenidamente, si bien en un principio el
propio Caronte se opuso a llevar en su embarcación al viviente
Dante, hacia regiones reservadas únicamente a los difuntos, a la
postre Virgilio lo obliga a transportarlos diciéndole:
"Carón, no te irrites. Así se ha dispuesto allí donde se puede todo
lo que se quiere; y no preguntes más."
¿Acaso Caronte recordó al ceder, a otro peregrino llamado Eneas, al
que sólo permitió el paso, cuando éste le mostró la rama dorada de
un árbol mágico, propiedad de Proserpina, consorte del gran Plutón,
rey del mundo de los muertos?
Es posible que el tormento particular de Carón, fuese amar a una
diosa nocturna, ajena e inalcanzable por completo, ni aún con todo
el impulso de su barca ansiosa.
"Allí donde se puede todo lo que se quiere..." musita aciagamente el
barquero infernal, cuando cruza el río llevando interminablemente a
las almas transgresoras, pero no arrepentidas.
Y mientras que este resuelto Dante, prosigue hacia Beatriz luminosa,
él demonio barquero enamorado se queda sólo ahí.
Y ahí permanece, ida y vuelta musitando...
***
(El firme trabajo del pincel practicado por Delacroix a sus
espaldas, bajo cierta perspectiva, bien pareciera el recato de un
sollozo perenne)
