México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

Jorge Urdiales Yuste. Investigador español (Madrid, 1969). Licenciado en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid (UCM, 1992), donde obtuvo también el Certificado de Aptitud Pedagógica (1995) y el doctorado en Ciencias de la Información (2004) con su tesis El discurso de carácter popular-rural en la narrativa de Delibes En 2006 publicó el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes, editado por la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (Ilcyl). Ha trabajado como profesor de lengua y literatura de ESO y bachillerato. Desde 2001 es colaborador honorífico del Departamento de Filología III de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM. Artículos suyos han aparecido en diversas publicaciones como Noticias SEK, Galicia en Madrid, Revista de Folclore, Espéculo, Letralia, Noticias Elche y Noticias Alicante.

Definición negativa y por contraposición.

Por la dificultad de definir lo popular, se suele recurrir a señalarlo negativamente y por rodeos, con frecuencia sin llegar a una definición suficientemente rigurosa. Se dice qué no es lo popular y a qué se contrapone. Se parte de la definición preconcebida de que lo popular tiene como polo opuesto lo cultivado, moderno y propio de minorías selectas. De este modo se hacen dos tablas paralelas y contrapuestas. En una, al lado del término popular aparecen términos que se consideran afines como primitivo, espontáneo, tradicional, rural... En la otra tabla, los contrapuestos: civilizado, elaborado y artificial, moderno, urbano...

Se trata de una primera aproximación definidora. Luego se verá que esta dicotomía no es rigurosa. A parte de no servir de manera completa a la definición del concepto de popular, pues que solamente lo define negativamente, al encerrarla dentro de los límites de modelos de oposición binaria, resulta estrecha (5). 

El pueblo conserva, repite y es propietario de lo popular.

Si nos fijamos en una de las cimas de lo popular, la cultura popular, tendremos otra aproximación definidora de lo popular. El agente, destinatario y propietario de la cultura popular es el pueblo. Su cultura popular le viene de lejos, tras un largo proceso, como se acaba de afirmar. Y en este sentido se habla de costumbres populares, de dichos populares, de leyendas populares, de diversiones populares, de comportamientos populares, de lecturas populares, de fiestas populares, de manifestaciones religiosas populares, de ritos populares... En todos estos casos, se habla de hábitos o costumbres que se repiten,  más que de hechos o acciones, y de comportamientos colectivos, más que de hechos individuales.

Esto obligará al novelista, a Miguel Delibes novelista, a ir al pueblo, observarlo tenazmente y de cerca, “andar con la antena puesta”, escuchar su lenguaje, palabras y giros populares. Sólo con un buen acopio de materiales populares la novela logrará tener suficiente entidad popular. 

 La realidad, anterior a la inteligencia del hecho popular.

Ni el pueblo que vive y es propietario de lo popular ni el novelista que lo cuenta y describe son necesariamente filósofos de su ámbito. La acción refleja que pondría sobre la mesa de operaciones la maravilla y las miserias del concepto de lo popular, no es imprescindible para que exista su realidad y se dé y cuente con toda plenitud. El místico tiene conciencia (filosofía) de la acción divina sobre su alma, pero no por eso es más santo o divino (realidad) que el asceta que no tiene tal conciencia y vive en la oscuridad de su noche religiosa sin conciencia de que es la suya la “noche oscura” en expresión de San Juan de la Cruz.

El discurso popular de Miguel Delibes, sin hacer filosofía del hecho popular, podrá serlo plenamente, lo será. Se expresará, de hecho, en lenguaje popular con toda facilidad. No hay, pues, por qué pedirle que razone su discurso popular. Acierta cuando adivina la dirección del viento de lo popular, el aire popular de las cosas que le rodean, lo ve y atina con la expresión más adecuada, sin esfuerzo que se advierta. Es fruto de un instinto, no de una reflexión. 

Lo popular es social, no de minorías.

El propietario de la cultura popular es el pueblo, común denominador de las expresiones populares. Esto es así en todas las formas del orbe popular. En el lenguaje popular son más evidentes que en el resto de manifestaciones. Y así, adviértase como el refrán, el modismo feliz, la ocurrente frase hecha pudieron surgir en la mente de un individuo, pero tal refrán, tal modismo y tal frase hecha los hizo populares el pueblo, que los tomó como suyos (en verdad, ya estaban en su vida y mente tales expresiones, pero solamente existían sin encontrar todavía las palabras oportunas que formuló el individuo que se adelantó a dar al pueblo el refrán, el modismo o la frase hecha, pronto anónimos). La expresión que se hizo popular fue precisamente la que nombraba la realidad mental para la cual andaba el pueblo buscando una expresión adecuada y feliz, sin encontrarla hasta ese singular momento.

La forma de transmisión de las realidades populares es fundamentalmente el contagio social, la tradición oral boca a boca, grupo a grupo, las celebraciones comunitarias.

 

 

 

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