Jorge
Urdiales Yuste. Investigador español (Madrid, 1969).
Licenciado en filología hispánica por la Universidad Complutense
de Madrid (UCM, 1992), donde obtuvo también el Certificado de
Aptitud Pedagógica (1995) y el doctorado en Ciencias de la
Información (2004) con su tesis El discurso de carácter
popular-rural en la narrativa de Delibes En 2006 publicó el
Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel
Delibes, editado por la Fundación Instituto Castellano y
Leonés de la Lengua (Ilcyl). Ha trabajado como profesor de
lengua y literatura de ESO y bachillerato. Desde 2001 es
colaborador honorífico del Departamento de Filología III de la
Facultad de Ciencias de la Información de la UCM. Artículos
suyos han aparecido en diversas publicaciones como Noticias SEK,
Galicia en Madrid, Revista de Folclore, Espéculo, Letralia,
Noticias Elche y Noticias Alicante.

Definición negativa y por contraposición.
Por la dificultad de definir lo popular, se suele recurrir a
señalarlo negativamente y por rodeos, con frecuencia sin llegar a
una definición suficientemente rigurosa. Se dice qué no es lo
popular y a qué se contrapone. Se parte de la definición
preconcebida de que lo popular tiene como polo opuesto lo cultivado,
moderno y propio de minorías selectas. De este modo se hacen dos
tablas paralelas y contrapuestas. En una, al lado del término
popular aparecen términos que se consideran afines como primitivo,
espontáneo, tradicional, rural... En la otra tabla, los
contrapuestos: civilizado, elaborado y artificial, moderno,
urbano...
Se trata de una primera aproximación definidora. Luego se
verá que esta dicotomía no es rigurosa. A parte de no servir de
manera completa a la definición del concepto de popular, pues que
solamente lo define negativamente, al encerrarla dentro de los
límites de modelos de oposición binaria, resulta estrecha
(5).
El pueblo conserva, repite y es propietario de lo popular.
Si nos fijamos en una de las cimas de lo popular, la cultura
popular, tendremos otra aproximación definidora de lo popular. El
agente, destinatario y propietario de la cultura popular es el
pueblo. Su cultura popular le viene de lejos, tras un largo proceso,
como se acaba de afirmar. Y en este sentido se habla de costumbres
populares, de dichos populares, de leyendas populares, de
diversiones populares, de comportamientos populares, de lecturas
populares, de fiestas populares, de manifestaciones religiosas
populares, de ritos populares... En todos estos casos, se habla de
hábitos o costumbres que se repiten, más que de hechos o
acciones, y de comportamientos colectivos, más que de hechos
individuales.
Esto obligará al novelista, a Miguel Delibes novelista, a ir al
pueblo, observarlo tenazmente y de cerca, “andar con la antena
puesta”, escuchar su lenguaje, palabras y giros populares. Sólo
con un buen acopio de materiales populares la novela logrará tener
suficiente entidad popular.
La realidad, anterior a la inteligencia del hecho popular.
Ni el pueblo que vive y es propietario de lo popular ni el novelista
que lo cuenta y describe son necesariamente filósofos de su ámbito.
La acción refleja que pondría sobre la mesa de operaciones la
maravilla y las miserias del concepto de lo popular, no es
imprescindible para que exista su realidad y se dé y cuente con toda
plenitud. El místico tiene conciencia (filosofía) de la acción
divina sobre su alma, pero no por eso es más santo o divino
(realidad) que el asceta que no tiene tal conciencia y vive en la
oscuridad de su noche religiosa sin conciencia de que es la suya la
“noche oscura” en expresión de San Juan de la Cruz.
El discurso popular de Miguel Delibes, sin hacer filosofía del hecho
popular, podrá serlo plenamente, lo será. Se expresará, de hecho, en
lenguaje popular con toda facilidad. No hay, pues, por qué pedirle
que razone su discurso popular. Acierta cuando adivina la
dirección del viento de lo popular, el aire popular de las cosas
que le rodean, lo ve y atina con la expresión más adecuada, sin
esfuerzo que se advierta. Es fruto de un instinto, no de una
reflexión.
Lo popular es social, no de minorías.
El propietario de la cultura popular es el pueblo, común denominador
de las expresiones populares. Esto es así en todas las formas del
orbe popular. En el lenguaje popular son más evidentes que en el
resto de manifestaciones. Y así, adviértase como el refrán, el
modismo feliz, la ocurrente frase hecha pudieron surgir en la mente
de un individuo, pero tal refrán, tal modismo y tal frase hecha los
hizo populares el pueblo, que los tomó como suyos (en verdad, ya
estaban en su vida y mente tales expresiones, pero solamente
existían sin encontrar todavía las palabras oportunas que formuló el
individuo que se adelantó a dar al pueblo el refrán, el modismo o la
frase hecha, pronto anónimos). La expresión que se hizo popular fue
precisamente la que nombraba la realidad mental para la cual
andaba el pueblo buscando una expresión adecuada y feliz, sin
encontrarla hasta ese singular momento.
La forma de transmisión de las realidades populares es
fundamentalmente el contagio social, la tradición oral boca a
boca, grupo a grupo, las celebraciones comunitarias.
