José Ángel Muriel González nació en
Sevilla el 4 de junio de 1972. Es licenciado en Matemáticas y
actualmente ejerce como Director de Consultoría y Servicios en
una importante empresa española de consultoría informática.
Siempre sintió interés por los libros y creció leyendo los
clásicos, aunque durante mucho tiempo su principal afición fue
confeccionar historietas, dando rienda suelta a la imaginación.
Más tarde, reemplazó los pinceles por la pluma y comenzó a
escribir sus propios relatos. Con el tiempo, obtuvo algunos
premios literarios. En 2005 publicó su primera novela,
Ladrones de Atlántida, que se ha reeditado en 2007 revisada
y ampliada. Además de escribir, participa en todo tipo de
eventos relacionados con el mundo literario.

La primera vez que tuve esa extraña sensación fue nada más
despertar. Entreabrí los ojos y, como si aún estuviera durmiendo y
se tratase de un sueño, sentí que sonaba el móvil. Pero lo cierto es
que no estaba sonando. Empezó a sonar justo unos segundos después,
mientras me frotaba los párpados con los dedos.
Desconcertado, pues todavía se apoderaba de mí cierto
sopor, miré durante un breve lapso de tiempo cómo vibraba
insistentemente el teléfono sobre la mesita que tenía al lado. Luego
me limité a atender la llamada, sin hacer más comprobaciones. Me
mantenía todavía en esa oscura franja de la consciencia en la que no
distinguimos con claridad lo que creemos que sentimos de lo que
realmente sentimos.
-Dígame.
-No olvides la cita, tío.
-No la he olvidado. Dentro de unos minutos salgo para allá.
Colgué. Era mi sobrino Javier. Me esperaba en el salón de
actos de su Facultad. Quería que asistiera a la presentación del
proyecto de investigación en el que había estado trabajando desde
hacía tres años. Tenía tres cuartos de hora para llegar. Si faltaba,
Javier nunca me lo iba a perdonar. Se le notaba impaciente,
nervioso. Era un momento muy importante para su carrera. Un momento
crucial.
Pero en aquel justo instante, a mí me parecía más crucial la siesta
que intentaba disfrutar y que había visto bruscamente interrumpida.
Aunque, en realidad, ¿no me había despertado yo solo anticipándome a
la llamada?
Desde el sillón donde me encontraba arrellanado veía el
perfil de mi mujer, sentada frente al escritorio. Estaba trabajando
con su ordenador portátil, a la luz de la amplia ventana que se
abría en el salón. Verla así, frente a mí, ocupada en sus asuntos,
me resultaba tremendamente familiar, presumiblemente porque lo hacía
a menudo. Me dedicó una tierna sonrisa, pero no pude corresponderle.
Hasta que no escuché a mi nieta, no me despabilé del todo ni
recuperé el buen humor.
-¡Abuelo!
-¿Ya estás aquí? –Cada tarde, nuestra hija traía a casa a
la pequeña Sonia para dejarla a nuestro cuidado mientras terminaba
su larga jornada laboral. Sonia se me acercaba con un libro de texto
en la mano. Cursaba sexto de educación básica. Era muy inteligente y
todas las asignaturas le resultaban sencillas. Pero algo se le había
atascado mientras estaba haciendo los deberes. Acaricié los sedosos
bucles de su cabello moreno, le pellizqué cariñosamente la mejilla y
le pregunté-: ¿Qué te pasa con las matemáticas?
-No entiendo muy bien esto de la proporcionalidad inversa…
-Vamos a ver. Te pondré algún ejemplo.
Las explicaciones me entretuvieron más de lo que había
previsto. Hubiera jurado que ya le había explicado todo eso de la
proporcionalidad inversa, resumiendo en qué casos se aplicaba y el
procedimiento frente a la regla de tres convencional. Pero me estaba
fallando la memoria, porque sabía que no hacía falta repetirle a la
niña dos veces lo mismo para que lo aprendiera.
Cuando terminé con Sonia, tuve que darme prisa. Me aseé un poco en
el cuarto de baño de la planta baja, me peiné y me coloqué bien la
ropa con unos rápidos ademanes. Desde el espejo, mi propio reflejo
me observaba. ¡Qué mayor estaba! Me había afeitado la barba, usaba
otras gafas, ya no fumaba… Pero seguía envejeciendo de forma
alarmante, mi rostro continuaba arrugándose. Volví a la realidad y
salí como un torbellino, despidiéndome de mi mujer con un sincero
beso en la mejilla. Lamentablemente, no podía acompañarme. Alguien
tenía que quedarse con Sonia.
Si quería llegar a tiempo a la Universidad, debía tomar el siguiente
tren. Tenía que atravesar el parque y caminar durante unas cuatro
manzanas antes de llegar a la estación. Confiaba plenamente en mis
piernas, fuertes como robles y habituadas al ejercicio. Sin embargo,
ocurrió algo que me hizo perder más tiempo.
Antes de sortear el primer cruce, que carecía de semáforos, se
dibujó en mi mente un vehículo que doblaba la esquina y se saltaba
el paso de peatones a toda velocidad. Me detuve instintivamente. Y
lo hice de forma muy oportuna, porque el mismo automóvil que acababa
de ver en mi cerebro apareció doblando la esquina, aceleró y siguió
su carrera por la calle sin atender a la señalización del paso de
cebra. Eso me salvó. De haber cruzado, me hubiera atropellado.
Fue una especie de presentimiento, como un aviso que me había
librado de sufrir el accidente. La sensación había vuelto a
repetirse, como si tuviera la capacidad de prever lo que podía
ocurrir a continuación. Cada vez estaba más extrañado. Sentía que me
encontraba dentro de una pesadilla de la que no conseguía escapar.
Me enjugué el sudor de la frente con el pañuelo y, después de mirar
a un lado y otro, crucé hasta la otra acera. No sabía si sudaba por
el esfuerzo, pues llegaba tarde y tenía que apremiar el paso, o por
la incertidumbre de lo que me estaba pasando. Pero dejé de darle
importancia a aquellos hechos y me apresuré lo más que pude.
Justo cuando me monté en el tren, se cerraron las puertas y empezó a
moverse. Había llegado por los pelos. Me senté en un sitio libre y
me puse a recrear la escena que iba a vivir junto a mi sobrino
Javier, el físico. Tras su doctorado, había conseguido una plaza de
catedrático. La Universidad había aceptado su línea de investigación
y colaboraba con entidades privadas para financiarla. Javier
trabajaba con el apoyo de un equipo de ingenieros informáticos. Al
parecer, se trataba de algo muy novedoso que utilizaba tecnología de
vanguardia. Pero siempre había mantenido a la familia al margen.
Llegada la ocasión de hacerlo público, deseaba sorprendernos.
Y la ocasión había llegado. Cuando el tren se detuvo, seguía
imaginándome el aspecto de ese salón de actos, preparado para la
exhibición científica. Yo mismo era químico y había estudiado en esa
universidad, pero no conocía las modernas instalaciones de la
Facultad de Física, reformadas recientemente. Tal vez sólo hubiera
una sencilla pizarra y un proyector de diapositivas, como se hacía
antiguamente en las lecturas de tesis. Pero, conociendo a mi
sobrino, a quien gustaban tanto los artefactos de última generación,
intuía que habría algo más.
Bajando las escaleras del apeadero hacia la avenida que conducía al
recinto universitario, me topé con la multitud que subía
frenéticamente para tomar su transporte. Me arrinconaban contra la
pared, por lo que tuve que descender despacio, protestando para mis
adentros. Llegué a pensar que, con tantas prisas y tan poca
precaución, alguno resbalaría y se partiría una pierna. Más que
pensarlo, lo visualicé en el interior de mi cabeza, como si
estuviera reviviendo algo casi olvidado.
Un segundo más tarde, una chica cargada con una pesada mochila a la
espalda perdió el equilibrio y cayó de bruces, golpeándose la
rodilla contra el borde de un escalón. El tumulto se aglomeró en
torno a la desdichada jovencita, que gemía de dolor. Alguien trató
de ayudarle a levantarse, pero no era capaz de mantenerse en pie.
-Creo que te has roto la pierna –dijo un señor calvo que debía de
ser médico.
Me marché. Le estaban prestando auxilio y habían llamado a una
ambulancia, así que no podía hacer nada por ella. Salvo por la
lesión de la pierna, estaba bien. Quien no estaba bien del todo era
yo. ¿Se me había concedido el don de la premonición? ¿Veía lo que
iba a pasar antes de que pasara? Demasiadas coincidencias. Y, por mi
formación y mi personalidad, no era de los que creían en las
casualidades. Me retorcía la cara con una mano, absorto en estas
reflexiones, mientras continuaba acercándome a la Universidad.
La sensación de que ya había hecho antes lo que estaba haciendo se
convirtió en algo constante. No era la primera vez que me pasaba
eso, que tenía la impresión de haber vivido antes algo que estaba
experimentando en ese preciso momento. De hecho, había temporadas en
que me ocurría varias veces a la semana, incluso varias veces al
día. Se le daba un nombre heredado del francés que no recordaba con
exactitud y decían que se debía a fallos de la memoria, a cierta
falta de coordinación mental que se producía esporádicamente.
El problema era que, aquella tarde, la sensación dejó de ser
esporádica para transformarse en algo permanente. Resultaba
extravagante. Me veía a mí mismo caminando por la calle, cruzándome
con otras personas y con algún vehículo, y todo eso se materializaba
segundos después, como si pudiera ver con antelación la película de
mi vida. A su vez, percibía que la imagen que veía de mí se veía a
sí mismo, previendo lo que iba a suceder. Y así sucesivamente, en
una cadena recurrente. Me concentré para no perder el control sobre
esas imágenes cíclicas que se dibujaban en mi cabeza, pero lo cierto
era que no se desvanecían. De hecho, me concentré para hacerlas
desaparecer, pero tampoco lo lograba. Era imposible. Al principio me
pareció una curiosidad, algo interesante para la mente de un viejo
que empezaba a encontrarse cansado. Al final, sólo podía calificarlo
como algo terrible, casi angustioso.
Afortunadamente, para mi asombro y gran placer, la sensación se
disipó cuando entré en el vestíbulo de la Facultad de Física y fui
al encuentro del bedel.
-Por ese pasillo, a la izquierda –me dijo distraídamente,
indicándome dónde se encontraba el acceso al salón de actos.
En la puerta me pidieron las credenciales, así que hurgué en los
bolsillos de la chaqueta buscando la invitación que me había
entregado mi sobrino. Desde allí, veía a Javier en el escenario,
revisando, junto con otros colegas, el artilugio cuyo funcionamiento
se disponía a mostrar ante el público. La concurrencia llenaba ya la
mitad del patio de butacas. Me pareció reconocer también a la mujer
de mi sobrino.
El acto iba a comenzar inmediatamente, pero me acerqué al escenario
para saludar a Javier y desearle suerte. No obstante, preferí no
interrumpirle, porque se encontraba atareado. Por sus gestos y la
acritud de su semblante, parecía preocupado.
-¿Ajustaste las coordenadas? –preguntó mi sobrino al técnico más
cercano.
-Fijé la precisión en segundos e introduje los parámetros para hacer
una prueba y cerciorarme de que todo estaba bajo control. Ayer, en
el laboratorio, todo iba bien, pero ahora…
-La Ley de Murphy, nunca falla –refunfuñó Javier, resoplando.
Consultó su reloj de pulsera, conciente de que debía empezar la
presentación-. ¿Cuánto metiste?
-T menos 45.
Conocía el lenguaje. En algunas obras de divulgación solía
identificarse T con la variable local de tiempo. Empezaba a
darme cuenta de en qué podía consistir aquel misterioso proyecto. Si
era lo que estaba pensando, se trataba de algo verdaderamente
relevante. Aquel sofisticado dispositivo podía ser lo que comúnmente
se conocía como una máquina del tiempo. Por increíble que pareciera,
quizás podía utilizarse para desplazar objetos en el tiempo, como
por arte de magia. “T menos 45” representaba un desplazamiento a un
instante anterior, concretamente a 45 unidades de tiempo antes.
-Espera, dijiste segundos. Pero no es así, dejaste la precisión en
minutos.
-Es cierto –admitió el técnico-. En cualquier caso, el ordenador se
ha quedado bloqueado y no hace nada ni permite modificar los datos.
Tendremos que reiniciarlo.
Todas las ideas, que parecían fuera del alcance de Javier y sus
colegas en aquel momento, se pusieron en orden en mi cabeza de forma
automática. Había empleado casi cuarenta y cinco minutos desde que
me despertara hasta encontrarme allí, junto a ellos y la máquina. En
seguida deduje lo que ocurría y entendí lo que causaba mis
inexplicables premoniciones. Algo se disparó dentro de mí como un
resorte y trepé al escenario con desesperación para impedir que
pulsaran el botón de reinicio de la máquina con sus irreversibles
efectos.
Pero, de nuevo, no lo conseguí.
La primera vez que tuve esa extraña sensación fue nada más
despertar.