México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

José Antonio Durand Alcántara. Editor y profesor de la FES Zaragoza, UNAM. Presidente de la Academia de Extensión Universitaria y Difusión de la Cultura en la FES Zaragoza. Miembro del Club Literario La Pluma del Ganso. Ganador del Concurso de “Cuento, Poesía y Periodismo”, UAM-Iztapalapa, 1983; Primer lugar en el Concurso de Cuento “Día del Maestro”, UPIICSA, IPN, 1986 y 3er lugar del Concurso Nacional de Poesía “Rubén Bonifaz Nuño”, UNAM, 1995. En 2007 publicó la 2da. edición de su libro de poesía y cuento corto: De canibalismo y otras filias, UNAM.

 

 

“Me caí de la nube que andaba

como a veinte mil metros de altura...

por la suerte caí entre los brazos

de una linda y hermosa criatura

Me tapó con su lindo vestido

y corriendo a esconder me llevó”

                          Cornelio Reyna 

 

Durante los cuatro años en que fui vecino de la “Cafetería Marte” acudí muchas veces al lugar que, además de parecerme vulgar y corriente, me resultaba aburrido no obstante que la noche de la tragedia estaba decorado con grandes globos rojos en forma de corazón, teniendo impresa la fecha “14 de Febrero” y la leyenda “Día del Amor y la Amistad”.

     Tal sitio me resultaba desagradable sobre todo por el tipo de música que tocaba una máquina tragamonedas todo el santo día.

     Abominables canciones norteñas se repetían una y otra vez y, para colmo, el mesero de la cafetería había descubierto la forma de accionar los discos sin depositar monedas y en cuanto el dueño del lugar se distraía o se retiraba, el empleado repetía hasta el hartazgo la insoportable canción “Me caí de la nube”, interpretada por el conjunto regiomontano “Los Ovnis del Norte”.

     Aquella triste –aunque divertida– noche me encontraba cenando en la cafetería, y cuando pensé que el mesero haría sonar el disco con su canción predilecta, pues el patrón recién se había marchado, resulta que no fue así.

     El joven mesero (quien en vida se llamó Marcial Saturnino, según podía leerse en el gafete que portaba) se dirigió a la puerta del negocio y bajó la cortina de metal manteniéndonos prácticamente secuestrados al cocinero y a los seis clientes que ahí nos reunimos: una pareja de ancianos al parecer esposos, una señora de cerca de 30 años acompañada de sus dos hijos (éstos de entre 8 y 10 años aproximadamente) y yo, de 50 años de edad.

     El ruido que hizo la cortina de hierro al descorrerse provocó que todos volteáramos hacia la puerta, frente a la cual Marcial se encontraba blandiendo ostentosamente una pistola tipo revólver. “Mira mamá, ese señor tiene una pistola”, dijo uno de los niños sin mostrar temor.

     “Qué hace usted”, pregunté a gritos y por toda respuesta obtuve un insolente “!Cállese, güey!” de parte de Marcial, a la vez que me apuntaba con el arma de fuego.

     Luego vino una ridícula confesión del joven armado: “Sepan todos ustedes que yo no soy en realidad el mesero terrícola que piensan, sino que soy un ser extraterrestre que proviene de un lejano planeta cuyo nombre no revelaré, por motivos de seguridad interestelar, y que me encuentro en la Tierra cumpliendo una importante misión espacial secreta”, dijo Marcial con absoluta seriedad. Uno de los niños preguntó a su madre: “¿A poco así son los extraterrestres, mamá?”.

     Por su parte la anciana, que aparentemente se daba cuenta del peligro que corríamos, comentó: “Yo ya estoy muy vieja para estos trotes” y se dispuso a dormir acomodándose en su asiento y cerrando los ojos, mientras que su acompañante, posiblemente por la impresión, se orinó ahí mismo.

     – Si es cierto que es usted un extraterrestre, ¿por qué utiliza esa rústica pistola y no una que lance rayos desintegradores?, –increpé de manera por demás temeraria, a lo que Marcial contestó:

     – Porque la pistola de rayos desintegradores la dejé en la nave

     – ¿En cuál nave? –pregunté

     – En la que me trajo de Marte –dijo él

     – ¿De Marte? –seguía yo interrogando

     – ¡Ay!, ya me hizo decir el nombre secreto del planeta del que provengo, y que no debía revelar por estrictas razones de seguridad espacial –señaló Marcial

     – Pero si en Marte no hay vida –argumenté

     – Se equivoca usted. Si hay vida, lo que pasa es que vivimos debajo de la tierra...

     – ¿Tierra? ¿En Marte hay tierra?

     – Mmmm. Bueno, no es tierra, tierra, lo que se llama tierra, pero si le digo el nombre de la corteza marciana que envuelve a mi planeta no me entendería, porque es un nombre en marciano...

     – A ver, dígalo

     – Strafumblrsañviwazxañayesp

     – A ver, ahora repítalo –le increpé retadoramente

     – Strafum... Strafum... ¡Basta, aquí el que manda soy yo, porque traigo la pistola... 

Así estaban las cosas cuando terció la dama treintañera dirigiéndose a mí, visiblemente preocupada y tratando de que me callara: “¡Señor, señor, por favor ya no insista...!”. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a interrumpir mi divertido cuestionamiento:

     – ¿Y cómo es que llegó la nave a la Tierra sin que nadie se enterara?

     – Pues... porque vinimos de noche y con las luces apagadas

     – Pero tampoco nadie escuchó los motores del platillo volador cuando aterrizó

     – Claro que no los oyeron, porque la nave no aterrizó sino que se detuvo a veinte mil metros de altura, justamente arriba de un lote baldío de la colonia Doctores, al que yo llegué de incógnito y por el cual me interné en este planeta

     – ¿Y cómo bajo usted a la Tierra desde esa altura? ¿Con una escalera grande y otra chiquita?  –pregunté, en el clímax de mi chacota

     – Simplemente abrí la compuerta LX-26 de la nave y salté al terreno deshabitado

     – ¿Y por qué no se mató del brinco?

     – Porque caí en los brazos de una linda y hermosa criatura marciana

     – Y ella, ¿qué hizo?

     – Me tapó con su lindo vestido y corriendo a esconder me llevó...

     – Jua, jua jua. Esa es la letra de la canción norteña “Me caí de la nube”, de Cornelio -Reyna –dije, atacado de risa

     En ese momento la señora interrumpió el diálogo nuevamente y me dijo: “Por favor señor, le suplico a usted que guarde silencio, pues con sus comentarios nos expone a todos...”  A continuación Marcial explicó (?):

     – Pues sí señor. Sepa usted que Cornelio Reyna fue el único testigo terrícola humano que presenció mi llegada del espacio Sidral, que diga, sideral. Y he dicho “humano”, porque además del inspirado compositor hubo, como testigos terrícolas, dos gatos y un perro maltés sarnoso que salieron corriendo despavoridos cuando vieron que yo caía del cielo. Y como la experiencia que vivió Cornelio lo impresionó demasiado, no pudo menos que escribir su hermosísima canción...

     – ¡Miente Marcial, miente usted! ¿Qué demonios tendría que hacer el compositor norteño en un lote baldío de la colonia Doctores en la Ciudad de México?

     – Vino al DF a cobrarle a su compadre un cheque sin fondos con el que le pagó un acordeón Harmony Junior usado que Cornelio le vendió a mitad de precio porque estaba desafinado...

     – ¡Dios mío, pero qué cuento es éste! Además, si semejante historia fuera cierta, cualquier marciano decente que desea pasar desapercibido aquí en la Tierra, no se pone a repetir y repetir y repetir la canción que narra su aterrizaje.  

     De nuevo la angustiada señora intervino solicitándome prudencia: “Señor, por favor le ruego que ya no provoque al joven marciano...”

     – ¡Qué marciano ni qué nada!, de seguro Marcial nació en la Agrícola Oriental o en la colonia Portales –dije

     En ese momento el cocinero, también en tono de burla, asomándose por la ventana que comunica a la cocina con el comedor, le gritó al mesero: “Marcial, ya déjate de marcianadas y ven a sacar los botes de basura porque apestan...” Sin embargo, por toda respuesta el joven le lanzó un envase de cerveza Victoria tamaño “caguama” que no alcanzó la cabeza del cocinero a la que iba dirigida y sólo descascaró la pared esparciendo pedazos de vidrio; aunque tal lanzamiento provocó que no volviera siquiera a asomarse el robusto cocinero.

     Uno de los niños lloró asustado y Marcial, para evitar el llanto del niño, le llevó un refresco. En ese momento la madre de los pequeños aprovechó para tratar de salir del Café pidiéndole la cuenta:

     – Me dice, por favor, cuánto le debo

     – ¿Qué fue?

     – Dos tortas de jamón, una leche malteada y la Coca-cola que acaba de traerle al niño

     – El refresco no se cobra porque es cortesía de la Casa ¿Las tortas iban con queso?

     –Si, con todo

     – ¿Se le puso huevos a leche malteada?

     – No, joven.

     – Son cuarenta y cinco pesos

     – Aquí tiene cien, pero ya déjenos salir

     – Nadie sale de aquí hasta que yo lo indique –gritó Marcial, quien enseguida se dirigió a mí para continuar con sus burdas explicaciones

     Después de decir que yo me creía mucho y que me sentía muy sabio, pero que era un “pobre güey”, y en relación a mi comentario respecto a su insistencia por escuchar la canción “Me caí de la nube”, señaló:

     – Le apuesto a que si usted se encontrara en un lejano planeta extranjero, a cada rato pondría el disco de “México lindo y querido”

     – Pruebas, joven, pruebas de que es usted un marciano de verdad –le solicité

     – Voy a demostrar mi marcianés...

     – ¿Su qué? –interrumpí

     – Voy a demostrar mi origen marciano, con un acto de desmaterialización...

     – ¿De qué? –insistí

     –Ya dije que de desmaterialización –gritó Marcial

     – ¿Y qué es eso?

     – Desmaterialización es... es... pues desmaterialización es desmaterialización y ya. Voy a desmaterializar la bala que dispararé contra esa lámpara –dijo, apuntándola con el cañón de su pistola y, sin más, jaló el gatillo

     Efectivamente a la lámpara no le pasó nada, pero el estruendo del balazo provocó pánico entre nosotros los rehenes. Los niños lloraban mientras su madre trataba de calmarlos; la anciana pegó un salto sobre su asiento; el viejito volvió a orinarse y yo proseguí con el desafío “interespacial”:

     – Se me hace que sus balas son de salva –dije

     – Qué tal si le disparo a usted –señaló el mesero-marciano, apuntando hacia mí el arma de fuego

     Ante el riesgo de que el joven psicótico hubiera cargado la pistola con balas de salva alternadas con verdaderas, no quise exponerme.

     – ¿O sea que usted también puede materializar las balas? –pregunté, para distraerlo de su intención de dispararme

     – Claro que sí, yo puedo desmaterializar y materializar las balas a mi antojo. Por algo soy marciano.

     Tomé uno de los globos rojos con forma de corazón que decoraban la cafetería y le propuse retadoramente:

     – A ver, ponga este globo junto a su cabeza y dispare la pistola en su sien. Si logra que la bala atraviese su cabeza sin dañarlo y revienta el globo, entonces no habrá duda de que un marciano puede desmaterializar y materializar las balas a su antojo.

     El marciano dijo que aceptaba tal prueba pero que no dispararía a su cabeza, sino a la yugular, porque era con la cabeza con la que materializaba-desmaterializaba las balas. Colocó el globo junto a su cuello y ¡PUM!

     Aquello fue un verdadero asco: la sangre no sólo se regó por el piso y salpicó mesas, paredes y cortinas sino que también roció a los niños, quienes lloriqueaban asustados; la madre de los pequeños daba gritos como loca llamándome “!Asesino, asesino!”; el marciano tirado en el suelo pataleaba en medio de convulsiones, vomitaba sangre y emitía los estertores de la muerte; la viejita se desmayó (o ya no despertó); el anciano –para variar– volvió a orinarse en los pantalones; desde luego que el globo-corazón estalló...

     Yo salí de la cafetería sin volver la vista atrás. El aire de la noche era caliente, denso, irrespirable. Por alguna extraña razón me fui canturreando: “...no le pude decir nada, nada, simplemente pensé en la maldad, me caí de la nube que andaba...

 

   

 

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