José Antonio Durand Alcántara.
Editor y profesor de la FES Zaragoza, UNAM.
Presidente de la Academia de Extensión Universitaria y Difusión
de la Cultura en la FES Zaragoza. Miembro del Club Literario
La Pluma del Ganso. Ganador del Concurso de “Cuento, Poesía
y Periodismo”, UAM-Iztapalapa, 1983; Primer lugar en el Concurso
de Cuento “Día del Maestro”, UPIICSA, IPN, 1986 y 3er lugar del
Concurso Nacional de Poesía “Rubén Bonifaz Nuño”, UNAM, 1995. En
2007 publicó la 2da. edición de su libro de poesía y cuento
corto: De canibalismo y otras filias, UNAM.

“Me caí de la nube que andaba
como a veinte mil metros de altura...
por la suerte caí entre los brazos
de una linda y hermosa criatura
Me tapó con su lindo vestido
y corriendo a esconder me llevó”
Cornelio Reyna
Durante los cuatro años en que fui vecino de la “Cafetería Marte”
acudí muchas veces al lugar que, además de parecerme vulgar y
corriente, me resultaba aburrido no obstante que la noche de la
tragedia estaba decorado con grandes globos rojos en forma de
corazón, teniendo impresa la fecha “14 de Febrero” y la
leyenda “Día del Amor y la Amistad”.
Tal sitio me resultaba desagradable sobre todo por el tipo de
música que tocaba una máquina tragamonedas todo el santo día.
Abominables canciones norteñas se repetían una y otra vez y,
para colmo, el mesero de la cafetería había descubierto la forma de
accionar los discos sin depositar monedas y en cuanto el dueño del
lugar se distraía o se retiraba, el empleado repetía hasta el
hartazgo la insoportable canción “Me caí de la nube”, interpretada
por el conjunto regiomontano “Los Ovnis del Norte”.
Aquella triste –aunque divertida– noche me encontraba cenando
en la cafetería, y cuando pensé que el mesero haría sonar el disco
con su canción predilecta, pues el patrón recién se había marchado,
resulta que no fue así.
El joven mesero (quien en vida se llamó Marcial Saturnino,
según podía leerse en el gafete que portaba) se dirigió a la puerta
del negocio y bajó la cortina de metal manteniéndonos prácticamente
secuestrados al cocinero y a los seis clientes que ahí nos reunimos:
una pareja de ancianos al parecer esposos, una señora de cerca de 30
años acompañada de sus dos hijos (éstos de entre 8 y 10 años
aproximadamente) y yo, de 50 años de edad.
El ruido que hizo la cortina de hierro al descorrerse provocó
que todos volteáramos hacia la puerta, frente a la cual Marcial se
encontraba blandiendo ostentosamente una pistola tipo revólver.
“Mira mamá, ese señor tiene una pistola”, dijo uno de los niños sin
mostrar temor.
“Qué hace usted”, pregunté a gritos y por toda respuesta obtuve
un insolente “!Cállese, güey!” de parte de Marcial, a la vez que me
apuntaba con el arma de fuego.
Luego vino una ridícula confesión del joven armado: “Sepan
todos ustedes que yo no soy en realidad el mesero terrícola que
piensan, sino que soy un ser extraterrestre que proviene de un
lejano planeta cuyo nombre no revelaré, por motivos de seguridad
interestelar, y que me encuentro en la Tierra cumpliendo una
importante misión espacial secreta”, dijo Marcial con absoluta
seriedad. Uno de los niños preguntó a su madre: “¿A poco así son los
extraterrestres, mamá?”.
Por su parte la anciana, que aparentemente se daba cuenta del
peligro que corríamos, comentó: “Yo ya estoy muy vieja para estos
trotes” y se dispuso a dormir acomodándose en su asiento y cerrando
los ojos, mientras que su acompañante, posiblemente por la
impresión, se orinó ahí mismo.
– Si es cierto que es usted un extraterrestre, ¿por qué utiliza
esa rústica pistola y no una que lance rayos desintegradores?,
–increpé de manera por demás temeraria, a lo que Marcial contestó:
– Porque la pistola de rayos desintegradores la dejé en la nave
– ¿En cuál nave? –pregunté
– En la que me trajo de Marte –dijo él
– ¿De Marte? –seguía yo interrogando
– ¡Ay!, ya me hizo decir el nombre secreto del planeta del que
provengo, y que no debía revelar por estrictas razones de seguridad
espacial –señaló Marcial
– Pero si en Marte no hay vida –argumenté
– Se equivoca usted. Si hay vida, lo que pasa es que vivimos
debajo de la tierra...
– ¿Tierra? ¿En Marte hay tierra?
– Mmmm. Bueno, no es tierra, tierra, lo que se llama tierra,
pero si le digo el nombre de la corteza marciana que envuelve a mi
planeta no me entendería, porque es un nombre en marciano...
– A ver, dígalo
– Strafumblrsañviwazxañayesp
– A ver, ahora repítalo –le increpé retadoramente
– Strafum... Strafum... ¡Basta, aquí el que manda soy yo,
porque traigo la pistola...
Así estaban las cosas cuando terció la dama treintañera dirigiéndose
a mí, visiblemente preocupada y tratando de que me callara: “¡Señor,
señor, por favor ya no insista...!”. Sin embargo, yo no estaba
dispuesto a interrumpir mi divertido cuestionamiento:
– ¿Y cómo es que llegó la nave a la Tierra sin que nadie se
enterara?
– Pues... porque vinimos de noche y con las luces apagadas
– Pero tampoco nadie escuchó los motores del platillo volador
cuando aterrizó
– Claro que no los oyeron, porque la nave no aterrizó sino que
se detuvo a veinte mil metros de altura, justamente arriba de un
lote baldío de la colonia Doctores, al que yo llegué de
incógnito y por el cual me
interné en este planeta
– ¿Y cómo bajo usted a la Tierra desde esa altura? ¿Con una
escalera grande y otra chiquita? –pregunté, en el clímax de mi
chacota
– Simplemente abrí la compuerta LX-26 de la nave y salté al
terreno deshabitado
– ¿Y por qué no se mató del brinco?
– Porque caí en los brazos de una linda y hermosa criatura
marciana
– Y ella, ¿qué hizo?
– Me tapó con su lindo vestido y corriendo a esconder me
llevó...
– Jua, jua jua. Esa es la letra de la canción norteña “Me caí
de la nube”, de Cornelio -Reyna –dije, atacado de risa
En ese momento la señora interrumpió el diálogo nuevamente y me
dijo: “Por favor señor, le suplico a usted que guarde silencio, pues
con sus comentarios nos expone a todos...” A continuación Marcial
explicó (?):
– Pues sí señor. Sepa usted que Cornelio Reyna fue el único
testigo terrícola humano que presenció mi llegada del espacio Sidral,
que diga, sideral. Y he dicho “humano”, porque además del inspirado
compositor hubo, como testigos terrícolas, dos gatos y un perro
maltés sarnoso que salieron corriendo despavoridos cuando vieron que
yo caía del cielo. Y como la experiencia que vivió Cornelio lo
impresionó demasiado, no pudo menos que escribir su hermosísima
canción...
– ¡Miente Marcial, miente usted! ¿Qué demonios tendría que
hacer el compositor norteño en un lote baldío de la colonia Doctores
en la Ciudad de México?
– Vino al DF a cobrarle a su compadre un cheque sin fondos con
el que le pagó un acordeón Harmony Junior usado que Cornelio
le vendió a mitad de precio porque estaba desafinado...
– ¡Dios mío, pero qué cuento es éste! Además, si semejante
historia fuera cierta, cualquier marciano decente que desea pasar
desapercibido aquí en la Tierra, no se pone a repetir y repetir y
repetir la canción que narra su aterrizaje.
De nuevo la angustiada señora intervino solicitándome
prudencia: “Señor, por favor le ruego que ya no provoque al joven
marciano...”
– ¡Qué marciano ni qué nada!, de seguro Marcial nació en la
Agrícola Oriental o en la colonia Portales –dije
En ese momento el cocinero, también en tono de burla,
asomándose por la ventana que comunica a la cocina con el comedor,
le gritó al mesero: “Marcial, ya déjate de marcianadas y ven a sacar
los botes de basura porque apestan...” Sin embargo, por toda
respuesta el joven le lanzó un envase de cerveza Victoria
tamaño “caguama” que no alcanzó la cabeza del cocinero a la que iba
dirigida y sólo descascaró la pared esparciendo pedazos de vidrio;
aunque tal lanzamiento provocó que no volviera siquiera a asomarse
el robusto cocinero.
Uno de los niños lloró asustado y Marcial, para evitar el
llanto del niño, le llevó un refresco. En ese momento la madre de
los pequeños aprovechó para tratar de salir del Café pidiéndole la
cuenta:
– Me dice, por favor, cuánto le debo
– ¿Qué fue?
– Dos tortas de jamón, una leche malteada y la Coca-cola
que acaba de traerle al niño
– El refresco no se cobra porque es cortesía de la Casa ¿Las
tortas iban con queso?
–Si, con todo
– ¿Se le puso huevos a leche malteada?
– No, joven.
– Son cuarenta y cinco pesos
– Aquí tiene cien, pero ya déjenos salir
– Nadie sale de aquí hasta que yo lo indique –gritó Marcial,
quien enseguida se dirigió a mí para continuar con sus burdas
explicaciones
Después de decir que yo me creía mucho y que me sentía muy
sabio, pero que era un “pobre güey”, y en relación a mi comentario
respecto a su insistencia por escuchar la canción “Me caí de la
nube”, señaló:
– Le apuesto
a que si usted se encontrara en un lejano planeta extranjero, a cada
rato pondría el disco de “México lindo y querido”
– Pruebas, joven, pruebas de que es usted un marciano de verdad
–le solicité
– Voy a demostrar mi marcianés...
– ¿Su qué? –interrumpí
– Voy a demostrar mi origen marciano, con un acto de
desmaterialización...
– ¿De qué? –insistí
–Ya dije que de desmaterialización –gritó Marcial
– ¿Y qué es eso?
– Desmaterialización es... es... pues desmaterialización es
desmaterialización y ya. Voy a desmaterializar la bala que dispararé
contra esa lámpara –dijo, apuntándola con el cañón de su pistola y,
sin más, jaló el gatillo
Efectivamente a la lámpara no le pasó nada, pero el estruendo
del balazo provocó pánico entre nosotros los rehenes. Los niños
lloraban mientras su madre trataba de calmarlos; la anciana pegó un
salto sobre su asiento; el viejito volvió a orinarse y yo proseguí
con el desafío “interespacial”:
– Se me hace que sus balas son de salva –dije
– Qué tal si le disparo a usted –señaló el mesero-marciano,
apuntando hacia mí el arma de fuego
Ante el riesgo de que el joven psicótico hubiera cargado la
pistola con balas de salva alternadas con verdaderas, no quise
exponerme.
– ¿O sea que usted también puede materializar las balas?
–pregunté, para distraerlo de su intención de dispararme
– Claro que sí, yo puedo desmaterializar y materializar las
balas a mi antojo. Por algo soy marciano.
Tomé uno de los globos rojos con forma de corazón que decoraban
la cafetería y le propuse retadoramente:
– A ver, ponga este globo junto a su cabeza y dispare la
pistola en su sien. Si logra que la bala atraviese su cabeza sin
dañarlo y revienta el globo, entonces no habrá duda de que un
marciano puede desmaterializar y materializar las balas a su antojo.
El marciano dijo que aceptaba tal prueba pero que no dispararía
a su cabeza, sino a la yugular, porque era con la cabeza con la que
materializaba-desmaterializaba las balas. Colocó el globo junto a su
cuello y ¡PUM!
Aquello fue un verdadero asco: la sangre no sólo se regó por el
piso y salpicó mesas, paredes y cortinas sino que también roció a
los niños, quienes lloriqueaban asustados; la madre de los pequeños
daba gritos como loca llamándome “!Asesino, asesino!”; el marciano
tirado en el suelo pataleaba en medio de convulsiones, vomitaba
sangre y emitía los estertores de la muerte; la viejita se desmayó
(o ya no despertó); el anciano –para variar– volvió a orinarse en
los pantalones; desde luego que el globo-corazón estalló...
Yo salí de la cafetería sin volver la vista atrás. El aire de
la noche era caliente, denso, irrespirable. Por alguna extraña razón
me fui canturreando: “...no le pude decir nada, nada, simplemente
pensé en la maldad, me caí de la nube que andaba...”