Margarita del Olmo. Científica titular en el Deparatmento
de Anthropología, Consejo Superior de Investigaciones
Científicas(CSIC) desde 2001. Doctora en Antropología Americana,
Universidad Complutense de Madrid, 1989.
Publicaciones:
Autora de doce libros científicos y monografías, de alrededor de
60 artículos en revistas españolas y extranjeras, 40 trabajos
presentados en congresos nacionales e interanacionales y 31
conferencias impartidas en diferentes países.

Aunque el exilio
argentino fue el tema de mi tesis doctoral y una línea de
investigación muy fructífera en los años siguientes, hace años que
mis intereses se desplazaron al tema del racismo, y éste es el tema
que aglutina la mayor parte de mi trabajo, en los últimos siete años
centrado, además, en el ámbito de la escuela.
Por este motivo,
en este momento no me veo capacitada para contribuir al dossier
propuesto nada más que con una anécdota, que resultó ser muy
significativa en su día, pero cuyo significado, afortunadamente,
desde hace algunos años carece hoy en día de sentido. El presente
dossier es un ejemplo de ello. De manera que espero contribuya a la
reflexión sobre el desarrollo del interés académico que suscita hoy
día el tema del exilio argentino.
En 1985 me puse
en contacto con el Departamento de Historia de América del CSIC para
proponer una tesis doctoral sobre el tema de la identidad cultural y
centrada en el grupo de los exilados argentinos en España. El
Ministerio de Educación y Ciencia me concedió una beca de cuatro
años para llevarla a cabo en el seno del Departamento propuesto y
con ella me integré a un grupo de trabajo sobre emigrantes españoles
en América Latina. Algunos compañeros entonces vaticinaron el escaso
interés del tema de la inmigración en España y el hecho de que me
vería obligada a cambiar mi tema de trabajo incorporándome
plenamente para contribuir al análisis de la emigración española en
el exterior. Afortunadamente tuve un director de tesis indulgente
que me permitió continuar con mi interés que fue parejo al
desarrollo de la propia sociedad española que, por entonces,
empezaba a transformarse en un país de inmigración a pesar de la
miopía de algunos círculos académicos.
El resultado de
mi empeño fue una tremenda soledad. Soy una persona convencida de
que el trabajo en el seno de un buen equipo, no sólo multiplica los
esfuerzos y los resultados, sino que la discusión académica y el
trabajo en equipo producen mucho más que la suma de los miembros.
Igual que ocurre con el resto de las relaciones sociales, me parece
que el resultado se acerca a la magia en las mejores ocasiones. De
manera que el trabajo en solitario siempre me ha resultado menos
interesante y por este motivo, con mi beca bajo el brazo y un tema
de tesis al que no estaba dispuesta a renunciar, salí a buscar
compañeros de viaje. En España no los encontré. Mediada la década de
los 80 del siglo XX, el tema de la inmigración era aún una excepción
en la academia. Una beca concedida por la Comunidad de Madrid me
permitió financiar una estancia de tres meses en Buenos Aires, en
1998, para completar mi trabajo de campo entre las personas que se
habían exiliado en España, pero habían vuelto a la Argentina después
de que Raúl Alfonsín asumiera democráticamente la presidencia del
país.
A Buenos Aires
también fui a buscar compañeros de trabajo con quienes compartir mis
intereses y mis problemas. Pero tampoco los encontré porque, para mi
sorpresa, el mundo académico argentino seguía entonces volcado en su
interés por la inmigración, y la sola mención del tema del exilio
resultaba, cuando menos, incómoda.
Durante esta
estancia fui invitada a unas jornadas que se celebraron en el Centro
Cultural San Martín de Buenos Aires dedicadas al tema de la
inmigración en las que, como en España aunque al contrario, un
profesor de la Universidad de Buenos Aires tuvo la amabilidad de
“colarme” como conferenciante invitada. Siendo yo una persona poco
aficionada al público hasta hoy día, pero estando aún al comienzo de
mi carrera profesional, y ante una audiencia tan numerosa, en lugar
tan histórico y tan ilustre, mi papel estuvo guiado por el empeño de
pasar lo más desapercibida posible, empresa nada fácil subida en
aquella mesa presidencial y delante de un público tan numeroso. Pero
casi lo conseguí.
A mi conferencia,
que abría el acto, le siguió la de la persona que me había invitado
y después de ella se abrió el coloquio. Para mi sorpresa y para mi
alivio, todas las intervenciones del público se dirigieron a este
profesor y estaban guiadas por un interés en los inmigrantes en la
Argentina. Cuando ya creí que el acto iba a terminar, una persona
del público se levantó y dijo (cito de mi diario de campo) “que era
una vergüenza que todo el mundo polemizase sobre el pasado y
desaprovechasen la oportunidad de preguntar a la profesora española
(yo) que traía un trabajo tan interesante sobre la realidad actual”.
Nunca me han gustado las conferencias pero siempre he disfrutado una
buena discusión, sin embargo en aquella ocasión no tuve la
oportunidad de intervenir. El propio público se arrebataba la
palabra y de este forma construyó una polémica acalorada y
culpabilizadota. Sigo citando de mi diario de campo: “Alguien dijo
que en este país hablar sobre el presente era pronunciarse
políticamente y que todos sabían lo que eso significaba, otra chica
dijo, en cambio, que era lógico porque los que tenían plata
suficiente para haberse ido del país no tenían mucho que ver con la
realidad argentina de hoy en la que había muchos desaparecidos que
no se habían podido marchar”. La última de las intervenciones que
recuerdo no la he olvidado jamás: alguien intervino para decir que,
desde su punto de vista, los únicos exilados respetables eran los
muertos.
Creo que a partir
de entonces mi trabajo sobre los exilados ha estado influido por ese
comentario y por un empeño terco en reclamar su respeto. La mejor
forma en la que he sabido hacerlo fue el libro La utopía en el
exilio, que publicó el CSIC en el año 2002. Cada capítulo está
dedicado a la historia de un exilado, pero sobre todo a demostrar al
lector que cada uno de ellos me convenció de que la única forma
posible de vivir respetablemente la situación fue precisamente como
él o ella lo hizo.
