México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

Los dinosaurios- Charly García (YouTube)

 

Anécdota personal

Margarita del Olmo. Científica titular en el Deparatmento de Anthropología, Consejo Superior de Investigaciones Científicas(CSIC) desde 2001. Doctora en Antropología Americana, Universidad Complutense de Madrid, 1989. Publicaciones: Autora de doce libros científicos y monografías, de alrededor de 60 artículos en revistas españolas y extranjeras, 40 trabajos presentados en congresos nacionales e interanacionales y 31 conferencias impartidas en diferentes países

 

Aunque el exilio argentino fue el tema de mi tesis doctoral y una línea de investigación muy fructífera en los años siguientes, hace años que mis intereses se desplazaron al tema del racismo, y éste es el tema que aglutina la mayor parte de mi trabajo, en los últimos siete años centrado, además, en el ámbito de la escuela.

Por este motivo, en este momento no me veo capacitada para contribuir al dossier propuesto nada más que con una anécdota, que resultó ser muy significativa en su día, pero cuyo significado, afortunadamente, desde hace algunos años carece hoy en día de sentido. El presente dossier es un ejemplo de ello. De manera que espero contribuya a la reflexión sobre el desarrollo del interés académico que suscita hoy día el tema del exilio argentino. 

En 1985 me puse en contacto con el Departamento de Historia de América del CSIC para proponer una tesis doctoral sobre el tema de la identidad cultural y centrada en el grupo de los exilados argentinos en España. El Ministerio de Educación y Ciencia me concedió una beca de cuatro años para llevarla a cabo en el seno del Departamento propuesto y con ella me integré a un grupo de trabajo sobre emigrantes españoles en América Latina. Algunos compañeros entonces vaticinaron el escaso interés del tema de la inmigración en España y el hecho de que me vería obligada a cambiar mi tema de trabajo incorporándome plenamente para contribuir al análisis de la emigración española en el exterior. Afortunadamente tuve un director de tesis indulgente que me permitió continuar con mi interés que fue parejo al desarrollo de la propia sociedad española que, por entonces, empezaba a transformarse en un país de inmigración a pesar de la miopía de algunos círculos académicos. 

El resultado de mi empeño fue una tremenda soledad. Soy una persona convencida de que el trabajo en el seno de un buen equipo, no sólo multiplica los esfuerzos y los resultados, sino que la discusión académica y el trabajo en equipo producen mucho más que la suma de los miembros. Igual que ocurre con el resto de las relaciones sociales, me parece que el resultado se acerca a la magia en las mejores ocasiones. De manera que el trabajo en solitario siempre me ha resultado menos interesante y por este motivo, con mi beca bajo el brazo y un tema de tesis al que no estaba dispuesta a renunciar, salí a buscar compañeros de viaje. En España no los encontré. Mediada la década de los 80 del siglo XX, el tema de la inmigración era aún una excepción en la academia. Una beca concedida por la Comunidad de Madrid me permitió financiar una estancia de tres meses en Buenos Aires, en 1998, para completar mi trabajo de campo entre las personas que se habían exiliado en España, pero habían vuelto a la Argentina después de que Raúl Alfonsín asumiera democráticamente la presidencia del país.  

A Buenos Aires también fui a buscar compañeros de trabajo con quienes compartir mis intereses y mis problemas. Pero tampoco los encontré porque, para mi sorpresa, el mundo académico argentino seguía entonces volcado en su interés por la inmigración, y la sola mención del tema del exilio resultaba, cuando menos, incómoda. 

Durante esta estancia fui invitada a unas jornadas que se celebraron en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires dedicadas al tema de la inmigración en las que, como en España aunque al contrario, un profesor de la Universidad de Buenos Aires tuvo la amabilidad de “colarme” como conferenciante invitada. Siendo yo una persona poco aficionada al público hasta hoy día, pero estando aún al comienzo de mi carrera profesional, y ante una audiencia tan numerosa, en lugar tan histórico y tan ilustre, mi papel estuvo guiado por el empeño de pasar lo más desapercibida posible, empresa nada fácil subida en aquella mesa presidencial y delante de un público tan numeroso. Pero casi lo conseguí. 

A mi conferencia, que abría el acto, le siguió la de la persona que me había invitado y después de ella se abrió el coloquio. Para mi sorpresa y para mi alivio, todas las intervenciones del público se dirigieron a este profesor y estaban guiadas por un interés en los inmigrantes en la Argentina. Cuando ya creí que el acto iba a terminar, una persona del público se levantó y dijo (cito de mi diario de campo) “que era una vergüenza que todo el mundo polemizase sobre el pasado y desaprovechasen la oportunidad de preguntar a la profesora española (yo) que traía un trabajo tan interesante sobre la realidad actual”. Nunca me han gustado las conferencias pero siempre he disfrutado una buena discusión, sin embargo en aquella ocasión no tuve la oportunidad de intervenir. El propio público se arrebataba la palabra y de este forma construyó una polémica acalorada y culpabilizadota. Sigo citando de mi diario de campo: “Alguien dijo que en este país hablar sobre el presente era pronunciarse políticamente y que todos sabían lo que eso significaba, otra chica dijo, en cambio, que era lógico porque los que tenían plata suficiente para haberse ido del país no tenían mucho que ver con la realidad argentina de hoy en la que había muchos desaparecidos que no se habían podido marchar”. La última de las intervenciones que recuerdo no la he olvidado jamás: alguien intervino para decir que, desde su punto de vista, los únicos exilados respetables eran los muertos. 

Creo que a partir de entonces mi trabajo sobre los exilados ha estado influido por ese comentario y por un empeño terco en reclamar su respeto. La mejor forma en la que he sabido hacerlo fue el libro La utopía en el exilio, que publicó el CSIC en el año 2002. Cada capítulo está dedicado a la historia de un exilado, pero sobre todo a demostrar al lector que cada uno de ellos me convenció de que la única forma posible de vivir respetablemente la situación fue precisamente como él o ella lo hizo.

 

 

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