Mario Gallo.
Argentina
(1958). Escritor, traductor y profesor de inglés. Libros
publicados: En 2000, Revelaciones a orillas del Luján
(Ed. de autor) -cuentos-. En 2003, Excursión (Dunken)
-novela-. En 2004, Arrojando Sombras (Dunken) - cuentos-.
En 2006, Terra Australis (La Luna Que) -cuentos-.
Inéditos: C58, novela. Poemas Larvarios,
poemas. Cuentos Condenados, cuentos. Colaborador en
diferentes e-zines, diarios y programa radiales. Sus trabajos
han aparecido en distintas partes del mundo y antologías

Por lo demás,
escribiendo estas páginas
descubrí
que lo demasiado real, al ser
tocado por las palabras,
ingresa a una región parecida a
la de los sueños.
Abelardo Castillo
The creatures outside looked
from pig to man,
and from man to pig,
and from pig to man again
but already it was impossible to
say which was which.
George Orwell
36.
¿Puede oírlo, Alfa Delta?
La camioneta tomó por la autopista y cruzó raudamente el último
puesto de control sin detenerse, sin temor y con venia incluida del
soldado de guardia. Y anduvieron vaya uno a saber cuánto. Navegaron
en la noche cerrada, esa boca de lobo, en la madrugada hostil, al
amparo de las luces de neón. A Daniel le gustaba salir de noche.
Hubo un tiempo en que las salidas con sus amigotes insipientes
comenzaron y se reiteraron, a veces sin un objetivo fijo ni control,
unas tras otras. La noche invitaba a salir: eso era todo. Podía ser
ir a la casa de alguien a escuchar música, a bailar al club del otro
lado de la estación, a un cabaret o a tomar una Coca y fumarse un
cigarrillo en la pizzería Gran Castelar. Pero esa vez, fue como ver
la noche con otros ojos. Otra perspectiva. Incluso pudo haber
llegado a pensar que era una noche maligna. Qué habría pasado si ese
destino en Control Terrestre hubiese sido una ilusión, si hubiese
sido un mal chiste por parte de ese soldado desconocido, si no
hubiese pasado nunca. El haberle metido tres certeros centros a esa
figura de metal, allá, a ciento cincuenta metros, casi lo condena a
formar parte de un grupo de tareas especiales y a salir todas las
noches de ronda por lugares tan inhóspitos como éste. Sus compañeros
de armas le recordaban, y hasta envidiaban solapadamente, su suerte
cada vez que cruzaban caminos. Sus compañeros, con las caras que
seguían curtiéndose por el frío y el sol, salían una y otra vez en
busca de brujas y de fantasmas. Pero justo la vida, la suerte o el
azar, o las tres cosas juntas, le pusieron enfrente a Beltrame, y
Beltrame le preguntó “vos sos el hijo de Aguilera, don Francisco
Aguilera, el jefe de cocina” y Daniel respondió que sí, sin siquiera
entrever que su simple respuesta encerraba algo mágico capaz de
cambiar su futuro. Quedate tranquilo, nene, dijo el desconocido como
entreviendo la punta de una súplica o todas las miserias pasadas y
por pasar, y agregó: qué tipo fenómeno es tu viejo: un grande hecho
y derecho. Daniel sólo atinó a sonreír, y esa misma sonrisa se le
repitió en la cara ahora, pero ahora, mientras la camioneta de
Control Terrestre seguía obstinada por llegar a algún lugar preciso.
Ninguna palabra quebró el silencio mientras duró ese viaje
misterioso y para nada mágico. En un tiempo que pudo ser largo o
corto, según fuese la apreciación, la monotonía cedió cuando bajaron
en una salida. Dieron vueltas y contra vueltas por calles de
asfalto, por calles de tierra y de nuevo por calles de asfalto.
Daniel hacía rato que estaba perdido. En Daniel, su sentido de la
orientación siempre enclenque por distracción o vagancia, y ahora
acentuado por esa excursión retorcida en la negrura más espesa de la
noche, como si en esa noche se concentraran todas las noches de
todos los tiempos y de todas las regiones del planeta, las peguntas
le iban y venían por la cabeza, en cierto modo, inquietándolo. De
entre todas rescató las menos complicadas y las más pragmáticas.
¿Estaría metido en medio de otra aventura amorosa como la del cabo
primero Salazar? ¿Estarían yendo a la casa de otro pobre cornudo
perejil, otra víctima que las circunstancias de la vida lo obligaban
a trabajar noche tras noche, eternamente excluido de toda
posibilidad de elección de cambio, mientras que la turra de su mujer
cabalgaba lascivamente desenfrenada y se cagaba en todo su
sacrificio? ¿Santoro sería más de lo mismo? Y si fuese así, ¿habría
que quemar todos los libros, todas las bibliotecas, para resumir
todo el juego que significaba la existencia humana en una gran orgía
pegajosa y sublime? El parabrisa de tanto en tanto requería de una
rápida limpieza artesanal y Daniel lo hacía con esmero con un pedazo
de gamuza con olor a queso rancio. Con la calefacción rota el frío
era ya insoportable. De buenas a primeras, el auto se detuvo en un
barrio de casas bajas, pero no parecido al que había conocido con
Salazar, o, al menos, esa fue la primera y última sensación. Santoro
apagó el motor y luego las luces. Y allí se quedaron, a mitad de una
cuadra, de una calle totalmente ajena a Daniel, debajo de un árbol
que inútilmente, de reojo, trató de clasificar porque sí. Desde allí
podía ver una lamparita de morondanga en la esquina bambolearse con
el viento. Porque ahora comenzaba a soplar un viento raro y
entrecortado. Permanecieron callados. Como expectantes. Santoro sólo
miraba al frente, con un aire de concentración. Daniel lo observaba,
tratando de no revelar su actitud, y, mientras observaba, sintió
algo parecido al miedo, sintió, por un segundo, como si ese Santoro
fuera un Santoro completamente distinto. Es que estaba allí, solo.
Bueno, solo, no, es verdad que estaba con Santoro, el cabo, pero
eso, ¿qué tenía que ver? ¿Qué sabía realmente de Santoro? ¿Qué había
podido conocer de este personaje más allá de comentarios, de mitos y
leyendas, de habladurías y de la diaria y forzada convivencia? Nada.
No sabía nada. Lo esencial no le había sido revelado. Hasta aquí, su
condición se asemejaba bastante al cornudo al que Salazar le
volteaba la mujer. Y estaba allí, con este tipo, con ese extraño.
De repente, Santoro estiró el brazo derecho luego de escudriñar el
interior de su chaqueta. Toda esa acción repentina y fugaz
sobresaltó a Daniel momentáneamente. Y Santoro dijo con natural y
conocida amabilidad, pero como si estuviese de regreso de un viaje
intrincado y profundo, o embrujado:
-¿Cigarrillo?
-Gracias –replicó Daniel recobrando el aliento, la mano derecha que,
algo amoratada, se apuraba a salir de abajo del muslo.
La luz del encendedor iluminó fugazmente el habitáculo.
Fumaron en silencio. Despacio y en silencio. Como disfrutando un
último placer terrenal. Cuando Santoro terminó el cigarrillo, bajó
la ventanilla apenas como para poder deshacerse de la colilla.
Daniel estaba haciendo lo mismo cuando Santoro preguntó
espontáneamente:
-¿Puede oírlo, Alfa Delta?
En ese momento Daniel pensó si una respuesta correcta iba a servirle
de algo.
-¿Señor?
-Haga uso, Alfa Delta, de su poder de abstracción –dijo sereno-. Le
pregunto si usted puede oírlo, al enemigo, quiero decir.
Daniel pensó por un momento que esa noche podría no llegar a tener
fin.
-¿Al enemigo? –se sorprendió.
-Sí, sí. Al enemigo. El mío, el
suyo, y el de toda su familia, el de todas las familias. El enemigo.
Toda esa manga de zurdos hijos de puta que, a pesar de su casi
derrota, todavía se arrastran por las ciudades a escondidas
empecinados con instaurar un orden incompatible con nuestro modo de
pensar y de vivir.
-No, señor. Yo no oigo nada.
-Es una pena, soldado. Pero yo sí
puedo oírlo, puedo... presentirlo. Una vez que uno lo conoce, no
puede dejar de anticipar su llegada. Porque está ahí, ¿lo ve?,
metido en alguna de esa casuchas. Es como si fuera, cómo explicarle,
algo maligno, espeso, viscoso, algo que se la pasa todo el tiempo
planificando, segundo tras segundo, de qué manera el terror
perdurará más en la memoria colectiva de la gente. Esto que usted
ve, Alfa Delta, acá, donde estamos parados, es una selva. Supongo
que sabía, al menos eso, ¿no? Todos hablan de selva en confortables
livings, en bares, al amparo de la noche, cuando se refieren a la
ciudad, al asfalto, a esta trampa gigante inventada para mejor
organización de las sociedades, pero no saben, en realidad, lo que
realmente eso significa. No tienen la capacidad de explotar la
palabra, de sentir toda la fuerza que esa palabra, selva, posee.
Donde ahora estamos parece, a simple vista, más allá de la idea de
soledad que transmite, un lugar civilizado, pero créame: yo que
estuve metido en una selva del demonio conviviendo con esa sensación
de muerte a cuesta durante meses y meses, casi no le encuentro
diferencia. Y es acá donde vamos a terminar de cocinar el estofado
que empezamos en el 75. Le vamos a devolver a la ciudad su vida
propia. De cualquier forma y a cualquier precio. Por eso combatimos,
Alfa Delta. Para que su padre, un ciudadano digno de esta Patria, a
la que le brindó sus mejores años, al que tanto estiman, como lo
estimó Beltrame, el que lo ayudó a usted a acomodarse, vaya y vuelva
del trabajo sano y salvo. Combatimos hoy como lo hicimos ayer. Como
El Tape de las Misiones, como Cotorrita, como El Glotón, incluso
como El Gigante Amapolas. Aunque sabemos que el precio, esta vez,
será muy alto, a pesar, de que la gran mayoría de la ciudadanía
disfrutará a pleno los beneficios por siglos. Por qué le digo esto.
Porque sería más fácil, la gente entendería mejor, nos entendería
mejor, si estuviésemos metidos en una verdadera guerra. Esto no es
una guerra, es una cacería infernal. Cómo podríamos llamar a esto
“guerra”, cuando nuestro mejor amigo, ese que compartió el sándwich
en el recreo, ese que besó a nuestros padres, ese que gozó de
nuestra más profunda confianza, abandona nuestro hogar dejándonos
una bomba bajo la cama vaya uno a saber en honor a qué revolución,
qué ideales. En una guerra convencional el enemigo no esgrime esos
códigos. Y aquí no hay códigos. Aquí no hay nada que los identifique
a simple vista, salvo un odio ancestral a todos aquellos que no
compartan sus retorcidas ideas. Son como alimañas en la noche. Se
mimetizan entre la gente. Convencen a perejiles de un futuro
promisorio que no existe, haciéndolos combatir, mientras ellos
disfrutan de cigarrillos y whisky importados al resguardo, hasta que
estos pobres diablos terminan despedazados por la metralla de la
Patria. O, peor aun: por su propia metralla por no cumplir con tal
o cual orden. ¿Usted, Alfa Delta, pondría una bomba en un salón
comedor repleto de personas, personas que ni siquiera conoce, bajo
la idea de que la sustitución del Estado burgués por el Estado
proletario es imposible sin una revolución violenta? Preste
atención. Lección número uno. ¿Ve allá, Alfa Delta? Allá está el
enemigo. Agazapado. Usted y yo podríamos morir en cualquier momento.
Sí, en cualquier momento, y no estoy exagerando. Moriríamos sin
saber nada acerca de nuestro verdugo. Nada. Ni cómo es su cara, su
ropa o su apariencia. Nadie lo sabe. Podría ser alguien que pasa a
nuestro lado en un destartalada bicicleta, o una joven madre y su
bebé en un cochecito, o alguien que saluda cortésmente mientras baja
mercadería en tal o cual negocio, o el mendigo en la puerta de la
iglesia, o la maestra que enseña devota y obediente, incluso hasta
el soldado que atento vigila. ¿Vio algún nombre escrito del lado de
adentro en la puerta del baño del primer piso? Claro, usted no sabe,
Alfa Delta, quién o quiénes son. Y lógicamente no se le ocurrirá
siquiera preguntar. No son compañeros de armas: son traidores y
asesinos. ¿No los recuerda? Recuerde los nombres de Miguel
Invernizzi, de Hernán Stanley, de Horacio Romero... soldados en el
rango como usted, Alfa Delta, con ínfulas de revolucionarios que se
mezclaron entre la población civil, matando, delatando, violando las
más elementales leyes y costumbres de la guerra tradicional, como lo
hicieron y lo siguen haciendo sus jefes y sus secuaces. Después, en
caso de ser atrapados con vida, pretenden que se los trate como
prisioneros de guerra. ¿De qué guerra están hablando? ¿Dónde está el
símbolo distintivo fijo y reconocible a distancia? ¿Dónde están las
armas a la vista? ¿Quién responde por los subordinados? Son
delincuentes comunes, y, para peor, no se dan cuenta. Qué
desperdicio. Toda esa pendejada con los cerebros lavados. Toda esa
carne de cañón. Todos van a morir. Recuerde. Recuerde bien lo de
esta noche. Esto no es una guerra, Alfa Delta. Esta es una simple
cacería; una cacería que no durará mucho tiempo más, pero sí sus
consecuencias. ¿Se da cuenta, Alfa Delta, de que usted forma parte
de toda esta maquinaria que un gobierno democrático puso en marcha?
A pesar de estar rascándose el higo todo el santo día con su
compañero de parranda, usted forma parte, aunque pasivamente, de
esta cacería diabólica. Se da cuenta, Alfa Delta, que no sólo es
ignorante el cornudo al que Salazar le coje la mujer. Usted también
lo es, o al menos hasta ahora. No sabía que era víctima y
victimario. Que sin hacer nada usted participa. Que no importa ahora
y que no va a importar mañana que diga “yo no sabía nada”. Y que si
no anda con los ojos más abiertos que de costumbre, se la van a dar
como al mejor y sin preguntas. Son tiempos difíciles, Alfa Delta.
Muy difíciles. Nos tocó esta mierda en suerte. A usted y a mí.
Hagamos las cosas lo mejor posible. Usted desde su lado y yo desde
el mío. En beneficio de la Patria. Por honor a la Patria. La
nuestra.
48. Also Sprach La Mala Junta:
Las Fuerzas Armadas de Seguridad y Policiales actuaron
en defensa de la Comunidad Nacional, cuyos derechos esenciales no
estaban asegurados, y, a diferencia del accionar subversivo, no
utilizaron su poder contra terceros inocentes, aun cuando
indirectamente éstos pudieran haber sufrido sus consecuencias.
Fue por ello que, con la aprobación expresa o tácita de
la mayoría de la población, y muchas veces con una colaboración
inestimable de su parte, operaron contra la acción terrorista
orgánicamente y bajo sus comandos naturales.
49. Also Sprach La Mala Junta:
3º Que el accionar de los integrantes de las Fuerza
Armadas en las operaciones relacionadas con la guerra librada
constituyeron actos de servicio.
5º Que las Fuerza Armadas someten ante el pueblo y el
juicio de la historia estas decisiones que traducen una actitud que
tuvo por meta defender el bien común. Identificado en esa instancia
con la supervivencia de la comunidad y cuyo contenido asumen con el
dolor auténtico de cristianos que reconocen los errores que pudieron
haberse cometido en cumplimiento de la misión asignada.
Documento final sobre la guerra contra
La subversión y el terrorismo
Abril de 1983
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Año 3 I Número
13 I
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