México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

Homenaje a las Madres de Plaza de Mayo - León Gieco. Mensajes del alma (youtube)

Extracto de la novela C58

Mario Gallo. Argentina (1958). Escritor, traductor y profesor de inglés. Libros publicados: En 2000, Revelaciones a orillas del Luján (Ed. de autor) -cuentos-. En 2003, Excursión (Dunken) -novela-. En 2004, Arrojando Sombras (Dunken) - cuentos-. En 2006, Terra Australis (La Luna Que) -cuentos-. Inéditos: C58, novela. Poemas Larvarios, poemas. Cuentos Condenados, cuentos. Colaborador en diferentes e-zines, diarios y programa radiales. Sus trabajos han aparecido en distintas partes del mundo y antologías

Por lo demás, escribiendo estas páginas descubrí
que lo demasiado real, al ser tocado por las palabras,
ingresa a una región parecida a la de los sueños.
Abelardo Castillo

The creatures outside looked from pig to man,
and from man to pig,
and from pig to man again
but already it was impossible to say which was which.
George Orwell
 

 

 

36. ¿Puede oírlo, Alfa Delta?

 

La camioneta tomó por la autopista y cruzó raudamente el último puesto de control sin detenerse, sin temor y con venia incluida del soldado de guardia. Y anduvieron vaya uno a saber cuánto. Navegaron en la noche cerrada, esa boca de lobo, en la madrugada hostil, al amparo de las luces de neón. A Daniel le gustaba salir de noche. Hubo un tiempo en que las salidas con sus amigotes insipientes comenzaron y se reiteraron, a veces sin un objetivo fijo ni control, unas tras otras. La noche invitaba a salir: eso era todo. Podía ser ir a la casa de alguien a escuchar música, a bailar al club del otro lado de la estación, a un cabaret o a tomar una Coca y fumarse un cigarrillo en la pizzería Gran Castelar. Pero esa vez, fue como ver la noche con otros ojos. Otra perspectiva. Incluso pudo haber llegado a pensar que era una noche maligna. Qué habría pasado si ese destino en Control Terrestre hubiese sido una ilusión, si hubiese sido un mal chiste por parte de ese soldado desconocido, si no hubiese pasado nunca. El haberle metido tres certeros centros a esa figura de metal, allá, a ciento cincuenta metros, casi lo condena a formar parte de un grupo de tareas especiales y a salir todas las noches de ronda por lugares tan inhóspitos como éste. Sus compañeros de armas le recordaban, y hasta envidiaban solapadamente, su suerte cada vez que cruzaban caminos. Sus compañeros, con las caras que seguían curtiéndose por el frío y el sol, salían una y otra vez en busca de brujas y de fantasmas. Pero justo la vida, la suerte o el azar, o las tres cosas juntas, le pusieron enfrente a Beltrame, y Beltrame le preguntó “vos sos el hijo de Aguilera, don Francisco Aguilera, el jefe de cocina” y Daniel respondió que sí, sin siquiera entrever que su simple respuesta encerraba algo mágico capaz de cambiar su futuro. Quedate tranquilo, nene, dijo el desconocido como entreviendo la punta de una súplica o todas las miserias pasadas y por pasar, y agregó: qué tipo fenómeno es tu viejo: un grande hecho y derecho. Daniel sólo atinó a sonreír, y esa misma sonrisa se le repitió en la cara ahora, pero ahora, mientras la camioneta de Control Terrestre seguía obstinada por llegar a algún lugar preciso. Ninguna palabra quebró el silencio mientras duró ese viaje misterioso y para nada mágico. En un tiempo que pudo ser largo o corto, según fuese la apreciación, la monotonía cedió cuando bajaron en una salida. Dieron vueltas y contra vueltas por calles de asfalto, por calles de tierra y de nuevo por calles de asfalto. Daniel hacía rato que estaba perdido. En Daniel, su sentido de la orientación siempre enclenque por distracción o vagancia, y ahora acentuado por esa excursión retorcida en la negrura más espesa de la noche, como si en esa noche se concentraran todas las noches de todos los tiempos y de todas las regiones del planeta, las peguntas le iban y venían por la cabeza, en cierto modo, inquietándolo. De entre todas rescató las menos complicadas y las más pragmáticas. ¿Estaría metido en medio de otra aventura amorosa como la del cabo primero Salazar? ¿Estarían yendo a la casa de otro pobre cornudo perejil, otra víctima que las circunstancias de la vida lo obligaban a trabajar noche tras noche, eternamente excluido de toda posibilidad de elección de cambio, mientras que la turra de su mujer cabalgaba lascivamente desenfrenada y se cagaba en todo su sacrificio? ¿Santoro sería más de lo mismo? Y si fuese así, ¿habría que quemar todos los libros, todas las bibliotecas, para resumir todo el juego que significaba la existencia humana en una gran orgía pegajosa y sublime? El parabrisa de tanto en tanto requería de una rápida limpieza artesanal y Daniel lo hacía con esmero con un pedazo de gamuza con olor a queso rancio. Con la calefacción rota el frío era ya insoportable. De buenas a primeras, el auto se detuvo en un barrio de casas bajas, pero no parecido al que había conocido con Salazar, o, al menos, esa fue la primera y última sensación. Santoro apagó el motor y luego las luces. Y allí se quedaron, a mitad de una cuadra, de una calle totalmente ajena a Daniel, debajo de un árbol que inútilmente, de reojo, trató de clasificar porque sí. Desde allí podía ver una lamparita de morondanga en la esquina bambolearse con el viento. Porque ahora comenzaba a soplar un viento raro y entrecortado. Permanecieron callados. Como expectantes. Santoro sólo miraba al frente, con un aire de concentración. Daniel lo observaba, tratando de no revelar su actitud, y, mientras observaba, sintió algo parecido al miedo, sintió, por un segundo, como si ese Santoro fuera un Santoro completamente distinto. Es que estaba allí, solo. Bueno, solo, no, es verdad que estaba con Santoro, el cabo, pero eso, ¿qué tenía que ver? ¿Qué sabía realmente de Santoro? ¿Qué había podido conocer de este personaje más allá de comentarios, de mitos y leyendas, de habladurías y de la diaria y forzada convivencia? Nada. No sabía nada. Lo esencial no le había sido revelado. Hasta aquí, su condición se asemejaba bastante al cornudo al que Salazar le volteaba la mujer.  Y estaba allí, con este tipo, con ese extraño. De repente, Santoro estiró el brazo derecho luego de escudriñar el interior de su chaqueta. Toda esa acción repentina y fugaz sobresaltó a Daniel momentáneamente. Y Santoro dijo con natural y conocida amabilidad, pero como si estuviese de regreso de un viaje intrincado y profundo, o embrujado:

-¿Cigarrillo?

-Gracias –replicó Daniel recobrando el aliento, la mano derecha que, algo amoratada,  se apuraba a salir de abajo del muslo.

La luz del encendedor iluminó fugazmente el habitáculo.

Fumaron en silencio. Despacio y en silencio. Como disfrutando un último placer terrenal. Cuando Santoro terminó el cigarrillo, bajó la ventanilla apenas como para poder deshacerse de la colilla. Daniel estaba haciendo lo mismo cuando Santoro preguntó espontáneamente:

-¿Puede oírlo, Alfa Delta?

En ese momento Daniel pensó si una respuesta correcta iba a servirle de algo.

-¿Señor?

-Haga uso, Alfa Delta, de su poder de abstracción –dijo sereno-. Le pregunto si usted puede oírlo, al enemigo, quiero decir.

Daniel pensó por un momento que esa noche podría no llegar a tener fin.

-¿Al enemigo? –se sorprendió.

 -Sí, sí. Al enemigo. El mío, el suyo, y el de toda su familia, el de todas las familias. El enemigo. Toda esa manga de zurdos hijos de puta que, a pesar de su casi derrota, todavía se arrastran por las ciudades a escondidas empecinados con instaurar un orden incompatible con nuestro modo de pensar y de vivir.

-No, señor. Yo no oigo nada.

-Es una pena, soldado. Pero yo sí puedo oírlo, puedo... presentirlo. Una vez que uno lo conoce, no puede dejar de anticipar su llegada. Porque está ahí, ¿lo ve?, metido en alguna de esa casuchas. Es como si fuera, cómo explicarle, algo maligno, espeso, viscoso, algo que se la pasa todo el tiempo planificando, segundo tras segundo, de qué manera el terror perdurará más en la memoria colectiva de la gente. Esto que usted ve, Alfa Delta, acá, donde estamos parados, es una selva.  Supongo que sabía, al menos eso, ¿no? Todos hablan de selva en confortables livings, en bares, al amparo de la noche, cuando se refieren a la ciudad, al asfalto, a esta trampa gigante inventada para mejor organización de las sociedades, pero no saben, en realidad, lo que realmente eso significa. No tienen la capacidad de explotar la palabra, de sentir toda la fuerza que esa palabra, selva, posee. Donde ahora estamos parece, a simple vista, más allá de la idea de soledad que transmite, un lugar civilizado, pero créame: yo que estuve metido en una selva del demonio conviviendo con esa sensación de muerte a cuesta durante meses y meses, casi no le encuentro diferencia. Y es acá donde vamos a terminar de cocinar el estofado que empezamos en el 75. Le vamos a devolver a la ciudad su vida propia. De cualquier forma y a cualquier precio. Por eso combatimos, Alfa Delta. Para que su padre, un ciudadano digno de esta Patria, a la que le brindó sus mejores años, al que tanto estiman, como lo estimó Beltrame, el que lo ayudó a usted a acomodarse, vaya y vuelva del trabajo sano y salvo. Combatimos hoy como lo hicimos ayer. Como El Tape de las Misiones, como Cotorrita, como El Glotón, incluso como El Gigante Amapolas. Aunque sabemos que el precio, esta vez, será muy alto, a pesar, de que la gran mayoría de la ciudadanía disfrutará a pleno los beneficios por siglos. Por qué le digo esto. Porque sería más fácil, la gente entendería mejor, nos entendería mejor, si estuviésemos metidos en una verdadera guerra. Esto no es una guerra, es una cacería infernal. Cómo podríamos llamar a esto “guerra”, cuando nuestro mejor amigo, ese que compartió el sándwich en el recreo, ese que besó a nuestros padres, ese que gozó de nuestra más profunda confianza, abandona nuestro hogar dejándonos una bomba bajo la cama vaya uno a saber en honor a qué revolución, qué ideales. En una guerra convencional el enemigo no esgrime esos códigos. Y aquí no hay códigos. Aquí no hay nada que los identifique a simple vista, salvo un odio ancestral a todos aquellos que no compartan sus retorcidas ideas. Son como alimañas en la noche. Se mimetizan entre la gente.  Convencen a perejiles de un futuro promisorio que no existe, haciéndolos combatir, mientras ellos disfrutan de cigarrillos y whisky importados al resguardo, hasta que estos pobres diablos terminan despedazados por la metralla de la Patria.  O, peor aun: por su propia metralla por no cumplir con tal o cual orden. ¿Usted, Alfa Delta, pondría una bomba en un salón comedor repleto de personas, personas que ni siquiera conoce, bajo la idea de que la sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta? Preste atención. Lección número uno. ¿Ve allá, Alfa Delta? Allá está el enemigo. Agazapado. Usted y yo podríamos morir en cualquier momento. Sí, en cualquier momento, y no estoy exagerando. Moriríamos sin saber nada acerca de nuestro verdugo. Nada. Ni cómo es su cara, su ropa o su apariencia. Nadie lo sabe. Podría ser alguien que pasa a nuestro lado en un destartalada bicicleta, o una joven madre y su bebé en un cochecito, o alguien que saluda cortésmente mientras baja mercadería en tal o cual negocio, o el mendigo en la puerta de la iglesia, o la maestra que enseña devota y obediente, incluso hasta el soldado que atento vigila. ¿Vio algún nombre escrito del lado de adentro en la puerta del baño del primer piso? Claro, usted no sabe, Alfa Delta, quién o quiénes son. Y lógicamente no se le ocurrirá siquiera preguntar. No son compañeros de armas: son traidores y asesinos. ¿No los recuerda?  Recuerde los nombres de Miguel Invernizzi, de Hernán Stanley, de Horacio Romero... soldados en el rango como usted, Alfa Delta, con ínfulas de revolucionarios que se mezclaron entre la población civil, matando, delatando, violando las más elementales leyes y costumbres de la guerra tradicional, como lo hicieron y lo siguen haciendo sus jefes y sus secuaces. Después, en caso de ser atrapados con vida, pretenden que se los trate como prisioneros de guerra. ¿De qué guerra están hablando? ¿Dónde está el símbolo distintivo fijo y reconocible a distancia? ¿Dónde están las armas a la vista? ¿Quién responde por los subordinados? Son delincuentes comunes, y, para peor, no se dan cuenta. Qué desperdicio. Toda esa pendejada con los cerebros lavados. Toda esa carne de cañón. Todos van a morir. Recuerde. Recuerde bien lo de esta noche. Esto no es una guerra, Alfa Delta. Esta es una simple cacería; una cacería que no durará mucho tiempo más, pero sí sus consecuencias. ¿Se da cuenta, Alfa Delta, de que usted forma parte de toda esta maquinaria que un gobierno democrático puso en marcha? A pesar de estar rascándose el higo todo el santo día con su compañero de parranda, usted forma parte, aunque pasivamente, de esta cacería diabólica. Se da cuenta, Alfa Delta, que no sólo es ignorante el cornudo al que Salazar le coje la mujer. Usted también lo es, o al menos hasta ahora. No sabía que era víctima y victimario. Que sin hacer nada usted participa. Que no importa ahora y que no va a importar mañana que diga “yo no sabía nada”. Y que si no anda con los ojos más abiertos que de costumbre, se la van a dar como al mejor y sin preguntas. Son tiempos difíciles, Alfa Delta. Muy difíciles. Nos tocó esta mierda en suerte. A usted y a mí. Hagamos las cosas lo mejor posible. Usted desde su lado y yo desde el mío. En beneficio de la Patria. Por honor a la Patria. La nuestra.  

48. Also Sprach La Mala Junta: 

            Las Fuerzas Armadas de Seguridad y Policiales actuaron en defensa de la Comunidad Nacional, cuyos derechos esenciales no estaban asegurados, y, a diferencia del accionar subversivo, no utilizaron su poder contra terceros inocentes, aun cuando indirectamente éstos pudieran haber sufrido sus consecuencias.

            Fue por ello que, con la aprobación expresa o tácita de la mayoría de la población, y muchas veces con una colaboración inestimable de su parte, operaron contra la acción terrorista orgánicamente y bajo sus comandos naturales.

 

49. Also Sprach La Mala Junta:

 

            3º Que el accionar de los integrantes de las Fuerza Armadas en las operaciones relacionadas con la guerra librada constituyeron actos de servicio.

            5º Que las Fuerza Armadas someten ante el pueblo y el juicio de la historia estas decisiones que traducen una actitud que tuvo por meta defender el bien común. Identificado en esa instancia con la supervivencia de la comunidad y cuyo contenido asumen con el dolor auténtico de cristianos que reconocen los errores que pudieron haberse cometido en cumplimiento de la misión asignada.

 

Documento final sobre la guerra contra

La subversión y el terrorismo

Abril de 1983

 

 

 

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