México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

Obsesiones

 

 Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de 35 publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open  University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile, de la Sociedad de  Escritores Latinoaméricanos y Europeos, SELAE. y de la Red Mundial de Escritores de Español, REMES, España. Primeros textos publicados : « Amores de tejado », Revista de  Literatura Chilena en el  exilio N°6, 1978, California. « La vida a través de una reja », misma revista N°10, 1979. Ultimos textos publicados : « Los tallarines estaban fríos », Antología Literaria « A 30 Años del golpe mi litar , 2005  Milán, Italia. “La pareja ideal, Revista Virtual “Palabras diversas” N°9, España, enero, 2008 Primer premio en  cuento : Concurso  Literario Internacional DE LA ong  Reencuentro, 2005, Chile, con el relato « La Golemah »

 

 

  Gabriel no era feliz y estaba cansado de fingir que lo era. Hacia diez años  que se había divorciado. Diez años que se había convertido en el mejor amigo de su ex-mujer, y de Amadeo el idiota que tenía de marido. Pero todo tiene un fin y Gabriel había decidido que hoy, el día que Pepa cumplía sus cuarenta años, esta hermosa y falsa amistad debía llegar a término. Se vistió con su mejor smoking blanco, lo acompañó de una corbata  mariposa de seda carmesí para que hiciera juego con su faja del mismo color. Tomó el regalo, envuelto en un bonito papel ecológico color fuego, anudado de blancas cintas y se dirigió al garaje para coger su Jaguar rojo. No olvidó de pasar por la cocina donde aprovechó de beber un tremendo vaso de whisky irlandés, respirar dos líneas de cocaína  colombiana y asir su juguete americano favorito, que escondía en la heladera.

                              - ¡Todo está a punto! - se dijo, antes de que el coche arrancara en dirección del domicilio de los Del Campo.

                               - ¡Hola Gaby! Pasa al salón. Pepa está impaciente esperando el  regalo de su mejor marido…eh, quiero decir de su mejor amigo - balbuceó Amadeo, abriéndole la puerta y sonrojándose violentamente por su desafortunado lapsus lingüis.

 Incómodo aún, el marido de turno decidió ir a esconderse a la cocina y preparar de paso las copas de champán para brindar por su esposa.

Gabriel deleitó sus cansados ojos observando como la mujer bajaba las escaleras. Estaba juapísima, vestida tal como Jeniffer Lopez durante el concierto de Puerto Rico del año 2002, es decir traje de baile rojo, boina, labios y tacones agujas del mismo color, una cruz de diamantes en medio del  exuberante pecho terminaba el lujoso atuendo.

                              - ¡Feliz aniversario Pepita querida! -  dijo  Gabriel, abrazando a la festejada, sacando al mismo tiempo del bolsillo trasero de su pantalón su juguete, un impresionante cuchillo de doble filo y dentado,  idéntico a  esos puñales que usan los comandos para sobrevivir en  la selva, que hundió en la espalda de la infortunada víctima, destrozando columna dorsal, corazón y pulmones al mismo tiempo, pues Gabriel se dio el lujo de dar vueltas el acerado metal en todos los sentidos. Diez segundos después, dejó caer el cadáver en la blanca alfombra y se dirigió a la cocina, portando su traje manchado, sus manos cubiertas de sangre  y llevando consigo el paquete de regalo

                               - ¡Ah Gaby! Ayúdame con las copas de champán - pidió Amadeo del Campo, dándole la espalda, circunstancia que aprovechó Gabriel para desenvolver con rapidez el regalo y sacar un hacha de bombero que hundió con presteza en el dorso de su anfitrión. ¡Uno, dos, tres hachazos lavaron la afrenta! Luego Gabriel hundió con furia el arma en medio de la mesa de la cocina. Amadeo no supo porque moría, o tal vez si, en sus últimos momentos deber haber sabido que era por haberle robado la esposa a Gabriel. Lo que él se dijo antes de morir, eso, eso no lo sabremos nunca.  

                               - ¡Al fin! - gritó el doctor en Criminología Gabriel  Santos. Una vez calmado, se lavó sus manos varias veces en el lavaplatos, empleando el detergente para vajilla, luego se dirigió a la entrada. Al momento de tomar el pomo de la puerta cayó en  cuenta que había actuado como un joven delincuente inexperto.

                                - ¡He dejado mis huellas en toda la casa! - gritó con desesperación mientras limpiaba toda la entrada con sus mangas. Respiró hondo y retrocedió hasta la sala.

 En medio de la alfombra, rodeada de una inmensa mancha de sangre, se enfriaba  Pepa.  Gabriel recordó haberla abrazado, en consecuencia sus huellas  digitales y algunas de sus cédulas epiteliales debían encontrarse en toda la espalda del bello cadáver.

                              - ¡Qué hacer! - se dijo Gabriel con exasperación, pensando en los tests de ADN que haría la policía.

                             Luego de estar sentado varias horas al lado de la muerta y después de haberse bebido varias botellas de champán, Gabriel llegó a una drástica conclusión: ¡Habría que limpiarlo todo!

La limpieza la inició, como es lógico en un asunto de esta envergadura, con el aseo a fondo de los dos cuerpos. Comenzó  propinándole una  ducha caliente al cadáver de Pepa, medio endurecido ya  por el rigor mortis  y  por un lavado  a 80 grados, seguido de un centrifugado doble, del rojo vestido de noche, lo que provocó un buen encogimiento del precioso traje, obligando a nuestro doctor en criminología a escoger un traje azul en el vestuario de la difunta, a vestirla con él, a destrozar el vestido encarnado y a esconder los pedazos en todos sus bolsillos.

 Después de beberse otra botella, continuó con el cadáver de su rival. Esto fue más duro, pues al entrar en la cocina a oscuras, no se dio cuenta que toda la sangre de su víctima había escapado  por las  atroces heridas y  se había esparcido por las baldosas de pulida cerámica. El viscoso líquido  lo  hizo  resbalar y caer sobre el cadáver. Levantarse le costó algunos minutos de chapoteo, empapando aún de rojo la blancura su elegante smoking. 

Amadeo tuvo derecho a una ducha caliente pero con la ropa puesta, pues ya estaba bastante rígido y desnudarlo habría sido casi imposible. Normalmente, en las morgues los cuerpos  no son desnudados con arte, sino que las vestimentas, luego de un prolijo análisis, son cortadas a tijeretazos.

Gabriel, acostó  los cadáveres debajo de la mesa del comedor, lugar que le pareció pulcro. Luego comenzó la limpieza sistemática de todo el gran departamento. Pasó la aspiradora por todas las habitaciones durante cuatro días. Debía estar seguro que sus cédulas epiteliales no se encontrarían  en algún lugar. Los siguientes días  lavó siete veces el piso de la cocina, lo enceró dos, quedó reluciente como un espejo. A continuación se dedicó a fregar el hacha, la cuchillería y el servicio de loza japonesa. Una semana le bastó para dejar la cocina brillante como el oro. Gabriel dormía en el mismo lugar y se alimentaba con lo que encontraba más a mano, la añeja torta de aniversario le duró dos días, luego vació la frutera, la  nevera y todas las botellas de licor. Se dormía borracho toda las noches. Se despertaba al alba y después beber un gran vaso de vino, comenzaba su lucha desesperada en contra de la suciedad y de los indicios sospechosos.

 Mientras tanto, luego de dos semanas de encontrarse debajo de la mesa, los esposos Del Campo comenzaron a hincharse y a destruirse. La descomposición se inició con la clásica mancha verde en el flanco derecho del abdomen, pero el calor del estío aceleró el proceso y el color verde cubrió la totalidad de los cadáveres al final de la primera semana. Al final de la segunda, las moléculas de cadaverina, mezcladas  los jugos rojizos, amarillientos y negruzcos de la putrefacción traspasaron el piso  y comenzaron a caer gota a gota sobre el televisor de  doña  Panchita Sanfuentes, la viuda del piso de abajo, quién más fastidiada por el olor, que aterrorizada por el horror, llamó de inmediato a la policía.

 Cuando los detectives ingresaron al departamento de los Del Campo, después de descerrajar la puerta - pues Gabriel, ensimismado en sus tareas de limpieza no oyó ni los timbrazos ni los golpes de matraca sobre la madera - se encontraron con un siniestro cuadro: Un  individuo desgreñado, de crecida barba y vestido con unos sucios andrajos de color indefinido, pero con sus manos cubiertas con guantes de plástico amarillo brillante, se encontraba de rodillas debajo de la amplia mesa del comedor y limpiaba con esmero la suela de los zapatos de un cadáver de sexo indefinido, pero que tal vez era femenino, pues calzaba unos rojos tacones aguja.

El hediondo andrajoso, dándose cuenta que no estaba solo, se puso de pie rápidamente y mirando a los hombres de la ley, con sus ojos rojos y extraviados se presentó ante ellos:

                               - Soy el doctor  Gabriel Santos, del departamento de Criminología - les gritó con desdén. - ¡Busquen, busquen por todos los rincones, estoy completamente seguro que en este santuario del crimen perfecto, no encontraran cédulas epiteliales del asesino!

 

                                                                                 Bruselas, noviembre del 2007

 

 

 

 

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