Osvaldo
Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de
cuentos, poesías y algunos artículos, más de 35 publicaciones en
revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y
periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open
University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región
Chile, de la Sociedad de Escritores Latinoaméricanos y
Europeos, SELAE. y de la Red Mundial de Escritores de Español,
REMES, España.
Primeros textos publicados : « Amores de tejado »,
Revista de Literatura Chilena en el exilio N°6, 1978,
California. « La vida a través de una reja », misma
revista N°10, 1979. Ultimos textos publicados : « Los tallarines
estaban fríos », Antología Literaria « A 30 Años del golpe
mi litar , 2005 Milán, Italia. “La pareja ideal, Revista
Virtual “Palabras diversas” N°9, España, enero, 2008 Primer
premio en cuento : Concurso Literario Internacional DE LA ong
Reencuentro, 2005, Chile, con el relato « La Golemah »

Gabriel
no era feliz y estaba cansado de fingir que lo era. Hacia diez años
que se había divorciado. Diez años que se había convertido en el
mejor amigo de su ex-mujer, y de Amadeo el idiota que tenía de
marido. Pero todo tiene un fin y Gabriel había decidido que hoy, el
día que Pepa cumplía sus cuarenta años, esta hermosa y falsa amistad
debía llegar a término. Se vistió con su mejor smoking blanco, lo
acompañó de una corbata mariposa de seda carmesí para que hiciera
juego con su faja del mismo color. Tomó el regalo, envuelto en un
bonito papel ecológico color fuego, anudado de blancas cintas y se
dirigió al garaje para coger su Jaguar rojo. No olvidó de pasar por
la cocina donde aprovechó de beber un tremendo vaso de whisky
irlandés, respirar dos líneas de cocaína colombiana y asir su
juguete americano favorito, que escondía en la heladera.
- ¡Todo está a punto! - se dijo, antes
de que el coche arrancara en dirección del domicilio de los Del
Campo.
- ¡Hola Gaby! Pasa al salón. Pepa
está impaciente esperando el regalo de su mejor marido…eh, quiero
decir de su mejor amigo - balbuceó Amadeo, abriéndole la puerta y
sonrojándose violentamente por su desafortunado lapsus lingüis.
Incómodo aún, el
marido de turno decidió ir a esconderse a la cocina y preparar de
paso las copas de champán para brindar por su esposa.
Gabriel deleitó sus
cansados ojos observando como la mujer bajaba las escaleras. Estaba
juapísima, vestida tal como Jeniffer Lopez durante el concierto de
Puerto Rico del año 2002, es decir traje de baile rojo, boina,
labios y tacones agujas del mismo color, una cruz de diamantes en
medio del exuberante pecho terminaba el lujoso atuendo.
- ¡Feliz aniversario Pepita querida!
- dijo Gabriel, abrazando a la festejada, sacando al mismo tiempo
del bolsillo trasero de su pantalón su juguete, un impresionante
cuchillo de doble filo y dentado, idéntico a esos puñales que usan
los comandos para sobrevivir en la selva, que hundió en la espalda
de la infortunada víctima, destrozando columna dorsal, corazón y
pulmones al mismo tiempo, pues Gabriel se dio el lujo de dar vueltas
el acerado metal en todos los sentidos. Diez segundos después, dejó
caer el cadáver en la blanca alfombra y se dirigió a la cocina,
portando su traje manchado, sus manos cubiertas de sangre y
llevando consigo el paquete de regalo
- ¡Ah Gaby! Ayúdame con las copas de
champán - pidió Amadeo del Campo, dándole la espalda, circunstancia
que aprovechó Gabriel para desenvolver con rapidez el regalo y sacar
un hacha de bombero que hundió con presteza en el dorso de su
anfitrión. ¡Uno, dos, tres hachazos lavaron la afrenta! Luego
Gabriel hundió con furia el arma en medio de la mesa de la cocina.
Amadeo no supo porque moría, o tal vez si, en sus últimos momentos
deber haber sabido que era por haberle robado la esposa a Gabriel.
Lo que él se dijo antes de morir, eso, eso no lo sabremos nunca.
- ¡Al fin! - gritó el doctor en
Criminología Gabriel Santos. Una vez calmado, se lavó sus manos
varias veces en el lavaplatos, empleando el detergente para vajilla,
luego se dirigió a la entrada. Al momento de tomar el pomo de la
puerta cayó en cuenta que había actuado como un joven delincuente
inexperto.
- ¡He dejado mis huellas en toda la
casa! - gritó con desesperación mientras limpiaba toda la entrada
con sus mangas. Respiró hondo y retrocedió hasta la sala.
En medio de la
alfombra, rodeada de una inmensa mancha de sangre, se enfriaba
Pepa. Gabriel recordó haberla abrazado, en consecuencia sus
huellas digitales y algunas de sus cédulas epiteliales debían
encontrarse en toda la espalda del bello cadáver.
- ¡Qué hacer! - se dijo Gabriel con
exasperación, pensando en los tests de ADN que haría la policía.
Luego de estar sentado varias horas al
lado de la muerta y después de haberse bebido varias botellas de
champán, Gabriel llegó a una drástica conclusión: ¡Habría que
limpiarlo todo!
La limpieza la inició,
como es lógico en un asunto de esta envergadura, con el aseo a fondo
de los dos cuerpos. Comenzó propinándole una ducha caliente al
cadáver de Pepa, medio endurecido ya por el rigor mortis y
por un lavado a 80 grados, seguido de un centrifugado doble, del
rojo vestido de noche, lo que provocó un buen encogimiento del
precioso traje, obligando a nuestro doctor en criminología a escoger
un traje azul en el vestuario de la difunta, a vestirla con él, a
destrozar el vestido encarnado y a esconder los pedazos en todos sus
bolsillos.
Después de
beberse otra botella, continuó con el cadáver de su rival. Esto fue
más duro, pues al entrar en la cocina a oscuras, no se dio cuenta
que toda la sangre de su víctima había escapado por las atroces
heridas y se había esparcido por las baldosas de pulida cerámica.
El viscoso líquido lo hizo resbalar y caer sobre el cadáver.
Levantarse le costó algunos minutos de chapoteo, empapando aún de
rojo la blancura su elegante smoking.
Amadeo tuvo derecho a
una ducha caliente pero con la ropa puesta, pues ya estaba bastante
rígido y desnudarlo habría sido casi imposible. Normalmente, en las
morgues los cuerpos no son desnudados con arte, sino que las
vestimentas, luego de un prolijo análisis, son cortadas a
tijeretazos.
Gabriel, acostó los
cadáveres debajo de la mesa del comedor, lugar que le pareció
pulcro. Luego comenzó la limpieza sistemática de todo el gran
departamento. Pasó la aspiradora por todas las habitaciones durante
cuatro días. Debía estar seguro que sus cédulas epiteliales no se
encontrarían en algún lugar. Los siguientes días lavó siete veces
el piso de la cocina, lo enceró dos, quedó reluciente como un
espejo. A continuación se dedicó a fregar el hacha, la cuchillería y
el servicio de loza japonesa. Una semana le bastó para dejar la
cocina brillante como el oro. Gabriel dormía en el mismo lugar y se
alimentaba con lo que encontraba más a mano, la añeja torta de
aniversario le duró dos días, luego vació la frutera, la nevera y
todas las botellas de licor. Se dormía borracho toda las noches. Se
despertaba al alba y después beber un gran vaso de vino, comenzaba
su lucha desesperada en contra de la suciedad y de los indicios
sospechosos.
Mientras tanto,
luego de dos semanas de encontrarse debajo de la mesa, los esposos
Del Campo comenzaron a hincharse y a destruirse. La descomposición
se inició con la clásica mancha verde en el flanco derecho del
abdomen, pero el calor del estío aceleró el proceso y el color verde
cubrió la totalidad de los cadáveres al final de la primera semana.
Al final de la segunda, las moléculas de cadaverina, mezcladas los
jugos rojizos, amarillientos y negruzcos de la putrefacción
traspasaron el piso y comenzaron a caer gota a gota sobre el
televisor de doña Panchita Sanfuentes, la viuda del piso de abajo,
quién más fastidiada por el olor, que aterrorizada por el horror,
llamó de inmediato a la policía.
Cuando los detectives
ingresaron al departamento de los Del Campo, después de descerrajar
la puerta - pues Gabriel, ensimismado en sus tareas de limpieza no
oyó ni los timbrazos ni los golpes de matraca sobre la madera - se
encontraron con un siniestro cuadro: Un individuo desgreñado, de
crecida barba y vestido con unos sucios andrajos de color
indefinido, pero con sus manos cubiertas con guantes de plástico
amarillo brillante, se encontraba de rodillas debajo de la amplia
mesa del comedor y limpiaba con esmero la suela de los zapatos de un
cadáver de sexo indefinido, pero que tal vez era femenino, pues
calzaba unos rojos tacones aguja.
El hediondo andrajoso,
dándose cuenta que no estaba solo, se puso de pie rápidamente y
mirando a los hombres de la ley, con sus ojos rojos y extraviados se
presentó ante ellos:
- Soy el doctor Gabriel Santos, del
departamento de Criminología - les gritó con desdén. - ¡Busquen,
busquen por todos los rincones, estoy completamente seguro que en
este santuario del crimen perfecto, no encontraran cédulas
epiteliales del asesino!
Bruselas,
noviembre del 2007
