Pablo Daniel Ramos.
Nació en Junio de 1971. Hijo de un militante sindical, pasó los
años de la dictadura recluido junto a su familia en un pueblo de
las sierras cordobesas. Licenciado en Comunicación Social, es
docente e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba.
Trabaja en diversas radios y medios gráficos.

Soy
de una generación que porta profundas marcas inscriptas en la
memoria volátil de los niños que fuimos durante el llamado “Proceso”,
sin dudas, la época más cruel de la historia argentina. Somos los
hijos del proceso. Los que nacimos en la década del ’70. Demasiado
chicos para morir por causas políticas, por heroísmo armado, o por
si acaso -todos los jóvenes era potenciales subversivos. Fuimos
criados en esos años oscuros, adoctrinados por los medios y la
escuela en la barbarie occidental y cristiana. Asistimos a la
pérdida de la inocencia en un clima de época que no podíamos
comprender. Pero ahí estaban, la culpa social disimulada eficazmente
tras un mundial de fútbol, la frívola sensación de la plata dulce en
el paladar de la burguesía nacional, los silencios atroces para
tapar la ausencia repentina de parientes, amigos, vecinos que no
regresaban. Volver a revivir esas escasas imágenes, abroqueladas en
un inconsciente individual y colectivo, rastrear las pisadas de la
infancia en un laberinto que superpone las alegrías hogareñas con el
miedo internalizado en cada uno de los rostros adultos que me
rodeaban, es un llamado ineludible cada vez que nos preguntamos ¿Quiénes
somos?, los que crecimos bajo el infame influjo de a dictadura
militar?
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Nunca supe lo que es una guerra en el sentido más convencional del
término. Por entonces la veía retratada en series, como Combate, o
en películas de tinte hollywodense. Pero la sensación de guerra
latente, de baja -por sus cualidades humanas- intensidad –por la
estrategia de esconder las masacres- se respiraba, impregnaba
extrañamente la vida pública. Salir a la calle, cruzar el centro de
la ciudad, viajar de un pueblo a otro, implicaba afrontar un miedo
visceral e inasible. Los retenes militares reforzaban la doctrina
del miedo ciudadano. Cualquiera podía ser señalado, detenido y
desaparecido. Cada vez que un soldado detenía el auto en el que
viajábamos, miraba hacia la banquina. Alguien apoyaba sus brazos
abiertos en el capó de un Renault 12, era joven y tenía barba -antecedentes
suficientes para la sospechosa inteligencia militar-, otro
uniformado de prolijos bigotes revisaba papeles y preguntaba en tono
marcial, mientras otros soldados destripaban la carrocería y hacían
circular lentamente la procesión de penitentes conductores y
acompañantes que sentían una inaudita mezcla de compasión, cobardía
y alegría de no ser ellos los subversivos. “Algo habrán hecho” era
la muletilla preferida de esa silenciosa cofradía de lobos
disfrazados de blancas ovejitas.
2
Pero no todo era asfixia social. La catarsis llegó, dos años después
del golpe de estado, en forma de acontecimiento deportivo. El
Mundial de Fútbol Argentina ’78 nos encontró después de mucho tiempo,
felices y unidos, por una sensación de tregua, de redonda esperanza
que empezaba a rodar. Para un niño que transitaba los potreros
barriales con un fútbol n° 5 de cuero bajo el brazo fue una alegría
intachable. El día de la final con Holanda, festejé mi séptimo
cumpleaños, el viejo me regaló un televisor color (el primero de la
cuadra) y la fiesta fue total. Ganamos, 25 millones de argentinos,
como rezaba el patético pero pegadizo jingle oficial. Y por única
vez en esos años, las calles volvieron a teñirse con la algarabía
popular, con el carnaval de los sentidos, con la libertad fugaz pero
sin cuartel. Después leería relatos de los que estaban presos en los
campos de detención, algunos se sumaron al festejo, otros jamás
pudieron entender ese baile sobre las ruinas de la sociedad.
3
Tal
vez, si existe una fecha precisa, un momento, como la rotura del
himen en una chica, la inocencia la perdí una mañana de junio, bajo
una helada llovizna. 7:30 hs., el rito de entrada al colegio, todos
los cursos formados en el patio, esperando la canción que tanto nos
emocionaba, ese himno de batalla que –nos decían las maestras-
inspiraba a los valientes guerreros que peleaban en las Islas
Malvinas. Pero ese día, nadie puso ese long play en el tocadiscos.
Empezó a sonar otra cosa, que apenas conocía y casi nadie podía
seguir. Era Aurora. Y ya no cantábamos “tras su manto de neblina, no
las hemos de olvidar”. Después nos explicaron que habíamos perdido
la guerra. Y la gran gesta patriótica, los heroicos combatientes, se
convirtieron en una vergüenza que ya nadie quería recordar. Me sentí
traicionado. Cómo había pasado tantas tardes escribiendo cartas para
soldados anónimos, juntando chocolates para enviar al frío antártico,
realizando simulacros de ataques, adorando la bandera que ondeaba
sobre aquellas hermanitas perdidas y al fin recuperadas. Una
aventura nacional desesperada, regada de alcohol y mentiras,
acabaron con mi infancia.
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Aunque la primavera democrática, tras la retirada de las cúpulas
militares del estado, traería un juicio inédito y una dolorosa
recuperación de la memoria acallada en esos años de plomo. Las
condenas a los dictadores, a pesar de reducirse a los altos mandos,
el trabajo de la Conadep impreso en el libro “Nunca más”, a pesar de
sostener la falsa teoría de los dos demonios, inauguraban un nuevo
ciclo que se vivía con esperanza y fervor. Poco duró. Los nuevos
intentos de golpes dirigidos por comandos represores de segunda
línea (Rico, Barreiro, Seineldín) presionaron al gobierno
alfonsinista para que borrara con el codo lo que la sociedad
reclamaba. Así surgieron las leyes de impunidad, Obediencia Debida y
Punto Final. Los chacales, andaban sueltos, amenazando la paz
republicana y el sueño de una generación que empezaba a conocer de
donde venía y ya no quería volver a repetir la infamia. Todo eso se
condensó una tarde, en medio de la hiperinflación, en una larga fila
de autos que esperaban llenar el tanque de nafta. Ahí lo ví, como
uno más de esos inciertos ciudadanos, al Chacal, la Hiena, Luciano
Benjamín Menendez, el amo de la muerte en la región central del país.
La impotencia y la bronca se arremolinaron en mi garganta, y no pude
gritar. Decirle al playero y los otros pacientes automovilistas,
“ese es Menendez, el mayor asesino serial de Córdoba”. Como dice
Galeano, nunca maté a nadie, porque no tuve un arma en el momento
indicado. Lo hubiera matado? O golpeado? O insultado? No pude. Había
perdido la valentía?
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Pero aunque lenta, llegó. Y por supuesto al frente de esa digna y
silenciosa rebelión, estaban Las Madres y Las Abuelas de Plaza de
Mayo. Cada 24 de marzo, miles marchábamos detrás de la bandera, que
apretaban con tenacidad y orgullo, clamando “Nunca Más”. Las fotos
de hijos, nietos, hermanos, compañeros, desaparecido dejaba una
estela de dolor en todos los que se asomaban a esas rondas semanales
en las plazas principales. Y finalmente, el nacimiento de HIJOS,
agrupación de jóvenes, hijos del proceso, por condena y no por
elección. Vidas apropiadas, usurpadas y negadas. Tantos amigos que
conocí, buscando su origen, invocando a un hermano/a robado,
pensando como dar vuelta la injusta justicia, inventando otras
formas de protestas, como los escraches, atacando la amnesia y la
indiferencia histórica. Me reconocí, en ellos, en su lucha.
Y
anduvimos mucho y difícil, porque recordar en este país es un acto
de arrojo a los abismos de la crueldad humana, pero también un acto
fe. La recuperación de los centros clandestinos de detención,
tortura y asesinato, la ESMA y La Perla, fueron en esto últimos años
un símbolo de saludable empecinamiento en la justicia y la memoria.
La palabra y los debates de los H.I.J.O.S, hoy muchos ya son padres,
sigue siendo un espacio de construcción de las identidades de
aquellos que sabemos que el proceso era el reino del Horror, y que
lo peor de lo que fuimos, sigue latente en cada rincón de la trama
planetaria.
La sombra de ese tiempo siniestro se alarga hasta el presente.
El
24 de marzo es ahora porque sigue ocurriendo. Porque el desprecio
por el otro, el absolutismo ideológico, la rapacidad del capital, la
mentira, la censura, hoy están. Siguen estando. Con otras fuerzas
armadas, con otros credos inquisidores, con otros empresarios del
hambre, con otra prensa canalla, con otra cultura del miedo. Pero
están. Los Videla, los Massera, las Astiz, los Menendez, tienen
nuevos rostros, otros obedientes cómplices, otro discurso, otros
uniformes. Pero acechan. Nunca más significa nunca ahora y siempre.
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