México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

 

Para el pueblo lo que es del pueblo- Piero  (youtube)

Polaroids de un hijo del proceso

Pablo Daniel Ramos. Nació en Junio de 1971. Hijo de un militante sindical, pasó los años de la dictadura recluido junto a su familia en un pueblo de las sierras cordobesas. Licenciado en Comunicación Social, es docente e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba. Trabaja en diversas radios y medios gráficos.

 

Soy de una generación que porta profundas marcas inscriptas en la memoria volátil de los niños que fuimos durante el llamado “Proceso”, sin dudas, la época más cruel de la historia argentina. Somos los hijos del proceso. Los que nacimos en la década del ’70. Demasiado chicos para morir por causas políticas, por heroísmo armado, o por si acaso -todos los jóvenes era potenciales subversivos. Fuimos criados en esos años oscuros, adoctrinados por los medios y la escuela en la barbarie occidental y cristiana. Asistimos a la pérdida de la inocencia en un clima de época que no podíamos comprender. Pero ahí estaban, la culpa social disimulada eficazmente tras un mundial de fútbol, la frívola sensación de la plata dulce en el paladar de la burguesía nacional, los silencios atroces para tapar la ausencia repentina de parientes, amigos, vecinos que no regresaban. Volver a revivir esas escasas imágenes, abroqueladas en un inconsciente individual y colectivo, rastrear las pisadas de la infancia en un laberinto que superpone las alegrías hogareñas con el miedo internalizado en cada uno de los rostros adultos que me rodeaban, es un llamado ineludible cada vez que nos preguntamos ¿Quiénes somos?, los que crecimos bajo el infame influjo de a dictadura militar? 

1

Nunca supe lo que es una guerra en el sentido más convencional del término. Por entonces la veía retratada en series, como Combate, o en películas de tinte hollywodense. Pero la sensación de guerra latente, de baja -por sus cualidades humanas- intensidad –por la estrategia de esconder las masacres- se respiraba, impregnaba extrañamente la vida pública. Salir a la calle, cruzar el centro de la ciudad, viajar de un pueblo a otro, implicaba afrontar un miedo visceral e inasible. Los retenes militares reforzaban la doctrina del miedo ciudadano. Cualquiera podía ser señalado, detenido y desaparecido. Cada vez que un soldado detenía el auto en el que viajábamos, miraba hacia la banquina. Alguien apoyaba sus brazos abiertos en el capó de un Renault 12, era joven y tenía barba -antecedentes suficientes para la sospechosa inteligencia militar-, otro uniformado de prolijos bigotes revisaba papeles y preguntaba en tono marcial, mientras otros soldados destripaban la carrocería y hacían circular lentamente la procesión de penitentes conductores y acompañantes que sentían una inaudita mezcla de compasión, cobardía y alegría de no ser ellos los subversivos. “Algo habrán hecho” era la muletilla preferida de esa silenciosa cofradía de lobos disfrazados de blancas ovejitas.

2

Pero no todo era asfixia social. La catarsis llegó, dos años después del golpe de estado, en forma de acontecimiento deportivo. El Mundial de Fútbol Argentina ’78 nos encontró después de mucho tiempo, felices y unidos, por una sensación de tregua, de redonda esperanza que empezaba a rodar. Para un niño que transitaba los potreros barriales con un fútbol n° 5 de cuero bajo el brazo fue una alegría intachable. El día de la final con Holanda, festejé mi séptimo cumpleaños, el viejo me regaló un televisor color (el primero de la cuadra) y la fiesta fue total. Ganamos, 25 millones de argentinos, como rezaba el patético pero pegadizo jingle oficial. Y por única vez en esos años, las calles volvieron a teñirse con la algarabía popular, con el carnaval de los sentidos, con la libertad fugaz pero sin cuartel. Después leería relatos de los que estaban presos en los campos de detención, algunos se sumaron al festejo, otros jamás pudieron entender ese baile sobre las ruinas de la sociedad.

3

Tal vez, si existe una fecha precisa, un momento, como la rotura del himen en una chica, la inocencia la perdí una mañana de junio, bajo una helada llovizna. 7:30 hs., el rito de entrada al colegio, todos los cursos formados en el patio, esperando la canción que tanto nos emocionaba, ese himno de batalla que –nos decían las maestras- inspiraba a los valientes guerreros que peleaban en las Islas Malvinas. Pero ese día, nadie puso ese long play en el tocadiscos. Empezó a sonar otra cosa, que apenas conocía y casi nadie podía seguir. Era Aurora. Y ya no cantábamos “tras su manto de neblina, no las hemos de olvidar”. Después nos explicaron que habíamos perdido la guerra. Y la gran gesta patriótica, los heroicos combatientes, se convirtieron en una vergüenza que ya nadie quería recordar. Me sentí traicionado. Cómo había pasado tantas tardes escribiendo cartas para soldados anónimos, juntando chocolates para enviar al frío antártico, realizando simulacros de ataques, adorando la bandera que ondeaba sobre aquellas hermanitas perdidas y al fin recuperadas. Una aventura nacional desesperada, regada de alcohol y mentiras, acabaron con mi infancia.

4

Aunque la primavera democrática, tras la retirada de las cúpulas militares del estado, traería un juicio inédito y una dolorosa recuperación de la memoria acallada en esos años  de plomo. Las condenas a los dictadores, a pesar de reducirse a los altos mandos, el trabajo de la Conadep impreso en el libro “Nunca más”, a pesar de sostener la falsa teoría de los dos demonios, inauguraban un nuevo ciclo que se vivía con esperanza y fervor. Poco duró. Los nuevos intentos de golpes dirigidos por comandos represores de segunda línea (Rico, Barreiro, Seineldín) presionaron al gobierno alfonsinista para que borrara con el codo lo que la sociedad reclamaba. Así surgieron las leyes de impunidad, Obediencia Debida y Punto Final. Los chacales, andaban sueltos, amenazando la paz republicana y el sueño de una generación que empezaba a conocer de donde venía y ya no quería volver a repetir la infamia. Todo eso se condensó una tarde, en medio de la hiperinflación, en una larga fila de autos que esperaban llenar el tanque de nafta. Ahí lo ví, como uno más de esos inciertos ciudadanos, al Chacal, la Hiena, Luciano Benjamín Menendez, el amo de la muerte en la región central del país. La impotencia y la bronca se arremolinaron en mi garganta, y no pude gritar. Decirle al playero y los otros pacientes automovilistas, “ese es Menendez, el mayor asesino serial de Córdoba”. Como dice Galeano, nunca maté a nadie, porque no tuve un arma en el momento indicado. Lo hubiera matado? O golpeado? O insultado? No pude. Había perdido la valentía?

5

Pero aunque lenta, llegó. Y por supuesto al frente de esa digna y silenciosa rebelión, estaban Las Madres y Las Abuelas de Plaza de Mayo. Cada 24 de marzo, miles marchábamos detrás de la bandera, que apretaban con tenacidad y orgullo, clamando “Nunca Más”. Las fotos de hijos, nietos, hermanos, compañeros, desaparecido dejaba una estela de dolor en todos los que se asomaban a esas rondas semanales en las plazas principales. Y finalmente, el nacimiento de HIJOS, agrupación de jóvenes, hijos del proceso, por condena y no por elección. Vidas apropiadas, usurpadas y negadas. Tantos amigos que conocí, buscando su origen, invocando a un hermano/a robado, pensando como dar vuelta la injusta justicia, inventando otras formas de protestas, como los escraches, atacando la amnesia y la indiferencia histórica. Me reconocí, en ellos, en su lucha.

Y anduvimos mucho y difícil, porque recordar en este país es un acto de arrojo a los abismos de la crueldad humana, pero también un acto fe. La recuperación de los centros clandestinos de detención, tortura y asesinato, la ESMA y La Perla, fueron en esto últimos años un símbolo de saludable empecinamiento en la justicia y la memoria. La palabra y los debates de los H.I.J.O.S, hoy muchos ya son padres, sigue siendo un espacio de construcción de las identidades de aquellos que sabemos que el proceso era el reino del Horror, y que lo peor de lo que fuimos, sigue latente en cada rincón de la trama planetaria. La sombra de ese tiempo siniestro se alarga hasta el presente.

El 24 de marzo es ahora porque sigue ocurriendo. Porque el desprecio por el otro, el absolutismo ideológico, la rapacidad del capital, la mentira, la censura, hoy están. Siguen estando. Con otras fuerzas armadas, con otros credos inquisidores, con otros empresarios del hambre, con otra prensa canalla, con otra cultura del miedo. Pero están. Los Videla, los Massera, las Astiz, los Menendez, tienen nuevos rostros, otros obedientes cómplices, otro discurso, otros uniformes. Pero acechan. Nunca más significa nunca ahora y siempre.

 

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 13 I  2008 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2008- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e