Aproximadamente a fines de 2004 en Argentina -y luego de
haber permanecido guardadas durante décadas- empezaron a
salir a la intemperie
muchas palabras y reflexiones (sinceras, sin duda)
referentes a la responsabilidad y al imperativo “no matarás”
(también al “vivirás”),
que pusieron de inmediato en el ruedo lecturas del filósofo
Emmanuel Levinas.
No es mi lugar agregar una respuesta, ni una carta, ni mucho
menos alguna confesión al debate (hace años que no vivo en
Argentina y durante aquellos tiempos aciagos iba a la
escuela); sin embargo, se trata para mí de un tema doloroso
que atañe a mi responsabilidad. No quiero aludir a Levinas,
porque lo han hecho otros y no se trata de discutir las
lecturas que hicieron del filósofo (con las que tengo muchas
y variadas diferencias). Sin embargo, traduciendo un libro
del filósofo y educador Martin Buber (con el que Levinas
tenía profundas divergencias políticas) encontré unas viejas
y lejanas palabras que quizás (¿qui sapit?),
como a Perseo, puedan servirnos de desempolvado espejo para
acercarnos a la Gorgona (sin que nos petrifique ni se
complazca ante la escena de un diálogo enredado en una
peligrosa esgrima). Alguien se lamentó de que hayan tenido
que pasar tres (o cuatro) décadas para que por fin ese
debate iniciara, y tiene razón; por mi parte, me asombra
descubrir que la voz de Buber –sin saberlo y desde tan
lejos- resonaba con tres decenios de anticipación.
El 26 de julio de 1946 (cuatro días después del famoso -por
lamentable- atentado a las oficinas centrales del Mandato
Británico en el Hotel King David de Jerusalén en manos de la
guerrilla judía de derecha conocida como Eztel o
Irgún) el diario Haaretz publicó un artículo del
filósofo Martin Buber que más abajo se transcribe. Antes
vale aclarar
que desde 1945 se unieron varios grupos guerrilleros en
resistencia contra el Mandato británico y sus restricciones
a la inmigración judía a Palestina: éstos eran la Haganah
(bajo la tutela de la Agencia Judía), el Etzel y
el Leji. En el atentado murieron unas ochenta
personas, entre ellos judíos y árabes. La Agencia Judía y la
Haganah se deslindaron inmediatamente de la acción
del Etzel, y el movimiento de resistencia contra los
británicos quedó desmantelado. La Agencia judía (cuyo brazo
armado era la Haganáh) hizo un llamado a los judíos
de Palestina para “rebelarse contra estos ultrajes
abominables”. Buber se refirió indirectamente a la
explosión del hotel King David y a la condena expresada por
la Agencia judía en el artículo que sigue. El filósofo
sostenía que la conducción del Yshuv [la población
judía en Palestina] tendía su mano a la violencia, y sin dar
explicaciones, se refería al movimiento de resistencia y a
la legitimación que éste había dado a las acciones del
Etzel. De esta manera, la conducción del Yishuv
se volvió cómplice del acto asesino perpetrado por esa
organización.
Levinas solía decir que además de hablar del hombre como
animal racional o político, deberíamos pensarlo en tanto
“animal profético” (no en el sentido de adivinar el futuro
sino de prestar la boca y los oídos para transmitir la
palabra del otro). Traduzco entonces este hallazgo y lo hago
oír con esperanza en aquello que pueda advenir. No es un
llamado a asimilar una situación a la otra ni mucho menos se
trata de dar lecciones; sino una invitación a traducir,
esto es, a escuchar con imaginación política
entrañables palabras
en las que trasparecen promesas. Hay –al menos- el doble de
oídos que de bocas atentos a palabras capaces de lograr que
de la dolorosa memoria brote algo de esperanza. Vaya
entonces una palabra más –añeja- a la intemperie a
fin de refrescar, de otro modo, la memoria.
No basta
(por Martin Buber)
No, no basta.
No basta con expresar nuestro aborrecimiento. Debemos decir,
que tenemos parte de esta culpa que despierta nuestra
repugnancia.
Todos nosotros, cada uno de los que participa en alguna
medida, al servicio o influyendo, en la conducción y
dirección de este miserable Yishuv, todos
participamos de este crimen. No fuimos suficientemente
sabios como para fundar nuestro Yishuv sobre la idea
de que el Tikun
de Sión sólo puede lograrse bajo el gobierno de una ley
sagrada. Esta ley, cuyo principio es el respeto por la vida,
el patrimonio y la dignidad del prójimo, fue sostenida por
el pueblo a lo largo de todos sus exilios. Aquí, en esta
tierra, que era su objetivo en los exilios, el pueblo
desechó esta ley sagrada y hemos contribuido a que así sea
porque no la erigimos en tanto reglas absolutas e
inquebrantables directrices de nuestras vidas.
No enseñamos a las generaciones que aquí crecen a distinguir
entre una lección verdadera de la historia y una moraleja
vacía que se vale injustamente de la historia. Es una teoría
vana pensar que un pueblo puede resurgir por la vía de actos
violentos. Por este camino no habrá ni mejora ni cura, sino
una nueva degeneración y sólo una nueva esclavización. No
inculcamos este principio central en nuestras escuelas.
Por eso pasó lo que pasó. Delincuentes exiliados en
Australia se transformaron en hombres con sentido de
responsabilidad social; mientras las personas que vinieron a
Sión bajo una bandera sagrada se volvieron criminales. Y
nosotros tendimos la mano a su crimen.
Hoy alzan la voz para que el Yishuv condene el
crimen. ¡Es tarde! Ayer era el momento preciso para ese
llamado y no se hizo, ayer y también anteayer, y cada día
hasta hoy.
No tenemos derecho a decir: “nuestras manos no derramaron
esta sangre y nuestros ojos no vieron”. Nuestros ojos vieron
lo que vieron y nuestra boca no dijo lo que había que decir:
“¡por qué nos lavamos nuestra mano sobre la novilla
decapitada en el arroyo!”
Lo ocurrido va a tener sus secuelas, sea lo que sea, tenemos
el deber del arrepentimiento y de cambiar nuestro camino,
antes de que nos caiga encima una catástrofe mayor. Es
nuestra obligación elevar una ley [de la vida] sagrada e
inquebrantable, que el pueblo en tanto pueblo la proteja de
los estafadores. Es tarde para palabras vacías, para los
hechos no es tan tarde.