Susana
Guzner. Es
maestra, psicóloga y escritora. Nació en La Plata, Argentina, en
1944. En 1976 se vio forzada a exiliarse en España, donde vivió
en Madrid y en Las Palmas de Gran Canaria. Actualmente alterna
su residencia entre España y Argentina. Autora de La
insensata geometría del amor, considerada la mejor novela
contemporánea de temática lésbica en lengua castellana y
traducida a varios idiomas; Punto y aparte (relatos, de
inminente aparición en francés y holandés); Detectives
BAM (función teatral); 72 juegos para jugar con el
espacio y el tiempo (pedagogía) y Aquí pasa algo raro
(novela de suspenso cómico). Es asimismo coautora de Que
suenen las olas y Mein Lesbisches Auge y otras
antologías. Colabora con diversos medios y portales literarios,
feministas y LGTB.

Es un grueso error de apreciación la creencia generalizada de que el
mayor genocidio finisecular de la historia argentina fue obra
exclusiva de la dictadura militar que detentó el poder durante el
período 1976-1983. En rigor, la terrorífica escalada “anti-
subversiva” se inició mucho antes, prácticamente desde que los
peronistas ganaron las elecciones en 1973.
Mi única hermana, Ana María Guzner, trabajaba como bibliotecaria en
la Universidad de Ciencias Económicas de La Plata y militaba en el
Partido Socialista de los Trabajadores, formación política legal con
representación parlamentaria. El 5 de septiembre de 1975, cuando en
compañía de otros cuatro compañeros se dirigía en coche a una
fábrica en huelga - su partido colaboraba con los obreros en una
“olla popular”- fueron secuestradxs en una calle céntrica por un
comando de la autodenominada Alianza Anticomunista Argentina (Triple
A). Sus cuerpos violados, torturados, mutilados y ametrallados a
quemarropa aparecieron horas después en las afueras de la ciudad.
Tenía treinta y tres maravillosos años.
No estaban entonces los “milicos” en el poder: desde julio de 1974
la presidenta era Estela Martínez de Perón, quien en su condición de
Vicepresidenta electa asumió el cargo a la muerte del entonces
Presidente, su marido Juan Domingo Perón.
El embrión de La triple A fue gestado ya en 1973 por José López Rega,
viejo adlátere del matrimonio Perón en sus años de exilio y
posteriormente Ministro de Bienestar Social durante el gobierno de
Estela Martínez de Perón, alias Isabelita (su nombre
artístico como cantante de cabaret en Panamá). Esta organización
terrorista clandestina formada por expertos mercenarios de diversas
nacionalidades y elementos policiales y militares argentinos hizo su
“debut estelar” durante el regreso de Perón al país. Fue en la
llamada Masacre de Ezeiza: cerca de cuatro millones de personas que
se habían congregado para recibir a su exiliado líder en el
aeropuerto de Ezeiza en lo que suponía una colosal fiesta popular se
vieron acorralados por francotiradores estratégicamente apostados en
las explanadas anexas al aeropuerto. Nunca se conoció el número
exacto de muertos, pero se habla de más de trescientos. Se trató,
además de una matanza escalofriante, de un “aviso” claro a los
sectores más progresistas del peronismo: debían cuidarse muy mucho
de la propia ultraderecha de su mismo partido.
Pronto las diferencias internas en el seno del peronismo se
ahondaron y la represión brutal se extendió a estudiantes,
sindicalistas, comunistas, trabajadores, Etc. de cualquier signo
político y por último a cualquier ciudadana o ciudadano considerado
“subversivo”.
Prueba fehaciente de las macabras intenciones de Isabel Perón y sus
secuaces fue El decreto 261, firmado el 9 de febrero de 1975 - más
de un año antes del golpe militar, en marzo del 76 -
por el cual se ordenaba
al ejército “neutralizar y/o aniquilar” a la subversión y que fuera
suscrito por López Rega (Ministro de Bienestar Social), Carlos
Ruckauf (Ministro de Trabajo) e Ítalo Argentino Luder (Presidente
provisional del senado y por unos días Presidente de la Nación por
“ausencia técnica” -eufemismo por “confusión mental transitoria” -
de la presidenta en funciones.
Pero no fue el único decreto con fuerza de ley. Ocho meses después,
en octubre de 1975, se firman los Decretos Número 2770, 2771 y 2772,
conocidos como “Los Decretos de Aniquilamiento” y publicados en el
Boletín Oficial de la Nación el 4 de Noviembre del mismo año.
Expresan la necesidad de enfrentar la actividad de elementos
subversivos, considerando lo propuesto por varios ministros,
determinando la constitución del Consejo de Seguridad Interna a cuyo
frente estaba la Presidenta de la Nación e integrado por todos los
Ministros del Poder Ejecutivo Nacional y los Comandantes en Jefe de
las Fuerzas Armadas. Las resoluciones referidas a su funcionamiento
eran competencia exclusiva, en todos los casos, del Presidente en
funciones. Quienes acompañaron en la firma a Ítalo Luder fueron
Carlos Ruckauf, Ministro de Trabajo; Antonio Cafiero, Ministro de
Economía, Manuel Araoz Castex, Ministro de Defensa, Carlos Emery,
Ministro de Bienestar Social, y Ángel Robledo, Ministro del
Interior. Al regreso de su estadía en un hotel de la Fuerza Aérea en
la provincia de Córdoba, Isabel Perón no derogó la vigencia de los
mismos.
Poco tiempo después - el 24 de marzo de 1976 - los militares se
hicieron con el poder, maniobra previamente pactada con la ya
inviable presidenta, acosada por todos los frentes y absolutamente
incapacitada política, mental y emocionalmente. Durante su mandato,
desde julio de 1974 y hasta marzo del 76, habían sido encarceladas,
torturadas, asesinadas o desaparecidas un número indeterminado de
personas. No hay cálculos “oficiales”, naturalmente, pero se estima
en unas dos o tres mil vidas segadas.
La dictadura así instaurada, pues, con los decretos aún vigentes en
la mano – los cuales le otorgaban una paradójica legalidad a su meta
de exterminio masivo de opositores en nombre de la “subversión” -
continuó la macabra labor ya iniciada y la sistematizó, aplicó y
perfeccionó con repugnante frialdad nazi contando incluso con el
silencio o la anuencia manifiesta de algunos partidos políticos de
diversas ideologías y de señaladas personalidades de la
intelectualidad. Su macabra historia es de sobra conocida.
Tanto Isabel Perón como sus escuadrones de la muerte y demás
responsables quedaron sin castigo hasta hace muy poco tiempo. La
política de Derechos Humanos impulsada por el presidente Néstor
Kirchner y que continúa la actual
Presidenta Cristina Fernández han permitido la admisión a
trámite de las miles de denuncias por casos de asesinatos y
desapariciones anteriores al golpe militar y ya han sido detenidos y
están siendo procesados varios de sus cabecillas. La justicia
argentina ha solicitado asimismo la extradición de la ex presidenta
Perón – exiliada desde 1977 en España en su costosísima villa
cercana a Madrid – para que responda por sus actos ante los
Tribunales.
Es una gran noticia para Argentina. Nadie nos devolverá la risa, el
aroma, el amor, la vida de nuestras personas amadas, pero sus
verdugos conocerán el rigor de la justicia. El dolor del alma
seguirá como una huella indeleble, pero reconforta comprobar que,
tarde o temprano, quien a fuego mata a fuego muere, aunque un juicio
justo con todas las garantías legales y una cárcel protegida no
parezca castigo suficiente a sus repugnantes crímenes.
Poco importa. El mensaje preñado de esperanza que transmite cada
asesino en el banquillo es el emocionado, trémulo pero
indestructible lema que ha mantenido viva la memoria de todo mi
pueblo: ¡Nunca más!

Para
Ana, hermana única e imprescindible, violada, torturada, mutilada y
asesinada por la execrable “Triple A” de Isabel Perón el cinco de
septiembre de 1975 en la Plata, Argentina
Mis piernas están frías y el teléfono no suena.
La razón habla su propio idioma, interroga conociendo las
respuestas. Como me disgustan las trampas, tampoco me alegran los
acertijos con réplica probable. Por consiguiente, desprecio a la
razón.
Y la clarividencia se hace dueña y señora.
Bach se enamora de sí mismo, soberano y ajeno a mi devenir.
Hoy es una tarde para recordar pero mi memoria holgazanea friolenta
por entre los rincones.
Holgazanea y escucha: la música la seduce.
Le digo, imperativa: “Memoria, recuérdame”. Sonríe evasiva y
temerosa, suplicando piedad a no sé qué flagelamientos.
Suspiro una, dos, tres cuatro veces. Dicen que al tiempo se le da
tiempo, pero ignoro si a la memoria se le da memoria.
¿Pero qué quiero evocar? ¿Y por qué?
Bach se fuga por las ventanas añorando la cuna barroca donde ensoñó
sus quimeras primigenias.
Mi memoria se adormece al fuego de las reminiscencias como un gato
holgazán sobre las zapatillas de su ama ¿Cómo podría interrumpir su
letargo si conozco el dulce sopor de ese clave que obedece una y
otra vez a lo que Bach le manda sonar, una y otra vez?
Ven, Ana, siéntate aquí. A mi lado. Como antes.
Ya no quiero que el teléfono anuncie esa llamada. Es tiempo de
mirarme a mí misma, sin testigos. Mi memoria se ha desvelado y
comienza a hablar.
Ana, hermana, dame tu mano. Como antes. Dámela.
Arrullada por la música recuerdo, recuerdo, recuerdo.
Calles días calores Punta Lara el Río de la Plata chapoteamos
charquitos calientes un payaso velador verde ¡Shh, Pompón, ya no
ladres! los jazmines de mamá bicicleta atardeceres caramelos
Lerithier tornasoles laurel pompas de jabón la plaza Matheu juguemos
a la selva que los cumplas feliz, sopla y pide tres deseos, Coro
Universitario colores enfados risas Fiat 600 minifaldas ciclos de
Buñuel Antonioni Bergman helados Laponia, sopla, sopla pide tres
deseos y apaga las velas, treinta y tres, treinta y tres, treinta y
tres años.
Dolor, dolor, mucho dolor. Mucho. Aterrador. Réquiems ahogados en
todas las gargantas. La mía muda de espanto.
Tuve una vez mi yo duplicado en ti, Ana, hermana de sangre y
aleluyas de vida compartida y una madrugada, era el mes de la
primavera en el hemisferio sur, en la sombra yo desperté a quien me
rodeaba con un grito inacabable porque sabía, estaba sabiendo lo que
esa madrugada de primavera sucedía, te sucedía, hermana de
existencia indispensable.
Mi memoria es tan artera como un gato sobre las zapatillas grises de
su ama y la mando a callar.
Bach ya no se fuga: consiste.
El teléfono ha sonado pero no respondo e impido a cualquiera que lo
haga.
Hoy es tarde de piernas frías y mi memoria me confiesa al oído que,
cuando recuerda, es implacable.
Abrázame, fuerte, fuerte, Ana, hermana. Como antes.
Te veo como si te viera. La voz, tu voz, la has perdido y yo
también. Primer y aciago jirón de ausencias que se esfuma cuando
quienes no están se han ido pero siguen estando y siendo. La voz. Tu
voz.
No percibo que ha caído la tarde que se hace noche. Simplemente me
rindo a la evidencia de que los objetos se tornen negros a mi
alrededor y que ya no veo su sombra desplomarse indolente tiñendo de
ceniza los objetos.
La tarde se ha hecho noche y no he hecho nada para que suceda.
Como pinceladas de lívida esfumatura la música encuentra su sitio
entre las tinieblas, derrocha exhuberancias en fa mayor y nos
acaricia la memoria con mano tibia.
Cuéntame, Ana. Los crepúsculos desean saber dónde moras y yo ansío
robarle al tiempo tu tiempo robado.
Por mi parte, te cuento, no he hecho más que permanecer, toda y
abierta de oídos, de manos, de corazón ¿Y tú?
Amabas a Bach. Te marchabas asida de su mano al dulce territorio de
lo callado y yo te reprochaba lo mucho que tardabas en regresar...
Deberé encender la luz, alguna luz, al menos.
Mi casa huele a almíbar y a leño quemado. La lámpara reemplaza a un
sol que hoy no fue porque nubes y pinta de claroscuros los libros y
las botellas.
El sol injuria moribundo a la lámpara acusándola de impostora.
Háblame, Ana. Dime qué fue después de esa madrugada de primavera en
el hemisferio sur. Necesito saber el después, lo que no vino porque
ya no estabas, pero ahora estás y has venido.
Amabas a Bach y sigues amándolo, porque ya no lo oigo casi. Te lo
has quedado para ti. Tus sentidos - ¿Sientes? Dímelo, te lo ruego,
dímelo - se han liberado y la música ha encontrado su origen. La
noche traga a sorbos tus ojos y caen en el pozo donde todas las
quejas son inútiles.
Mírame, Ana, hermana. Como antes. Mírame.
No me preguntes qué se siente al caer la tarde: estás aquí, conoces
la respuesta.
¿Cuántas veces te he regalado, el alma muerta de llorarte muerta, un
Badinerie por no tener espumas que lo suplanten?
Te decía: eres como Bach…Y la sonrisa que me devolvías se parecía,
realmente, al húmedo rincón adonde van a parar los exquisitos
encajes de una fuga que ya no huye.
Te he dado y me has sido dada como una moneda de oro, sus dos caras
igualmente válidas, igualmente posibles. Pero duele, ay, si duele.
Dime, Ana ¿Qué fue después? Madrugada, acosada, mutilada, matada,
enterrada, llorada.
¿Piensas en mí? ¿Me ves, me presientes, me vigilas, me proteges, me
conduces?
¿Padeces mi sed, alborozas mis alegrías, hueles mis aromas, caminas
mis caminos, besas mis besos?
Tú vives, siempre.
Yo vivo. Y te sobrevivo, a veces.
Cuéntame, abrázame, Ana. Como antes.
Fragmento cada uno de tus miembros y los convierto en rosas rojas de
recuerdo para regalarte un homenaje a ti misma.
Te digo un secreto: mi incertidumbre me dice que he cosechado con
mano demasiado generosa. Tal vez por eso ya no tenga semilla.
Mi risa, aunque triste, alcanza a responderme que tengo un secreto.
Que las cosechas. Que la semilla.
Yo y mi sonrisa renacemos sin pausa. A veces.
Te cuento otro secreto: apenas despierto cada mañana amenazo al
vacío: “el día que yo llore todo lo que tengo por llorarla…”
El vacío no se inmuta. Ha escuchado tantas veces la misma inútil
amenaza…
Hay acontecimientos que hallan su fuerza en el acto de acontecer.
Más tarde son solo humo. O nada de humo.
Y a mí me acontece, Ana hermana, que estoy construida de ellos y
toda reminiscencia hecha palabra se torna inevitablemente fatua.
Etérea, volátil.
Cómo hablar de ti…
Te callo para que ya nunca te vayas de mi lado, para que no vuelvan
a despojarme de tu vida, impalpable como un acontecer. No otra vez.
No, no, no otra vez.
Porque aconteció, Ana, aconteció. Y te fuiste. No: te fueron ¿A
quién le importaba que fuera primavera en cualquier hemisferio si
expoliaron tus latidos a cambio de nada? Eras una blanca rosa
fragante, discreta, magnánima, dadora, creciendo humildemente en tu
vergel.
¡Escucha, escucha, improviso unas rimas!
Hierba
de monte no estorba
Pero
está prohibido sepa perfumar
Quien
te arrancó conocía
El
indudable peligro
Del
aroma hecho plural.
Los asesinos odian los jardines.
Te has emocionado, lo he sentido en mi piel… En mi costado, en el
sitio donde no estás estando, el espacio sin cuerpo se ha agitado
con un escalofrío dichoso.
Así, Ana, así. Acunémonos como dos amigas del alma, como hermanas de
abandono, como nenúfares intocados reflejándose en el cristal de un
lago impasible.
Tengo dolores agazapados en recónditos huecos malva dispuestos a
revivir apenas una ráfaga de viento los alimente de oxígeno.
Como recuperar tu voz. Tu voz. Habla, di, cuenta. Canta, Ana, canta.
La brisa sabe de mis penas, y por eso huye.
Y por eso la amenazo.
Entre todos los robos, en el ojo de un huracán de despojos, nuestras
horas con Bach son la bandera arrebatada a la furia irracional de
los instintos homicidas.
He llevado ese tiempo conmigo por dondequiera que he ido y conmigo
me lo llevaré, cuando deba ser, como prueba irrefutable de que toda
voluntad es posible si verdaderamente se ama a la música.
Me miras, Ana, intuyo que me miras. Me comprendes, Ana, Ana, Ana,
comprendes lo que digo porque lo decíamos y lo sabíamos.
Suspiro entre dos ahogos.
Bocanada de luz entre dos sombras.
¡Ay, cuánto, cuánto dolor!
Hacíamos piruetas en el alambre de la doble vida. Nunca sabrán los
verdugos que Bach se instalaba cómplice entre nosotras, noche, dos
criaturas, cortinas, brisa, humedad, grillos, escondite recóndito de
padres insomnes, más tarde dos mujeres, hermanas, tan cercanas la
una a la otra que la una parecía la otra y la otra la una. Y la
Suite Número Uno enlazándonos como una arpegiada e iridiscente tela
de araña.
Así, Ana, prolonguemos este instante infinito hasta el infinito,
abracémonos fuerte, muy fuerte, muy fuerte, ya no quiero volver a
perderte, quédate en mí, como antes. Escucha: este canon se
enseñorea en nuestro abrazo y nos besa el espíritu, los pómulos, la
frente. Descansemos, como antes. Quédate, no me dejes.
Bach era un cuenco cálido donde reposábamos los huesos agotados de
escamotearle vida a la muerte. Como hoy, como esta tarde.
Es nuestro más profundo secreto, éste.
Y nuestra mayor venganza.
De Punto y aparte, relatos. Editorial
EGALES S.L., España. 2004. ISBN: 84-953-46-70-2.
