Susana
Sosenski. Maestra en Historia por El Colegio de
México y doctoranda en Historia en la misma institución. Su
línea de investigación versa sobre la historia social de la
infancia. Entre sus publicaciones se encuentran: “Diversiones
malsanas: el cine y la infancia en la ciudad de México en la
década de 1920” en Secuencia. Revista de Historia y
Ciencias Sociales, núm. 66, 2006 y “Guardianes de la memoria. La
conmemoración del golpe militar entre los exiliados argentinos
en México” en Economía, Sociedad y Territorio, no. 18,
2005. Se encuentran en prensa: “Un remedio contra la
delincuencia: el trabajo infantil en las instituciones de
encierro de la Ciudad de México durante la posrevolución”,
Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia,
2008, Madrid y el libro para niños La Revolución Mexicana,
México: Nostra

Para miles de hombres, mujeres y niños
el
24 de marzo de 1976
significó no sólo la irrupción violenta de la historia nacional en
su historia personal sino también un cruce entre la memoria
colectiva y la individual.
Ese día una junta militar en Argentina dio un golpe de estado e
instauró no sólo la última dictadura del siglo XX que viviría dicho
país, sino también la más cruenta y genocida. Los militares en el
poder tuvieron el objetivo de desmantelar cualquier tipo de proyecto
opositor, reprimieron, ejecutaron, secuestraron o desaparecieron a
todos aquéllos actores que expresaron un mínimo desacuerdo con el
régimen antidemocrático. La “guerra contra la subversión” fue en
realidad un plan institucional de aniquilamiento que se valió de
instrumentos como la detención ilegal, las desapariciones, la
tortura y el exterminio de los “disidentes”, fueran estos
sindicalistas, estudiantes, políticos, periodistas, profesionistas o
guerrilleros.
Continuando con la tradición del asilo político que había inaugurado
el presidente Lázaro Cárdenas, el gobierno mexicano abrió las
puertas de México y otorgó refugio a miles de hombres, mujeres y
niños que tuvieron que huir de los regímenes militarizados que en
los años setenta azotaron a varias naciones latinoamericanas
dominadas por la Operación Cóndor.[1]
A los alarmantes saldos de la dictadura argentina de más de 30.000
desaparecidos y millares de exiliados políticos, México respondió
con la recepción de alrededor de 7000 argentinos que llegaron a este
país para salvar su vida.[2]
El
tema del exilio argentino en México ha sido tratado en numerosos
trabajos académicos que han buscado reconstruir y rescatar la
memoria, las actividades, las formas de sociabilidad e identidades
que se configuraron tanto entre los que llegaban como entre quienes
los recibían. En ese sentido hay, como ha señalado Nora Rabotnikof
un “boom memorial” sobre el tema. Sin embargo, resalta el hecho de
que el exilio infantil argentino en México haya recibido poca
atención. En términos generales la historia de la infancia ha sido
escasamente estudiada en México. Los niños como sujetos partícipes
de la historia, con preocupaciones, acciones y cotidianidades
propias constitutivas de la vida familiar han quedado oscurecidos en
la narración histórica. Esta omisión puede deberse en parte a una
historia dedicada por largos años a tratar los grandes hechos y
procesos históricos así como sus personajes destacados. A esto se
suma la dificultad para localizar fuentes donde pueda escucharse la
voz infantil pues fuera de un golpe de suerte que dé acceso a los
historiadores a diarios personales escritos por niños, a su
correspondencia o a algún tipo de material audiovisual, los demás
documentos ofrecen generalmente concepciones de los adultos sobre el
mundo de la niñez y por lo tanto, la voz infantil aparece mediada
por la voz del mundo adulto.
Así pues, historiar el exilio infantil a partir de las experiencias
de los niños y no de la reconstrucción memorial de los adultos
supone sortear una serie de obstáculos metodológicos.
Los
niños, este sector que ha sido marginado de la historia narrada
porque aparentemente no han sido protagonistas o han estado
pasivamente a la vereda de los grandes hechos históricos
indudablemente tienen una importancia particular. Estudiar a los
niños del pasado ayuda a explicar algunas de las complejidades no
sólo de sus familias y sus ciclos de vida sino también puede
proporcionar ideas que permitan establecer un vínculo entre las
familias y su papel en el cambio social, ya que los niños trasladan
valores sociales de generación en generación y son también actores
sociales. Asunción Lavrín ya ha explicado que los niños en algunos
momentos críticos de la historia “han sido el elemento clave para la
reproducción social y la continuación de algunas culturas.”
Lejos de tener como objetivo un análisis exhaustivo de la historia
del exilio infantil argentino en México, este texto pretende
delinear y apuntar algunas ideas, temas e interrogantes que surgen
al plantear esta línea de investigación. ¿Sabemos cuáles fueron las
experiencias y vivencias infantiles en el paso de Argentina a
México? ¿Conocemos cómo se construyó una infancia que oscilaba entre
dos patrias, entre dos culturas? ¿Cómo fueron las relaciones de
amistad, la adaptación culinaria, la cultura compartida y la no
compartida? ¿Qué significaba para los niños ser el otro? ¿De qué
manera se dio su integración a la sociedad mexicana? ¿Cuáles fueron
sus estrategias de adaptación y en ese sentido, cuál fue la acción
social de los niños exiliados?
Las
generalizaciones en este tema se enfrentan desde un inicio a la
multiplicidad de vivencias. Para muchos niños, el golpe de estado
del 24 de marzo cambió su vida por completo. Aunque la represión y
el exilio había comenzado años antes debido a la persecución
emprendida por organismos paramilitares como la Triple A (Alianza
Anticomunista Argentina), no cabe duda que ésta fecha emblemática se
convirtió en un lugar de la memoria, en un sitio simbólico de
construcción de la identidad individual y colectiva:
“Hubo una época sí, antes y después del golpe, muy muy patente. Eh,
fueron muchas cosas, ah, antes del golpe me acuerdo que había cierta
agitación militar, es más yo estaba jugando en el parque con mi
amigo Santiago y había un helicóptero que pasó rasante y tiró un
montón de volantes, y tengo un volante de esos todavía guardado por
ahí, y era propaganda militar. […] antes del golpe pues era así como
que la infancia dorada.”
Sin
embargo, para otros niños, la infancia trascendió fechas y se
configuró más a partir del propio proceso del exilio que, en muchos
casos se duplicó al salir de Argentina y luego de México. La
infancia llegó a ser una época poco feliz y que era necesario
acortar, terminar.
“…nunca
sentí haber tenido una infancia muy feliz ¿no? no creo que fuera por
el hecho de México, sino, bueno, por cosas… Y cuando llegué a
Argentina a pesar de que tenía 10 años, fue como empezar a tener la
conciencia de que estaba…tenía que…era como la obligación de crecer
y de empezar la adolescencia lo antes posible, de terminar la
infancia ¿no? porque además, o sea, de alguna manera es como si esto…las
idas y venidas hubiesen marcado ciclos en mi vida, entonces era como
si lo sintiera así, tenía que terminar la infancia…y eso significaba
terminar todo lo que había pasado en México, ponerle un punto final
a esa etapa.”
No
es posible enmarcar a los niños del exilio argentino en México en
categorías delimitadas como “los hijos del exilio”, “la segunda
generación” o los “argenmex” ya que las experiencias individuales
fueron tan particulares como niños había. Los niños y jóvenes que
habían llegado a México acompañando a sus padres exiliados
constituyeron ciertamente “otra generación”, tuvieron otro proceso
de adaptación, construyeron redes sociales propias insertándose en
la sociedad mexicana. Vivieron el exilio de una manera distinta a la
de sus padres. Durante largos años muchos de estos niños y jóvenes
se vieron en la necesidad de construir una identidad que les había
sido robada, una identidad que se disputaba entre México y
Argentina, eran los hijos de desaparecidos, los hijos de exiliados,
los argenmex.
Mientras muchos adoptaron estas categoría para autodefinirse e
incluso se adscribieron a la organización HIJOS-México (Hijos por la
Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) creando una
comunidad de “hijos” de desaparecidos o de exiliados, otros,
renegaron de una definición que no los ubicaba ni aquí ni allá, un
término “híbrido” y aglutinador de historias comunes a partir de la
historia de sus padres: “no me gusta la idea de comunidad, y además…
y menos una comunidad que tiene que ver con un exilio […] Odio la
palabra ‘argenmex’, no la soporto, yo no soy argenmex y que nadie me
llame eso…[…]… no soy hija de exiliados […] o sea, a esta altura yo
ya… estoy siguiendo mi pedo, ¿no? mi camino y ya no…o sea no puedo
tener, no puedo tener una definición que sea ‘hijo de algo’”.
Los hijos de los exiliados, esos niños que los adultos habían
“llevado de la mano durante la peripecia del exilio” y, a veces,
también durante el desexilio, “hijas e hijos en edades en que
no se puede decidir el propio destino” y que fueron afectados por
las secuelas de la represión y del exilio, buscaron una identidad
propia, se enfrentaron con las opciones de vida de sus padres.
Los
niños que desde muy pequeños tuvieron que dejar su lugar de
nacimiento crecieron sin recuerdos propios de su país de origen, la
historia de su temprana infancia la reconstruyeron a partir de los
recuerdos de otros, de fotografías, de relatos. La infancia en el
exilio aparece fragmentada en la memoria, situada entre las rupturas
y pérdidas, arraigos y desarraigos, delineada por el carácter
traumático y angustiante de la circunstancia. Mientras algunos
adultos recuerdan vívidamente su infancia, otros no logran recordar
“sus primeros años de vida, o recuerdan fragmentariamente aquellos
en los que se produjeron vivencias muy intensas y sólo cuentan con
el recuerdo transmitido por los adultos (padres, abuelos, tíos).”
Así, encontramos testimonios en los que el pasado familiar y
personal aparece difuminado por el trauma o segmentado: “como me
contaron fue…digo, sí fue muy horrible […] a mi me han contado por
fragmentos esa noche o esa madrugada [cuando la policía allana la
casa de sus padres] yo todo, muchas cosas las supongo porque todo me
ha sido contado tan fragmentado, que no es que sé la historia.”
El
trauma de la represión fue transferido de padres a hijos, ese trauma
que Cristina Porta ha llamado trauma generacional, es “muchas
veces ‘absorbido’ a través del relato directo, así como también de
manera ‘silenciosa’, o sea, a través de ‘lo no dicho’.” Los niños
fueron testigos presenciales de estallidos de bombas, secuestros,
desapariciones y encarcelamientos de sus seres queridos. Esta es su
historia personal, la historia familiar que comparten y que llegan a
hablar con sus padres antes de ir a dormir, mientras desayunan o
caminan a la escuela. Es por eso que cuando se enfrentan a otras muy
distintas interpretaciones de los mismos hechos se impresionan.
Cuando Carola regresa a Argentina a la edad de nueve años, después
de su exilio infantil en México, le impacta la visión de la historia
de sus pares, “a mi me impresionaba porque yo venía de haber
concebido toda esa época como una especie de…de pesadilla, llena de
torturados y muertos, por todas partes y todo, como realmente fue,
pero los chicos que acababan de vivir eso hacía tres meses… pues no,
o sea, normales, a mí me impresionaba muchísimo eso, muchísimo
me…no…no lo podía entender.”
Las
escuelas en el exilio se convirtieron en espacios de configuración
de identidad y de adaptación a México, algunos padres buscaron
escuelas que compartieran sus formas de pensar la vida y la sociedad,
otros buscaron escuelas en las cuales hubiera otros exiliados
argentinos, ya fueran alumnos o maestros, algunas escuelas se
convirtieron en receptoras de exiliados latinoamericanos dándole
facilidades a los padres para inscribir a sus hijos ya entrado el
año escolar o incluso días antes de que concluyera el ciclo lectivo:
“de segundo a sexto [fui a] una escuela que, que fue fundada mitad
por mexicanos y mitad por argentinos, entonces vivía como en una
isla de, de exiliados y de extranjeros en general.”
A otro niño lo sacaron de una escuela muy represiva y lo
enviaron a una activa, “nos admitieron porque había varios
argentinos ahí, hijos de argentinos, de exiliados […] la maestra era
argentina, era exiliada.”
Los padres buscaban espacios en los que sus ideas libertarias y
democráticas hallaran eco: “mis papás tenían…como la idea de… de una
educación un poco más democrática… o más… que pudiera ser un poco
menos represiva que una escuela tal vez oficial y de corte más
estricto.”
En la escuela los niños mexicanos abordaban con preguntas a sus
pequeños compañeros argentinos a quienes escuchaban hablar con un
acento diferente o desconocer frutas y platillos tradicionales
mexicanos: “yo creo
que eso [que le comenzaran a preguntar de dónde era] empezó a
suceder más claramente cuando me mandaban a la escuela.”
Algunos niños exiliados buscaron insertarse en el mundo mexicano a
través del lenguaje. Sabían que el acento era lo primero que los
hacía diferentes y se esforzaban por evitarlo, por aprender palabras
“mexicanas” y hablar como mexicanos. Una argentina exiliada en
México relataba que al escuchar un casette en el que habían grabado
su voz a los dos años de edad “hablaba super chilanga” y en la
escuela “hablaba como mexicana, no decía ninguna palabra en
argentino”.
Pero al hablar como mexicanos llegaban a chocar con costumbres y
visiones familiares “…me prohibían decir ‘mande’ cuando era chica…
todos los niños decían ‘mande’… y mi papá gritaba ‘no digas ‘mande’,
vos no mandás a nadie”.
La
comida en la casa de los exiliados, elaborada muchas veces por las
servidoras domésticas mexicanas, en algunas casas se transformó en
un elemento unificador con el país de acogida: “…mi mamá trabajaba y
había una chica que nos cuidaba y que era la que se ocupaba, digamos,
de la vida cotidiana de nosotros y entonces yo me acostumbré mucho a
esas cosas… a… no sé, a comer, a ir al mercado… a comprar… a esas
cosas de la vida cotidiana, real, era totalmente mexicana. Comíamos
comida mexicana siempre, comíamos sopita, guisado, arroz, todo con
chile… sin problema, eso estuvo siempre presente. También a veces
hacían asados y eso, los fines de semana, cosas más argentinas, pero
entre semana, mis papás trabajaban y ella era quién decidía qué se
comía…y se comía mexicano.”
Aquellos niños que querían integrarse rápidamente a la vida
cotidiana y a las costumbres y hábitos nacionales se enfrentaban con
que sus padres continuaban reproduciendo sus costumbres argentinas
en casa, esto daba como resultado una suerte de sincretismo
culinario no siempre satisfactorio: “en mi infancia…no sé por qué a
mí me parecía que la comida que se hacía en mi casa era horrible,
pero si mi mamá siempre como que… dio instrucciones para imitar lo
más posible algo que se comería en la Argentina.”
No
por vivir en México el tema del miedo desapareció entre los adultos.
Muchos se acostumbraron a las cortas conversaciones telefónicas o a
ser cuidadosos de expresar opiniones políticas con desconocidos.
Muchas familias de exiliados se vieron inmersas en un “clima de
tensión interna que impregnaba el ámbito familiar.”
El miedo que vivieron los padres y que experimentaron directamente
fue percibido y experimentado por los hijos:
“Alguna vez estábamos en un café o algo así con mi mamá, entonces yo
empecé a platicar o a preguntarle algo sobre desaparecidos o algo
así, y me hizo callar, me dijo que no hablara de eso, que después
habláramos, y después hablamos y me explicó y yo sentía muy extraño
eso, que no se pudiera decir, que era muy peligroso, que podía pasar
algo.
El miedo que habían vivido en Argentina y que continuaban, de alguna
manera, viviendo a nivel familiar en México, provocaba pesadillas,
fracturas en la memoria, lagunas de olvido y prácticas familiares
que los niños acataban con tal de que la familia no corriera nuevos
peligros o exilios.
Como señala Cristina Porta, “es sabida la particular importancia que
los objetos personales, específicamente los que hacen al aspecto
lúdico-afectivo, tienen en los niños.”
Al salir de Argentina, algunos niños no tuvieron oportunidad más que
de elegir un juguete, otros los vieron perdidos en el momento de que
el oficial de aduana los separaba del equipaje o incluso los
destruía. “Las separaciones derivadas de estas situaciones fueron
vivenciadas como pérdidas, tanto en relación con lo
afectivo-vincular (familiares, amigos, primeros amores en el caso de
los adolescentes), como en relación con los objetos y pertenencias
personales de connotación lúdico-afectiva, como por ejemplo los
juguetes, importantes a nivel simbólico en la etapa del
relacionamiento concreto con lo real que vive todo niño.”
En el caso de un niño argentino que debió pasar, junto con su madre,
un año en casa de una familia argentina radicada en México,
compartiendo la habitación con los hijos de dicha familia recuerda
haber sentido: “de un poco que me prestaban sus juguetes y que eran,
o sea yo sabía que eran suyos y que me los prestaban en buena onda
pero era ‘son míos, no te pases’ […] era todo prestado, ¿no? Yo me
acuerdo… (Inaudible) no sé si es de capitalista o de occidental,
pero la propiedad, ¿no? de decir, ‘bueno, esta es mía, esta es mi
cama, estas son mis cosas’ ¿no? Como que no tenía eso.”
En cambio otros niños tuvieron oportunidad de traer sus juguetes y
se convirtieron en algo tan preciado que los guardaron por más de
dos décadas: “me traje muchos juguetes […] los juguetes más
valuables […] mis autitos, que todavía tengo algunos, y unos muñecos
de guerra que se llamaban Temerarios, que eran como los
hombres de acción, pero llegué a México y la tecnología estaba un
poquito más desarrollada al respecto y había hombres nucleares y
todo ese tipo de cosas.”
Los
juegos se convierten en un elemento clave de arraigo, vínculo y
sentido identitario con México, al asistir al circo, al jugar con
los niños de su cuadra o de su privada, “jugar cascaritas debajo del
puente del Circuito interior”, ver programas infantiles en la televisión
mexicana, al ir al teatro a ver Burbujas o a Cri-Cri, los niños del
exilio comenzaron a compartir códigos comunes, elementos que en la
vida adulta creó vínculos identitarios con México: “con una amiga de
la facultad comentábamos que en los cines todos los niños se iban a
tirar por una resbaladilla que había adelante de la pantalla…cosas
así…o Cri Cri o Chabelo que estaba los domingos y un día descubrí
que seguía los domingos…dije ‘qué horror’, y que yo quería ir al
programa de Chabelo y mi mamá me mandó al carajo.”
Muchos niños del exilio se quedaron en México, otros regresaron. A
este desexilio que comenzó apenas volvió la democracia en Argentina
en 1983, con el gobierno de Raúl Alfonsín, se le sumaron más
dificultades identitarias. El doble exilio implicaba “dejar lo que
tenía, mis amigos, mi escuela, todo eso que ya era importante para
mi […] extrañaba la comida, bastante, extrañaba mi casa, me gustaba
mucho la casa donde vivíamos, extrañaba algunos maestros de la
escuela, extrañaba a mi papá.”
Regresar al país de nacimiento para muchos significó enfrentarse a
esa doble pertenencia pues se generó un sentido desarraigo, de
fragilidad: “me sentí más distinta en Argentina con argentinos que
en México con mexicanos”.
Había que reestructurar el lenguaje, “al principio fui a casa de mi
abuela, me quedé a dormir, ‘¿No tienes un bolillo abuela?’ se me
quedó viendo…`¿qué?’ y horas para explicarle qué era un bolillo…
hasta que me dio pan.”
Para muchos, la escuela volvió a ser el espacio que evidenciaba la
otredad: “el acento, además yo en el recreo el primer año que estuve
en quinto grado de primaria, todos los niños me rodeaban en el
recreo y decían: ‘¿de dónde venís, de México ‘86?’ porque era la
referencia que tenían, el mundial acababa de ser el año anterior…
¿no? entonces ‘¿De México ’86?’ Me reventaba…era…no sé. […] ‘A ver,
hablá’ me decían… todo el tiempo y… fue difícil.”
Experiencias infantiles hubo como tantos niños hubo en el exilio.
Cada caso es singular y por lo tanto es difícil encontrar un
denominador común, los imaginarios son múltiples y variados, sin
embargo hay temas que resaltan, la escuela como espacio de
adaptación, de otredad, de vinculación con el país que recibe; los
juegos como aglutinadores de amistades, de experiencias infantiles
comunes, de referentes compartidos; el lenguaje como forma de
identificación, como esfuerzo de pertenencia pero también como
indicador de lo extranjero; el papel de los niños como transmisores
de memoria, como guardianes de la seguridad familiar, como
porteadores de códigos, costumbres y tradiciones mexicanas dentro de
las familias argentinas exiliadas en México. Hacer una historia del
exilio infantil exige rescatar las voces de aquéllos niños, su
acción, sus vivencias. Hacer una historia del exilio infantil
argentino en México es reconstruir también una parte de la memoria y
de la historia, no sólo argentina y mexicana, sino latinoamericana.
Lavrín, Asunción, 1994 “La niñez en México y en
Hispanoamérica rutas de exploración” en Gonzalbo Aizpuru,
Pilar y Cecilia Rabell (comps) La familia en el mundo
iberoamericano, México, Universidad Nacional Autónoma de
México. p. 42.
Porta, Cristina, 2006, “La segunda generación: los hijos del
exilio”, en Dutrénit Bielous, Silvia (coord). El Uruguay
del exilio, gente, circunstancias, escenarios.
Montevideo: Trilce.
