México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 

 








 

 

 

Coplas de mi país- Piero (youtube)

 

Susana Sosenski. Maestra en Historia por El Colegio de México y doctoranda en Historia en la misma institución. Su línea de investigación versa sobre la historia social de la infancia. Entre sus publicaciones se encuentran: “Diversiones malsanas: el cine y la infancia en la ciudad de México en la década de 1920” en Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 66, 2006 y “Guardianes de la memoria. La conmemoración del golpe militar entre los exiliados argentinos en México” en Economía, Sociedad y Territorio, no. 18, 2005. Se encuentran en prensa: “Un remedio contra la delincuencia: el trabajo infantil en las instituciones de encierro de la Ciudad de México durante la posrevolución”, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2008, Madrid y el libro para niños La Revolución Mexicana, México: Nostra

 

Para miles de hombres, mujeres y niños el 24 de marzo de 1976 significó no sólo la irrupción violenta de la historia nacional en su historia personal sino también un cruce entre la memoria colectiva y la individual. Ese día una junta militar en Argentina dio un golpe de estado e instauró no sólo la última dictadura del siglo XX que viviría dicho país, sino también la más cruenta y genocida. Los militares en el poder tuvieron el objetivo de desmantelar cualquier tipo de proyecto opositor, reprimieron, ejecutaron, secuestraron o desaparecieron a todos aquéllos actores que expresaron un mínimo desacuerdo con el régimen antidemocrático. La “guerra contra la subversión” fue en realidad un plan institucional de aniquilamiento que se valió de instrumentos como la detención ilegal, las desapariciones, la tortura y el exterminio de los “disidentes”, fueran estos sindicalistas, estudiantes, políticos, periodistas, profesionistas o guerrilleros.  

Continuando con la tradición del asilo político que había inaugurado el presidente Lázaro Cárdenas, el gobierno mexicano abrió las puertas de México y otorgó refugio a miles de hombres, mujeres y niños que tuvieron que huir de los regímenes militarizados que en los años setenta azotaron a varias naciones latinoamericanas dominadas por la Operación Cóndor.[1] A los alarmantes saldos de la dictadura argentina de más de 30.000 desaparecidos y millares de exiliados políticos, México respondió con la recepción de alrededor de 7000 argentinos que llegaron a este país para salvar su vida.[2]  

El tema del exilio argentino en México ha sido tratado en numerosos trabajos académicos que han buscado reconstruir y rescatar la memoria, las actividades, las formas de sociabilidad e identidades que se configuraron tanto entre los que llegaban como entre quienes los recibían. En ese sentido hay, como ha señalado Nora Rabotnikof un “boom memorial” sobre el tema. Sin embargo, resalta el hecho de que el exilio infantil argentino en México haya recibido poca atención. En términos generales la historia de la infancia ha sido escasamente estudiada en México. Los niños como sujetos partícipes de la historia, con preocupaciones, acciones y cotidianidades propias constitutivas de la vida familiar han quedado oscurecidos en la narración histórica. Esta omisión puede deberse en parte a una historia dedicada por largos años a tratar los grandes hechos y procesos históricos así como sus personajes destacados. A esto se suma la dificultad para localizar fuentes donde pueda escucharse la voz infantil pues fuera de un golpe de suerte que dé acceso a los historiadores a diarios personales escritos por niños, a su correspondencia o a algún tipo de material audiovisual, los demás documentos ofrecen generalmente concepciones de los adultos sobre el mundo de la niñez y por lo tanto, la voz infantil aparece mediada por la voz del mundo adulto.[3] Así pues, historiar el exilio infantil a partir de las experiencias de los niños y no de la reconstrucción memorial de los adultos supone sortear una serie de obstáculos metodológicos. 

Los niños, este sector que ha sido marginado de la historia narrada porque aparentemente no han sido protagonistas o han estado pasivamente a la vereda de los grandes hechos históricos indudablemente tienen una importancia particular. Estudiar a los niños del pasado ayuda a explicar algunas de las complejidades no sólo de sus familias y sus ciclos de vida sino también puede proporcionar ideas que permitan establecer un vínculo entre las familias y su papel en el cambio social, ya que los niños trasladan valores sociales de generación en generación y son también actores sociales. Asunción Lavrín ya ha explicado que los niños en algunos momentos críticos de la historia “han sido el elemento clave para la reproducción social y la continuación de algunas culturas.”[4] 

Lejos de tener como objetivo un análisis exhaustivo de la historia del exilio infantil argentino en México, este texto pretende delinear y apuntar algunas ideas, temas e interrogantes que surgen al plantear esta línea de investigación. ¿Sabemos cuáles fueron las experiencias y vivencias infantiles en el paso de Argentina a México? ¿Conocemos cómo se construyó una infancia que oscilaba entre dos patrias, entre dos culturas? ¿Cómo fueron las relaciones de amistad, la adaptación culinaria, la cultura compartida y la no compartida? ¿Qué significaba para los niños ser el otro? ¿De qué manera se dio su integración a la sociedad mexicana? ¿Cuáles fueron sus estrategias de adaptación y en ese sentido, cuál fue la acción social de los niños exiliados?  

Las generalizaciones en este tema se enfrentan desde un inicio a la multiplicidad de vivencias. Para muchos niños, el golpe de estado del 24 de marzo cambió su vida por completo. Aunque la represión y el exilio había comenzado años antes debido a la persecución emprendida por organismos paramilitares como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), no cabe duda que ésta fecha emblemática se convirtió en un lugar de la memoria, en un sitio simbólico de construcción de la identidad individual y colectiva: 

“Hubo una época sí, antes y después del golpe, muy muy patente. Eh, fueron muchas cosas, ah, antes del golpe me acuerdo que había cierta agitación militar, es más yo estaba jugando en el parque con mi amigo Santiago y había un helicóptero que pasó rasante y tiró un montón de volantes, y tengo un volante de esos todavía guardado por ahí, y era propaganda militar. […] antes del golpe pues era así como que la infancia dorada.”[5]  

Sin embargo, para otros niños, la infancia trascendió fechas y se configuró más a partir del propio proceso del exilio que, en muchos casos se duplicó al salir de Argentina y luego de México. La infancia llegó a ser una época poco feliz y que era necesario acortar, terminar.  

“…nunca sentí haber tenido una infancia muy feliz ¿no? no creo que fuera por el hecho de México, sino, bueno, por cosas… Y cuando llegué a Argentina a pesar de que tenía 10 años, fue como empezar a tener la conciencia de que estaba…tenía que…era como la obligación de crecer y de empezar la adolescencia lo antes posible, de terminar la infancia ¿no? porque además, o sea, de alguna manera es como si esto…las idas y venidas hubiesen marcado ciclos en mi vida, entonces era como si lo sintiera así, tenía que terminar la infancia…y eso significaba terminar todo lo que había pasado en México, ponerle un punto final a esa etapa.” [6] 

No es posible enmarcar a los niños del exilio argentino en México en categorías delimitadas como “los hijos del exilio”, “la segunda generación” o los “argenmex” ya que las experiencias individuales fueron tan particulares como niños había. Los niños y jóvenes que habían llegado a México acompañando a sus padres exiliados constituyeron ciertamente “otra generación”, tuvieron otro proceso de adaptación, construyeron redes sociales propias insertándose en la sociedad mexicana. Vivieron el exilio de una manera distinta a la de sus padres. Durante largos años muchos de estos niños y jóvenes se vieron en la necesidad de construir una identidad que les había sido robada, una identidad que se disputaba entre México y Argentina, eran los hijos de desaparecidos, los hijos de exiliados, los argenmex. 

Mientras muchos adoptaron estas categoría para autodefinirse e incluso se adscribieron a la organización HIJOS-México (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) creando una comunidad de “hijos” de desaparecidos o de exiliados, otros, renegaron de una definición que no los ubicaba ni aquí ni allá, un término “híbrido” y aglutinador de historias comunes a partir de la historia de sus padres: “no me gusta la idea de comunidad, y además… y menos una comunidad que tiene que ver con un exilio […] Odio la palabra ‘argenmex’, no la soporto, yo no soy argenmex y que nadie me llame eso…[…]… no soy hija de exiliados […] o sea, a esta altura yo ya… estoy siguiendo mi pedo, ¿no? mi camino y ya no…o sea no puedo tener, no puedo tener una definición que sea ‘hijo de algo’”.[7] Los hijos de los exiliados, esos niños que los adultos habían “llevado de la mano durante la peripecia del exilio” y, a veces, también durante el desexilio, “hijas e hijos en edades en que no se puede decidir el propio destino” y que fueron afectados por las secuelas de la represión y del exilio, buscaron una identidad propia, se enfrentaron con las opciones de vida de sus padres. [8]    

Los niños que desde muy pequeños tuvieron que dejar su lugar de nacimiento crecieron sin recuerdos propios de su país de origen, la historia de su temprana infancia la reconstruyeron a partir de los recuerdos de otros, de fotografías, de relatos. La infancia en el exilio aparece fragmentada en la memoria, situada entre las rupturas y pérdidas, arraigos y desarraigos, delineada por el carácter traumático y angustiante de la circunstancia. Mientras algunos adultos recuerdan vívidamente su infancia, otros no logran recordar “sus primeros años de vida, o recuerdan fragmentariamente aquellos en los que se produjeron vivencias muy intensas y sólo cuentan con el recuerdo transmitido por los adultos (padres, abuelos, tíos).”[9] Así, encontramos testimonios en los que el pasado familiar y personal aparece difuminado por el trauma o segmentado: “como me contaron fue…digo, sí fue muy horrible […] a mi me han contado por fragmentos esa noche o esa madrugada [cuando la policía allana la casa de sus padres] yo todo, muchas cosas las supongo porque todo me ha sido contado tan fragmentado, que no es que sé la historia.”[10]  

El trauma de la represión fue transferido de padres a hijos, ese trauma que Cristina Porta ha llamado trauma generacional, es “muchas veces ‘absorbido’ a través del relato directo, así como también de manera ‘silenciosa’, o sea, a través de ‘lo no dicho’.” Los niños fueron testigos presenciales de estallidos de bombas, secuestros, desapariciones y encarcelamientos de sus seres queridos. Esta es su historia personal, la historia familiar que comparten y que llegan a hablar con sus padres antes de ir a dormir, mientras desayunan o caminan a la escuela. Es por eso que cuando se enfrentan a otras muy distintas interpretaciones de los mismos hechos se impresionan. Cuando Carola regresa a Argentina a la edad de nueve años, después de su exilio infantil en México, le impacta la visión de la historia de sus pares, “a mi me impresionaba porque yo venía de haber concebido toda esa época como una especie de…de pesadilla, llena de torturados y muertos, por todas partes y todo, como realmente fue, pero los chicos que acababan de vivir eso hacía tres meses… pues no, o sea, normales, a mí me impresionaba muchísimo eso, muchísimo me…no…no lo podía entender.”[11] 

Las escuelas en el exilio se convirtieron en espacios de configuración de identidad y de adaptación a México, algunos padres buscaron escuelas que compartieran sus formas de pensar la vida y la sociedad, otros buscaron escuelas en las cuales hubiera otros exiliados argentinos, ya fueran alumnos o maestros, algunas escuelas se convirtieron en receptoras de exiliados latinoamericanos dándole facilidades a los padres para inscribir a sus hijos ya entrado el año escolar o incluso días antes de que concluyera el ciclo lectivo: “de segundo a sexto [fui a] una escuela que, que fue fundada mitad por mexicanos y mitad por argentinos, entonces vivía como en una isla de, de exiliados y de extranjeros en general.”[12] A otro niño lo sacaron de una escuela muy represiva y lo enviaron a una activa, “nos admitieron porque había varios argentinos ahí, hijos de argentinos, de exiliados […] la maestra era argentina, era exiliada.”[13] Los padres buscaban espacios en los que sus ideas libertarias y democráticas hallaran eco: “mis papás tenían…como la idea de… de una educación un poco más democrática… o más… que pudiera ser un poco menos represiva que una escuela tal vez oficial y de corte más estricto.”[14] En la escuela los niños mexicanos abordaban con preguntas a sus pequeños compañeros argentinos a quienes escuchaban hablar con un acento diferente o desconocer frutas y platillos tradicionales mexicanos: yo creo que eso [que le comenzaran a preguntar de dónde era] empezó a suceder más claramente cuando me mandaban a la escuela.”[15]  

Algunos niños exiliados buscaron insertarse en el mundo mexicano a través del lenguaje. Sabían que el acento era lo primero que los hacía diferentes y se esforzaban por evitarlo, por aprender palabras “mexicanas” y hablar como mexicanos. Una argentina exiliada en México relataba que al escuchar un casette en el que habían grabado su voz a los dos años de edad “hablaba super chilanga” y en la escuela “hablaba como mexicana, no decía ninguna palabra en argentino”.[16] Pero al hablar como mexicanos llegaban a chocar con costumbres y visiones familiares “…me prohibían decir ‘mande’ cuando era chica… todos los niños decían ‘mande’… y mi papá gritaba ‘no digas ‘mande’, vos no mandás a nadie”.[17] 

La comida en la casa de los exiliados, elaborada muchas veces por las servidoras domésticas mexicanas, en algunas casas se transformó en un elemento unificador con el país de acogida: “…mi mamá trabajaba y había una chica que nos cuidaba y que era la que se ocupaba, digamos, de la vida cotidiana de nosotros y entonces yo me acostumbré mucho a esas cosas… a… no sé, a comer, a ir al mercado… a comprar… a esas cosas de la vida cotidiana, real, era totalmente mexicana. Comíamos comida mexicana siempre, comíamos sopita, guisado, arroz, todo con chile… sin problema, eso estuvo siempre presente. También a veces hacían asados y eso, los fines de semana, cosas más argentinas, pero entre semana, mis papás trabajaban y ella era quién decidía qué se comía…y se comía mexicano.”[18]  

Aquellos niños que querían integrarse rápidamente a la vida cotidiana y a las costumbres y hábitos nacionales se enfrentaban con que sus padres continuaban reproduciendo sus costumbres argentinas en casa, esto daba como resultado una suerte de sincretismo culinario no siempre satisfactorio: “en mi infancia…no sé por qué a mí me parecía que la comida que se hacía en mi casa era horrible, pero si mi mamá siempre como que… dio instrucciones para imitar lo más posible algo que se comería en la Argentina.”[19] 

No por vivir en México el tema del miedo desapareció entre los adultos. Muchos se acostumbraron a las cortas conversaciones telefónicas o a ser cuidadosos de expresar opiniones políticas con desconocidos. Muchas familias de exiliados se vieron inmersas en un “clima de tensión interna que impregnaba el ámbito familiar.”[20] El miedo que vivieron los padres y que experimentaron directamente fue percibido y experimentado por los hijos[21]: “Alguna vez estábamos en un café o algo así con mi mamá, entonces yo empecé a platicar o a preguntarle algo sobre desaparecidos o algo así, y me hizo callar, me dijo que no hablara de eso, que después habláramos, y después hablamos y me explicó y yo sentía muy extraño eso, que no se pudiera decir, que era muy peligroso, que podía pasar algo.[22] El miedo que habían vivido en Argentina y que continuaban, de alguna manera, viviendo a nivel familiar en México, provocaba pesadillas, fracturas en la memoria, lagunas de olvido y prácticas familiares que los niños acataban con tal de que la familia no corriera nuevos peligros o exilios. 

Como señala Cristina Porta, “es sabida la particular importancia que los objetos personales, específicamente los que hacen al aspecto lúdico-afectivo, tienen en los niños.”[23] Al salir de Argentina, algunos niños no tuvieron oportunidad más que de elegir un juguete, otros los vieron perdidos en el momento de que el oficial de aduana los separaba del equipaje o incluso los destruía. “Las separaciones derivadas de estas situaciones fueron vivenciadas como pérdidas, tanto en relación con lo afectivo-vincular (familiares, amigos, primeros amores en el caso de los adolescentes), como en relación con los objetos y pertenencias personales de connotación lúdico-afectiva, como por ejemplo los juguetes, importantes a nivel simbólico en la etapa del relacionamiento concreto con lo real que vive todo niño.”[24] En el caso de un niño argentino que debió pasar, junto con su madre, un año en casa de una familia argentina radicada en México, compartiendo la habitación con los hijos de dicha familia recuerda haber sentido: “de un poco que me prestaban sus juguetes y que eran, o sea yo sabía que eran suyos y que me los prestaban en buena onda pero era ‘son míos, no te pases’ […] era todo prestado, ¿no? Yo me acuerdo… (Inaudible) no sé si es de capitalista o de occidental, pero la propiedad, ¿no? de decir, ‘bueno, esta es mía, esta es mi cama, estas son mis cosas’ ¿no? Como que no tenía eso.”[25] En cambio otros niños tuvieron oportunidad de traer sus juguetes y se convirtieron en algo tan preciado que los guardaron por más de dos décadas: “me traje muchos juguetes […] los juguetes más valuables […] mis autitos, que todavía tengo algunos, y unos muñecos de guerra que se llamaban Temerarios, que eran como los hombres de acción, pero llegué a México y la tecnología estaba un poquito más desarrollada al respecto y había hombres nucleares y todo ese tipo de cosas.”[26]  

Los juegos se convierten en un elemento clave de arraigo, vínculo y sentido identitario con México, al asistir al circo, al jugar con los niños de su cuadra o de su privada, “jugar cascaritas debajo del puente del Circuito interior”, [27] ver programas infantiles en la televisión  mexicana, al ir al teatro a ver Burbujas o a Cri-Cri, los niños del exilio comenzaron a compartir códigos comunes, elementos que en la vida adulta creó vínculos identitarios con México: “con una amiga de la facultad comentábamos que en los cines todos los niños se iban a tirar por una resbaladilla que había adelante de la pantalla…cosas así…o Cri Cri o Chabelo que estaba los domingos y un día descubrí que seguía los domingos…dije ‘qué horror’, y que yo quería ir al programa de Chabelo y mi mamá me mandó al carajo.”[28]

Muchos niños del exilio se quedaron en México, otros regresaron. A este desexilio que comenzó apenas volvió la democracia en Argentina en 1983, con el gobierno de Raúl Alfonsín, se le sumaron más dificultades identitarias. El doble exilio implicaba “dejar lo que tenía, mis amigos, mi escuela, todo eso que ya era importante para mi […] extrañaba la comida, bastante, extrañaba mi casa, me gustaba mucho la casa donde vivíamos, extrañaba algunos maestros de la escuela, extrañaba a mi papá.”[29] Regresar al país de nacimiento para muchos significó enfrentarse a esa doble pertenencia pues se generó un sentido desarraigo, de fragilidad: “me sentí más distinta en Argentina con argentinos que en México con mexicanos”.[30] Había que reestructurar el lenguaje, “al principio fui a casa de mi abuela, me quedé a dormir, ‘¿No tienes un bolillo abuela?’ se me quedó viendo…`¿qué?’ y horas para explicarle qué era un bolillo… hasta que me dio pan.”[31] Para muchos, la escuela volvió a ser el espacio que evidenciaba la otredad: “el acento, además yo en el recreo el primer año que estuve en quinto grado de primaria, todos los niños me rodeaban en el recreo y decían: ‘¿de dónde venís, de México ‘86?’ porque era la referencia que tenían, el mundial acababa de ser el año anterior… ¿no? entonces ‘¿De México ’86?’ Me reventaba…era…no sé. […] ‘A ver, hablá’ me decían… todo el tiempo y… fue difícil.”[32]

Experiencias infantiles hubo como tantos niños hubo en el exilio. Cada caso es singular y por lo tanto es difícil encontrar un denominador común, los imaginarios son múltiples y variados, sin embargo hay temas que resaltan, la escuela como espacio de adaptación, de otredad, de vinculación con el país que recibe; los juegos como aglutinadores de amistades, de experiencias infantiles comunes, de referentes compartidos; el lenguaje como forma de identificación, como esfuerzo de pertenencia pero también como indicador de lo extranjero; el papel de los niños como transmisores de memoria, como guardianes de la seguridad familiar, como porteadores de códigos, costumbres y tradiciones mexicanas dentro de las familias argentinas exiliadas en México. Hacer una historia del exilio infantil exige rescatar las voces de aquéllos niños, su acción, sus vivencias. Hacer una historia del exilio infantil argentino en México es reconstruir también una parte de la memoria y de la historia, no sólo argentina y mexicana, sino latinoamericana.


[1] La Operación Cóndor fue un programa organizado por los servicios de inteligencia de los países del Cono Sur que tuvo como objetivo intercambiar información sobre supuestos grupos y personas subversivas en esos países. Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia y Perú se coordinaron para el intercambio no sólo de operativos de inteligencia sino también para autorizar el libre acceso en sus territorios a grupos armados que combatieran esta “subversión,” con secuestros, desapariciones o asesinatos.

[2] Estudios demográficos realizados en la postdictadura, estiman que el exilio argentino en el Mundo rondó entre 140.000 y 300.000 personas. Yankelevich, Pablo (coord.) 2002, México, país refugio. La experiencia de los exilios en el siglo XX, México: Plaza y Valdés/CONACULTA-INAH, p. 282.

[3] Valiosos esfuerzos por documentar este tema son el video documental realizado por Jorge Denti en 1996, en el vigésimo aniversario del golpe: Argenmex: 20 años la historia ésta. En este trabajo, varios jóvenes hijos de exiliados y desaparecidos argentinos, interpretaron lo que para ellos significó no sólo el 24 de marzo sino el proceso del exilio, de la identidad, de la memoria y de las luchas de sus padres por la justicia. El laborioso y fructífero proyecto “Refugio a la democracia. La experiencia de los exilios latinoamericanos en México”, en el Archivo de la Palabra, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, contiene entrevistas transcritas a los actores del exilio latinoamericano en México.

[4] Lavrín, Asunción, 1994 “La niñez en México y en Hispanoamérica rutas de exploración” en Gonzalbo Aizpuru, Pilar y Cecilia Rabell (comps) La familia en el mundo iberoamericano, México, Universidad Nacional Autónoma de México. p. 42.

[5] Entrevista a Santiago Pérez Aguad por Gabriela Díaz en la Ciudad de México, 18 de abril y 11 de marzo de 1998. Pel/1/A-57, pp.4, 6. Archivo de la palabra, Biblioteca FFYL-UNAM.

[6] Entrevista a Ana Marimon por Diana Urow en la Ciudad de México, 22 de diciembre de 1997, Pel/1/A-36, p. 26.

[7] Entrevista a Ana Marimón, pp.16, 28, 36.

[8] Porta, Cristina, 2006, “La segunda generación: los hijos del exilio”, en Dutrénit Bielous, Silvia (coord). El Uruguay del exilio, gente, circunstancias, escenarios. Montevideo: Trilce.

[9]Porta, 2006, p. 489.

[10] Entrevista a Ana Marimón, pp. 6,8.

[11] Entrevista a Carola Beatriz Diez Bíscaro por Diana Urow en la Ciudad de México, 25 de noviembre de 1997, Pel/1/A/28, p. 24. Archivo de la palabra, Biblioteca FFYL-UNAM.

[12] Entrevista a Emiliano Villanueva por Gabriela Díaz en la Ciudad de México, 3 de febrero de 1999, Pel/1/A-58, p. 5. Archivo de la palabra, Biblioteca FFYL-UNAM.

[13] Entrevista a Pablo Piccato por Concepción Hernández en la Ciudad de México, 16 de enero de 1998, Pel/1/A-40, p. 32. Archivo de la palabra, Biblioteca FFYL-UNAM.

[14] Entrevista a Carola Diez, p. 6

[15] Entrevista a Pablo Piccato, p. 31.

[16] Entrevista a Ana Marimón, p. 9, 15.

[17] Entrevista a Ana Marimón, p. 49.

[18] Entrevista a Carola Diez, p. 12.

[19] Entrevista a Ana Marimón, p. 18.

[20] Porta, 2006, p. 491.

[21] Porta, 2006, p. 495.

[22] Entrevista a Carola Diez, p. 24.

[23] Porta, 2006, p.494.

[24] Porta, 2006, P. 490.

[25] Entrevista a Emiliano Villanueva, p. 3.

[26] Entrevista a Santiago Pérez Aguad por Gabriela Díaz en la Ciudad de México, 18 de abril y 11 de marzo de 1998, Pel/1/A-57, p. 8. Archivo de la palabra, Biblioteca FFYL-UNAM.

[27] Entrevista a Pablo Piccato, p.34.

[28] Entrevista a Ana Marimón, p. 33.

[29] Entrevista a Carola Diez, pp. 15, 19.

[30] Entrevista a Carola Diez, p. 24.

[31] Entrevista a Carola Diez, p. 40.

[32] Entrevista a Ana Marimón, pp.22-23.

 

 

 

 

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