México, Distrito Federal I Marzo-Abril 2008 I Año 3 I Número 13 Publicación Bimestral I

 








 

 

Yuli Castro Carranza, nació en el verano de 1976 en la ciudad de Morelia, México. Estudió Arquitectura y actualmente estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Es autora de la columna Voces Internas que se ha publicado en diversos medios electrónicos e impresos en México, República Dominicana, Argentina, España, Italia y Suecia, entre otros.

 

¿En qué momento mi alma se volvió

igual de estéril que la tuya? 

 

        

Después de ese agónico trance, estoy aquí. Estática, incapaz de articular un solo movimiento, observando con horror cómo, una a una, las máscaras se van cayendo. Y no es que antes pensara que no existían, sólo que nunca dimensioné su tamaño. 

Sí; te estoy hablando a ti, querido.

Sé que fingirás no escucharme porque hay cosas que conviene no oir. Es más cómodo. Es lo fácil. Aunque en este momento he empezado a creer que verdaderamente de mi pescuezo no salen más que sonidos guturales amorfos. No sé si es porque me he quedado sin voz o si es porque tú y yo hablamos un dialecto diferente y nos percatamos demasiado tarde de ello.  

No entiendo cómo puede haber tanta maldad dentro de tí. No había razón de tanta ofensa, de tanto desprecio, de tanta saña.   

 Daría lo poco que queda en mi interior por no haberte conocido jamás. No sólo has sido el peor error de mi vida, sino también el más macabro y el más doloroso. Ojalá con tu partida te llevaras también mi decepción y mi odio. Pero no es así. Siguen en mí; subsisten conmigo. 

Cada noche escucho a lo lejos, como en un eco apagado, tu voz suplicando uno de mis besos, jurándome amor disfrazado de burla. Me parece ver tus pupilas dilatas narcotizadas observándome, llenas de lujuria y deseo, rogando por un episodio de desenfreno bestial.  Hasta he llegado a sentir tus ásperas manos tocando mi piel, sujetándome con fuerza y dejándome cicatrices y quemaduras en todas partes.  

 ¿En verdad nunca te diste cuenta con qué clase de mujer estabas conviviendo? Yo no era mala, tú lo sabes. Era por el contrario, estúpidamente ingenua. Pero a tu lado aprendí a ser calculadora, maquiavélica y despiadada; era cuestión de sobrevivencia. Tuve al mejor de los maestros en este sentido.  

Hoy, tengo tan endurecido mi corazón que hasta te puedo asegurar que gozo con tu dolor.  Cada gota de sangre que escurre por tu rostro, lo disfruto. Aunque para que exista verdadera justicia, debiera desangrarte entonces por completo y con absoluta lentitud, para cobrarme cada una de las lágrimas que en tu nombre lloré. Porque sí, ya lo ves, tengo que confesarte que la venganza es la única palabra que cabe en mis esquemas. 

¡Qué justicia divina ni qué nada! Ni siquiera estoy segura que exista un dios como para resignarme a concederle a él la dicha de cobrarte la factura de tus faltas.  Si tú me agrediste, yo te agredo y con ello saldamos cuentas. 

 Pero francamente, estos hechos justicieros no aminoran mi sufrimiento. Quizás entonces deba proceder con mayor rabia.  Perdóname querido, pero es algo que tengo que hacer y espero que lo entiendas.  Aunque bueno, jamás has entendido nada que venga de mí así que no importa, mira, ya me acostumbré a ello. Soy inmune. 

 Debo revelarte que verte amarrado de manos y pies me da un poco de ternura. Te ves tan indefenso. Pareces un cachorrito asustado con esa mirada tan cristalina, con tus ojos bien abiertos. Como cuando te metías en problemas y acudías a mí para obtener un poco de refugio en mi pecho tibio y entre mis brazos.  

 ¡Ay querido! ¡Qué tiempos aquellos! Te amaba tanto. ¿Lo recuerdas? No lo creo, ¿verdad? Estabas demasiado ocupado entre las piernas de las putas con quienes te divertías que sin duda, no tuviste oportunidad ni de extrañar mi cariño. Pero ¿sabes algo? Yo sí te extrañaba. A pesar de que siempre fuiste tan mal amante, te echaba de menos. En ese tiempo, ignoraba que había mejores cosas en la vida y como eras la única persona con quien yo liberaba mis impulsos sexuales, pues a menudo te extrañaba.  

 Ahora comprendo que aunque lo hubieras deseado, no era humanamente posible fornicar tantas veces y con tantas personas al día. ¡Pobre de tí! Después de revolcarte durante horas en la clandestinidad de habitaciones rentadas, llegar a casa para satisfacer a tu mujer debió haber sido un duro reto que obviamente no pudiste asumir.  Por eso pretextabas cansancio y te dormías enseguida.  

Recordar tus desprecios me ha provocado nuevamente un endemoniado coraje. Y siento que las lágrimas quieren asomarse en mis ojos pero me prometí que no volvería a  llorar por tí, ni en tu velorio. Pero me cuesta trabajo. Hay una parte de mí que sigue siendo frágil como cuando era aquella niña que conociste. Creo que necesito algún tipo de paliativo, porque empiezo a sentirme verdaderamente mal. Espérame aquí, querido. No te muevas. Vengo en seguida. 

Jajaja, disculpa, no fue ironía. Olvidé que estando amagado y sedado sería imposible para ti ir a algún lado. No me tardé, lo puedes ver. Solamente fui a aspirar un poco del polvito blanco que siempre traes en tu cartera. Ahhh, ¡qué bien me siento ahora! Ya sé porqué lo consumías, tiene un poder curativo sorprendente. Hasta me siento con ánimos de reir. ¡Deberíamos brindar, mi cielo! 

 Siempre quisiste verme ebria, ¿no es así? Hoy será ese día. Mírame bien, ya no soy esa chamaca aburrida que no tiene vicios y que se conduce con honestidad y rectitud por la vida. ¡No, ya no! Esos cuentos baratos ya los sepulté junto con el amor que un día te tuve. Traeré algo de alcohol y dos vasos. Veré qué encuentro en la cocina. Supongo que no tengo cualidades de barman, pero será una bebida muy especial. Mira, encontré un licor de ciruela, vino blanco, tequila, mezcal y vodka. Pondré un poco de cada cosa en un vaso y lo mezclaré. ¡Rayos! Esto sabe fenomenal. Patentaré mi mezcla y la llamaré “vengadora”, jajaja.  

La próxima vez -si es que hay próxima- que te vayas de juerga con tus amigos o con tus putas de compañía, pide en la barra una “vengadora” y disfrútala pensando en mí. Pero ahora, abre la boca y bebe conmigo. Hasta el fondo, como los machos. Y no la escupas, no seas grosero. No mientas una vez más diciéndome que no te gusta, si durante años llegaste a casa con aliento ethílico, embrutecido por tanto alcohol y sabrá dios que cosas.  

 Mira querido, cuando sugeriste que nos quitáramos las máscaras he de confesarte que no calibré los alcances que esto pudiera traer. No puedo perdonarte tus infidelidades, tus mentiras, tu hipocresía, tu falsedad. Me siento una mujer muerta en vida. Vivo, porque por definición si respiro estoy viva, pero tú bien sabes que dentro de mi corazón y de mi espíritu no hay nada. Me dejaste vacía.  Como un maldito lobo entre sus fauces te llevaste lo bueno que habitaba en mí. Y ahora no queda nada. ¿Era necesaria tanta sinceridad a estas alturas de nuestras vidas? Mi rumbo está ya bien lejos del tuyo, he cambiado la dirección de mi mirada. Y tú también, tu rumbo es otro y con tanta libertad, seguramente debes estar gozando toda clase de depravaciones que suelen gustarte. 

 Así que bueno, querido, si lo que deseabas era quitarte las caretas para así sentir menos cargos de conciencia, yo te ayudo. Es por eso que te tengo inmóvil y adormecido. Así te dolerá menos, creo.  

 Traje el bisturí que me robé del consultorio del vecino la otra tarde. Con él te haré un buen corte y te despojaré de esa miserable cara de virtuoso que tienes, para que dejes de ir mintiendo por la vida y para que seas auténtico. Ten confianza en mí, tú sabes que siempre he tenido excelente pulso y no te haré un corte feo. Será justo desde la frente y hasta la barbilla. No soy cirujana pero acepto el reto por ti. No tengas miedo. No pongas esa mirada, que esta noche no me conmueve.

 Me pondré unos guantes porque  pinté hace rato mis uñas y no quiero arruinar mi manicure. Y empezaré con este ritual, cortando justo donde comienza el crecimiento del cabello, en la frente.  

¡Diablos! ¡Nunca me imaginé que sangraras tanto! Y aún así toda tu sangre no se equipara a mis lágrimas derramadas por tu desamor y tu maldad. ¡Qué lamentable espectáculo! Y la insición apenas supera los dos centímetros. Deberíamos mejor ir al baño porque aquí ensuciaremos demasiado. Me empiezo a sentir mareada, querido. Creo que voy a vomitar. No puedo continuar. Me duele la cabeza. ¡Qué olor! Tengo náuseas. Mejor vete si puedes. Huye.

 Yo estaré en el baño observando el bisturí que desea hundirse en mis venas para terminar de una vez con tanta amargura. Y nuevamente tu voz parece un eco en mi cabeza que me llama con supuesta ternura y benevolencia. ¡Cualquier persona que te oyera creería en ti! ¡Eres tan buen actor! Y comienzo a llorar sin poder contenerme. Porque sigo siendo esa maldita niña débil y frágil que se esconde en la careta de fuerte. Y porque es inmenso el dolor que me has causado y eso me tiene tan transtornada.

 Sí, todos llevamos máscaras en la vida, me queda claro. Pero querido, mis máscaras no lastimaban a nadie y mucho menos a ti. Mi máscara sigue siendo el de una mujer indestructible, aunque mira… ¡qué mentira más grande! Pero por favor, no le digas a nadie, me gusta que piensen que es verdad.

 No puedo parar de llorar. Me siento devastada y cansada. Cansada de luchar. Cansada de vivir entre tanta porquería. Adiós, querido. Qué bueno que estás inconsciente porque así no puedes ver lo manchada que está quedando mi ropa con mi propia sangre. Mira, esta blusa es la que compré para mi cumpleaños y con ella me sentía tan bonita. Hoy no me siento así, y ensangrentada me veo seguramente, muy fea. Quisiera alcanzar mi maquillaje para lucir mejor en este largo viaje que ya comenzó,  pero querido… me faltan las fuerzas. No puedo ya ni levantar mi mano para acercarme el cepillo y alisar mi cabello.

 Cuando me encuentres, estaré pálida. Espero que entiendas entonces todo lo que te llevaste de mí: mi color, mi ilusión, el brillo tierno que habitó una vez en mi mirada. ¿Para qué lo querías? ¿Para qué me lo robaste?

Antes de irme déjame decirte que te equivocabas. No todos los hombres son como tú. Yo conocí hace poco a alguien que también tiene un brillo especial en sus ojos, incluso se parece a mí. Pero él, desgraciadamente, pertenece a otro mundo.

 Adiós, querido. Adiós para siempre. Y perdóname por favor, por haberte dado tanto y por haber sido inmaculada para ti… 

 

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 13 I  2008 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2008- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e