
¿En
qué momento mi alma se volvió
igual de estéril que la tuya?
Después de ese agónico trance, estoy aquí. Estática,
incapaz de articular un solo movimiento, observando con horror cómo,
una a una, las máscaras se van cayendo. Y no es que antes pensara
que no existían, sólo que nunca dimensioné su tamaño.
Sí; te estoy hablando a ti, querido.
Sé que fingirás no escucharme porque hay cosas que
conviene no oir. Es más cómodo. Es lo fácil. Aunque en este momento
he empezado a creer que verdaderamente de mi pescuezo no salen más
que sonidos guturales amorfos. No sé si es porque me he quedado sin
voz o si es porque tú y yo hablamos un dialecto diferente y nos
percatamos demasiado tarde de ello.
No entiendo cómo puede haber tanta maldad dentro de
tí. No había razón de tanta ofensa, de tanto desprecio, de tanta
saña.
Daría lo poco que queda en mi interior por no
haberte conocido jamás. No sólo has sido el peor error de mi vida,
sino también el más macabro y el más doloroso. Ojalá con tu partida
te llevaras también mi decepción y mi odio. Pero no es así. Siguen
en mí; subsisten conmigo.
Cada noche escucho a lo lejos, como en un eco apagado,
tu voz suplicando uno de mis besos, jurándome amor disfrazado de
burla. Me parece ver tus pupilas dilatas narcotizadas observándome,
llenas de lujuria y deseo, rogando por un episodio de desenfreno
bestial. Hasta he llegado a sentir tus ásperas manos tocando mi
piel, sujetándome con fuerza y dejándome cicatrices y quemaduras en
todas partes.
¿En verdad nunca te diste cuenta con qué clase
de mujer estabas conviviendo? Yo no era mala, tú lo sabes. Era por
el contrario, estúpidamente ingenua. Pero a tu lado aprendí a ser
calculadora, maquiavélica y despiadada; era cuestión de
sobrevivencia. Tuve al mejor de los maestros en este sentido.
Hoy, tengo tan endurecido mi corazón que hasta te
puedo asegurar que gozo con tu dolor. Cada gota de sangre que
escurre por tu rostro, lo disfruto. Aunque para que exista verdadera
justicia, debiera desangrarte entonces por completo y con absoluta
lentitud, para cobrarme cada una de las lágrimas que en tu nombre
lloré. Porque sí, ya lo ves, tengo que confesarte que la venganza es
la única palabra que cabe en mis esquemas.
¡Qué justicia divina ni qué nada! Ni siquiera
estoy segura que exista un dios como para resignarme a concederle a
él la dicha de cobrarte la factura de tus faltas. Si tú me
agrediste, yo te agredo y con ello saldamos cuentas.
Pero francamente, estos hechos justicieros no
aminoran mi sufrimiento. Quizás entonces deba proceder con mayor
rabia. Perdóname querido, pero es algo que tengo que hacer y espero
que lo entiendas. Aunque bueno, jamás has entendido nada que venga
de mí así que no importa, mira, ya me acostumbré a ello. Soy
inmune.
Debo revelarte que verte amarrado de manos y
pies me da un poco de ternura. Te ves tan indefenso. Pareces un
cachorrito asustado con esa mirada tan cristalina, con tus ojos bien
abiertos. Como cuando te metías en problemas y acudías a mí para
obtener un poco de refugio en mi pecho tibio y entre mis brazos.
¡Ay querido! ¡Qué tiempos aquellos! Te amaba
tanto. ¿Lo recuerdas? No lo creo, ¿verdad? Estabas demasiado ocupado
entre las piernas de las putas con quienes te divertías que sin duda,
no tuviste oportunidad ni de extrañar mi cariño. Pero ¿sabes algo?
Yo sí te extrañaba. A pesar de que siempre fuiste tan mal amante, te
echaba de menos. En ese tiempo, ignoraba que había mejores cosas en
la vida y como eras la única persona con quien yo liberaba mis
impulsos sexuales, pues a menudo te extrañaba.
Ahora comprendo que aunque lo hubieras deseado,
no era humanamente posible fornicar tantas veces y con tantas
personas al día. ¡Pobre de tí! Después de revolcarte durante horas
en la clandestinidad de habitaciones rentadas, llegar a casa para
satisfacer a tu mujer debió haber sido un duro reto que obviamente
no pudiste asumir. Por eso pretextabas cansancio y te dormías
enseguida.
Recordar tus desprecios me ha provocado nuevamente un
endemoniado coraje. Y siento que las lágrimas quieren asomarse en
mis ojos pero me prometí que no volvería a llorar por tí, ni en tu
velorio. Pero me cuesta trabajo. Hay una parte de mí que sigue
siendo frágil como cuando era aquella niña que conociste. Creo que
necesito algún tipo de paliativo, porque empiezo a sentirme
verdaderamente mal. Espérame aquí, querido. No te muevas. Vengo en
seguida.
Jajaja, disculpa, no fue ironía. Olvidé que estando
amagado y sedado sería imposible para ti ir a algún lado. No me
tardé, lo puedes ver. Solamente fui a aspirar un poco del polvito
blanco que siempre traes en tu cartera. Ahhh, ¡qué bien me siento
ahora! Ya sé porqué lo consumías, tiene un poder curativo
sorprendente. Hasta me siento con ánimos de reir. ¡Deberíamos
brindar, mi cielo!
Siempre quisiste verme ebria, ¿no es así? Hoy
será ese día. Mírame bien, ya no soy esa chamaca aburrida que no
tiene vicios y que se conduce con honestidad y rectitud por la vida.
¡No, ya no! Esos cuentos baratos ya los sepulté junto con el amor
que un día te tuve. Traeré algo de alcohol y dos vasos. Veré qué
encuentro en la cocina. Supongo que no tengo cualidades de barman,
pero será una bebida muy especial. Mira, encontré un licor de
ciruela, vino blanco, tequila, mezcal y vodka. Pondré un poco de
cada cosa en un vaso y lo mezclaré. ¡Rayos! Esto sabe fenomenal.
Patentaré mi mezcla y la llamaré “vengadora”, jajaja.
La próxima vez -si es que hay próxima- que te vayas
de juerga con tus amigos o con tus putas de compañía, pide en la
barra una “vengadora” y disfrútala pensando en mí. Pero ahora, abre
la boca y bebe conmigo. Hasta el fondo, como los machos. Y no la
escupas, no seas grosero. No mientas una vez más diciéndome que no
te gusta, si durante años llegaste a casa con aliento ethílico,
embrutecido por tanto alcohol y sabrá dios que cosas.
Mira querido, cuando sugeriste que nos
quitáramos las máscaras he de confesarte que no calibré los alcances
que esto pudiera traer. No puedo perdonarte tus infidelidades, tus
mentiras, tu hipocresía, tu falsedad. Me siento una mujer muerta en
vida. Vivo, porque por definición si respiro estoy viva, pero tú
bien sabes que dentro de mi corazón y de mi espíritu no hay nada. Me
dejaste vacía. Como un maldito lobo entre sus fauces te llevaste lo
bueno que habitaba en mí. Y ahora no queda nada. ¿Era necesaria
tanta sinceridad a estas alturas de nuestras vidas? Mi rumbo está ya
bien lejos del tuyo, he cambiado la dirección de mi mirada. Y tú
también, tu rumbo es otro y con tanta libertad, seguramente debes
estar gozando toda clase de depravaciones que suelen gustarte.
Así que bueno, querido, si lo que deseabas era
quitarte las caretas para así sentir menos cargos de conciencia, yo
te ayudo. Es por eso que te tengo inmóvil y adormecido. Así te
dolerá menos, creo.
Traje el bisturí que me robé del consultorio
del vecino la otra tarde. Con él te haré un buen corte y te
despojaré de esa miserable cara de virtuoso que tienes, para que
dejes de ir mintiendo por la vida y para que seas auténtico. Ten
confianza en mí, tú sabes que siempre he tenido excelente pulso y no
te haré un corte feo. Será justo desde la frente y hasta la barbilla.
No soy cirujana pero acepto el reto por ti. No tengas miedo. No
pongas esa mirada, que esta noche no me conmueve.
Me pondré unos guantes porque pinté hace rato mis
uñas y no quiero arruinar mi manicure. Y empezaré con este ritual,
cortando justo donde comienza el crecimiento del cabello, en la
frente.
¡Diablos! ¡Nunca me imaginé que sangraras tanto! Y
aún así toda tu sangre no se equipara a mis lágrimas derramadas por
tu desamor y tu maldad. ¡Qué lamentable espectáculo! Y la insición
apenas supera los dos centímetros. Deberíamos mejor ir al baño
porque aquí ensuciaremos demasiado. Me empiezo a sentir mareada,
querido. Creo que voy a vomitar. No puedo continuar. Me duele la
cabeza. ¡Qué olor! Tengo náuseas. Mejor vete si puedes. Huye.
Yo estaré en el baño observando el bisturí que
desea hundirse en mis venas para terminar de una vez con tanta
amargura. Y nuevamente tu voz parece un eco en mi cabeza que me
llama con supuesta ternura y benevolencia. ¡Cualquier persona que te
oyera creería en ti! ¡Eres tan buen actor! Y comienzo a llorar sin
poder contenerme. Porque sigo siendo esa maldita niña débil y frágil
que se esconde en la careta de fuerte. Y porque es inmenso el dolor
que me has causado y eso me tiene tan transtornada.
Sí, todos llevamos máscaras en la vida, me queda
claro. Pero querido, mis máscaras no lastimaban a nadie y mucho
menos a ti. Mi máscara sigue siendo el de una mujer indestructible,
aunque mira… ¡qué mentira más grande! Pero por favor, no le digas a
nadie, me gusta que piensen que es verdad.
No puedo parar de llorar. Me siento devastada y
cansada. Cansada de luchar. Cansada de vivir entre tanta porquería.
Adiós, querido. Qué bueno que estás inconsciente porque así no
puedes ver lo manchada que está quedando mi ropa con mi propia
sangre. Mira, esta blusa es la que compré para mi cumpleaños y con
ella me sentía tan bonita. Hoy no me siento así, y ensangrentada me
veo seguramente, muy fea. Quisiera alcanzar mi maquillaje para lucir
mejor en este largo viaje que ya comenzó, pero querido… me faltan
las fuerzas. No puedo ya ni levantar mi mano para acercarme el
cepillo y alisar mi cabello.
Cuando me encuentres, estaré pálida. Espero que
entiendas entonces todo lo que te llevaste de mí: mi color, mi
ilusión, el brillo tierno que habitó una vez en mi mirada. ¿Para qué
lo querías? ¿Para qué me lo robaste?
Antes de irme déjame decirte que te equivocabas. No
todos los hombres son como tú. Yo conocí hace poco a alguien que
también tiene un brillo especial en sus ojos, incluso se parece a mí.
Pero él, desgraciadamente, pertenece a otro mundo.
Adiós, querido. Adiós para siempre. Y perdóname por
favor, por haberte dado tanto y por haber sido inmaculada para ti…
destiempos.com
I
Año 3 I Número
13
I
2008 ©
volver al índice

Copyright 2006-2008-
destiempos.com - All Rights Reserved
- publicación de
12e