México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

Agustín Toro Solís Ovando. Chileno, ingeniero Comercial con menciones de Economía y administración de Empresas titulado por la Universidad de Concepción.Ex Académico de la facultad de Leyes de la Universidad Católica y Santa María, ex sede Universidad Católica Talcahuano; Universidad Metropolitana de la Educación, Ex Pedagógico de la Universidad de Chile. Perito Contable financiero Corte de Apelaciones. Experto en Evaluaciones Ex-post. Colaboraciones en: El- Recreo.com y Críti

 

 Estoy tendido en un ancho y cómodo sofá de tres cuerpos, la música suena con fuerza. Permanezco acostado mirando el techo mientras la voz de Charly y los coros de Nito se perciben clara y armoniosamente. Escucho a Sui Generis. La canción que están tocando es: Confesiones de Invierno. Pongo atención a su letra que dice: “me echó del cuarto por no tener profesión… ¿quién me dará un crédito?, sólo sé sonreír”. La balada impregna todo el pequeño departamento, casi un cuarto, con todo apelotonado: cocinilla, baño, sala y dormitorio con sofá cama. 

Sus frases rondan mi mente. Me doy cuenta que esa situación se  ajusta mucho a mi vida. ¿Quizás ése podría ser mi destino? –Medito.  Quedarme en algún refugio, aislado del mundo. La cárcel no me gusta, es inhóspita y suele acarrear muchos problemas; para qué hablar de las violaciones. Uf, en realidad, no, esa opción no me sirve ni me gusta; especulo distraídamente, mientras sigo el ritmo con los pies, moviéndolos de un lado hacia otro, imitando el ritmo de la canción. 

¿Mejor sería un Asilo? No, eso es medio tétrico, entre tanto loco suelto por ahí. Finalmente, concluyo que una Casa de Reposo privada sería lo más conveniente. ¿Pero cómo hago para que me lleven allá sin pagar ni un duro?, me pregunto y respondo yo mismo. 

Pensándolo bien, aquello no es una mala idea, ya que así consigo patente de corso para hacer cualquier cosa que se me venga en ganas, y quedo impune. ¡Sería el sueño del transgresor! ¡Al fin se me ocurre algo provechoso! 

 Oigo el timbre…. ¿Quién podrá ser?, pienso intrigado, pues no he quedado de verme con nadie. Miro por el ojo de la puerta y veo a Verónica. Luce un vestido de verano, color blanco crudo, que se transparenta totalmente; de seguro que como siempre anda sin sujetador. Se sabe hermosa y le gusta revelarlo a quien quiera verla, eso sí, a la distancia, muy lejos, pues  curiosamente es bastante apegada a ciertos formulismos y sólo gusta de un exhibicionismo velado, inalcanzable. Ella es la compañera excelente para un nuevo “loco”, ya que se alarmará de inmediato ante cambios bruscos de actitudes o trastornos, colijo de inmediato. Dudo en abrir la puerta, porque la última vez que peleamos fue por nuestro futuro como pareja y porque yo, tal como cantaba Sui Generis, sólo sé sonreír. Tomo aire y abro la puerta con una actitud tan resuelta que hasta yo me sorprendo de que sea capaz de tal histrionismo.

         –Hola mi amor, como has estado. Lo siento tanto... no debí haberme exaltado y dicho aquellas cosas… –Susurra Verónica junto a mi oído, para luego voltear un poco y besarme profusamente.

 Yo no respondo. Mantengo los labios cerrados y la mirada fija en ella, tan sostenida que ella titubea, y luego se asusta.

–¿Qué te sucede Guillermo?, estás muy raro; nunca te había visto así.

–Nada, sólo te observo, veo cómo eres en realidad –digo con rabia.

 –¡Guillermo, no me mires así! Das miedo... ¡Estás fuera de ti! Cálmate, mi amor, por favor.

 Estamos en el umbral de la puerta  y, por tanto, luego de un rato tenemos encima a una serie de pares de ojos. Otras puertas vecinas apenas se abren, para escudriñar qué sucede. –¡Ésta es la mía!–, decido.

  La tomo por la garganta con las dos manos, apretando sólo un poco, sin herirla ni hacerle daño, pero sí para que se asuste de verdad. Asimismo, doy un alarido desaforado:

 –¡Furcia, mentirosa, arribista, déjame vivir en paz!

 Mientras grito y sigo sosteniéndola del cuello, por lo menos diez manos me jalan para que la suelte. De súbito percibo algo duro que golpea mi sien, me atonta y caigo al suelo. Soy aprisionado de cuello, manos y tobillos. Me amarran, dejándome tendido boca abajo. Aúllo como demente, hasta que me amordazan con varios echarpes. Aún así, trato de darme vueltas y vueltas. No hay caso, estoy inmovilizado por completo.

 Verónica está como enajenada, no atina a nada, sólo llora y solloza con hipos.

 –Llamemos a la familia –propone uno de mis vecinos.

 Alzan a Verónica del suelo y le hablan para que llame a su casa y que envíen una ambulancia. Ella lo hace y avisa a su padre,  pero sin contarle lo del apretón de garganta.

 –Mando de inmediato una ambulancia para que lleven a Guillermo a una Casa de Reposo y lo vea un especialista –el alto volumen del celular de Verónica me permite escuchar a su padre.

 Estoy seguro de que su ayuda es porque supone que ya estamos comprometidos, aunque yo nunca le he gustado mucho, a pesar de que conoce a mi familia... ¡Supiera el viejo que estamos peleados!

 –Gracias, papá –oigo la voz acongojada de Verónica cuando asiente.

 –No te preocupes mi niña, déjalo en mis manos, tú despreocúpate de eso y ve que atiendan bien a tu novio, porque de seguro que el vago de su padre no hará nada por él, como siempre –me entero, antes de que desconecte el celular.

 Por algún motivo que yo desconozco Verónica se siente culpable de lo que me está pasando. Sin pensarlo dos veces decido aprovechar esta circunstancia que propicia mi plan, si es que tengo uno, porque hasta ahora sólo he improvisado para lograr un lugar donde estar en paz y atendido, nada más. Cualquiera que éste sea, ya estoy en ello, así que “a lo hecho, pecho”, como decíamos años atrás en la Facultad de Derecho, antes de que me retirara ¿o que me expulsaran? Ya ni me acuerdo. 

Llego en ambulancia a una lujosa Clínica de Reposo, eufemismo para un simple manicomio. Me bajan tomado de ambos brazos. Arribando a la recepción, Verónica me anuncia con ternura:

 –Mi amor, no te preocupes que yo me encargo de todo, tú ve y descansa.

  Forcejeo, pero me llevan a rastras a la pieza, y me acuestan en una pequeña cama. Siguiendo mi plan, me levanto de inmediato y empiezo a correr gritando como trastornado. Dos enfermeros me toman fuertemente y me devuelven en brazos a la pieza, allí colocan una especie de silla de montar arriba de mi pecho, la que me inmoviliza torso y manos. Estoy de espaldas, mirando el techo otra vez, pero ahora con comida asegurada y comodidad futura, pues he visto una piscina y un gimnasio en el patio posterior.

 Luego de un período, donde disfruto de las comodidades de la clínica, a pesar de estar casi siempre narcotizado, me percato de que no sé cuánto tiempo he permanecido aquí. Supongo que han sido sólo unas pocas semanas, pero como las visitas del doctor son discontinuas, perdí la noción del tiempo, así que no llevo bien las cuentas. Como no hay periódicos ni permiten ver las noticias de la televisión, no hay forma de saber exactamente las fechas. Tampoco tengo reloj. Esto me inquieta de sobremanera. ¿Qué pasa con Verónica, que ni los días de visita general viene por aquí? ¿Se habrá cansado de mis permanentes ataques de locura fingida? ¿Habrá hablado con el doctor? ¿Qué le habrá dicho ese cabrón?

Decidido a dilucidar esta duda, voy al mesón recepción y hablo con la enfermera:

 –Me llamo Guillermo. ¿Ha venido la señorita Verónica Marcel a verme?

 –No, hace un mes que nadie ha venido a verlo –responde ella con voz neutra y tono cortés pero distante.

  –¿Un mes?

 –Sí, un mes - ratifica ella y se alejó.

¿Qué diablos pasa aquí, cómo se me borró el tiempo que llevo en este loquerío? Deben ser los malditos remedios. ¿Por qué no habrá venido Verónica? Parece que me dejaron abandonado aquí. Diantre ¿qué voy a hacer ahora?, ella debía estar conmigo. Sospecho que mi situación no está resultando como la imaginé.

 –¡Enfermera!, señora, por favor dígame cuándo vendrá mi médico, no lo he visto desde hace días.

 –Tendría que revisar su ficha y no la tengo, ni estoy autorizada para verla. En todo caso deberá esperar su turno.

 –¿Turno? Si tengo un médico personal –replico molesto.

 –No, Guillermo, usted ya no tiene médico personal, pues pronto lo trasladarán al Hospicio Público -contesta calmada, pero con un mordaz dejo de satisfacción.

          –¿Qué?

 Casi me caigo de la impresión.  Fue un balde de agua fría. Habría esperado cualquier respuesta menos ésa. Debí estar delirando cuando se me ocurrió todo esto.

 –Por favor llame de inmediato a la señorita Marcel –sugiero gravemente.

 –No puedo hacerlo, tengo instrucciones de que usted no hable con nadie de esa familia.

 –Imposible, no, pero….no puede ser. ¿Cómo Verónica, mi novia, me va a hacer esto? -comento en voz alta, asustado, pues ya me imagino las consecuencias de ello.

 La beligerancia se esfuma de mí en un santiamén.  Resignado, voy a mi pieza para meditar tranquilo. Apenas entro noto que mis pocas pertenencias se encuentran dentro de un pequeño maletín.

 -¿Estamos listos para partir, Guillermo? –interroga uno de los enfermeros guardianes.

          –¿Y dónde iremos? –se me ocurre preguntar, no puedo evitar la ironía en mi voz.

 –Pero si ya te lo dijeron. Te vas para el Hospicio.

 –Lo que es yo no voy a ningún lado sin hablar antes con alguien de la familia Marcel, quienes pagan esto –reclamo, tratando de que mi voz suene lo más firme posible, aunque por dentro estoy temblando.

 –¿Qué pagan? Si hace más de dos meses que no paga nadie, así que te vas al Hospicio, que es para indigentes, el lugar no es tan malo, te darán comida y tendrás un pequeño cuartucho para ti  –responde el más fornido con sequedad.

 –Ya vamos luego, o saldrás en andas –barbulló el otro enfermero.

 Aún sigo en el Asilo Público, no me han dado de alta, estoy dopado todo el día pero me acostumbro. En mi cabeza resuena constantemente el final de la canción de Sui Generis: “...hace cuatro años que estoy aquí, ya no paso frío y soy feliz. Solamente muero los domingos y los lunes ya me siento bien”.

 

 

 

destiempos.com  I  Año 3 I  Número 14 I  2008 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2008- destiempos.com - All Rights Reserved - publicación de 12e