
A Adán Segado le
gusta todo lo que tiene olor a gótico. Usa ropajes negros, lee
literatura fantástica o romántica, sale a la caída del sol, ingiere
solamente alimentos opacos y bebe colas. Aprovecha su tiempo cada
vez que puede visitando las iglesias góticas que se encuentran en su
camino, principalmente aquella donde su camarada Ludo toca el
órgano. Venera Drácula, pues el mito del vampiro es aquel del amor
eterno. Le fascina vivir entre penumbras, detesta la agresividad,
las groserías y las banalidades. Aunque diga que actualmente se
encuentra un poco alejado del movimiento, se le ve a menudo
paseando su barbita de punta por los cabarets a la moda gótica para
encontrarse con los adeptos e intercambiar ideas y libros. Además
recorre cotidianamente los cementerios, donde según su punto de
vista, se encuentran los verdaderos góticos, es decir los góticos
muertos, entre los cuales él asegura haber encontrado sus verdaderos
amigos.
Su compromiso con el movimiento
debuta con su rebelión juvenil. Comienza por llevar ropa negra en
el colegio. Pero hoy no esta muy de acuerdo con sus coetáneos. La
obsesión de los góticos de preconizar una semejanza absoluta entre
los sexos, para hacer desaparecer las diferencias y de esta manera
interesarse a lo que la persona es realmente, le parece una teoría
un poco confusa y andrógina. Entonces, sabiamente él a preferido la
tranquilidad de las necrópolis y la compañía de los difuntos, pues
ellos al menos no le impondrán reglas dogmáticas.
Sus paseos cotidianos por el
cementerio de Ixelles, lo llenan de felicidad. Adora caminar con
seguridad por sus callejuelas vacías y desiertas, entre tumbas y
lápidas. El confiesa a sí mismo, que al menos ahí, su prestancia no
da miedo a nadie. A Adán le encanta además la apariencia algo
espectral que emana de ciertos monumentos funerarios medios
escondidos por árboles centenarios que inclinados por el viento
enrabiado exhalan gemidos lastimeros.
En este preciso instante se encuentra
extasiado escuchando el ruido seco y metálico de la vieja pala del
sepulturero apisonando la tierra, golpeando los pedruscos tantas
veces removidos, lo cual produce siempre un eco dentro de su tórax
desguarnecido de afectividad, que le corta el aliento por un
pequeño instante. Sorpresivamente, el viento glacial del otoño lo
atraviesa como si fuera una lámina de acero. El sol aprovecha esta
circunstancia para desaparecer subrepticiamente, con toda su
plenitud. A lo lejos, un piar siniestro anuncia la eminente llegada
del invierno.
El jadeo del viejo obrero municipal
lo trae bruscamente a su melancólica realidad. Una espesa neblina
reduce rápidamente las tristes avenidas, pero a su vez embellece
los apellidos de letras doradas o negras de los poseedores de los
mausoleos. La noche comienza a caer suavemente. Adán lanza un
suspiro de pena.
¡Oh, es la hora de irse! - se dice - ¡Y cuando
hay que irse hay que hacerlo! Pero no sin antes mirar una última
vez a mi amada.
Apenas fija su mirada en la mujer, una
dulce embriaguez se apodera de él, pues adora su largo porte, esos
cabellos cayendo sobre su espalda y que forman un contraste
agradable con la frescura de su cuerpo, esa mirada que refleja la
ingenuidad de su espíritu, su piel blanca y esos pechos pequeños que
desafían el mundo de los vivos. El conjunto forma una espléndida y
rutilante imagen de tristeza y muerte.
Retrocede despacio para decir -más
cómodamente- adiós a la mujer de sus sueños, pues el apacible halo
de misterio que envuelve a la encantadora Clio, se hace más evidente
todavía entre la bruma negra que la envuelve. Súbitamente siente
que dos manos colocadas sobre sus delgados omoplatos le impiden
moverse. Se da vuelta de inmediato. Es otra magnífica joven mujer,
toda vestida de negro.
-¿Y de dónde sale usted? - le pregunta, medio
atontado por la impresión.
-¡Oh! La puerta estaba todavía
abierta de par en par, entonces he entrado como lo hago cada Día de
Difuntos - respondió ella con una sonrisa resplandeciente, mientras
el viento jugaba con su cabellera negra y brillante.
-¿Qué me está tratando de decir? No
le comprendo - pregunta Adán algo aturdido y mirándola de hito en
hito.
-¡Ah, sí! - replica con prontitud la
joven mujer, tomando un tono un poquitín irónico - ¡Pues bien! Creo
que es necesario ser indulgente con el pobre señor. Puede que él no
soporte que sus dominios sean invadidos.
- ¡Por favor señora...!
- ¡Señorita, por favor!- lo corta en seco ella.
- ¡Así sea! Señorita- retoma él un
poco estupefacto - ¡Por favor! Desearía comprender qué está usted
haciendo aquí y no todo ese trabalenguas que me cuenta.
- Por supuesto señor. De inmediato
- vuelve a comenzar ella, esta vez francamente divertida - He aquí
los hechos señor: Mi madre murió en Sudamérica, entonces yo, cada
año vengo aquí el día de Todos los Santos para recordarla. Me paseo
entre otros muertos y eso me da la impresión de estar más próxima de
ella. Es algo simbólico. ¿Comprende ahora el caballero? ¡Bueno!
Normalmente vengo más temprano, pero hoy día he debido venir antes
del cierre pues he tenido muchas cosas que hacer esta mañana. Claro
que yo ignoraba completamente que usted se había comprado el
cementerio para usted sólito. ¡Perdóneme! El próximo año iré al de
Auderghem. ¡Lo prometo!
En el medio gótico, Adán se había
habituado a toda clase de encuentros imprevistos. Por lo que un
suceso tan anodino como el hecho de bascular esta pobre mujercita -
claro que bellísima - no podía llamar su atención de manera
especial. Por lo tanto decide no respoderle, dándole así a la
intrusa un motivo para que se dirija hacia la salida de una vez por
todas.
¡Hostias! La mujer se queda pegada a
sus pretinas.
Ella lo sigue hacia la salida. La
noche había llegado con toda esa belleza sombría que Adán adora tan
intensamente. Si bien los comienzos fueron un poco enervantes,
pareciera ser que la alquimia entre Adán y Lilih funciona de
maravillas.
- ¡Está vestida de negro como una
verdadera gótica! - observa admirado - ¡Incluso su lápiz labial es
negro! ¿Será acaso una Goth? - piensa.
Ahora que la ironía pasó, ella se
muestra seria, tal vez debido a una especie de timidez. Aunque poco
experimentado, él ha logrado sin embargo, jugando al indiferente,
a apaciguar la sílfide salvaje, pero que de pronto se convierte en
amazona. Pasa delante de él y le lanza toda la artillería que ella
denomina su “defensa y ataque”.
- ¿Eres algo loco, verdad? Confiesa
al menos que has hecho una entrada algo inhabitual en mi vida. El
cementerio es un lugar donde se viene a dejar la gente. ¡No se
viene aquí para hacerse de amigos! – le sonríe ella con burla.
Todo lo que tiene que ver con lo
funerario pertenece a mi mundo –dice él con aire de soñador - La
muerte forma parte de las cosas que sobresalen de lo real. Las
personas que estamos detrás del movimiento gótico somos apasionadas
por lo mortuorio, pero somos muy abiertas. Acaso más abiertas que
las personas tradicionales. Actualmente, dicho sea de paso, el grupo
pasa por una crisis de hermafroditismo, y como me siento un hombre
completo, prefiero por el momento pasearme entre mis amigos
fallecidos. Espero que la crisis pase y que cada uno tome de nuevo
el rol sexual que le corresponde, en conciliación con lo que la
naturaleza le ha dado.
- ¿Y qué haces tú con las personas
del mismo sexo pero que se aman?
- Esta claro que esos sentimientos
forman parte de la gran experiencia humana. No me molestan en
absoluto. Lo que me perturba es la idea de querer ser hombres y
mujeres al mismo tiempo. Tomar los dos roles. No estoy de acuerdo.
No me agrada la ambigüedad.
- ¿ Y ustedes se drogan? – pregunta
la muchacha.
- Las personas confunden a menudo a
los Goths con los drogadictos o los obsesionados - explica Adán -.
Incluso nos han tratado de satánicos. La absoluta verdad es que no
veneramos la vida burguesa con perros y gatos, pero somos cultos,
nos gusta hablar y escribir bien y todo eso nos da una gran
seguridad personal que da pánico a la gentuza.
Llegan a la gran puerta del
cementerio, el viejo sepulturero los estaba esperando para cerrar.
Salen. El obrero cierra las puertas dando vuelta su gran llave
ofreciendo a los que salen unos chirridos tenebrosos que hacen
sonreír de dicha a Adán, pero que dan escalofríos en la nuca de
Lilih.
-¡Hasta mañana don Adán! Adiós
señorita. Les deseos unas muy buenas noches- les dice amablemente
el hombre.
Súbitamente Lilih se da vuelta hacia
Adán y le pide impulsivamente.
- Deja de jugar con tu barbita y
responde. ¿Conoces el tango gótico? – pregunta ella con sus ojos
abiertos de par en par y aproximando su rostro al de él.
- ¿El tango gótico? – pregunta
sombrado - ¿Qué es eso?
- El tango - se apresura a contarle
la mujer - es una danza gótica muy popular en Argentina. Su ritmo
impetuoso y sensual hace que en sus inicios sea rechazado por la
sociedad burguesa de la época. Luego se introdujo en Europa entre
las dos Grandes Guerras. Hoy día está un poco en el olvido, pero
renaciendo y convirtiéndose en un símbolo gótico mundial. ¡Ven! Yo
te llevo al templo del tango, allá tú podrás conocerlo - terminó de
decir alegremente la hermosa muchacha.
Y fue así como Adán fue conducido
casi por la fuerza hacia el coche de Lilih y luego puesto en ruta
hacia senderos góticos desconocidos.
El palacio bruselense de la música
latina está situado en un espléndido local en el centro de la
ciudad. Su puerta de cristal es hermosa, el corredor de la entrada
está cubierto con un tapiz rojo. El parquet encerado inunda la
pista, los muros están adornados con molduras y grandes espejos, las
lámparas art nouveau proyectan una luz clara y suave. El bar
excelentemente bien aprovisionado es capaz de contentar a los
verdaderos y falsos latinos. El ambiente es cálido, amistoso y
sensual. Es el lugar multicultural a la moda de la ciudad. Este día
estaba consagrado al tango. Hay cursos para los debutantes y para
los iniciados. Más tarde, a medianoche, ellos harán un baile donde
los mejores bailarines demostrarán su arte a los novicios.
Delante de la entrada Adán se siente
perdido. Lilih lo toma con su mano cálida y lo conduce hacia el
interior. Se instalan cerca de la pista. Al chasquido de los dedos
de la mujer aparece un mozo que trae dos cocktails medios rojizos.
Los góticos latinos presentes en la sala son casi todos vestidos de
negro, si bien ellos son un poco diferentes de los especímenes que
él acostumbra a cruzar. Las mujeres poseen vestidos negros pegados
a la piel, si bien no todas se encuentran vestidas de negro - se
dice Adán - pues hay incluso algunos hermosos vestidos rojos
cubriendo hermosas muchachas morenas, calzadas con altos tacones y
portando largas cabelleras que les cubren los desnudos hombros.
Nadie puede poner en duda que ellas son verdaderas mujeres y los
bigotudos son sin ninguna duda, vestidos ya sea de negro, azul o
blanco, hombres.
¡Y la danza! Adán está estupefacto.
Nunca había visto algo semejante. Es toda la magia de un sentimiento
convertido en danza, se siente algo en el aire como un chispa mágica
pues las personas no se contentan con moverse sino que también se
ven como inspiradas. Las reglas son claras, evidentes incluso,
saltan a los ojos. Es un juego de seducción, es en los ojos que todo
comienza. Todo está en la mirada.
Observan durante unos momentos los
bailarines que flotan en la pista.
-¡Ahora nos toca a nosotros! – dice
ella y antes de que Adán pueda balbucear una respuesta, se encuentra
en medio de la pista con Lilih danzando el tango “Cristal”
que suena por los parlantes con furor pero también con todo su
romanticismo.
Los dos cuerpos se funden en uno
solo cuando apenas comienza la danza. Todo pasa entre los brazos de
uno y de otro. La respiración se escucha. Hay una cierta pasión, una
vibración interior que se resiente fuertemente. Ella le huele el
cuerpo, él aspira el perfume que emana de los cabellos de la mujer y
siente la dulce presión de su mano que toca la parte baja de su
nuca. Adán exhala un suspiro casi de placer.
Los acordes no tienen nada que ver
con el ruido metálico y seco de la palita del sepulturero ni con la
música barroca del órgano de Ludo. Adán se da cuenta que la
resonancia del bandoneón latino le invade el cuerpo entero, lo ahoga
con sus vibraciones profundas y le estremecen el cuerpo.
- ¿Acaso esto es el amor?
Pero es demasiado. Adán tartamudea
algunas palabras de excusa y se dirige con rapidez al lavabo. Pero
lo que realmente hace es escaparse hacia la calle. Corre hasta su
último suspiro. Luego pasa el resto de la noche deambulando de un
lado a otro, con el cerebro hecho pedazos. Sabe que Clio lo espera
en el cementerio para calmarlo.
Muy de mañana llega a la puerta de
la ciudad de los muertos y espera la llegada de Castor, el
sepulturero.
-¡Vaya! ¿Ya por aquí, tan temprano
don Adán? ¿Tal vez no durmió muy bien?- ríe burlonamente el viejo
apenas lo ve, agarrado a la puerta metálica con las dos manos.
Adán no pronuncia ni siquiera una
sola sílaba. Una vez las puertas abiertas, corre hacia el prado N°
3. Allá está ella. Lo está esperando impasible como si lo esperara
desde siempre. El osa subirse sobre la tumba. Por primera vez se
aproxima de la hermosa mujer y la abraza fuertemente contra él. Tan
fuerte que los senos le hieren su pecho. El se queda así un buen
rato.
-¡No es lo mismo! - se dice,
escuchando el tango que todavía suena en el interior de su cabeza.
No hay calor, ni respiración. No hay nada. Nada más que la piedra
fría y sucia.
Desciende de la tumba con
brusquedad. Saca del bolsillo interior de su chaqueta su espléndida
Licorne negra, con pluma de plata. La lapicera de los
góticos. Saca su hermosa libreta en cuero negro vírgenes hojas.
Escribe con su mano izquierda y temblorosa en la primera página: ¿Se
pueden amar dos mujeres al mismo tiempo? Esta noche nuestras miradas
se cruzaron. Nuestros cuerpos se encontraron. Debemos amarnos para
siempre.
Se aproxima de la estatua, le
acaricia las mejillas con la punta de sus dedos. No pasa nada. El
comprende al fin. Clio es nada más que la estatua de una muerta.
Deja caer sobre la tumba su lapicera
y su libreta. La mira fijamente a los ojos, implorando.
- ¿Y ahora cómo la encuentro? No
conozco ni su nombre ni su dirección? ¿Cuándo volveré a verla? ¿Tal
vez el año próximo para Todos los Santos? ¿Pero dónde?
- ¿Aquí o en Auderghem? - le
pregunta angustiado a la hermosa Clío.
Más la bella mujer de piedra se queda muda.