
ANNUNZIATA ROSSI,
El relato del Renacimiento italiano, 2ª ed., México, UNAM /
Instituto de Investigaciones Filológicas, 2007 (Bitácora de Poética,
5).
El relato del Renacimiento italiano
es un libro para todo público, para todo aquel que quiera sumergirse
en relatos que esconden grandes sorpresas y revelan el pathos
que se vivía en la época en cuestión.
Al iniciar la lectura del
Preámbulo del libro de Annunziata Rossi, el lector se encuentra con
destellos de erudición, que lo introducen en la tradición narrativa
italiana del Renacimiento. Así, junto a Boccaccio, manan otras
fuentes: “Apuleyo y la novela grecolatina; la narrativa oriental a
través de las colecciones españolas; las máximas de Séneca; la
Biblia y los Evangelios; Petrarca con sus anécdotas de Rerum
Memorandarum; la novela española Tirant lo Blanc y, en
fin, la tradición del Quattrocento… Sin embargo, la
influencia determinante es la de Boccaccio” (p. 9).
Y si de una antología de
relatos se trata, es pertinente detenerme en la siguiente afirmación
de la autora: “El cuento empieza con la historia misma de la
humanidad, y nunca ha existido un pueblo sin cuento. Barthes habla
de la variedad prodigiosa de sus formas y de su presencia en todos
los tiempos y en todos los lugares. Sin embargo en el Renacimiento
se presenta con una novedad que nace de la invención de la imprenta
y de las primeras editoriales que desarrollaron una actividad
asombrosa por aquellos tiempos” (pp. 9-10).
Los cuentos vienen a
constituirse como un reflejo, recreación o crítica de las costumbres
locales (y sus vicios), ya que exhiben las características
personales o colectivas de la naturaleza humana.
Puesto que el cuento –dice
la autora- “puede ayudarnos a reconstruir la vida afectiva, la
sensibilidad y la mentalidad de una época, ayudarnos a hallar un
cuadro conjunto del desarrollo psíquico del hombre” (p. 11). Y es
que, en efecto, el cuento (relato, novellistica) encierra contenidos
psíquicos valiosos relativos a la época en que es publicaron y
también constituyen una fuente inagotable de ficciones literarias.
Además, el oyente o lector lo identifica con su propia experiencia
vital (en su totalidad o en alguna de sus partes) –dados sus
contenidos plenos de obsesiones, pulsiones y tensiones que, como
diría Régnier- Bohler– tienden a darle al individuo determinado
lugar en lo colectivo, así como que sea incorporado a su conciencia.
Y no hay que olvidar que
si bien las costumbres han cambiado, las pulsiones y obsesiones de
la última Edad Media no están tan lejanas de nuestro siglo. De ahí
la importancia de los relatos que se compilan en el libro de
Annunziata, pues como ella misma afirma: “los relatos del
Renacimiento quedarán siempre como espejo, un documento de la vida
en Italia del Cinquecento, fuente indispensable para la
historia de la vida moral y de las costumbres de este siglo” (p.
11). Así que si queremos conocer las usanzas y las pasiones del
siglo XVI en Italia podemos recurrir con mayor certeza –incluso de
la que nos proporcionan los historiadores– a estos breves relatos,
sobre todo a los de un maestro de la descripción como es Matteo
Bandello.
La antología que reseño
ofrece relatos –en una cuidada traducción– que están dentro del
ámbito de lo trágico y de lo patético y que manifiestan un interés
“hacia el mundo de las pasiones humanas: juego, amor, odio, celos,
envidia, crueldad, venganza y pasiones comunes a la violencia del
despiadado siglo XVI” (p. 11).
Los criterios de selección
responden a motivaciones que la propia autora confiesa: una
exigencia unitaria, dada su brevedad y también a un gusto personal
por las tramas que tratan las pasiones humanas.
Este libro es crucial y
diría yo hasta imprescindible, porque con ejemplos muestra la
importancia que el relato del Renacimiento tuvo en el germen del
teatro europeo: “le dio –según dice la autora– el mito, el
contenido, la trama, las pasiones humanas” (p. 13). En este tenor,
resulta de sumo interés el relato de Bandello, Ugo y Parisina,
que retoma Lope de Vega en su magistral obra El castigo sin
venganza. Cito a Rossi: “Lope toma la trama del italiano y la
maneja a su modo, es decir, la `nacionaliza´ introduciendo la figura
del donaire y mudando el final según la concepción de la honra
–virtud que es típica y obsesivamente lopesca–. Sin embargo, existe
cierta afinidad entre el más grande Lope y el menos grande Bandello…
Y, tomando como ejemplo al dramaturgo inglés –el sumo de todos– él
no sólo se sirve para sus comedias del relato y de la comedia del
arte italianos, sino que es influenciado por la cultura italiana”
(p. 16-17). Tenemos como ejemplos en esta antología la pieza del
veneciano Luigi Da Porto, intitulada Historia de dos nobles
amantes, y conocida como Giulietta e Romeo, que
Shakespeare retoma, manteniendo “el lírico patetismo y la linealidad
de la trama del original italiano” (p. 45). O El moro de Venecia
del ferrarés Gian Battista Giraldi Cinthio; de este relato “tomó su
punto de partida Shakespeare para llevar al teatro, ennobleciéndola,
la figura de Otelo” (p. 291).
Previamente a la
traducción de los relatos, Rossi presenta una breve pero ilustrativa
semblanza de cada autor, la que nos lleva a ubicar los respectivos
relatos en su contexto histórico y literario. Ella misma afirma que
“una obra del Renacimiento tiene un valor individual y único; sin
embargo, su significación emerge completa de su relación en el mismo
contexto con las demás, como un gran concierto cuyos instrumentos se
valorizan mutuamente” (p. 18). Desde Machiavello, pasando por Da
Porto, Bandello, hasta llegar a Giraldo. Así nos enteramos de que el
florentino Niccoló Machiavelli (1467-1527) fue un prolífico
narrador, además de pensador político, en cuyos ratos de ocio se
dedicaba a crear relatos como Belgafor (en esta antología),
de corte cómico-trágico que muestra la realidad de la Florencia de
la segunda mitad del siglo XV. Machiavelli se sirve de este relato
“para estigmatizar a la Florencia de su tiempo, dada a la usura, al
lujo y a las supersticiones…llegando con finura e ingenio a una
conclusión burlesca y amarga: el verdadero Infierno es la Tierra”
(pp. 20-21).
Del ya mencionado Luigi Da
Porto (1485-1529), la autora comenta que era un caballero de noble
familia, que participó en la guerra de Cambrai, cuyo testimonio
quedó plasmado en sus Cartas históricas. Respecto a su
versión de los desafortunados amantes, se inspiró en Masuccio
Salernitano (siglo XV) y en el mito ovidiano de Tisbe y Píramo, sin
embargo el tema del amor imposible que se entreteje con el tópico de
la muerte simulada es actualizado por Da Porto al siglo XVI, “época
de contrastes, rivalidades y de luchas por el poder, y lo ajusta a
una atmósfera de violencia en la que el amor nada puede contra el
odio, que resulta más poderoso” (p. 44).
Gian Battista Giraldo
(1504-1573), de quien nos dice la autora que terminó consagrando
todos sus esfuerzos al teatro – y por cuyo conducto penetra Séneca
en el teatro europeo–, vivió inmerso en el mundo de la
Contrarreforma. Escribió un libro de relatos, los Hecatomniti,
de estructura similar al Decamerón, dentro del marco del Saco
de Roma; en esta obra un grupo de personas van narrando relatos
durante un supuesto viaje de Génova a Marsella; en ellos, “el
horror, la sangre, las muertes finales ofrecerán, según el ferrarés,
los exempla más eficaces para liberar a los espectadores del
mal” (p. 290).
Y finalmente tenemos a
Matteo Bandelo (1485-1561) en el que me detendré un poco más, puesto
que la autora también así lo hace. Según Rossi “es el narrador más
representativo del Renacimiento y también el más prolífico –de quien
han quedado sólo 185 relatos–, así como el más traducido” (p. 101),
debido a ello es que se publica de él la mayoría de relatos que
conforman esta apetitosa antología.
Bandello, quien se
considera un “simple informador” aporta interesantes datos sobre la
vida cotidiana porque “él quiere perpetuar el recuerdo en el
porvenir” (p. 103). Y esos datos están entrelazados con la ideología
del “amor cortés”, dado que sus obras están dirigidas a “las grandes
damas que en el Renacimiento fueron anfitrionas y animadoras de
todas las reuniones literarias y fiestas” (p. 101). En efecto se
trata de anécdotas “oídas” en un mundo real, el de los salones
cortesanos, los castillos, las posadas; y Bandello, a ruego de los
presentes las transcribe en una prosa cuidada, sin descuidar los
efectos de estilo. “La ficción nace de una ficción que, sin embargo,
deriva de una situación real” (p. 101).
Matteo Bandello fue sin
duda conocido por Sthendal, así como reconocido como gran narrador
tanto por Balzac como por Víctor Shklovsky.
Y al decir de Rossi, es
Bandello un “boyerista”, que se regodea en lo que tiende a llamarse
“crónica negra”: “le fascina el drama de la razón derrotada por el
concupiscente appetito, del eros desenfrenado, del amor que
se muda en odio, del juego que lleva al delito, de la pasión
desbordada que se vuelve vicio y obsesión, que enferma al hombre y
aturde su capacidad y su inteligencia” (p. 103). Un ejemplo de ello
lo tenemos en El esclavo de Mallorca, tremendo relato donde
un esclavo, golpeado por su amo, mata a la esposa y a los hijitos de
éste y luego se precipita de una alta torre, no sin antes proferir
las siguientes palabras:
“-Rinieri, grita si
sabes y llora lo que quieras, porque todo lo que harás será ahora
inútil. ¿Crees tú que lo que yo hice no lo haya pensado y planeado
de manera que tú no pudieras encruelecer en mi contra? Sólo me duele
que tú no hayas estado en esas “bodas”, para que no quedara reliquia
de ti. Pero vive, porque así tendrás siempre ante los ojos mi
venganza y nunca podrás olvidarte de mí ni siquiera cuando te
limpies la nariz. Así aprenderás a costa tuya a flagelar a los
pobres servidores” (p.221).
Hay que decir también que
Bandello se destaca por la minuciosa descripción de las pasiones
femeninas. Así tenemos en estos relatos una galería de personajes
inolvidables:
Veamos:
UGO Y PARISINA
(a una dueña infiel e incestuosa):
Cuenta la historia que el
marqués Niccoló III, hombre mujeriego por naturaleza, tuvo un hijo
de su esposa Gigliuola, el cual fue llamado Ugo. Pero habiendo
enviudado pronto, el marqués contrajo nuevas nupcias con una
jovencita bella y agraciada. Ella, hastiada de las infidelidades de
su marido, decidió sacarle jugo a su juventud y “fijó la mirada en
su hijastro, el conde Ugo, quien en verdad era bellísimo y de
gentiles costumbres”. La joven se enamoró a tal grado que se
consumía en un fuego indescriptible. Y al ver que el conde no se
percataba de sus desvaríos, “suprimiendo todo pudor…decidió ser ella
misma la que manifestara sus sentimientos”. Después de un sinfín de
falaces argumentos y echándole los brazos al cuello, logró seducir
al muchacho, quien cayó rendido ante sus encantos. “Esta práctica
amorosa duró más de dos años, sin que nadie sospechara”. Finalmente
son descubiertos por un camarero de Ugo, quien dio a conocer al
marqués tan “abominable pecado”. Éste los manda apresar y como
castigo a su falta son condenados a muerte (pp. 111-129).
LA DUQUESA DE AMALFI
(a una dueña fiel a su amor):
La duquesa de Amalfi,
joven viuda, se enamora de Antonio Bologna, su mayordomo, “hombre
bellísimo, grande y bien hecho, de buenas y gentiles costumbres, a
más de otras virtudes”. Él le corresponde en su amor; y de mutuo
acuerdo deciden contraer “matrimonio secreto” y así seguir gozando
de los placeres del amor clandestinamente. Después de dos embarazos
de la duquesa empiezan a surgir las sospechas entre los dos hermanos
de ella, quienes sintiéndose mancillados en su honor espiaban todos
los movimientos que ella hacía.
Después de varias
vicisitudes, la duquesa tomó la decisión de renunciar a sus títulos
y posesiones para unirse con su amado esposo, eligiendo vivir como
una dama cualquiera. Y no sólo eso, sino que confesó públicamente
sus amores de antaño con el mayordomo.
Se suscitan una serie de
intrigas y traiciones y la duquesa, junto con sus hijas, son
vilmente asesinadas por orden de los hermanos vengadores. Finalmente
en una emboscada también acaban con la vida del desdichado Bologna
(pp. 131-157).
LA CONDESA DE CELLANT
(a una dueña infiel, calumniadora, vengadora y homicida):
Una viuda de “cascos
ligeros” llamada Bianca María contrajo matrimonio secreto con el
conde de Cellant, pero después de hacerse públicas las bodas surgió
entre ellos una gran discordia. Ella huyó a Pavia donde se dio a la
vida “libre y poco honrada”.
El conde Ardizzino se
enamoró de ella; y aunque era “algo cojo”, su belleza y gentileza
lograron conquistar a Bianca, con la que se divirtió por más de un
año. Pero al aparecer otro galán, el conde Gaiazzo, puso en él sus
ojos la tal Bianca, pues al parecer ya se había hastiado del pobre
cojo, a quien empezó a tratar groseramente y con desplantes, así que
éste no soportando más “dio rienda suelta a su cólera y le llamó
muchas veces puta descarada y ramera y patana, de manera que en
lugar del grandísimo amor que hubo entre ellos, nació en ambas
partes un odio muy feroz”.
La dueña carcomida por el
deseo de venganza intentó convencer a su nuevo amante de que matara
al conde Ardizzino. Lo que el de Gaiazo no quiso llevar a cabo
“conociendo la maldad de la mujer”. Ella, dominada por un carácter
voluble a más no poder, despidió a éste y decidió entonces reanudar
amoríos con el antiguo Ardizzino y convertirlo en verdugo del último
amante, Gaiazo. Esta escandalosa situación lleva al narrador a
incluir su punto de vista:
“Y si alguien le
hubiese preguntado la razón, dudo muy fuertemente que ella hubiera
podido encontrar alguna fuera de sus desordenados y deshonestos
apetitos que, como a mujer de poco seso, a la que toda perversidad
parecía poca cosa, no digo que la gobernaban sin sombra de razón
sino que la empujaban furiosamente, y al final la llevaron a ella y
a otros a un mísero fin” (p.167).
Y ese “otros” se refiere a
un nuevo amante, Pietro, “pichón de primer plumaje”, al que
solicitaría –“como la burra vuelve al trigo”– que matara a los dos
antiguos amantes en venganza por haberla ¡difamado! (pp. 159-175).
GIUILIA DE GAZUOLO
(a una dama humilde violada y suicida):
Si bien los relatos
anteriores son protagonizados por la clase noble, en éste tenemos
personajes que pertenecen a la clase plebeya, pero no por ello
desaparecerán las bajas pasiones, los resentimientos y ambiciones o
deseos desmesurados que pueden llevar no sólo a la violación sino
incluso al suicidio.
Aquí se narra el caso de
Giuilia, una joven de 17 años, de condición humilde y “mucho más
hermosa de lo que convenía a su sangre plebeya”. Moza honesta que
trabajaba de sol a sol labrando la tierra.
Un día en que se celebraba
la fiesta del pueblo, posó sobre ella su codiciosa mirada un
camarero del monseñor el obispo. Se prendó a tal grado de ella que
empezó a cortejarla obsesivamente, obteniendo siempre como respuesta
un rotundo rechazo. Él entonces intentó corromper el sentimiento de
la casta Giuilia empleando los servicios de una vieja alcahueta.
Al ver que no podía
suavizar la dureza de la moza, a pesar de emplear todos los recursos
posibles, decidió recurrir a la fuerza. Para lo cual pidió a un
cómplice que lo ayudara a tender una trampa a la desamparada
doncella… Y, entre amargos gemidos y sollozos, fue amordazada,
mientras el desenfrenado camarero la desfloraba.
Giuilia no pudo soportar
la pérdida de su virginidad, pues había perdido la “honra que era la
razón de su vida”; y para comprobar su inocencia y que no hubo
consentimiento de su parte en complacer el deshonesto deseo del
camarero, se arrojó al río con la firme convicción de ahogarse.
Concluye el narrador con
estas desgarradoras palabras: “Sólo se puede acusar a la naturaleza
de no haber dado nacimiento más noble a un espíritu tan magnánimo y
generoso como el de Giuilia” (pp. 177-191).
LA DAMA DEL VERGEL
(a una dueña infiel, intrigante calumniadora, envidiosa y
vengadora):
De franca tradición
medieval es este bello relato, “cuyo tema deriva de La chatelaine
de Vergi (un cantar francés de autor ignoto del siglo XIII que
inspiró también a Margarita de Navarra, quien lo introdujo en su Heptameron) (p. 106).
Aquí se castiga al que
falta al precepto del “amor cortés” que consiste en que se debe
guardar el secreto de amor. Como sucede en este caso a un
desgraciado amante que, engañado, es obligado a divulgar el nombre
de su amada, a causa de las malas artes de una mujer intrigante y
calumniadora, quien inventa una historia a su cornudo marido, al
sentirse despechada por el rechazo de aquel sublime amante que había
logrado hasta entonces mantener su secreto. En esta mujer se
conjugan tanto la infidelidad como los celos, que unidos a la
envidia que le despierta la dama del Vergel, logra con gran astucia
conducir a los intachables amantes a un trágico desenlace.
En fin, estamos ante temas
tradicionales como son las muertes trágicas, amores frustrados,
infames traiciones, crueles intrigas, nefastas calumnias, atroces
venganzas; adulterio, incesto, violación, suicidio; las bajas
pasiones atrapadas por el yugo del “intrincado lazo del amor” –en
palabras de Bandello–. Todos estos temas, inmersos en el bouquet
del Cinquecento italiano, se dan cita en esta breve y
sustanciosa antología bilingüe de Annunziata Rosi, quien siguiendo
los pasos de Francesco Sansovino
publica en su segunda edición esta atrapante “crónica negra” del
Renacimiento italiano.