México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 Graciela Cándano Fierro. Doctora en Letras Españolas por la UNAM y con estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid, España. Investigadora Titular del Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM) en el área de literatura ejemplar de los siglos XII al XV. Profesora de asignatura en el Curso de Literatura Española Medieval, desde 1975. Autora de los libros:La espina y la rosa. La ambivalencia en torno al `dogma´y al `instinto´ en torno al Libro de Buen Amor. Estructura, desarrollo y función en las colecciones de exempla del siglo XIII.Una faceta de la mujer en la literatura ejemplar, La seriedad y la risa, La comicidad en la literatura ejemplar de la Baja Edad Media ,La harpía y el cornudo. La mujer en la literatura ejemplar de la Baja Edad Media española, Sendebar para estudiantes, Un modelo de las colecciones de exempla del siglo XIII. Autora de diversos artículos sobre literatura y sociedad medieval española. Ponente en diversos foros nacionales e internacionales. Entre sus áreas de investigación e interés se encuentra la defensa de los Derechos Humanos.

 

ANNUNZIATA ROSSI, El relato del Renacimiento italiano, 2ª ed., México, UNAM / Instituto de Investigaciones Filológicas, 2007 (Bitácora de Poética, 5).

 

El relato del Renacimiento italiano es un libro para todo público, para todo aquel que quiera sumergirse en relatos que esconden grandes sorpresas y revelan el pathos que se vivía en la época en cuestión.

Al iniciar la lectura del Preámbulo del libro de Annunziata Rossi, el lector se encuentra con destellos de erudición, que lo introducen en la tradición narrativa italiana del Renacimiento. Así, junto a Boccaccio, manan otras fuentes: “Apuleyo y la novela grecolatina; la narrativa oriental a través de las colecciones españolas; las máximas de Séneca; la Biblia y los Evangelios; Petrarca con sus anécdotas de Rerum Memorandarum; la novela española Tirant lo Blanc y, en fin, la tradición del Quattrocento… Sin embargo, la influencia determinante es la de Boccaccio” (p. 9).

Y si de una antología de relatos se trata, es pertinente detenerme en la siguiente afirmación de la autora: “El cuento empieza con la historia misma de la humanidad, y nunca ha existido un pueblo sin cuento. Barthes habla de la variedad prodigiosa de sus formas y de su presencia en todos los tiempos y en todos los lugares. Sin embargo en el Renacimiento se presenta con una novedad que nace de la invención de la imprenta y de las primeras editoriales que desarrollaron una actividad asombrosa por aquellos tiempos” (pp. 9-10).

Los cuentos vienen a constituirse como un reflejo, recreación o crítica de las costumbres locales (y sus vicios), ya que exhiben las características personales o colectivas de la naturaleza humana.

Puesto que el cuento –dice la autora- “puede ayudarnos a reconstruir la vida afectiva, la sensibilidad y la mentalidad de una época, ayudarnos a hallar un cuadro conjunto del desarrollo psíquico del hombre” (p. 11). Y es que, en efecto, el cuento (relato, novellistica) encierra contenidos psíquicos valiosos relativos a la época en que es publicaron y también constituyen una fuente inagotable de ficciones literarias. Además, el oyente o lector lo identifica con su propia experiencia vital (en su totalidad o en alguna de sus partes) –dados sus contenidos plenos de obsesiones, pulsiones y tensiones que, como diría Régnier- Bohler– tienden a darle al individuo determinado lugar en lo colectivo, así como que sea incorporado a su conciencia.

Y no hay que olvidar que si bien las costumbres han cambiado, las pulsiones y obsesiones de la última Edad Media no están tan lejanas de nuestro siglo. De ahí la importancia de los relatos que se compilan en el libro de Annunziata, pues como ella misma afirma: “los relatos del Renacimiento quedarán siempre como espejo, un documento de la vida en Italia del Cinquecento, fuente indispensable para la historia de la vida moral y de las costumbres de este siglo” (p. 11). Así que si queremos conocer las usanzas y las pasiones del siglo XVI en Italia podemos recurrir con mayor certeza –incluso de la que nos proporcionan los historiadores– a estos breves relatos, sobre todo a los de un maestro de la descripción como es Matteo Bandello.

La antología que reseño ofrece relatos –en una cuidada traducción– que están dentro del ámbito de lo trágico y de lo patético y que manifiestan un interés “hacia el mundo de las pasiones humanas: juego, amor, odio, celos, envidia, crueldad, venganza y pasiones comunes a la violencia del despiadado siglo XVI” (p. 11).

Los criterios de selección responden a motivaciones que la propia autora confiesa: una exigencia unitaria, dada su brevedad y también a un gusto personal por las tramas que tratan las pasiones humanas.

Este libro es crucial y diría yo hasta imprescindible, porque con ejemplos  muestra la importancia que el relato del Renacimiento tuvo en el germen del teatro europeo: “le dio –según dice la autora– el mito, el contenido, la trama, las pasiones humanas” (p. 13). En este tenor, resulta de sumo interés el relato de Bandello, Ugo y Parisina, que retoma Lope de Vega en su magistral obra El castigo sin venganza. Cito a Rossi: “Lope toma la trama del italiano y la maneja a su modo, es decir, la `nacionaliza´ introduciendo la figura del donaire y mudando el final según la concepción de la honra –virtud que es típica y obsesivamente lopesca–. Sin embargo, existe cierta afinidad entre el más grande Lope y el menos grande Bandello… Y, tomando como ejemplo al dramaturgo inglés –el sumo de todos– él no sólo se sirve para sus comedias del relato y de la comedia del arte italianos, sino que es influenciado por la cultura italiana” (p. 16-17). Tenemos como ejemplos en esta antología la pieza del veneciano Luigi Da Porto, intitulada Historia de dos nobles amantes, y conocida como Giulietta e Romeo, que Shakespeare retoma, manteniendo “el lírico patetismo y la linealidad de la trama del original italiano” (p. 45). O El moro de Venecia del ferrarés Gian Battista Giraldi Cinthio; de este relato “tomó su punto de partida Shakespeare para llevar al teatro, ennobleciéndola, la figura de Otelo” (p. 291). 

Previamente a la traducción de los relatos, Rossi presenta una breve pero ilustrativa semblanza de cada autor, la que nos lleva a ubicar los respectivos relatos en su contexto histórico y literario. Ella misma afirma que “una obra del Renacimiento tiene un valor individual y único; sin embargo, su significación emerge completa de su relación en el mismo contexto con las demás, como un gran concierto cuyos instrumentos se valorizan mutuamente” (p. 18). Desde Machiavello, pasando por Da Porto, Bandello, hasta llegar a Giraldo. Así nos enteramos de que el florentino Niccoló Machiavelli (1467-1527) fue un prolífico narrador, además de pensador político, en cuyos ratos de ocio se dedicaba  a crear relatos como Belgafor (en esta antología), de corte cómico-trágico que muestra la realidad de la Florencia de la segunda mitad del siglo XV.  Machiavelli se  sirve de este relato “para estigmatizar a la Florencia de su tiempo, dada a la usura, al lujo y a las supersticiones…llegando con finura e ingenio a una conclusión burlesca y amarga: el verdadero Infierno es la Tierra” (pp. 20-21).

Del ya mencionado Luigi Da Porto (1485-1529), la autora comenta que era un caballero de noble familia, que participó en la guerra de Cambrai, cuyo testimonio quedó plasmado en sus Cartas históricas. Respecto a su versión de los desafortunados amantes, se inspiró en Masuccio Salernitano (siglo XV) y en el mito ovidiano de Tisbe y Píramo, sin embargo el tema del amor imposible que se entreteje con el tópico de la muerte simulada es actualizado por Da Porto al siglo XVI, “época de contrastes, rivalidades y de luchas por el poder, y lo ajusta a una atmósfera de violencia en la que el amor nada puede contra el odio, que resulta más poderoso” (p. 44).

Gian Battista Giraldo (1504-1573), de quien nos dice la autora  que terminó consagrando todos sus esfuerzos al teatro – y por cuyo conducto penetra Séneca en el teatro europeo–, vivió inmerso en el mundo de la Contrarreforma. Escribió un libro de relatos, los Hecatomniti, de estructura similar al Decamerón, dentro del marco del Saco de Roma; en esta obra un grupo de personas van narrando relatos durante un supuesto viaje de Génova a Marsella; en ellos, “el horror, la sangre, las muertes finales ofrecerán, según el ferrarés, los exempla más eficaces para liberar a los espectadores del mal” (p. 290).

Y finalmente tenemos a Matteo Bandelo (1485-1561) en el que me detendré un poco más, puesto que la autora también así lo hace. Según Rossi “es el narrador más representativo del Renacimiento y también el más prolífico –de quien han quedado sólo 185 relatos–, así como el más traducido” (p. 101), debido a ello es que se publica de él la mayoría de relatos que conforman esta apetitosa antología.

Bandello, quien se considera un “simple informador” aporta interesantes datos sobre la vida cotidiana porque “él quiere perpetuar el recuerdo en el porvenir” (p. 103). Y esos datos están entrelazados con la ideología del “amor cortés”, dado que sus obras están dirigidas a “las grandes damas que en el Renacimiento fueron anfitrionas y animadoras de todas las reuniones literarias y fiestas” (p. 101).  En efecto se trata de anécdotas “oídas” en un mundo real, el de los salones cortesanos, los castillos, las posadas; y Bandello, a ruego de los presentes las transcribe en una prosa cuidada, sin descuidar los efectos de estilo. “La ficción nace de una ficción que, sin embargo, deriva de una situación real” (p. 101).

Matteo Bandello fue sin duda conocido por Sthendal, así como reconocido como gran narrador tanto por Balzac como por Víctor Shklovsky.

Y al decir de Rossi, es Bandello un “boyerista”, que se regodea en lo que tiende a llamarse “crónica negra”: “le fascina el drama de la razón derrotada por el concupiscente appetito, del eros desenfrenado, del amor que se muda en odio, del juego que lleva al delito, de la pasión desbordada que se vuelve vicio y obsesión, que enferma al hombre y aturde su capacidad y su inteligencia” (p. 103). Un ejemplo de ello lo tenemos en El esclavo de Mallorca, tremendo relato donde un esclavo, golpeado por su amo, mata a la esposa y a los hijitos de éste y luego se precipita de una alta torre, no sin antes proferir las siguientes palabras:

“-Rinieri, grita si sabes y llora lo que quieras, porque todo lo que harás será ahora inútil. ¿Crees tú que lo que yo hice no lo haya pensado y planeado de manera que tú no pudieras encruelecer en mi contra? Sólo me duele que tú no hayas estado en esas “bodas”, para que no quedara reliquia de ti. Pero vive, porque así tendrás siempre ante los ojos mi venganza y nunca podrás olvidarte de mí ni siquiera cuando te limpies la nariz. Así aprenderás a costa tuya a flagelar a los pobres servidores” (p.221).

Hay que decir también que Bandello se destaca por la minuciosa descripción de las pasiones femeninas. Así tenemos en estos relatos una galería de personajes inolvidables:

Veamos:

UGO Y PARISINA (a una dueña infiel e incestuosa):

Cuenta la historia que el marqués  Niccoló III, hombre mujeriego por naturaleza, tuvo un hijo de su esposa Gigliuola, el cual fue llamado Ugo. Pero habiendo enviudado pronto, el marqués contrajo nuevas nupcias con una jovencita bella y agraciada. Ella, hastiada de las infidelidades de su marido, decidió sacarle jugo a su juventud y “fijó la mirada en su hijastro, el conde Ugo, quien en verdad era bellísimo y de gentiles costumbres”. La joven se enamoró a tal grado que se consumía en un fuego indescriptible. Y al ver que el conde no se percataba de sus desvaríos, “suprimiendo todo pudor…decidió ser ella misma la que manifestara sus sentimientos”. Después de un sinfín de falaces argumentos y echándole los brazos al cuello, logró seducir al muchacho, quien cayó rendido ante sus encantos. “Esta práctica amorosa duró más de dos años, sin que nadie sospechara”. Finalmente son descubiertos por un camarero de Ugo, quien dio a conocer al marqués tan “abominable pecado”. Éste los manda apresar y como castigo a su falta son condenados a muerte (pp. 111-129). 

LA DUQUESA DE AMALFI  (a una dueña fiel a su amor):

La duquesa de Amalfi, joven viuda, se enamora de Antonio Bologna, su mayordomo, “hombre bellísimo, grande y bien hecho, de buenas y gentiles costumbres, a más de otras virtudes”. Él le corresponde en su amor; y de mutuo acuerdo deciden contraer “matrimonio secreto” y así seguir gozando de los placeres del amor clandestinamente. Después de dos embarazos de la duquesa empiezan a surgir las sospechas entre los dos hermanos de ella, quienes sintiéndose mancillados en su honor espiaban todos los movimientos que ella hacía.

Después de varias vicisitudes, la duquesa tomó la decisión de renunciar a sus títulos y posesiones para unirse con su amado esposo, eligiendo vivir como una dama cualquiera. Y no sólo eso, sino que confesó públicamente sus amores de antaño con el mayordomo.

Se suscitan una serie de intrigas y traiciones y la duquesa, junto con sus hijas, son vilmente asesinadas por orden de los hermanos vengadores. Finalmente en una emboscada también acaban con la vida del desdichado Bologna (pp. 131-157). 

LA CONDESA DE CELLANT  (a una dueña infiel, calumniadora, vengadora y homicida):

Una viuda de “cascos ligeros” llamada Bianca María contrajo matrimonio secreto con el conde de Cellant, pero después de hacerse públicas las bodas surgió entre ellos una gran discordia. Ella huyó a Pavia donde se dio a la vida “libre y poco honrada”.

El conde Ardizzino se enamoró de ella; y aunque era “algo cojo”, su belleza y gentileza lograron conquistar a Bianca, con la que se divirtió por más de un año. Pero al aparecer otro galán, el conde Gaiazzo, puso en él sus ojos la tal Bianca, pues al parecer ya se había hastiado del pobre cojo, a quien empezó a tratar groseramente y con desplantes, así que éste no soportando más “dio rienda suelta a su cólera y le llamó muchas veces puta descarada y ramera y patana, de manera que en lugar del grandísimo amor que hubo entre ellos, nació en ambas partes un odio muy feroz”.

La dueña carcomida por el deseo de venganza intentó convencer  a su nuevo amante de que matara al conde Ardizzino. Lo que el de Gaiazo no quiso llevar a cabo “conociendo la maldad de la mujer”. Ella, dominada por un carácter voluble a más no poder, despidió a éste y decidió entonces reanudar amoríos con el antiguo Ardizzino y convertirlo en verdugo del último amante, Gaiazo. Esta escandalosa situación lleva al narrador a incluir su punto de vista:

“Y si alguien le hubiese preguntado la razón, dudo muy fuertemente que ella hubiera podido encontrar alguna fuera de sus desordenados y deshonestos apetitos que, como a mujer de poco seso, a la que toda perversidad parecía poca cosa, no digo que la gobernaban sin sombra de razón sino que la empujaban furiosamente, y al final la llevaron a ella y a otros a un mísero fin” (p.167).

Y ese “otros” se refiere a un nuevo amante, Pietro, “pichón de primer plumaje”, al que solicitaría  –“como la burra vuelve al trigo”– que matara  a los dos antiguos amantes en venganza por haberla ¡difamado! (pp. 159-175). 

GIUILIA DE GAZUOLO (a una dama humilde violada y suicida):

Si bien los relatos anteriores son protagonizados por la clase noble, en éste tenemos personajes que pertenecen a la clase plebeya, pero no por ello desaparecerán las bajas pasiones, los resentimientos y ambiciones o deseos desmesurados que pueden llevar no sólo a la violación sino incluso al suicidio.

Aquí se narra el caso de Giuilia, una joven de 17 años, de condición humilde y “mucho más hermosa de lo que convenía a su sangre plebeya”. Moza honesta que trabajaba de sol a sol labrando la tierra.

Un día en que se celebraba la fiesta del pueblo, posó sobre ella su codiciosa mirada un camarero del monseñor el obispo. Se prendó a tal grado de ella que empezó a cortejarla obsesivamente, obteniendo siempre como respuesta un rotundo rechazo. Él entonces intentó corromper el sentimiento de la casta Giuilia empleando los servicios de una vieja alcahueta.

Al ver que no podía suavizar la dureza de la moza, a pesar de emplear todos los recursos posibles, decidió recurrir a la fuerza. Para lo cual pidió a un cómplice que lo ayudara a tender una trampa a la desamparada doncella… Y, entre amargos gemidos y sollozos, fue amordazada, mientras el desenfrenado camarero la desfloraba.

Giuilia no pudo soportar la pérdida de su virginidad, pues había perdido la “honra que era la razón de su vida”; y para comprobar su inocencia y que no hubo consentimiento de su parte en complacer el deshonesto deseo del camarero, se arrojó al río con la firme convicción de ahogarse.

Concluye el narrador con estas desgarradoras palabras: “Sólo se puede acusar a la naturaleza de no haber dado nacimiento más noble a un espíritu tan magnánimo y generoso como el de Giuilia” (pp. 177-191). 

LA DAMA DEL VERGEL (a una dueña infiel, intrigante calumniadora, envidiosa y vengadora):

De franca tradición medieval es este bello relato, “cuyo tema deriva de La chatelaine de Vergi (un cantar francés de autor ignoto del siglo XIII que inspiró también a Margarita de Navarra, quien lo introdujo en su Heptameron) (p. 106).

Aquí se castiga al que falta al precepto del “amor cortés” que consiste en que se debe guardar el secreto de amor. Como sucede en este caso a un desgraciado amante que, engañado, es obligado a divulgar el nombre de su amada, a causa de las malas artes de una mujer intrigante y calumniadora, quien inventa una historia a su cornudo marido, al sentirse despechada por el rechazo de aquel sublime amante que había logrado hasta entonces mantener su secreto.  En esta mujer se conjugan tanto la infidelidad como los celos, que unidos a la envidia que le despierta la dama del Vergel, logra con gran astucia conducir a los intachables amantes a un trágico desenlace.

 En fin, estamos ante temas tradicionales como son las muertes trágicas, amores frustrados, infames traiciones, crueles intrigas, nefastas calumnias, atroces venganzas; adulterio, incesto, violación, suicidio; las bajas pasiones atrapadas por el yugo del “intrincado lazo del amor” –en palabras de Bandello–. Todos estos temas, inmersos en el bouquet del Cinquecento italiano, se dan cita en esta breve y sustanciosa antología bilingüe de Annunziata Rosi, quien siguiendo los pasos de Francesco Sansovino[1] publica en su segunda edición esta atrapante “crónica negra” del Renacimiento italiano.


[1] Célebre por su famosa antología Novelle dei piú nobili scrittori della lengua volgare, que tuvo gran demanda en el público lector del Renacimiento.

 

 

 

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