
Carlos Mapes, Sombra del Rock,
México, Juan Malasuerte Editores, 2006.
Sombra
del Rock
consta de quince breves relatos o ¿retratos? bajo títulos tan
heterogéneos que tal parece que no existiera un hilo conductor, sin
embargo estamos ante vasos comunicantes que conducen del grito al
dolor, del horizonte abierto al lóbrego cuarto, a través de notas,
sones y ritmos que forman parte de una época inolvidable: los
inicios del Rock and Roll.
Carlos Mapes nos
muestra detalles desconocidos de los intérpretes musicales así como
influencias que se ignoran en cuanto a las composiciones o estilos
de aquellos genios del rock que acompañaron a una generación que
todavía no los olvida.
No podemos situar la
obra de Mapes dentro de un género específico. Nos encontramos ante ¿prosa
poética? ¿testimonio? ¿crónica? ¿autobiografía cinematográfica? El
caso es que en virtud de las gratas y personalísimas reminiscencias
del autor nos enfrentamos a un rock redivivo y a un libro que no
sólo no desmerece por su brevedad, sino precisamente gracias a ella
se engrandece en su valor poético y mérito narrativo.
En el primer texto,
Otro mar, se puede apreciar la esencia del rock: presencia y
ausencia que al mismo tiempo se hace presente. La emoción penetra en
los oídos y de pronto no existen las distancias, no importan los
huecos o las omisiones, porque surge una vivencia única e
irrepetible que permanece en la memoria: los mares se juntan, el de
California con el de Acapulco. La música erige un puente, así como
en este relato se funda la permanencia, que se ejerce en virtud del
mando de la palabra. Entonces podemos sumergirnos en los símiles y
vibrar con el personaje desconocido que exhibe el autor: “Recorrías
las playas y los cuerpos de las chicas con las canciones de los
Beach Boys”. En este texto la música se convierte en agua y podemos
“nadar” a través de los recuerdos del autor.
Si bien aquellos
ritmos reviven una experiencia, no sucede así en el relato Roy,
perdóname, porque aquí de lo que se trata es de callarla, de
enmudecer el susurro que pretende convertirse en fantasma letal.
Y es que el rock nos
lleva a enfrentarnos a nosotros mismos, a desparramarnos en
recuerdos que nos hacen ser y nos deshacen en sonoros y febriles
sueños. Y ello gracias a los tañidos articulados por el instrumento
de Mapes: la palabra.
El rock es un puente
“para arribar a esa otra orilla que es la compañía de un amigo”, se
dice en Celebración de la soledad. Y en otro momento,
refiriéndose a la canción “The sounds of silence” (Simon & Garfunkel)
declara la voz desgarradora del autor: “Cuando escuché esta canción
llegaron a mi vida las preguntas; me aparté de los demás y creció la
soledad”.
En Punto de
ebullición las grietas que causan los sonidos rockeros o la
soledad son reproducidos por Mapes en el sopor de un cuarto donde el
protagonista se sumerge en los acordes de “Cristal blue persuasion”
y arrastra al lector a escuchar otra vez a Tommy James and The
Shondells en espera de posibles cambios que alejen el compás de la
desolación.
La fuerza de la
marejada, que “arrastra lodo, piedra y arena” es reavivada por la
memoria en River of soul, donde el autor rescata la voz
aguardentosa de Alex Chilton a las orillas del río Tennessee.
Gracias al rock
recuperamos la vida: el pasado, el presente y el futuro. Resucitamos
cuando la pulcra pluma de Carlos Mapes trae a la memoria los
ondulosos ritmos de los Beach Boys, los lamentos cadenciosos de Roy
Orbison, los aterrizajes imprescindibles de los Dave Clark Five, la
límpida ligereza de Sandie Shaw, el vasto espíritu de Marianne
Faithfull, la sensual corporeidad de Dusty Sringfield, los nuevos
caminos inolvidables del Bob Dylan, la virtuosa guitarra de Jimi
Hendrix, “tu voz femenina” de Joan Baez, el vuelo melódico de los
Birds, la personalidad inefable de We Five, la armonía integral de
Simon & Garfunkel, la “voz que reverbera en la noche del tiempo” de
Van Morrison, los “latidos seductores” de los Troggs, hasta llegar a
los inmortales Beatles, amen de otros talentos fugaces. Así, de
manera azarosa me volvía a encontrar en mi época áurea.
Me permito
transcribir uno de los textos para que sirva de muestra al lector,
se trata de Susurros que palpitan en el aire:
“Sólo los complejos arreglos vocales y las
poderosas armonías de los integrantes de The Association podían
llegar hasta las alturas en las que se encontraba frecuentemente
Windy, volátil y efímera, atrapando instantes de plena felicidad
–tan difíciles de alcanzar como las nubes. Por su autenticidad, esta
muchacha intrépida y entrañable representa el espíritu del grupo y
de la época. Los susurros de The Association eran el ruido suave de
la brisa de la estaba hecha “Windy”, palabras escritas por un joven
fan del grupo.
Entre este
repertorio repleto de pequeñas joyas y cristales –baladas románticas-
encontramos, en el engarce de los estribillos de “Never my love”, el
contorno frágil de una mujer traslúcida, llena de timidez e
incertidumbre; “Cherish”, en cambio, nos muestra a los amantes
separándose a partir de razonamientos desprendidos de la repetición
de una palabra que, al acabar de pronunciarla, permite al amor
desvanecerse en medio del aire.”
Sombra
del rock
es un libro que se lee de principio a fin sin poder detenerse, y que
deja una sensación de añoranza, pues el lector quiere volver otra
página más y se topa con la contraportada, en un fiel paralelismo
con el fanático del rock que se dispone a escuchar sus discos
favoritos... y cuando más inmerso está en el arrobo rítmico, no
queda ni un solo ejemplar en el estante.
Sólo permanece la
sombra del rock.