México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

Carlos Almira Picazo. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía.Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela, titulada Todo es Noche, sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos, que viene publicando en revistas de América y Europa, de temática diversa, abarcando la Ciencia Ficción, el Género Fantástico, el cuento de Amor, humorístico

 

Era una noche de verano. Yo acababa de lograr un puesto de Profesor Auxiliar de Matemáticas en la Universidad de Granada, gracias a cierto favor que no viene al caso, y lo celebraba en casa con algunos amigos. Entre las felicitaciones y los parabienes de unos y otros adivinaba, no sin satisfacción, cierta envidia mezclada con resentimiento y asombro.

La noche no podía ir mejor. Mercedes y yo nos habíamos empleado a fondo, esmerándonos para que todo saliera a la perfección.

A las dos de la mañana, cuando despedíamos a los últimos invitados, me di cuenta de que estaba borracho:

-será mejor que te acuestes, me dijo, y me empujó riendo contra el sofá nuevo.

Luego giró alegremente sobre sus tacones altos y salió.

Me quedé tumbado en la penumbra, desvelado y a la vez adormecido por el alcohol, con la típica sensación de vértigo y perplejidad de los borrachos.

Al fin, cerré los ojos y me quedé dormido. 

Ese mismo día, el Inspector Jefe de nuestro Instituto se había presentado en el despacho de Anselmo. Poco después estábamos los tres, charlando y bromeando en la cafetería.

Anselmo, el Director de nuestro Instituto, me felicitaba, y cada tanto me palmeaba los hombros y la espalda con sus grandes manos de hombre de campo. En sus ojillos y en su risa, rápida y viva, destellaba la astucia.

El Inspector, por su parte, mantenía una actitud más fría y reservada, aunque dentro de la cordialidad.

El plan, si puede llamarse así, que habíamos urdido entre los tres hacía unas semanas, había salido bien. Ahora llegaba el momento de recoger los frutos: el aprobado para el hijo del Inspector (no sólo el mío, sino el del resto de profesores, hoy por ti, mañana por mí); el traslado a un Centro de la capital de Anselmo, cuya hija mayor, Marta, empezaba precisamente el año siguiente la Universidad; y, como ya he dicho, mi propio nombramiento de Profesor Auxiliar de Matemáticas de la Universidad de Granada.

Ni que decir tiene, que ninguno de los tres sentía el más mínimo remordimiento. El mundo funciona así. ¿No hubiese actuado cualquiera como nosotros? Bien pensado, no habíamos perjudicado a nadie. Nuestra única injusticia, si puede llamarse así, había sido aprobar a aquel joven (cuyo rostro y cuyas maneras empezaban a borrárseme de la memoria). Cualquiera hubiese hecho lo mismo que nosotros. ¿Por qué no aprovechar las pocas oportunidades de prosperar que nos ofrece la vida?

Se dirá que el chico no merecía el aprobado; de acuerdo; se dirá que existen unos principios, no lo niego; e incluso, que la plaza de Anselmo en Granada, y la mía en la Universidad, no debían estar sujetas a tales mercadeos sino resultar para quien más las mereciese. No niego ninguno de estos puntos, ni tampoco trataré de justificarme, porque no siento que haya hecho nada malo ni perjudicado a nadie.

Pero, en primer lugar, el chico habría acabado aprobando, si no de una manera, de otra; lo que hiciese después con su vida sería sola y exclusivamente su responsabilidad. En realidad, nosotros lo único que habíamos hecho era darle algo que no se merecía pero que, de todos modos, hubiera obtenido tarde o temprano, a cambio de algo.

Por otra parte, tanto la Plaza de Anselmo como la mía, estaban destinadas a ser adjudicadas de un modo similar, a cualquier otro. ¡Ya no somos unos chicos idealistas, esos tiempos pasaron! ¡Sabemos cómo funciona el mundo! Y si otros, no mejores que nosotros, estaban dispuestos a aprovecharse si se les hubiera presentado la oportunidad, ¿en nombre de qué principios debíamos permitirlo y negárnoslo a nosotros?

Además, tanto Anselmo como yo nos merecíamos de sobra aquella promoción, llamémosla extraordinaria. El Inspector era una buena persona. ¿Quién no tiene hijos, adolescentes, por los que se desvela, a los que trata de encaminar en la vida? Nosotros le habíamos ayudado, y el hombre nos estaba agradecido. Eso es todo.

Las cosas son como son, por más vueltas que se les dé. Por supuesto, tanto Anselmo como yo le agradecimos su ayuda, y nos congratulamos por el aprobado final de su hijo. Él también nos dio las gracias. Yo incluso le vaticiné un futuro académico mejor. ¿Quién no ha sido adolescente, ni ha fumado porros, ni se ha emborrachado alguna vez a esa edad, ni ha pinchado alguna rueda o ha roto una ventana del Instituto en un ataque de rabia? Y de pronto un día, sin saber por qué ni cómo, se levanta de la cama y ya es otra persona, y empieza a actuar con sensatez, dejando pasmados a todos y en primer lugar a sus propios padres, que ya habían perdido toda esperanza. Estas cosas pasan todos los días. Así que nosotros podíamos incluso sentirnos orgullosos por haberle quitado un obstáculo del camino, por habernos anticipado y  apostado con optimismo por el futuro.

Si al final el chico se torcía, se iba a torcer de todas maneras, lo aprobáramos o no.

Así, mientras charlábamos, fueron llegando otros compañeros, algunos que también lo habían aprobado al final, y otros que no lo tenían aquel año pero que lo recordaban o lo conocían de oídas, porque era uno de los peores alumnos que han pasado por el Instituto. Todos sin excepción, nos felicitaron, no sin cierta malevolencia enmascarada de humor, con envidia. Ya se sabe cómo son estas cosas. En fin, Anselmo y yo disputamos sobre a quien le correspondía pagar.

Anselmo pagó el desayuno. Yo, por mi parte, los invité a mi pequeña fiesta de esa noche, en mi casa (a sabiendas por supuesto, de que sólo vendría Anselmo). El Inspector se excusó, nos volvió a agradecer todo, nos deseó buena suerte, y se despidió con sendos apretones de mano y una mirada franca, de gratitud, justo cuando sonaba el timbre del recreo.

Anselmo y yo nos quedamos solos.  

Al atardecer, volvimos a encontrarnos en mi casa. Ya habían llegado algunos amigos. Algunos eran conocidos comunes; otros, compañeros de mi mujer. Mercedes había corrido la voz de mi traslado en su trabajo, estaba orgullosa, y no se hablaba de otra cosa. Nadie, sin embargo, me preguntó por el cómo había ocurrido, al menos sin un cierto retintín. Es algo que se da por supuesto. También a Anselmo lo felicitaban, incluso personas a las que no conocía le preguntaban por su hija y le deseaban un buen ingreso en la Facultad de Empresariales.

Yo me burlaba, con buena intención claro está, de sus aficiones rurales, ponderando las ventajas y los inconvenientes de la ciudad.

Todo estaba dispuesto a las mil maravillas: nada solemne ni envarado; aquí y allá, en el amplio salón (más amplio desde que habíamos tirado el tabique del dormitorio de Susana, con ciertos ingresos extraordinarios), estaban dispuestas las mesas con los canapés, fríos y calientes; corrían las camareras con las bebidas; la heladora. Cada quien se servía libremente y, como éramos más de veinte personas, no me molesté en contarlas, formábamos grupos más o menos fluidos, y sobrevolaba un aire alegre, de fiesta.

Tampoco la etiqueta era rigurosa: en suma, flotaba un aire desenvuelto, moderno, chic, como dirían los esnobs. Mercedes y yo, como anfitriones de la noche, íbamos de un grupo a otro, recogíamos a los aislados, ayudábamos a las señoras. Y así transcurría apacible y brillante la velada, hasta que llegó el turno de los brindis, poco antes de la media noche.

Entonces un joven bajito, grueso, en el que no me había fijado y al que  después no volví a ver, con una cabezota maciza, revuelta, y desproporcionada presidida por unos lentes redondos de montura de metal, levantó su copa:

-¡por el éxito!

Se hizo un silencio, apenas una fracción de segundo. ¡Claro, por el éxito! E inmediatamente, una risotada y un entrechocar de copas resonaron como un eco en la habitación, atufada de humo y olor a colonia:

-¡por los principios!, repitió el joven.

Esta vez el brindis fue más tibio. Estaba claro que aquello estaba completamente fuera de lugar. ¿Qué había querido decir? Yo iba a acercarme al joven, cuando Anselmo me retuvo del brazo y comenzó a hablarme por enésima vez de su hija. Pedimos otra botella.

Por su parte, Mercedes estaba demasiado ocupada para hacer lo propio. El joven no volvió a abrir la boca, más aún, desapareció. Sólo he vuelto a acordarme ahora, después del extraño suceso que me ha traído donde estoy.

En resumen: la fiesta prosiguió sin más contratiempo. Nadie se atrevió a más brindis. Y poco antes de la una, empezaron a irse los primeros invitados.

Como he dicho al principio, yo había comido poco y bebido y hablado mucho, más de la cuenta. Pero era comprensible: la carrera que de pronto se abría ante mí, aparte de nueva, era sólo el primer paso para ulteriores ascensos: después vendría la Titularidad, el Doctorado, y quién sabe, la Cátedra. Los días de profesorcillo de adolescentes, de maestrillo de Instituto, habían tocado a su fin.

Hoy por ti, mañana por mí.

Mercedes estaba radiante, parecía más joven y bonita, y la deseé. De pronto me vi casi echando con buenos modos a los rezagados que se empeñaban aún, con una copa vacía en la mano, en asomarse al balcón a ver las luces de la calle y a fumar el último cigarrillo. ¡Todos a dormir! Estaba claro que yo había bebido demasiado, pero era la nuestra una borrachera alegre que no desentonaba en medio de aquella alegría.

Y con Anselmo, se fueron marchando poco a poco todos, en alegre tropel. Hacia las dos nos quedamos al fin, solos, en medio de la sala desordenada. Y ocurrió la escena que he descrito al principio. Mercedes me empujó riendo al sofá nuevo y apagó la luz, tal vez con intención de volver después. Escuché una puerta, un grifo, el claxon alocado de un coche.

Y caí en un profundo sueño de borracho.

Cuando desperté, un hombrecillo amarillo me observaba atentamente desde el borde de un dosel de seda. Al principio creí que era un sueño. Me alegré, pues eso significaba que dormía aún, y estaba muy cansado. Al día siguiente tenía muchas cosas que hacer.

Me vino a la mente, no sé por qué, el recuerdo del joven inoportuno del brindis.

El chino seguía allí, al borde de la cama que, de pronto, había tomado proporciones enormes y que, como digo, recubría un rico dosel de seda decorado con dragones y pájaros de oro:

-señor, perdón, debe levantarse, señor. Su Excelencia le espera.

Entonces me di cuenta de que no estaba soñando.

Cauto, dije:

-claro, claro…

Y el chino empezó a ayudarme a vestirme. Mientras me envolvía en aquel complicado ropaje ceremonial, y me encasquetaba un extraño gorro que se me clavaba en las sienes, alguien trajo un aguamanil de porcelana, un peine, un espejo. Yo no sabía qué hacer. No podía apartar la vista de todo lo que me rodeaba.

De pronto mi ayudante descorrió un gran biombo y, tras una puerta corredera, apareció un jardín con una fuente rodeada de frutales, y más allá una gran pajarera de bambú.

Antes de que pudiera reaccionar, me vi conducido, atravesando aquel jardín, por otras salas y corredores. Al fin, desembocamos en un vasto salón recubierto de espejos.

Sin saber ni preguntarme lo que hacía, me incliné en una graciosa, perfecta, genuflexión ante su Excelencia, en quien inmediatamente reconocí a un poderoso mandarín, y tras los parabienes y ceremonias de costumbre, nos sentamos ante una bandeja dispuesta con un juego de té.

Tras el Mandarín, revoloteaba el joven inoportuno de la víspera, cuyos rasgos achinados y cuyo atuendo no bastaban para disfrazarlo. Por cierto, yo también me había vuelto chino, como pude comprobar en los espejos que tapizaban las paredes de la sala, multiplicando como una burla graciosa mi imagen. No me preocupaba lo más mínimo.

Una mujer, en quien enseguida reconocí a Mercedes en versión también china, escuchaba reclinada en la fuente, el grato acorde de un samisén junto a la enorme pajarera, a escasos pasos de nosotros.

Entretanto, su Excelencia me explicaba que tenía un hijo, un tarambana, que quería encomendarme. A cambio, yo obtendría por supuesto un cargo de gran provecho en la capital del Imperio. Por sus palabras deduje que nos hallábamos a punto de ser invadidos de nuevo por los Hombres del Norte.

Mi secretario, Anselm-iung, asentía, inclinado detrás de mí:

-claro, claro, claro.

Y Mercedes, china ahora, seguía moviéndose como en una acuarela entre el desgañitarse de los pájaros.

Esta noche daremos una fiesta para celebrar mi ascenso. Lo que aún no me explico es cómo he podido aprender el chino, tan bien y tan rápidamente.

Al fin, su Excelencia se ha excusado muy agradecido, reiterando sus promesas, y se ha retirado con su secretario, que me ha prometido venir a la fiesta sin falta.

Yo, por mi parte, le he prometido a Ansel-Miung llevarlo conmigo a la capital. Así sus hijos podrán hacer una carrera como funcionarios.

Sé que esta noche, cuando lleguen los brindis, el joven enigmático levantará su copa llena de vino de arroz. Y que yo beberé demasiado. Y que mi mujer (cuyo nombre aún no sé), me arropará en la enorme cama, cuando al fin se hayan ido todos los invitados. Y yo caeré en un profundo sueño de borracho.

 

 

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