Era una noche de verano. Yo acababa de lograr un puesto de
Profesor Auxiliar de Matemáticas en la Universidad de
Granada, gracias a cierto favor que no viene al caso, y lo
celebraba en casa con algunos amigos. Entre las
felicitaciones y los parabienes de unos y otros adivinaba,
no sin satisfacción, cierta envidia mezclada con
resentimiento y asombro.
La noche no podía ir mejor. Mercedes y yo nos habíamos
empleado a fondo, esmerándonos para que todo saliera a la
perfección.
A las dos de la mañana, cuando despedíamos a los últimos
invitados, me di cuenta de que estaba borracho:
-será mejor que te acuestes, me dijo, y me empujó riendo
contra el sofá nuevo.
Luego giró alegremente sobre sus tacones altos y salió.
Me quedé tumbado en la penumbra, desvelado y a la vez
adormecido por el alcohol, con la típica sensación de
vértigo y perplejidad de los borrachos.
Al fin, cerré los ojos y me quedé dormido.
Ese mismo día, el Inspector Jefe de nuestro Instituto se
había presentado en el despacho de Anselmo. Poco después
estábamos los tres, charlando y bromeando en la cafetería.
Anselmo, el Director de nuestro Instituto, me felicitaba, y
cada tanto me palmeaba los hombros y la espalda con sus
grandes manos de hombre de campo. En sus ojillos y en su
risa, rápida y viva, destellaba la astucia.
El Inspector, por su parte, mantenía una actitud más fría y
reservada, aunque dentro de la cordialidad.
El plan, si puede llamarse así, que habíamos urdido entre
los tres hacía unas semanas, había salido bien. Ahora
llegaba el momento de recoger los frutos: el aprobado para
el hijo del Inspector (no sólo el mío, sino el del resto de
profesores, hoy por ti, mañana por mí); el traslado a un
Centro de la capital de Anselmo, cuya hija mayor, Marta,
empezaba precisamente el año siguiente la Universidad; y,
como ya he dicho, mi propio nombramiento de Profesor
Auxiliar de Matemáticas de la Universidad de Granada.
Ni que decir tiene, que ninguno de los tres sentía el más
mínimo remordimiento. El mundo funciona así. ¿No hubiese
actuado cualquiera como nosotros? Bien pensado, no habíamos
perjudicado a nadie. Nuestra única injusticia, si puede
llamarse así, había sido aprobar a aquel joven (cuyo rostro
y cuyas maneras empezaban a borrárseme de la memoria).
Cualquiera hubiese hecho lo mismo que nosotros. ¿Por qué no
aprovechar las pocas oportunidades de prosperar que nos
ofrece la vida?
Se dirá que el chico no merecía el aprobado; de acuerdo; se
dirá que existen unos principios, no lo niego; e incluso,
que la plaza de Anselmo en Granada, y la mía en la
Universidad, no debían estar sujetas a tales mercadeos sino
resultar para quien más las mereciese. No niego ninguno de
estos puntos, ni tampoco trataré de justificarme, porque no
siento que haya hecho nada malo ni perjudicado a nadie.
Pero, en primer lugar, el chico habría acabado aprobando, si
no de una manera, de otra; lo que hiciese después con su
vida sería sola y exclusivamente su responsabilidad. En
realidad, nosotros lo único que habíamos hecho era darle
algo que no se merecía pero que, de todos modos, hubiera
obtenido tarde o temprano, a cambio de algo.
Por otra parte, tanto la Plaza de Anselmo como la mía,
estaban destinadas a ser adjudicadas de un modo similar, a
cualquier otro. ¡Ya no somos unos chicos idealistas, esos
tiempos pasaron! ¡Sabemos cómo funciona el mundo! Y si
otros, no mejores que nosotros, estaban dispuestos a
aprovecharse si se les hubiera presentado la oportunidad,
¿en nombre de qué principios debíamos permitirlo y
negárnoslo a nosotros?
Además, tanto Anselmo como yo nos merecíamos de sobra
aquella promoción, llamémosla extraordinaria. El Inspector
era una buena persona. ¿Quién no tiene hijos, adolescentes,
por los que se desvela, a los que trata de encaminar en la
vida? Nosotros le habíamos ayudado, y el hombre nos estaba
agradecido. Eso es todo.
Las cosas son como son, por más vueltas que se les dé. Por
supuesto, tanto Anselmo como yo le agradecimos su ayuda, y
nos congratulamos por el aprobado final de su hijo. Él
también nos dio las gracias. Yo incluso le vaticiné un
futuro académico mejor. ¿Quién no ha sido adolescente, ni ha
fumado porros, ni se ha emborrachado alguna vez a esa edad,
ni ha pinchado alguna rueda o ha roto una ventana del
Instituto en un ataque de rabia? Y de pronto un día, sin
saber por qué ni cómo, se levanta de la cama y ya es otra
persona, y empieza a actuar con sensatez, dejando pasmados a
todos y en primer lugar a sus propios padres, que ya habían
perdido toda esperanza. Estas cosas pasan todos los días.
Así que nosotros podíamos incluso sentirnos orgullosos por
haberle quitado un obstáculo del camino, por habernos
anticipado y apostado con optimismo por el futuro.
Si al final el chico se torcía, se iba a torcer de todas
maneras, lo aprobáramos o no.
Así, mientras charlábamos, fueron llegando otros compañeros,
algunos que también lo habían aprobado al final, y otros que
no lo tenían aquel año pero que lo recordaban o lo conocían
de oídas, porque era uno de los peores alumnos que han
pasado por el Instituto. Todos sin excepción, nos
felicitaron, no sin cierta malevolencia enmascarada de
humor, con envidia. Ya se sabe cómo son estas cosas. En fin,
Anselmo y yo disputamos sobre a quien le correspondía pagar.
Anselmo pagó el desayuno. Yo, por mi parte, los invité a mi
pequeña fiesta de esa noche, en mi casa (a sabiendas por
supuesto, de que sólo vendría Anselmo). El Inspector se
excusó, nos volvió a agradecer todo, nos deseó buena suerte,
y se despidió con sendos apretones de mano y una mirada
franca, de gratitud, justo cuando sonaba el timbre del
recreo.
Anselmo y yo nos quedamos solos.
Al atardecer, volvimos a encontrarnos en mi casa. Ya habían
llegado algunos amigos. Algunos eran conocidos comunes;
otros, compañeros de mi mujer. Mercedes había corrido la voz
de mi traslado en su trabajo, estaba orgullosa, y no se
hablaba de otra cosa. Nadie, sin embargo, me preguntó por el
cómo había ocurrido, al menos sin un cierto retintín. Es
algo que se da por supuesto. También a Anselmo lo
felicitaban, incluso personas a las que no conocía le
preguntaban por su hija y le deseaban un buen ingreso en la
Facultad de Empresariales.
Yo me burlaba, con buena intención claro está, de sus
aficiones rurales, ponderando las ventajas y los
inconvenientes de la ciudad.
Todo estaba dispuesto a las mil maravillas: nada solemne ni
envarado; aquí y allá, en el amplio salón (más amplio desde
que habíamos tirado el tabique del dormitorio de Susana, con
ciertos ingresos extraordinarios), estaban dispuestas las
mesas con los canapés, fríos y calientes; corrían las
camareras con las bebidas; la heladora. Cada quien se servía
libremente y, como éramos más de veinte personas, no me
molesté en contarlas, formábamos grupos más o menos fluidos,
y sobrevolaba un aire alegre, de fiesta.
Tampoco la etiqueta era rigurosa: en suma, flotaba un aire
desenvuelto, moderno, chic, como dirían los esnobs. Mercedes
y yo, como anfitriones de la noche, íbamos de un grupo a
otro, recogíamos a los aislados, ayudábamos a las señoras. Y
así transcurría apacible y brillante la velada, hasta que
llegó el turno de los brindis, poco antes de la media noche.
Entonces un joven bajito, grueso, en el que no me había
fijado y al que después no volví a ver, con una cabezota
maciza, revuelta, y desproporcionada presidida por unos
lentes redondos de montura de metal, levantó su copa:
-¡por el éxito!
Se hizo un silencio, apenas una fracción de segundo. ¡Claro,
por el éxito! E inmediatamente, una risotada y un
entrechocar de copas resonaron como un eco en la habitación,
atufada de humo y olor a colonia:
-¡por los principios!, repitió el joven.
Esta vez el brindis fue más tibio. Estaba claro que aquello
estaba completamente fuera de lugar. ¿Qué había querido
decir? Yo iba a acercarme al joven, cuando Anselmo me retuvo
del brazo y comenzó a hablarme por enésima vez de su hija.
Pedimos otra botella.
Por su parte, Mercedes estaba demasiado ocupada para hacer
lo propio. El joven no volvió a abrir la boca, más aún,
desapareció. Sólo he vuelto a acordarme ahora, después del
extraño suceso que me ha traído donde estoy.
En resumen: la fiesta prosiguió sin más contratiempo. Nadie
se atrevió a más brindis. Y poco antes de la una, empezaron
a irse los primeros invitados.
Como he dicho al principio, yo había comido poco y bebido y
hablado mucho, más de la cuenta. Pero era comprensible: la
carrera que de pronto se abría ante mí, aparte de nueva, era
sólo el primer paso para ulteriores ascensos: después
vendría la Titularidad, el Doctorado, y quién sabe, la
Cátedra. Los días de profesorcillo de adolescentes, de
maestrillo de Instituto, habían tocado a su fin.
Hoy por ti, mañana por mí.
Mercedes estaba radiante, parecía más joven y bonita, y la
deseé. De pronto me vi casi echando con buenos modos a los
rezagados que se empeñaban aún, con una copa vacía en la
mano, en asomarse al balcón a ver las luces de la calle y a
fumar el último cigarrillo. ¡Todos a dormir! Estaba claro
que yo había bebido demasiado, pero era la nuestra una
borrachera alegre que no desentonaba en medio de aquella
alegría.
Y con Anselmo, se fueron marchando poco a poco todos, en
alegre tropel. Hacia las dos nos quedamos al fin, solos, en
medio de la sala desordenada. Y ocurrió la escena que he
descrito al principio. Mercedes me empujó riendo al sofá
nuevo y apagó la luz, tal vez con intención de volver
después. Escuché una puerta, un grifo, el claxon alocado de
un coche.
Y caí en un profundo sueño de borracho.
Cuando desperté, un hombrecillo amarillo me observaba
atentamente desde el borde de un dosel de seda. Al principio
creí que era un sueño. Me alegré, pues eso significaba que
dormía aún, y estaba muy cansado. Al día siguiente tenía
muchas cosas que hacer.
Me vino a la mente, no sé por qué, el recuerdo del joven
inoportuno del brindis.
El chino seguía allí, al borde de la cama que, de pronto,
había tomado proporciones enormes y que, como digo, recubría
un rico dosel de seda decorado con dragones y pájaros de
oro:
-señor, perdón, debe levantarse, señor. Su Excelencia le
espera.
Entonces me di cuenta de que no estaba soñando.
Cauto, dije:
-claro, claro…
Y el chino empezó a ayudarme a vestirme. Mientras me
envolvía en aquel complicado ropaje ceremonial, y me
encasquetaba un extraño gorro que se me clavaba en las
sienes, alguien trajo un aguamanil de porcelana, un peine,
un espejo. Yo no sabía qué hacer. No podía apartar la vista
de todo lo que me rodeaba.
De pronto mi ayudante descorrió un gran biombo y, tras una
puerta corredera, apareció un jardín con una fuente rodeada
de frutales, y más allá una gran pajarera de bambú.
Antes de que pudiera reaccionar, me vi conducido,
atravesando aquel jardín, por otras salas y corredores. Al
fin, desembocamos en un vasto salón recubierto de espejos.
Sin saber ni preguntarme lo que hacía, me incliné en una
graciosa, perfecta, genuflexión ante su Excelencia, en quien
inmediatamente reconocí a un poderoso mandarín, y tras los
parabienes y ceremonias de costumbre, nos sentamos ante una
bandeja dispuesta con un juego de té.
Tras el Mandarín, revoloteaba el joven inoportuno de la
víspera, cuyos rasgos achinados y cuyo atuendo no bastaban
para disfrazarlo. Por cierto, yo también me había vuelto
chino, como pude comprobar en los espejos que tapizaban las
paredes de la sala, multiplicando como una burla graciosa mi
imagen. No me preocupaba lo más mínimo.
Una mujer, en quien enseguida reconocí a Mercedes en versión
también china, escuchaba reclinada en la fuente, el grato
acorde de un samisén junto a la enorme pajarera, a escasos
pasos de nosotros.
Entretanto, su Excelencia me explicaba que tenía un hijo, un
tarambana, que quería encomendarme. A cambio, yo obtendría
por supuesto un cargo de gran provecho en la capital del
Imperio. Por sus palabras deduje que nos hallábamos a punto
de ser invadidos de nuevo por los Hombres del Norte.
Mi secretario, Anselm-iung, asentía, inclinado detrás de mí:
-claro, claro, claro.
Y Mercedes, china ahora, seguía moviéndose como en una
acuarela entre el desgañitarse de los pájaros.
Esta noche daremos una fiesta para celebrar mi ascenso. Lo
que aún no me explico es cómo he podido aprender el chino,
tan bien y tan rápidamente.
Al fin, su Excelencia se ha excusado muy agradecido,
reiterando sus promesas, y se ha retirado con su secretario,
que me ha prometido venir a la fiesta sin falta.
Yo, por mi parte, le he prometido a Ansel-Miung llevarlo
conmigo a la capital. Así sus hijos podrán hacer una carrera
como funcionarios.
Sé que esta noche, cuando lleguen los brindis, el joven
enigmático levantará su copa llena de vino de arroz. Y que
yo beberé demasiado. Y que mi mujer (cuyo nombre aún no sé),
me arropará en la enorme cama, cuando al fin se hayan ido
todos los invitados. Y yo caeré en un profundo sueño de
borracho.