
Buscamos la línea del júbilo
tras las plantas
de los pies
de hombres y mujeres que corren
entre ñúes,
de aquellos que llegaron
de la verde sabana,
y hoy, en este barrio inhóspito
de Barking, llenan
de colores vivos
los transportes públicos.
Nuestros rostros se reflejan
en su pasado nómada
no sé si el mismo día
que Bobby Moore corona
en una plaza del West Ham
la tarde victoriosa del sesenta y seis,
y les miramos desde el pasado
porque ellos
sólo pueden mirarnos
desde el presente.
Queda la City,
con su textura apelmazada,
un transcurso perenne
de yuppies elegantes,
casi como lo han sido siempre,
desde que Richard Lester
les dio un aliento de humo
en un cine de barrio,
y los besos, la libertad,
nuestro futuro, fueron coreados
por jóvenes airados.
O acaso Portobello,
con su olor a pachuli,
su lenta decadencia,
quien sabe si orgulloso
de que su viejo vate
abrazara el Islam
cuando aún no era
una moda sangrienta
ni, o, un grito desesperado
de venganza.