México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

Cristina Harster Wanger. Nacida en Barcelona en 1963 y de cultura catalana-suiza, es licenciada en Filología (Hispánicas) por la Universidad de Barcelona. Traductora free-lance, ha sido becaria en Parlamento Europeo (Luxemburgo). Desde entonces, ha colaborado en diversas empresas, colegios profesionales, editoriales (Planeta),y de otras entidades como la Universidad Politécnica de Barcelona.En el campo de la creación literaria, tiene cuentos publicados en la Revista Digital Alfabet, y en 2004 fue finalista del concurso literario les Millors Pàgines, organizado por el Ayuntamiento de Granollers.

  

El año pasado la novela Vida y destino del periodista ruso Vassili Grossman (muerto en Suiza en 1964) irrumpió en España y, hoy por hoy, ya es todo un “best-seller” con 125.000 ejemplares vendidos. Según los críticos, gran parte del éxito se debe a la excelente traducción de la joven Marta Rebón, que recupera toda la gama cromática de la lengua eslava. Nada que ver con la discreta acogida que la misma obra obtuvo en 1985, cuando la editorial Seix-Barral lanzó una versión castellana traducida del francés. Muy poco después (1988), y gracias a la Glasnhost de Mijail Grobachov, Vida y destino veía por fin la luz en su propio país, donde los comunistas la habían vetado al menos durante doscientos años por considerar esta gran saga al estilo de Guerra y Paz de Tolstoi subversiva y distorsionadora, pues el autor osaba comparar el genocidio nazi con la crudeza del régimen estalinista. 

Y es cierto; a lo largo de sus mil y pico páginas, se van yuxtaponiendo las vicisitudes de las diferentes ramas de la familia Sháposhniov, víctimas de estos dos horrores que arrasaron la tierra rusa de la primera parte del siglo XX.  Pero este notario de guerra que fue Vasili Grossman va mucho más allá de la cronología fielmente ejecutada; tanto, que la narración paralela de acontecimientos procedentes de facciones aparentemente contrarias – campos de extermino nazis al lado de campos de reeducación estalinista – acaba por unirse en un magma homogéneo que nos da la clave del libro: el horror y la crueldad no tienen ni color político ni justificación posible. 

Lejos de caer en un victimismo dramatitzante y morboso, la obra acaba convirtiéndose en un laberinto de claroscuros que indaga en los rincones más escondidos de la naturaleza humana. Su objetivo es obvio: la búsqueda de los mecanismos internos que fueron capaces de provocar la hecatombe. Y no sólo de la parte de los verdugos, especialmente entrenados para deshumanizar a las personas que matan hasta convertirlas en “carcasas abatidas”, sino también de la parte de las propias víctimas, buscadoras desesperadas de motivos para justificar lo que les está pasando. Y así, asistimos impávidos a la escena de una madre que se apresura a colocar a su niño a la cola del crematorio para acelerar así un destino insoslayable, o a los esfuerzos de un poeta para componer odas heroicas que justifiquen el sacrificio de su pueblo... Incluso allí, en la antesala física de la muerte, se hablaba de proyectos de futuro, como si la esperanza fuese el último de los botones que se apagan en toda vida humana, por muy cruel y sanguinaria que ésta sea. Como si ambos bandos del drama buscasen desesperadamente la manera de convertirse en Aves Fénix de la su propia razón de ser. Y en medio de toda la sangre, la huida de la alienación encarnada en la piel del contable que cuenta cadáveres a la manera de balance macabro de los “entrantes” y  “salientes”, o de la vieja solterona que es capaz de levantarse de entre una pila de personas recién fusiladas y volver cojeando al punto donde fue arrestada, aún a sabiendas de que está corriendo el riesgo de volver correr la misma suerte. Pero ese barrio es el único hogar que ha conocido nunca..  

Después de cada sesión de lectura, cerramos el libro con fuerza, como si mediante ese gesto estúpido nos quisiésemos asegurar que las escenas de brutalidad  extrema que acabamos de leer no se escaparan de les páginas de papel para invadir nuestra cotidianeidad banal. Por un extraño mecanismo de supervivencia, llegamos a la convicción de que, a fin de cuentas, sólo se trata de la trama de un libro, un libro muy gráfico, tanto que acaso algún buen director podría llegar a realizar una película muy taquillera. “¡Estos tiempos ya no volverán!” – nos decimos con aplomo – “¡Ahora vivimos en la era de la democracia y los extremistas son solo cuatro locos!” 

Y sin embargo, los ejemplos de exterminio llegan hasta nosotros en forma de noticia más o menos reciente; no hace falta ir a ningún otro continente para buscarlos. El drama del genocidio armenio – magistralmente explicado por la desaparecida escritora catalana Mª Àngels Anglada –, la fratricida guerra de la ex-Yugoslavia, el exterminio del pueblo kurdo en Irak, son ejemplos lacerantes que nos demuestran que el germen maléfico de la barbarie sigue bien vivo entre nosotros. Para hacerlo crecer y desarrollarse no hace falta gran cosa, basta con crear una dicotomía y enfrentar las dos partes escindidas. Tarde o temprano, la más fuerte no sólo se impondrá sobre la más débil, sino que la querrá eliminar por considerarla culpable de todos sus males.  

Este libro nos enseña que la verdad no es un trofeo a conquistar, sino un tesoro a compartir que tiene tantas formas y colores como los de un calidoscopio infantil. De nosotros depende descubrir la manera de poner en común todos estos paisajes para construir un futuro donde no haya vencedores ni vencidos, sino opiniones y maneras de ver el mundo, todas ellas igualmente respetables. Todas, excepto las que imaginan un decorado monocolor y unidimensional, donde la noción de bueno y malo se confunde con la de poder.

 

 

 

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