El año pasado la novela Vida y destino del
periodista ruso Vassili Grossman (muerto en Suiza en
1964) irrumpió en España y, hoy por hoy, ya es todo
un “best-seller” con 125.000 ejemplares vendidos.
Según los críticos, gran parte del éxito se debe a
la excelente traducción de la joven Marta Rebón, que
recupera toda la gama cromática de la lengua eslava.
Nada que ver con la discreta acogida que la misma
obra obtuvo en 1985, cuando la editorial Seix-Barral
lanzó una versión castellana traducida del francés.
Muy poco después (1988), y gracias a la Glasnhost de
Mijail Grobachov, Vida y destino veía por fin
la luz en su propio país, donde los comunistas la
habían vetado al menos durante doscientos años por
considerar esta gran saga al estilo de Guerra y
Paz de Tolstoi subversiva y distorsionadora,
pues el autor osaba comparar el genocidio nazi con
la crudeza del régimen estalinista.
Y es cierto; a lo largo de sus mil y pico páginas,
se van yuxtaponiendo las vicisitudes de las
diferentes ramas de la familia Sháposhniov, víctimas
de estos dos horrores que arrasaron la tierra rusa
de la primera parte del siglo XX. Pero este notario
de guerra que fue Vasili Grossman va mucho más allá
de la cronología fielmente ejecutada; tanto, que la
narración paralela de acontecimientos procedentes de
facciones aparentemente contrarias – campos de
extermino nazis al lado de campos de reeducación
estalinista – acaba por unirse en un magma homogéneo
que nos da la clave del libro: el horror y la
crueldad no tienen ni color político ni
justificación posible.
Lejos de caer en un victimismo dramatitzante y
morboso, la obra acaba convirtiéndose en un
laberinto de claroscuros que indaga en los rincones
más escondidos de la naturaleza humana. Su objetivo
es obvio: la búsqueda de los mecanismos internos que
fueron capaces de provocar la hecatombe. Y no sólo
de la parte de los verdugos, especialmente
entrenados para deshumanizar a las personas que
matan hasta convertirlas en “carcasas abatidas”,
sino también de la parte de las propias víctimas,
buscadoras desesperadas de motivos para justificar
lo que les está pasando. Y así, asistimos impávidos
a la escena de una madre que se apresura a colocar a
su niño a la cola del crematorio para acelerar así
un destino insoslayable, o a los esfuerzos de un
poeta para componer odas heroicas que justifiquen el
sacrificio de su pueblo... Incluso allí, en la
antesala física de la muerte, se hablaba de
proyectos de futuro, como si la esperanza fuese el
último de los botones que se apagan en toda vida
humana, por muy cruel y sanguinaria que ésta sea.
Como si ambos bandos del drama buscasen
desesperadamente la manera de convertirse en Aves
Fénix de la su propia razón de ser. Y en medio de
toda la sangre, la huida de la alienación encarnada
en la piel del contable que cuenta cadáveres a la
manera de balance macabro de los “entrantes” y
“salientes”, o de la vieja solterona que es capaz de
levantarse de entre una pila de personas recién
fusiladas y volver cojeando al punto donde fue
arrestada, aún a sabiendas de que está corriendo el
riesgo de volver correr la misma suerte. Pero ese
barrio es el único hogar que ha conocido nunca..
Después de cada sesión de lectura, cerramos el libro
con fuerza, como si mediante ese gesto estúpido nos
quisiésemos asegurar que las escenas de brutalidad
extrema que acabamos de leer no se escaparan de les
páginas de papel para invadir nuestra cotidianeidad
banal. Por un extraño mecanismo de supervivencia,
llegamos a la convicción de que, a fin de cuentas,
sólo se trata de la trama de un libro, un libro muy
gráfico, tanto que acaso algún buen director podría
llegar a realizar una película muy taquillera.
“¡Estos tiempos ya no volverán!” – nos decimos con
aplomo – “¡Ahora vivimos en la era de la democracia
y los extremistas son solo cuatro locos!”
Y sin embargo, los ejemplos de exterminio llegan
hasta nosotros en forma de noticia más o menos
reciente; no hace falta ir a ningún otro continente
para buscarlos. El drama del genocidio armenio –
magistralmente explicado por la desaparecida
escritora catalana Mª Àngels Anglada –, la
fratricida guerra de la ex-Yugoslavia, el exterminio
del pueblo kurdo en Irak, son ejemplos lacerantes
que nos demuestran que el germen maléfico de la
barbarie sigue bien vivo entre nosotros. Para
hacerlo crecer y desarrollarse no hace falta gran
cosa, basta con crear una dicotomía y enfrentar las
dos partes escindidas. Tarde o temprano, la más
fuerte no sólo se impondrá sobre la más débil, sino
que la querrá eliminar por considerarla culpable de
todos sus males.
Este libro nos enseña que la verdad no es un trofeo
a conquistar, sino un tesoro a compartir que tiene
tantas formas y colores como los de un calidoscopio
infantil. De nosotros depende descubrir la manera de
poner en común todos estos paisajes para construir
un futuro donde no haya vencedores ni vencidos, sino
opiniones y maneras de ver el mundo, todas ellas
igualmente respetables. Todas, excepto las que
imaginan un decorado monocolor y unidimensional,
donde la noción de bueno y malo se confunde con la
de poder.