El
lector es un observador pasivo que conmuta las
palabras, muchas veces al entendimiento de su
propia mente, en otras, a la conveniencia de una
inclinación lógica ya generalizada. Así también,
el individuo común, quien aparenta no estar
compungido en su ambiente cotidiano, conmuta la
percepción de la realidad con el fin de ir
superando el hastío, la frustración y el ritmo
incesante de la rutina que lo acongoja. Cae
entonces en un sueño negligente y aparentemente
ventajoso que lo “libera” de la obviedad
perturbadora, pero, al fin de cuentas, tendrá
que encarar el inútil esfuerzo, a veces
inconsciente, de su proceder. Tarde o temprano
se percatará de las falsas proyecciones y caerán
los escenarios prefabricados ante sus pies,
porque la vida no es tan simple de olvidar
mientras se vive. Es necesario pues, despertar
del sopor antes de que caiga el último grano en
el reloj de arena.
Luis Amézaga en A pesar de
Todo recicla
los detalles desechados por la memoria de corto
alcance, los hace pasar por un crisol
susceptible a las dimensiones de la arquitectura
conductual humana, procesando su esencia a
través de un análisis perspicaz y agudo. Sin
embargo, el mérito no recae precisamente en este
intrincado proceso, sino en la forma de
replantearnos la cotidianidad. Hablo pues, del
producto literario derivado de esos segundos
olvidados, de esos instantes a los cuales se les
niega una breve pero certera reflexión, de esos
espacios que merecen ser vistos bajo otras
perspectivas, pues ellos hablan mejor sobre
nuestra existencia que cualquier otra cosa que
hayamos ideado.
Amézaga pone al desnudo las
inquietudes humanas, allanando la intimidad
individual y el devenir colectivo a lo largo de
esta obra, con una forma muy particular de
escribir, casi inconfundible. Su escritura es a
veces descarnada e incisiva, otras; irónica y
jocosa.