Ahora que duermes
me
sobran los minutos para mirarte,
dejarte descansar de lado a mi costado
y
cubrir esa desnudez de tu cuerpo
con mi mano.
Las distancias que nos pesan en las espaldas
se
han cubierto con el pelo que caen en rizos
sobre tus hombros y en mi pecho,
distancias cubiertas con tus ojos y con tus labios
y
toda tú estas aquí
perdida en el sueño del amor
después del amor.
Yo,
enamorado de ti, de tu rostro,
tu
rostro que parece que me mira
perdido en la distancia de tu embeleso,
cierto y distante y callado
a
la par de la noche y de tu piel de niña.
Ahora se me escapan de las manos
las horas, la vida, tu figura descansando
y
se me escapa este momento
en
que estas tú, quieta y dormida,
la
memoria traicionera enfáticamente
traicionera se levanta cada mañana
anunciando este nuevo día que comienza
y
pasa… y pasa.
Amaneces pués entre suspiros
que brotan de este sol que penetra,
que invade, que ahuyenta las sombras
plácidas, compañeras insaciables del amor,
y
yo te miro en el instante mismo
en
que el tiempo deja de ser tiempo
cuando abre los ojos y nos mira así,
perdidos en el sueño bandido
de
unas cuantas horas de amor.
Abres
los ojos de repente como espantada
topas con mi mirada,
y
sonries y te ruborizas
y
esta, tu mirada silenciosa
parece que me habla
y
sostiene
este pequeño universo nocturno
que agoniza…

Háblame de ti, vida,
del instante en que detienes tu paso,
suspiro callado, sencillo,
enarbolando distancias entre los cuerpos
que
ligeros como palomas al vuelo
persiguen las huellas dejadas por alguien
inadvertido.
Momento en que el tiempo pasa calle abajo,
mirándome de lado, sonriendo entre paso y paso
moviendo torpes los pies a uno
y
otro lado del destino.
Háblame de estas cosas,
estas cosas que se suceden entre la lluvia y el
viento
entre los árboles que siguen de pie
con el ánimo rígido,
instante amargo fecundando dolores entre los brazos.
Es
mi piel que abraza los años
que me quedan por nacer,
es
la nieve acostumbrada al invierno,
al
espanto en que se ven las sombras
alejadas entre la madrugada
y
las sábanas,
estrellas solitarias de unos ojos,
vigilantes nocturnos de letras,
y
de focos.
Yo
no sé si la vida sea esto,
la
magia de unos ojos femeninos,
embrujo de amor que siente,
que
navega entre ola y ola de este
nuestro
mar de pasión, de entrega, de sueño.
Y
es este mismo sueño que nos inflige el sufrimiento
de
distancias acaparadas en los párpados
y
el sueño de una realidad palpable
entre nubes de ilusión y esperanza.
¿Qué
hago después de todo esto,
de
encontrarte en mi sueño desperfecto
en
esta vida que me hace uno,
en
mis ilusiones, en mi deseo?
¿Qué
hago amor?,
si
te has llevado todo lo que siento…

Hay un tiempo
para tenerte entre mis brazos
con estas ganas de tocar tu piel,
de
poseer tu mirada entre la mía
y
tus manos,
cual frágiles golondrinas
acariciando al viento desnudo que respiras.
Afuera,
entre la multitud que pasa,
que espera un milagro,
en
la calle,
deseando la noche para los enamorados,
para los niños desvalidos,
mendigando hojas de tiempo hacía atrás
y
pan.
La
noche,
para los besos furtivos de miradas lascivamente
inquisitivas,
lámparas que hieren a voluntad la piel de ésta
oscuridad,
cómplice del amor,
y
de la maldad de unos cuantos,
mudos testigos de un encuentro furtivo,
en
las alas de un amor, ciego,
de
unas horas,
de
unos fluidos que se mezclan
creando vida.
¿Qué
pasará mañana?,
Cuando no te tenga, cuando en la ventana
el
tiempo me venga a tocar
pidiendo lo que le corresponde,
la
vida.
Cuando en la oscuridad de mis horas álgidas
te
llame y sólo venga a mi un recuerdo,
del cuerpo que fuiste una sola vez,
de
esa mirada retumbando en miles de ecos
en
mi cerebro,
de
tus manos de golondrina,
sobre mi voluntad de recordarte.
Y
después de todo esto,
del deseo perdido,
de
miradas que se encuentran a ambos lados del amor,
del recuerdo.
Surge la pregunta inevitable:
¿Qué
pasará mañana?, amor...