Es notable y digno de mención que en algunos
bachilleratos y universidades mexicanos todavía se
impartan clases de marxismo como paradigma o modelo
a realizar, al tiempo de recurrir al análisis
marxista para estudiar filosofía, historia y
economía, así como otras ciencias y disciplinas,
como si tuviese plena vigencia y siguiera siendo
válido filosófica, científica, ideológica y
políticamente.
Aparte de que efectivamente desde hace muchas
décadas el marxismo ha sido plenamente contestado y
demolido filosófica y científicamente, puestos en
evidencia sus falacias y erróneos fundamentos y caer
en desuso como teoría o método de análisis con
pretensiones científicas; más contundente aún
resultó el fracaso de su práctica política en los
llamados países de socialismo real: el colapso del
comunismo fue escandaloso y patético, una terrible
lección que la humanidad no debe olvidar y que vino
a confirmar las contradicciones y falacias de sus
bases teóricas e ideológicas.
En efecto, los países que padecieron el comunismo
real no solo terminaron en estruendosa quiebra
económica y devastación ecológica, sino que sus
pueblos sufrieron interminables quebrantos en todos
sus derechos humanos, conculcadas sus libertades
políticas, económicas, civiles, religiosas,
individuales y sociales: violados sistemáticamente
por dictaduras de partido único amparadas por
legislaciones arbitrarias y despóticas cuyos
aparatos policiacos represivos y criminales se
encargaban de ejecutarlas despiadadamente.
Los múltiples y elocuentes testimonios de campos de
concentración y exterminio como el Gulag o Kolima,
así como de la sistemática vigilancia y represión de
las policías políticas (KGB, Stassi, et al) en
contra de la población son innumerables, fehacientes
y altamente dramáticos; han sido documentados por
las propias víctimas, sus familiares, intelectuales,
periodistas e historiadores que han puesto en
evidencia los crímenes cometidos para que no sean
olvidados y dejar testimonio aleccionador.
El dramatismo de los acontecimientos que provocaron
la caída del Muro de Berlín, los hechos previos y
posteriores, simbolizan el colapso mundial del
comunismo, su rotundo fracaso, la estela de
sufrimiento, muerte e innumerables pérdidas humanas
y materiales que supusieron sus regímenes: esa
pesadilla del siglo XX que sacrificara en el altar
de las ideas abstractas a millones de personas
concretas, como diría Enrique Krauze.
Y aún así, no obstante toda la inmundicia salida de
las cloacas de esos sistemas luego de su colapso,
pululan todavía en México algunos comunistas
trasnochados anclados en la última glaciación
ideológica, que persisten en seguir adoctrinando a
los chicos de bachilleres o de universidad (verdaderos
cautivos ideológicos), en marxismo y análisis
marxista como si fuese la panacea y el ideal a
seguir, al tiempo de denostar y presentar como
contradictorio, criminal y malvado al capitalismo;
es decir, enseñan a los alumnos a despreciar el
sistema en el que viven y a calificarlo moralmente
como malo y perverso. Del socialismo real, ni una
crítica enderezan.
Inculcan en los jóvenes estudiantes, (explotando el
idealismo romántico y justiciero propio de su edad),
resentimientos, odios e impulsos reivindicatorios al
adoctrinarlos mediante ideas seudo científicas como
la lucha de clases, el materialismo dialéctico, la
necesidad de la revolución violenta para derrocar al
sistema burgués, la dictadura del proletariado, la
abolición de las clases sociales y de la propiedad
privada, el determinismo y monismo económico que
pregonan y la instauración del comunismo como
panacea liberadora de la explotación capitalista.
No es casual ni debe sorprendernos constatar la
presencia de “estudiantes” mexicanos en campamentos
clandestinos de guerrilleros de las FARC, levantadas
en armas en contra del gobierno legítimo y
democráticamente elegido de Colombia, asentados en
territorio del Ecuador con la connivencia del
gobierno de éste país y apoyados por el sátrapa de
Venezuela.
El padre de una de las mexicanas heridas en dicho
campamento justifica su presencia alegando que su
hija estaba “estudiando”, realizando una
“investigación académica”,(aunque se sabe que hace
muchos años que dejó la Universidad al concluir el
ciclo escolar), justo en un campamento militar
subversivo y clandestino, al mando, ni más ni menos,
que del segundo jefe de las FARC, uno de los
terroristas más buscados por el que se ofrecía una
millonaria recompensa; en medio de la selva
ecuatoriana, que para saber de su localización,
poder acceder y lograr la autorización para
permanecer ahí fuese necesario sólo el interés
académico de unos “estudiantes” mexicanos. ¡Qué
estudiosos!
Valga la oportunidad para destacar el enorme repudio
que la gran mayoría de los colombianos tienen por
las FARC, grupo guerrillero con casi 50 años de vida
que se mantiene gracias a las multimillonarias sumas
de dinero obtenidas por el secuestro, la extorsión,
el chantaje, el terrorismo y sobre todo, por el
narcotráfico a los que se dedican desde hace décadas.
Tales son sus verdaderas y reales razones de ser y
existir: lo demás es demagogia. En Colombia todo
mundo lo sabe, por eso respaldan a su sistema
democrático, incluyendo partidos y gente de las
izquierdas. Quien esto escribe vivió en éste país y
le constan por experiencia dichas opiniones
abrumadoramente mayoritarias en todas las clases
sociales.
Esos “profesores” (como el papá de la mexicana
activista de las FARC) lucen como sacerdotes de un
culto ideológico, se empeñan en desubicar a los
chicos de la realidad, en dotarlos de instrumentos y
herramientas para otro sistema, el
marxista-leninista, que ya no existe en ningún lado
(salvo en los renegados y esperpénticos regímenes
totalitarios de Corea del Norte y Cuba, donde los
déspotas heredan el poder a hijos y hermanos), en
lugar de ofrecerles medios e instrumentos para
adaptarse, transformar y triunfar en su propia
realidad, de enseñar sin prejuicios dogmáticos, ni
moralismos pretendidamente superiores, en qué
consiste y cómo funciona el sistema en que vivimos,
y su respectiva crítica, por supuesto.
Porque si de juzgar moralmente se trata, el
comunismo sería el primer condenado sin recurso de
apelación alguno: basta ver sus siniestras secuelas.
La crítica del capitalismo seguirá siendo no
solamente necesaria, sino válida y benéfica, así es
como ha evolucionado ese sistema. Al contrario de
los países comunistas donde sólo campeaba una
ideología y su partido único, en las democracias
liberales siempre ha habido, y esperemos que siga
habiendo, libertad de expresión, de crítica y de
asociación aún para formar partidos antagónicos al
capitalismo.
Las críticas al capitalismo, entre ellas el propio
marxismo, siempre se han dado dentro de ese sistema:
no es casual que Marx y Engels así lo hicieran desde
Londres donde obtuvieron asilo y refugio. Las
críticas al socialismo dentro de sistemas comunistas
siempre han sido ferozmente reprimidas.
Estudiar al marxismo y a los países en donde se
implantó el sistema comunista es viable como parte
de la historia de las ideas o de las naciones,
recordando porqué se colapsaron teórica y
prácticamente; estudiarlo tal y como se hace con los
otros totalitarismos del siglo XX, a saber, el
nazismo y el fascismo.
Pero volvamos a nuestra inquietud: no creo que sea
ni práctico ni moralmente válido enseñar a los
estudiantes marxismo como si fuese la panacea,
presentarlo como científico y verdadero, cuando no
lo es, que ha sido contestado teórica, ideológica y
políticamente, en todos los sentidos. El comunismo
real se colapsó por implosión, es decir, ya no se
podía sostener ni económica ni política ni, de
manera fundamental, moralmente. Su legado es tan
siniestro como el del fascismo y del nazismo.
A los estudiantes, que en un futuro cercano estarán
viéndoselas con la realidad que les tocará vivir,
hay que dotarlos de herramientas e instrumentos
válidos y útiles para encararla productiva, eficaz y
éticamente, no mediante modelos que no puedan
utilizar o aplicar por caducidad e inoperancia. Si
desde ahora les enseñamos a enjuiciar despectiva y
negativamente al sistema en el que habrán de
trabajar, es de esperar que tengan serios problemas
para adaptarse a la realidad y caigan en trampas de
la fe revolucionaria como las tendidas por los
profes profetas o las FARC.
Eso no quiere decir, ni mucho menos, que soslayemos
la pobreza extrema en México, por ejemplo, esa lacra
casi endémica en nuestro país que viene de muy atrás
y de compleja naturaleza; es responsabilidad de
todos atacarla y luchar contra ella, no con
revoluciones ni rebeliones armadas, sino mediante
reformas, voluntad y trabajo. Los países más
desarrollados económica y socialmente tuvieron que
haber vencido alguna vez la pobreza interna:
Inglaterra tuvo muchos pobres algún día no muy
lejano por cierto, Francia lo mismo y Chile,
Singapur o Taiwán también.
A los profes marxistas, esos nostálgicos
resentidos y melancólicos, hay que recordarles que
la revolución armada ya no es viable, posible ni
deseable; el comunismo se colapsó mundialmente en
todos los ordenes, su fracaso no solo fue monumental
sino particularmente criminal, genocida. Ya salgan
de esa perenne rebeldía adolescente, paranoica y
laberíntica: regresen a la realidad. Su extravío no
les exime de la responsabilidad por extraviar a sus
alumnos. Con un poco de paciencia y ganas, podrán
recobrar la cordura y el sano juicio.
La democracia, aunque aún en pañales, llegó para
quedarse junto al liberalismo social y de mercado,
que dicho sea de paso, nunca ha logrado implantarse
plena y debidamente en México; en nuestro país
padecemos un sistema de mercado contrahecho por
retazos y ocurrencias, amén de monopolios, duopolios
y concentraciones vergonzosas de riqueza en unos
pocos; hay que fortalecer y consolidar aquellas vías
paralelas, no debilitarlas con aventuras mesiánicas,
populistas ni caudillistas. Los cambios se
implementan mediante reformas negociadas, pactadas y
resueltas democrática, institucional y legalmente.
Lo que el sistema educativo en general y los
profesores en particular deberíamos inculcar en los
estudiantes son valores y actitudes democráticos,
que propicien la tolerancia, el respeto a la
diversidad, la igualdad social, la justicia, la
resolución pacífica de los conflictos mediante el
imperio de la ley en un régimen de derecho y de
libertades.