
Nati
había nacido y vivido en una región donde el agua escaseaba, ya
fuera en forma de lluvia, de lagos calmos o de manantiales a flor de
tierra. Era todavía una niña, era muy aficionada al baño, por lo que
su padre, don Blas, se mostraba muy diligente y buscaba sitios donde
pudieran encontrar masas de agua corriente o estancada donde se
pudiera practicar la natación. Estaba el río que pasaba por al lado
del casco urbano, pero este río, además de flojo en caudal durante
la estación veraniega, no se embalsaba en ningún punto y no
alcanzaba nunca una profundidad mayor de cuatro o cinco dedos donde,
por supuesto, resultaba imposible bañarse. Y estaban también las
balsas de regadío, pero ambos, Nati y su padre, preferían el agua de
los canales que fluía de forma continua y no acumulaba suciedad.
Pasaban dos grandes canales por el término del pueblo; uno, el que
llamaban “de la muerte”, tenía demasiada fuerza y ya se había
extendido el rumor de que había acabado con la vida de dos bañistas;
el otro, menos ancho y menos profundo, les servía para mojarse del
todo sin demasiado peligro. El problema estaba en que había que
andar uno o dos kilómetros o, por lo menos, desplazarse en bicicleta
para llegar hasta allí. Blas montaba a su hija en el portamaletas de
la bici y se encaminaban al apartado rincón en cuanto él tomaba la
pausa laboral para comer. Era verano, brillaba el sol muy muy arriba,
así que, el efecto refrescante del líquido elemento los atraía con
gran fuerza.
Todos los días, todos los mediodías, recorrían
varios kilómetros e iban a bañarse al mismo sitio, al lado del canal
que se elevaba uno o dos palmos sobre el nivel del terreno. Parecía
poco, pero, por dentro, las paredes tenían metro y medio de ancho y
más de un metro de profundidad. Era imposible nadar en esas
condiciones para una persona mayor, pero Nati podía desplazarse en
posición horizontal casi sin rozar el cemento cubierto por la
vegetación acuática y por las caracolas en forma de cucurucho que
aparecían adheridas a las dos paredes. Y, además, en un punto
determinado, el canal producía un ligero ensanche en forma de
triángulo donde el padre y la hija se demoraban. No podían lanzarse
de cabeza, pero, si flexionaban las piernas, ambos podían sumergirse
y sentir el frescor mineral por todos los poros. No proporcionaba
las seguridades de una balsa -todavía no se había instalado la
piscina pública municipal- pero, en compensación, recibían el agua
fresca y transparente que la bomba hacía aflorar a la superficie
directamente del pozo y del subsuelo. A cambio, estaba también la
flora y la fauna, las delicadas caracolas de agua dulce, muy negras
y reluciente, aferradas a la parte de la pared sumergida; también
los pececillos que podían atraparse con un colador y que, luego, la
hija y el padre en equipo depositaban en la botella. Y lo más
sorprendente de todo era que, hubiera llovido poco o mucho durante
el resto del año, el caudal no parecía disminuir en la estación más
seca, más bien al revés: el año que menos llovía, parecía llevar más
agua para atender todas las necesidades. Nati amaba desplazarse
dentro de ese mundo mínimo pero tan acuático: le encantaba el aroma
como de selva recóndita. No le importaba que le rozaran las plantas,
los peces, le gustaba que el agua estuviera muy fría, pero, cuidado,
la corriente podía cambiar de un momento a otro y mostrarse con el
poder suficiente para arrastrar un cuerpo de niña. Ella se ponía a
flotar y se olvidaba de protegerse, de tener cerca un agarradero.
Una vez ya había sucedido que Blas se sumergió o fue a coger algo de
la bici y, en ese momento preciso, Nati se marchó flotando por el
canal a tal velocidad que, si no hubiera sido porque otro bañista la
detuvo unas decenas de metros más abajo, la pescó y la sacó en
volandas, no se sabe dónde hubiera terminado. El padre cogió la bici,
pedaleó fuerte, pedaleó con frensesí por la senda que corría
paralela al agua y, aun así, Nati seguiría flotando si no hubiera
sido por la intervención del vecino. El susto fue tan grande que,
desde ese percance, no se apartaba de ella más de un metro.
Llegaban a casa otra vez sudorosos por la
ascensión, pero pensaban que el esfuerzo valía la pena todas los
mediodías. Llegaban a casa, se ponían a comer y, durante las horas
siguientes, las de la tarde, el recuerdo de los momentos vividos en
el canal, las caracolas, los pececillos almacenado en el frasco, les
servían para aliviar el agobio de las más altas temperaturas. Los
pececillos... Pero no, no eran en realidad pececillos lo que
pescaban, eran renacuajos, alevines de rana, cabezones como también
se les suele llamar, aunque todavía no tuvieran desarrolladas las
patas en los costados, aunque ni siquiera les asomaran los bultos de
las extremidades. Nati guardaba una gran cantidad de estos
animalejos en tarros de vidrio que sus padres arrojaban por la taza
del váter en cuanto ella los descuidaba. Nati empezaba a llorar y
los dos, el padre y la madre, se enfadaban mucho cuando la niña
insistía en conservar sus capturas: ambos alegaban que, enseguida,
les saldrían patas por todo el cuerpo y que, en cuestión de minutos,
perderían las colas que a ella le parecían tan graciosas. La
situación se volvía, en este punto, insostenible para Nati, que no
entendía muy bien por qué ese mismo padre que la llevaba al canal en
bicicleta y que la protegía de los bruscos cambios en la corriente
se enfadaba tanto, gritaba y se mostraba tan obstinado. Parecía tan
fuera de sus casillas que daba miedo verlo cuando se enfurecía.