México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

Gaspar Jover Polo, español, alicantino, 47 años, profesor de lengua y literatura en la enseñanza media. Ha publicado en la revista Proyecto Sherezade y en revistas de su zona geográfica por lo que respecta a la edición más tradicional. 

 

 Nati había nacido y vivido en una región donde el agua escaseaba, ya fuera en forma de lluvia, de lagos calmos o de manantiales a flor de tierra. Era todavía una niña, era muy aficionada al baño, por lo que su padre, don Blas, se mostraba muy diligente y buscaba sitios donde pudieran encontrar masas de agua corriente o estancada donde se pudiera practicar la natación. Estaba el río que pasaba por al lado del casco urbano, pero este río, además de flojo en caudal durante la estación veraniega, no se embalsaba en ningún punto y no alcanzaba nunca una profundidad mayor de cuatro o cinco dedos donde, por supuesto, resultaba imposible bañarse. Y estaban también las balsas de regadío, pero ambos, Nati y su padre, preferían el agua de los canales que fluía de forma continua y no acumulaba suciedad. Pasaban dos grandes canales por el término del pueblo; uno, el que llamaban “de la muerte”, tenía demasiada fuerza y ya se había extendido el rumor de que había acabado con la vida de dos bañistas; el otro, menos ancho y menos profundo, les servía para mojarse del todo sin demasiado peligro. El problema estaba en que había que andar uno o dos kilómetros o, por lo menos, desplazarse en bicicleta para llegar hasta allí. Blas montaba a su hija en el portamaletas de la bici y se encaminaban al apartado rincón en cuanto él tomaba la pausa laboral para comer. Era verano, brillaba el sol muy muy arriba, así que, el efecto refrescante del líquido elemento los atraía con gran fuerza. 

   Todos los días, todos los mediodías, recorrían varios kilómetros e iban a bañarse al mismo sitio, al lado del canal que se elevaba uno o dos palmos sobre el nivel del terreno. Parecía poco, pero, por dentro, las paredes tenían metro y medio de ancho y más de un metro de profundidad. Era imposible nadar en esas condiciones para una persona mayor, pero Nati podía desplazarse en posición horizontal casi sin rozar el cemento cubierto por la vegetación acuática y por las caracolas en forma de cucurucho que aparecían adheridas a las dos paredes. Y, además, en un punto determinado, el canal producía un ligero ensanche en forma de triángulo donde el padre y la hija se demoraban. No podían lanzarse de cabeza, pero, si flexionaban las piernas, ambos podían sumergirse y sentir el frescor mineral por todos los poros. No proporcionaba las seguridades de una balsa -todavía no se había instalado la piscina pública municipal- pero, en compensación, recibían el agua fresca y transparente que la bomba hacía aflorar a la superficie directamente del pozo y del subsuelo. A cambio, estaba también la flora y la fauna, las delicadas caracolas de agua dulce, muy negras y reluciente, aferradas a la parte de la pared sumergida; también los pececillos que podían atraparse con un colador y que, luego, la hija y el padre en equipo depositaban en la botella. Y lo más sorprendente de todo era que, hubiera llovido poco o mucho durante el resto del año, el caudal no parecía disminuir en la estación más seca, más bien al revés: el año que menos llovía, parecía llevar más agua para atender todas las necesidades. Nati amaba desplazarse dentro de ese mundo mínimo pero tan acuático: le encantaba el aroma como de selva recóndita. No le importaba que le rozaran las plantas, los peces, le gustaba que el agua estuviera muy fría, pero, cuidado, la corriente podía cambiar de un momento a otro y mostrarse con el poder suficiente para arrastrar un cuerpo de niña. Ella se ponía a flotar y se olvidaba de protegerse, de tener cerca un agarradero. Una vez ya había sucedido que Blas se sumergió o fue a coger algo de la bici y, en ese momento preciso, Nati se marchó flotando por el canal a tal velocidad que, si no hubiera sido porque otro bañista la detuvo unas decenas de metros más abajo, la pescó y la sacó en volandas, no se sabe dónde hubiera terminado. El padre cogió la bici, pedaleó fuerte, pedaleó con frensesí por la senda que corría paralela al agua y, aun así, Nati seguiría flotando si no hubiera sido por la intervención del vecino. El susto fue tan grande que, desde ese percance, no se apartaba de ella más de un metro. 

   Llegaban a casa otra vez sudorosos por la ascensión, pero pensaban que el esfuerzo valía la pena todas los mediodías. Llegaban a casa, se ponían a comer y, durante las horas siguientes, las de la tarde, el recuerdo de los momentos vividos en el canal, las caracolas, los pececillos almacenado en el frasco, les servían para aliviar el agobio de las más altas temperaturas. Los pececillos... Pero no, no eran en realidad pececillos lo que pescaban, eran renacuajos, alevines de rana, cabezones como también se les suele llamar, aunque todavía no tuvieran desarrolladas las patas en los costados, aunque ni siquiera les asomaran los bultos de las extremidades. Nati guardaba una gran cantidad de estos animalejos en tarros de vidrio que sus padres arrojaban por la taza del váter en cuanto ella los descuidaba. Nati empezaba a llorar y los dos, el padre y la madre, se enfadaban mucho cuando la niña insistía en conservar sus capturas: ambos alegaban que, enseguida, les saldrían patas por todo el cuerpo y que, en cuestión de minutos, perderían las colas que a ella le parecían tan graciosas. La situación se volvía, en este punto, insostenible para Nati, que no entendía muy bien por qué ese mismo padre que la llevaba al canal en bicicleta y que la protegía de los bruscos cambios en la corriente se enfadaba tanto, gritaba y se mostraba tan obstinado. Parecía tan fuera de sus casillas que daba miedo verlo cuando se enfurecía. 

 

 

 

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