México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

El vuelo nocturno

 

Guillermo Martín Sánchez Trujillo, cuyo seudónimo es gumasat, nació el 16 de noviembre de 1962 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (México). Es Ingeniero Civil, con estudios de Maestría en Administración, Maestría en Estructuras y Maestría en Mercadotecnia. Autor de los libros: Tuxtla a través de sus crónicas y leyendas ,con beca del Consejo Ciudadano de Cultura Municipal de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, con CONACULTA, CONECULTA y H. Ayuntamiento Municipal; en este libro narra crónicas y leyendas de su ciudad natal, Tuxtla. La ceiba encantada y otras leyendas chiapanecas (editorial Viento al hombro) donde narra las leyendas de Chiapas recopiladas a través de los viajes que ha realizado.

 

En esa noche de enorme luna llena una sombra se movía a través de ella, como queriendo fundirse con la inmensa oscuridad; caminaba por la calle Antonio Heras, sin rumbo fijo, sin puerto de salida.

Había estado trabajando hasta tarde, con la música de nostalgia puesta a todo volumen; como sucedía en esos casos, su alma comenzó a llenarse de tiempo, de nostalgias, de momentos idos, de sueños inmensos sepultados por el trabajo y el tiempo. Salió a la calle con los chillidos de los murciélagos y sus pasos lo llevaron inconscientemente a un bar cercano, lleno de humo, de alcohol, de humedad, de ruido, de enorme soledad interna.

La tristeza se apoderó definitivamente de sus pensamientos; le asaltaron recuerdos viejos, que jamás habían aparecido en su mente. Se acordó de su primera escuela, del color aburrido de las paredes y del peinado tan antiguo de la profesora. Se acordó de sus amigos, de Manuel Espino que corría cuando se acercaba una niña; de la inolvidable Susana, quien fuera su primer amor –platónico, por supuesto- y terminó casada con un militar al que mataron los narcotraficantes. Regresaron sus difuntos padres, sus difuntos amigos, sus difuntos sueños incumplidos; regresó el olor a humedad tropical del patio trasero, después de una fuerte lluvia de verano en su casa.

De pronto, Antonio Heras se sintió verdaderamente oprimido, aplastado y pensó que el edificio entero se le vendría encima. Salió casi corriendo del bar y caminó, caminó y caminó. La noche le pesaba tanto que respiraba con dificultad.

Sus pensamientos fluían a enorme velocidad, igual que su sangre; esa noche, su corazón era un poderoso motor de 8 cilindros que giraba a 6,400 rpm; la noche parecía entender su ansiedad, y Antonio Heras sentía en el rostro la caricia suave de las 2:00 de la mañana; las calles se sucedían una tras otra, tras otra, tras otra y tras otra.

No supo a dónde iba, sólo sabía que estaba caminando; se alejó de la ciudad y siguió subiendo la montaña verde, esa que cada mañana lo saludaba desde su minúscula ventana de su minúsculo departamento en el minúsculo barrio de su minúscula vida. La música seguía reproduciéndose en su mente; a cada nota, su alma se sentía cada vez más pequeña, más libre, más insoportablemente sola.

La luna hacía rato que se había ocultado detrás de las montañas y la noche era inmensamente grande, estrellada y solitaria; algunas aves nocturnas saludaban su paso y los ruidos de la noche se escabullían a ambos lados del camino… ¿El camino? ¡Claro!, estaba caminando Antonio Heras en el camino pequeño, de tierra, que se veía tan distante desde su minúscula ventana. ¿A dónde conducirá ese camino?, se preguntaba de mañana al despertar, y hoy estaba caminándolo hacia arriba, justo en el  pequeño camino de tierra.

Después de un rato, se sentó en el suelo y descansó; los ruidos propios de la noche volvían a aparecer, uno a uno, poco a poco; su respiración se hizo suave, rítmica y sin esfuerzo. Los ruidos se acercaban por todas partes; algo corría por entre las hojas, algo rascaba el suelo detrás suyo, algo mordisqueaba un tronco derribado. Un coyote o un perro pasó despacio y al llegar a su lado se sorprendió; pegó un aullido y salió disparado, a toda carrera monte arriba. El ruido cesó… por unos instantes, hasta que todo volvió a la ruidosa normalidad nocturna de los hijos de la noche.

Las estrellas eran entonces las únicas propietarias del manto oscuro; alguna nube intentaba ocultarlas, pero las estrellas eran tan numerosas, que tras una brevísima lucha, quedaban sólo ellas colgadas de la noche. Las luces de la ciudad se veían ahora tan distantes, chiquitas, casi apagadas, titilantes. No podía Antonio Heras reconocer su minúsculo departamento pero no le importó, porque no quería ver la ciudad.

Despacio, para no perturbar el equilibrio nocturno, se levantó y siguió caminando cuesta arriba; el frío de la madrugada entraba en sus pulmones, y cada bocanada era un grito de libertad; se veía a sí mismo en su rutinario, aburrido y poco productivo trabajo: se moría cada día, de 8:00 a 2:00 y de 5:00 a 8:00, de lunes a viernes, de quincena en quincena, de año en año. En su mente estaba claro que había algo que no estaba bien en su vida; la vida necesariamente debería tener otro sentido. ¿Acaso todas las sociedades debían provocar una vida tan vacía como la suya? Estos pensamientos encendieron aún más su alma, y esa noche, en ese camino perdido de la mano de dios, su alma era una inmensa hoguera encendida que se estaba quemando; quiso escapar y comenzó a correr como desesperado para alcanzar la cumbre.

Mientras más corría, más fuerte sentía su impotencia; a cada momento se sentía más pequeño, más vacío, más triste. Corrió hasta que alcanzó la parte superior de la montaña, y se dio cuenta que hacía rato que se había terminado el camino de tierra. Corrió entre la maleza y los arbustos, de noche, sin guía. Lo iluminó su deseo irreprimible de escapar, de llegar a la parte más alta.

Sin aliento, llegó a la cima; a ambos lados se veían dos valles, distintos; la ciudad comenzaba a perder sus colores, porque allá lejos, detrás de la última cordillera distante, la luz tímida del nuevo día quería comenzar a aparecer. El valle de la ciudad era amplio, cálido y muy iluminado. El valle de atrás era pequeño, frío y a oscuras. Mañana será martes… No, pensó Antonio Heras, hoy es martes, y dentro de tres horas debo ir a trabajar. Esta idea llenó su espíritu de miseria y pesares; pensó entonces en el hermoso valle pequeño. Se acercó al borde y notó que estaba en la parte más alta del risco; no había caminos entre las piedras para bajar, sólo la roca fría y desnuda.

Las luces tímidas del alba se habían ido convirtiendo en llamaradas color naranja de fuego del nuevo día que quemaban las montañas; Antonio Heras volteó la vista y vio por última vez su valle, su ciudad y se imaginó su departamento, su ventanita.

Se arrojó con los brazos abiertos encima de la roca y cayó. Cayó, cayó, siguió cayendo. Sin llegar a tocar el suelo. Su caída parecía no tener fin, porque pasaban los segundos y los minutos, y Antonio Heras seguía cayendo. En sus ojos abiertos se filtraba el viento que arrastraba su caída y pequeñas lágrimas salían de sus ojos; tenía los brazos abiertos y después de un rato, notó la extraña sensación de que en vez de bajar estaba subiendo. Torrentes de libertad tomaron lugar en su alma, en vez del pesar y hastío que había sentido; se sintió libre como nunca antes lo había sido, y por vez primera en muchos años, se sintió feliz.

Sus brazos dejaron de pesarle y notó la suavidad del viento al ser rasgado por sus alas; extendió completamente sus enormes alas y comenzó a elevarse en el cielo; la ciudad lejana, el departamento y hasta su minúscula ventana se fueron olvidando en su cerebro. Con un chillido agudo y prolongado, Antonio Heras se despidió de su pasado; conforme describía círculos enormes en el cielo, el diminuto halcón blanco seguía ascendiendo, hasta que se perdió arriba, más allá de las nubes que se recortaban en el cielo, a las 6:40 de la mañana del martes.

 

 

 

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