
En esa noche de enorme
luna llena una sombra se movía a través de ella, como queriendo
fundirse con la inmensa oscuridad; caminaba por la calle Antonio
Heras, sin rumbo fijo, sin puerto de salida.
Había estado trabajando hasta tarde, con la música de nostalgia
puesta a todo volumen; como sucedía en esos casos, su alma comenzó a
llenarse de tiempo, de nostalgias, de momentos idos, de sueños
inmensos sepultados por el trabajo y el tiempo. Salió a la calle con
los chillidos de los murciélagos y sus pasos lo llevaron
inconscientemente a un bar cercano, lleno de humo, de alcohol, de
humedad, de ruido, de enorme soledad interna.
La tristeza se apoderó definitivamente de sus pensamientos; le
asaltaron recuerdos viejos, que jamás habían aparecido en su mente.
Se acordó de su primera escuela, del color aburrido de las paredes y
del peinado tan antiguo de la profesora. Se acordó de sus amigos, de
Manuel Espino que corría cuando se acercaba una niña; de la
inolvidable Susana, quien fuera su primer amor –platónico, por
supuesto- y terminó casada con un militar al que mataron los
narcotraficantes. Regresaron sus difuntos padres, sus difuntos
amigos, sus difuntos sueños incumplidos; regresó el olor a humedad
tropical del patio trasero, después de una fuerte lluvia de verano
en su casa.
De pronto, Antonio Heras se sintió verdaderamente oprimido,
aplastado y pensó que el edificio entero se le vendría encima. Salió
casi corriendo del bar y caminó, caminó y caminó. La noche le pesaba
tanto que respiraba con dificultad.
Sus pensamientos fluían a enorme velocidad, igual que su sangre; esa
noche, su corazón era un poderoso motor de 8 cilindros que giraba a
6,400 rpm; la noche parecía entender su ansiedad, y Antonio Heras
sentía en el rostro la caricia suave de las 2:00 de la mañana; las
calles se sucedían una tras otra, tras otra, tras otra y tras otra.
No supo a dónde iba, sólo sabía que estaba caminando; se alejó de la
ciudad y siguió subiendo la montaña verde, esa que cada mañana lo
saludaba desde su minúscula ventana de su minúsculo departamento en
el minúsculo barrio de su minúscula vida. La música seguía
reproduciéndose en su mente; a cada nota, su alma se sentía cada vez
más pequeña, más libre, más insoportablemente sola.
La luna hacía rato que se había ocultado detrás de las montañas y la
noche era inmensamente grande, estrellada y solitaria; algunas aves
nocturnas saludaban su paso y los ruidos de la noche se escabullían
a ambos lados del camino… ¿El camino? ¡Claro!, estaba caminando
Antonio Heras en el camino pequeño, de tierra, que se veía tan
distante desde su minúscula ventana. ¿A dónde conducirá ese camino?,
se preguntaba de mañana al despertar, y hoy estaba caminándolo hacia
arriba, justo en el pequeño camino de tierra.
Después de un rato, se sentó en el suelo y descansó; los ruidos
propios de la noche volvían a aparecer, uno a uno, poco a poco; su
respiración se hizo suave, rítmica y sin esfuerzo. Los ruidos se
acercaban por todas partes; algo corría por entre las hojas, algo
rascaba el suelo detrás suyo, algo mordisqueaba un tronco derribado.
Un coyote o un perro pasó despacio y al llegar a su lado se
sorprendió; pegó un aullido y salió disparado, a toda carrera monte
arriba. El ruido cesó… por unos instantes, hasta que todo volvió a
la ruidosa normalidad nocturna de los hijos de la noche.
Las estrellas eran entonces las únicas propietarias del manto oscuro;
alguna nube intentaba ocultarlas, pero las estrellas eran tan
numerosas, que tras una brevísima lucha, quedaban sólo ellas
colgadas de la noche. Las luces de la ciudad se veían ahora tan
distantes, chiquitas, casi apagadas, titilantes. No podía Antonio
Heras reconocer su minúsculo departamento pero no le importó, porque
no quería ver la ciudad.
Despacio, para no perturbar el equilibrio nocturno, se levantó y
siguió caminando cuesta arriba; el frío de la madrugada entraba en
sus pulmones, y cada bocanada era un grito de libertad; se veía a sí
mismo en su rutinario, aburrido y poco productivo trabajo: se moría
cada día, de 8:00 a 2:00 y de 5:00 a 8:00, de lunes a viernes, de
quincena en quincena, de año en año. En su mente estaba claro que
había algo que no estaba bien en su vida; la vida necesariamente
debería tener otro sentido. ¿Acaso todas las sociedades debían
provocar una vida tan vacía como la suya? Estos pensamientos
encendieron aún más su alma, y esa noche, en ese camino perdido de
la mano de dios, su alma era una inmensa hoguera encendida que se
estaba quemando; quiso escapar y comenzó a correr como desesperado
para alcanzar la cumbre.
Mientras más corría, más fuerte sentía su impotencia; a cada momento
se sentía más pequeño, más vacío, más triste. Corrió hasta que
alcanzó la parte superior de la montaña, y se dio cuenta que hacía
rato que se había terminado el camino de tierra. Corrió entre la
maleza y los arbustos, de noche, sin guía. Lo iluminó su deseo
irreprimible de escapar, de llegar a la parte más alta.
Sin aliento, llegó a la cima; a ambos lados se veían dos valles,
distintos; la ciudad comenzaba a perder sus colores, porque allá
lejos, detrás de la última cordillera distante, la luz tímida del
nuevo día quería comenzar a aparecer. El valle de la ciudad era
amplio, cálido y muy iluminado. El valle de atrás era pequeño, frío
y a oscuras. Mañana será martes… No, pensó Antonio Heras, hoy es
martes, y dentro de tres horas debo ir a trabajar. Esta idea llenó
su espíritu de miseria y pesares; pensó entonces en el hermoso valle
pequeño. Se acercó al borde y notó que estaba en la parte más alta
del risco; no había caminos entre las piedras para bajar, sólo la
roca fría y desnuda.
Las luces tímidas del alba se habían ido convirtiendo en llamaradas
color naranja de fuego del nuevo día que quemaban las montañas;
Antonio Heras volteó la vista y vio por última vez su valle, su
ciudad y se imaginó su departamento, su ventanita.
Se arrojó con los brazos abiertos encima de la roca y cayó. Cayó,
cayó, siguió cayendo. Sin llegar a tocar el suelo. Su caída parecía
no tener fin, porque pasaban los segundos y los minutos, y Antonio
Heras seguía cayendo. En sus ojos abiertos se filtraba el viento que
arrastraba su caída y pequeñas lágrimas salían de sus ojos; tenía
los brazos abiertos y después de un rato, notó la extraña sensación
de que en vez de bajar estaba subiendo. Torrentes de libertad
tomaron lugar en su alma, en vez del pesar y hastío que había
sentido; se sintió libre como nunca antes lo había sido, y por vez
primera en muchos años, se sintió feliz.
Sus brazos dejaron de pesarle y notó la suavidad del viento al ser
rasgado por sus alas; extendió completamente sus enormes alas y
comenzó a elevarse en el cielo; la ciudad lejana, el departamento y
hasta su minúscula ventana se fueron olvidando en su cerebro. Con un
chillido agudo y prolongado, Antonio Heras se despidió de su pasado;
conforme describía círculos enormes en el cielo, el diminuto halcón
blanco seguía ascendiendo, hasta que se perdió arriba, más allá de
las nubes que se recortaban en el cielo, a las 6:40 de la mañana del
martes.