México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 Alfonsina Hurtado. Maracaibo, 1974. Licenciada en Letras Hispanoamericanas (Universidad del Zulia) Actualmente finaliza sus estudios en la Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad del Zulia. Profesora de las cátedras Literatura Infantil y Literatura Venezolana en la Universidad Católica Cecilio Acosta. Ha publicado artículos sobre el tema literario en diversas revistas nacionales e internacionales.

 

PARÉNTESIS SOCIO-HISTÓRICO

 

La historia del petróleo en Venezuela ha transitado un camino paralelo a la vida del colectivo nacional con ciertos puntos de cruce e influencia entre sectores, afectando hábitos, costumbres y una serie indefinida de espacios de la vida cotidiana del venezolano.

En particular, las provincias en las cuales la explotación petrolera ha concentrado su acción, trayendo consigo todo su aparataje industrial y su recurso humano –representado en la numerosa delegación de extranjeros que importaron al país sus más preciados tesoros, modismos, entretenimientos- hicieron que lo más profundo de la historia no escrita aquella que se cuece fuera de los fogones de la oficialidad, tenga tantos matices como ciudades, poblaciones y caseríos tiene Venezuela.

La fundación y origen de muchas poblaciones venezolanas tiene su razón de ser en la explotación petrolera. Luego de  la incorporación del petróleo al juego económico nacional, Venezuela se convierte en una zona codiciada y visitada por toda clase de compañías que buscaban sin duda incrementar sus riquezas a través del aprovechamiento del más popular recurso nacional.

Paralelo a este denominado “desarrollo”, la sociedad venezolana comienza a atravesar un largo camino de adecuación a la nueva realidad. Nuevas fuentes de empleo, y sobre todo el éxodo del núcleo familiar a nuevas poblaciones junto a los cambios operados por la presencia de la industria generan de forma subterránea cambios en la social que son reflejados por la literatura.

 La  concepción de progreso que trae consigo la cultura petrolera instaura en el imaginario social venezolano una serie de conceptos sobre el bienestar. Aunado a ello o bien de manera paralela lo urbano y su tejido de valores comienza a  constituirse para dar paso a un nuevo orden social. La literatura es entonces uno de los prismas que condensara las primeras digestiones de este proceso.

    “La novela es por su naturaleza elaborativa la escritura que más fácilmente acoge la valoración y la expresa desde una perspectiva explicacionista, la integra a un discurso donde la sociedad aparece  como una unidad a la que debe dársele sentido. Subsidiaria de un juicio casi puramente económico, sus primeras versiones de la novedad presentan un cuadro influenciado por una retórica moral bastante cercana al cuadro de dolor del pueblo, un esquematismo fácil se impone en estas recreaciones iniciales y funda para los tiempos siguientes todo un estilo de aproximación.. Se busca escribir para dar testimonio, para mostrar las injusticias venidas con la explotación minera…” (Campos:2005) 

La literatura situada en el escenario petrolero representa la gestación del nuevo orden  social promovido y paralelo a la explotación y producción. Técnicamente la aparición del petróleo aunada a la vigencia del régimen gomecista (reflejado en la primeras novelas que se recrean en este contexto) en la campesina Venezuela significó para las compañías extranjeras la posibilidad perfecta de hacerse con un recurso que les ayudaría a mantener su control y economía.

En la tesis de lo social venezolano surge de forma constante la sentencia de que el recurso se encuentra en suelo equivocado, los venezolanos no entendemos cuál es su verdadera utilidad, ni mucho menos cuál es su rol en el juego de poderes. El extranjero es un depredador de oficio, que explota y subyuga al campesino desprovisto de cualquier herramienta cultural para contrarrestar la avanzada de la nueva colonización, así lo expresan entre otros, Alberto Adriani (1962). Al respecto Miguel Ángel Campos, nos explica como Adriani es el pionero en la valoración de la era petrolero como un período negativo para la nación:

          “Es así Adriani el iniciador de una valoración (más bien condena) ad hoc para hacer del petróleo la explicación de todos los males, engendrador de vicios y estragador de haberes y tradiciones..”(Campos: 2005). 

En la novela que refleja este drama, la literalidad del discurso se matiza ante la carga descriptiva y agresiva del terreno y la geografía que se impone casi siempre al narrador. En cada obra surge una consciencia (la voz del nativo) que promueve la disidencia al nuevo orden petrolero, promulga la humanidad de la que carece el nuevo colonizador, la insurgencia a la explotación voraz. A pesar de ello nada logra, su condena es casi siempre predecible y su destino deja en la orfandad cualquier intento de establecer un grado de intelectualidad en el curso de las peticiones de obreros y empleados, nueva estirpe de campesinos agrupados en sindicatos, cuya secreta aspiración es continuar en el juego pero con mejores condiciones. La fragilidad de una célula que no reivindica lo local sino que aspira calladamente aquello que desprecia, marca el final recurrente de una batalla perdida antes de comenzar.

 Se instala lo que hemos denominado la era de la mentalidad minera, la que suplanta a la campesina y otorga una especial valoración al hallazgo en todos los terrenos, desde lo laboral hasta lo humano y es entonces cuando la sociedad venezolana trasciende la era campesina, rendida a la modernidad y a la negociación.  La sustitución del logro que significaba metafóricamente la siembra, por el deseo de encontrar el beneficio inmediato es una de las lecturas de la complejidad que supone la era petrolera venezolana. La instauración de un nuevo color a la opacidad local manifestada en la descripciones físicas, la aparición de nuevas estructuras que fortalecen y validan la tesis de que el hallazgo conlleva a la obtención de logros más perecederos y no a las alegrías transitorias de la era campesina signó la construcción de un modelo social orientado hacia la idea de progreso.  En este contexto la literatura venezolana explicita y calladamente navega sobre lo que el escritor, crítico y ensayista Luis Britto García a denominado “un mar de hidrocarburos” (Britto:2002)

A este respecto nos describe a grandes rasgos la suma de la narrativa petrolera que valida la tesis de perversidad del recurso.

“Después de Mene. El petróleo es fin de épocas, profecía de decadencia en Casandra (1957) del mismo Díaz Sánchez. El oro negro es imán de los primeros grandes núcleos de proletariado industrial, betún que aglutina conglomerados de miseria citadina, combustible de proyectos de cambio, lubricante de las maquinarias represivas en Guachimanes (1956) de Gabriel Bracho Montiel. El bitumen es estación de trasbordo de la Venezuela rural hacia la urbana, choque de culturas en Oficina número 1 (1961) de Miguel Otero Silva. El aceite mineral es botín de rebatiñas políticas e inspiración de experimentalismos en Petróleo, mi general (1977) de Arturo Croce” .(Britto:2002).

Ya años antes otras voces, en este caso, una femenina, narraba cómo de manera tangencial, el petróleo comenzaba a formar parte de nuestra vida cotidiana, y especialmente cómo comenzaba a influir en la vida de las mujeres:

 “Teresa de La Parra menciona como de pasada en Ifigenia (1924) que el buen partido de María Eugenia Alonso tiene negocios petroleros. Enrique Bernardo Núñez describe en las últimas líneas de Cubagua (1935) manchas irisadas sobre las olas que advierten que el petróleo podría reabrir en Venezuela un ciclo de degradación ecológica, económica y social como el que inauguró la explotación de las perlas y de los buzos esclavos. Al final de La Casa de los Ábila (1956), José Rafael Pocaterra hace que el heredero de una familia arruinada descubra en su hacienda un manadero de brea, oportunidad de superar la quiebra o de reincidir en ella. El petróleo es matrimonio prostibulario, repetición de la historia o incierta oportunidad” (Britto:2002)

Se hace más palpable la presencia de esta nueva economía en la estructura de relaciones que se desarrollan en la novela, como reflejo de una realidad  y que construyen un nuevo escenario que refleja al hombre petrolero o que pertenece a la sociedad protagonista del nuevo orden social. Pero, ¿cómo se inserta dentro de este mundo masculino, la voz de la mujer venezolana? ¿Existen vestigios de este nuevo paradigma social en la novela que no sitúa su argumento en lo petrolero?

Creemos que sí y es a través de la literatura escrita por mujeres que descubriremos los resquicios que nos permiten reconstruir la historia venezolana a partir de los escenarios no oficiales de la historia y de la narrativa masculina. Tal y  como hemos visto, Teresa de la Parra, precursora de la literatura femenina con profundo contenido social, estrena en Ifigenia la voz de la mujer venezolana, su psiquis, sus compromisos y la posición histórica de una generación y de una época, una suerte de novela del descubrimiento que sitúa a una María Eugenia Alonso en la posición progresista de decidir su futuro y en la retrógrada elección de un marido por conveniencia, el tan apropiado César Leal, quien además resulta ser un prominente hombre de negocios petroleros. A partir de novelas más cercanas y de los procesos narrativos de las escritoras más emblemáticas de la literatura venezolana dentro de las cuales se encuentra Laura Antillano, podremos comprender como se conforma el corpus de una narrativa femenina de vanguardia que se construye en base a un discurso social que subyace, como es propio de la literatura escrita por mujeres, a los dramas personales, las inquietudes existenciales y los planteamientos más íntimos.

La literatura femenina es tomada en cuenta no como una opción literaria sino como una manifestación social importante para la comprensión histórica del país. Abordaremos en el presente un aspecto relevante de la novelística de Laura Antillano para explorar la construcción de los personajes y cómo a través de ellos encontramos una nueva visión del país, una nueva visión de lo histórico venezolano a partir de una generación nacida bajo el auge petrolero.

Por ellos nos centraremos en este primer acercamiento a la novela Perfume de Gardenia (Seleven, 1982) 

LA NARRATIVA FEMENINA EN EL NUEVO CONTEXTO SOCIAL-ECONÓMICO. 

Luz Marina Rivas en “La novela intrahistórica” (2004) hace referencia a varios aspectos de la obra de Antillano. Su proceso de desmantelamiento en pos de conseguir en el género epistolar y en el diarismo, elementos que saquen a flote el discurso histórico implícito en la novela, logran sin lugar a dudas exponer aspectos sustanciales de la obra como  la utilización del discurso periodístico que expone sin ambages la realidad en la que están inmersos los personajes junto a la utilización  de las llamadas contraliteraturas constituidas por una serie de elementos que adicionales al relato lo completan y construyen la visión panorámica de realidad en un discurso que podríamos denominar post moderno. Sin embargo para nuestro análisis es preciso estudiar mucho más la estructura de la obra y de los personajes, pues nuestro objetivo es encontrar aquellos aspectos que materializan el nuevo orden social de la mujer.

Adriana y su madre son el eje temático de la obra. Ellas se definen a sí mismas cada cual en sus escritos, y configuran cada una en su drama personal, a la nueva mujer venezolana protagonista del siglo XX que se dirime en seguir los pasos de sus antecesoras o continuar un camino aún más independiente.

Nos situaremos en el contexto de la obra de la escritora Laura Antillano a fin de definir los siguientes aspectos que caracterizan la construcción de los personajes femeninos:

1. Situación de la mujer en el país y su participación ciudadana

2. Relación de la mujer con su entorno familiar

3. Espacio doméstico vs. Espacio público 

LA MUJER Y EL CONTEXTO HISTÓRICO EN PERFUME DE GARDENIA

En la Novela Intrahistórica (2004), Luz Marina Rivas se refiere específicamente a la problemática del género y a su particular concepción desde la esfera de lo privado y de la afectividad. La mujer narradora acude al género epistolar para desahogar su intimidad. El exterior amenazante y reino de la incertidumbre se opone al espacio doméstico, al hogar con toda su carga ancestral.

En Perfume de Gardenia (1980), Laura Antillano, a través de Adriana narra la historia en tres tiempos de una saga familiar. Entre el  matriarcado y sus normas, en sus códigos se entreteje un escenario de cartas, recortes, canciones, poemas, fotos, etc.  Allí se fotografía la vida común de las mujeres de finales del siglo XIX y siglo XX aproximadamente hasta 1970. En esta composición de documentos, desde lo privado, comienza a hilvanarse la conciencia social de un personaje que descubre, que cuestiona, que enfrenta el reto de oponerse al canon.

Rivas apunta:

“Si bien parece que la historia colectiva roza apenas este texto, puede apreciarse que ya este texto de ficción está historiando a la mujeres venezolanas del siglo XX, situándose en los años difíciles de la transición, a mediados del siglo, cuando el espacio doméstico y el espacio público entran en conflicto, cuando la necesidad femenina de trascender los límites es todavía amenazante”.(Rivas:2004)

El referente histórico de la novela esta dado no sólo por la aparición de tres generaciones caracterizadas en abuela, madre e hija sino por los recursos empleados para contextualizarlas. El collage, los documentos, publicidades, fotografías nos hablan del entorno y de la introducción paulatina de nuevos elementos para la construcción de ambiente que nos narra la vida de las mujeres venezolanas y la incorporación paulatina de elementos a la vida cotidiana que representan el determinante influjo de la nueva economía petrolera. Al respecto sobre este aspecto en Perfume de Gardenía (1982) podemos observar que:

Estos collages sitúan a los personajes en contexto, con el imaginario cultural en que estaban inmersos, con elementos de la cultura de masas fundamentalmente, aunque también con ciertos íconos de la cultura letrada o de la historia política que fueron ídolos de una generación o figuras rechazadas(…) En ellos se reúnen testimonios de la intrahistoria y de la historia puntual, es decir, de los productos que la gente usaba, de los artistas que admiraba, de la ropa que se ponía y también, de las convulsiones políticas, cambios de gobierno  e ideologías predominantes”.(Rivas) 

Esta novedosa configuración de la novela revela la intencionalidad de reservar un tono privado a la narración, la construcción de personajes verosímiles, más que ficcionales, situando al lector en un espacio donde se comparte los más íntimos deseos. Es así como el círculo privado de la mujer narradora a pesar de su condicionamiento externo reserva un espacio de acción que le es propio y que mantiene a los otros, es decir, a la familia en la más completa lateralidad. Sólo la voz femenina alcanza un pleno desarrollo y  conserva para el discurso  masculino, el cual representa la autoridad, un marco estrictamente referencial.

La voz del hombre aparece a través de la carta, es el referente que no otorga ninguna posibilidad de acción inmediata pero que intenta determinar conductas y dicta resoluciones. Como ejemplo podemos ver la carta del bisabuelo a la abuela, las cartas del hermano etc., en las que se hace alusión muy marcada al rol de la mujer en el hogar, a la familia como legitimadora de acciones en pro de la permanencia de un status quo, cuya heredad no debe ser contrariada sino asumida. Como discurso par está el discurso social, el político, el económico, que subyuga  la mujer y que impone la normativa externa. Sin embargo, en el seno del hogar, en la más estricta intimidad, el discurso femenino impone el discurso rector que delimita el accionar de su círculo y que se revela ante el establecimiento, actuando contra la dinámica familiar, militando, opinando.

Para el desarrollo de esa voz, las condiciones de sublevación hacia lo externo están vedadas. Si bien es cierto que el devenir de la mujer en la historia venezolana ha problematizado el significado de ciertas obligaciones, lo masculino y todo aquello que le represente a reservado a lo femenino el espacio de lo doméstico y su tejido de múltiples relaciones.

En la tipificación de mujer que registra el conglomerado de novelas escrita por mujeres y protagonizadas por mujeres, Perfume de Gardenia (1982) se destaca pues no presenta un perfil de mujer enferma, agonizante, sumisa o maltratada. Nos refiere directamente a la conformación de la vida de unas mujeres con oficios distintos al doméstico, militantes, profesionales y en cuyas vidas la esfera de lo privado sigue teniendo plena vigencia aún cuando hayan iniciado un viaje de iniciación o de crecimiento o han hecho de alguna manera suyo el modelo masculino de realización personal: estudio, profesionalización, independencia económica, sexual, etc., dejando a un lado o posponiendo los indicadores tradicionales de la condición femenina: conformación de un hogar, atención al esposo y a los hijos.

Zulema Moret en su ensayo Los Perfumes de la Memoria: Perfume de Gardenia de Laura Antillano (1982) nos dice:

“Desde la Venezuela agraria a la Venezuela petrolera, estas tres mujeres muestran en planos de fondo de una narración fragmentaria sus vidas hechas de pliegues, rupturas, saltos en el tiempo y en las formas discursivas” (1995:165) 

Voz de mujer, voz  que se erige dominante y que deconstruye el discurso oficial, discurso de autoridad a través de la revelación de los gustos propios, de las inquietudes de una saga familiar que sucumbe a las demandas sociales pero que descubre un camino diferente a través de la protagonista dispuesta a evaluar afectiva e ideológicamente su contexto histórico. La crítica literaria  ha tratado de encasillar Perfume de Gardenia con diferentes formas: Novela autobiográfica, cuento costumbrista, recuerdos de infancia, crónicas e incluso confesión. Sin duda esta novela logra prefigurar la problemática de lo que implica ser mujer, ser escritora y latinoamericana. Para nosotros la novela refleja la marcada transición histórica del país, la feminidad puesta a prueba en la determinación de tres mujeres que son figuras referenciales de una casta que nos modela a la mujer venezolana del siglo XIX y XX, en varios estadios de su conducta social pero que perfila el germen de la novela postmoderna cargada de referentes e instalada en un discurso entre elementos que  pretenden:

 “intentar recuperar una tradición o una historia, a partir de la mezcla, repetición o incorporación al tejido novelesco de un conjunto de manifestaciones artísticas y culturales” (Montero:2007).

Uno de los principales rasgos es el principio de transgresión de la ley familiar impuesto pro el personaje principal: Adriana, quien lucha por establecer y demarcar su individualidad dentro de un contexto en el que se conservan los estamentos sobre los cuales se rige el sistema patriarcal a saber:   el matrimonio, la fidelidad, la crianza de los hijos y todo lo que respecta al quehacer doméstico.

“Esta reflexión permanente sobre el ser mujer se desplaza al ámbito del devenir escritora, situación ya planteada en el diario de adolescencia y que requiere de un viaje, de una salida del hogar paterno para realizarse con deseo, entrega y no mera vocación adolescente. Viaje que, al igual que los viajes iniciáticos de los héroes de la novela de iniciación de tradición germana o ingles, o los viajes de aventuras, es iniciación asimismo en el tema amoroso. Doble iniciación para una joven que requiere de la transgresión de la ley familiar, la salida para poder ser, poder preguntarse quién se es” (Moret: 1995:169) 

La evolución en comportamiento de la mujer venezolana y su hidalguía expuesta en el enfrentamiento al canon  familiar es una de las situaciones que pone de manifiesto Perfume de Gardenia (1982). La cultura petrolera en combinación con la incorporación de nuevos patrones de conducta, propician para la mujer un cambio radical en la determinación de su vida. La verdadera transgresora de la novela es la madre, ella muestra y oculta, vive la apariencia de un canon y su muerte devela un entramado desconocido de relaciones, de pensamientos. Adriana desde una zona más confortable, producto de un verdadero cambio del paradigma emigra del hogar sin excusas, no hay matrimonio. La madre continuamente sustituirá sus máscaras logrando la evasión reposada. La era petrolera claramente evidenciada en la novela, subyace a la dinámica de estas mujeres, propiciando desde su discurso un destino distinto para la protagonista.

 

      BIBLIOGRAFÍA 

DESAGRAVIO DEL MAL. Miguel Ángel Campos. Fundación Bigott.2005 

DIOSAS, MUSAS Y MUJERES. Varios Autores. Monte Ávila Editores. 1993 

ESCRITURA Y DESAFÍO. NARRADORAS VENEZOLANAS DEL SIGLO XX. Edith Dimo y Amarilis Hidalgo de Jesús. Monte Ávila Editores. 1995. 

LA NOVELA INTRAHISTÓRICA. Luz Marina Rivas. El Otro & El Mismo. Mérida. 2004. 

PAÍS PETROLERO, LITERATURA SIN PETRÓLEO. Luis Britto García. Ultimas Noticias. Domingo 21 de julio de 2002. 

PERFUME DE GARDENIA. Laura Antillano. Seleven.1982.

 

 

 

 

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