México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

Juan Carlos Hernández Cuevas (México, D.F., 1959) es profesor en educación primaria egresado de la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México (1977). Licenciado en artes y letras (1995), y maestro de artes (1997) por la Portland State University. Doctor en filología hispánica por la Universidad de Alicante (2007). Becario de la Fundación Max Aub (2000-2001). Ha trabajado como instructor de español para Emporia State University (2002-2005) y otras universidades norteamericanas. Sus publicaciones incluyen cuentos y ensayos.

I

Sin contestar el saludo habitual, el nigromante entra abstraído y atribulado por el advenimiento del nuevo siglo. Coloca un tambache de libros encima del escritorio sobre el cual e irónicamente, Juan Ramón Jiménez principió sus últimas notas sobre el Modernismo. Hojea varios textos con su diestra mientras restriega el sudor que emana a chorros del amplio cuero cabelludo. Lanza una mirada felina e inicia el recorrido acostumbrado. Concluye: “Víctor Hugo dejó de comunicarse con los espíritus el día en que apareció repentinamente el espectro de su hija”. Disimula el saltito para dirigirse por enésima ocasión hacia un cubículo invadido por cajas de cartón apiladas. En la penumbra, un rostro hermético aparece mimetizado por el Facundo: civilización y barbarie, Teocalli de Cholula; fotocopias revueltas de La cautiva. Al costado izquierdo, se perciben volúmenes empolvados del Barón de Humboldt y Bartolomé Mitre. Enciende un cigarro con el fin de desvanecerse entre silenciosas bocanadas y voces disímiles que traspasan las endebles paredes de la torre de ladrillo. El heterogéneo grupo ríe o calla simultáneamente; resaltan las carcajadas de un joven gótico, cuya ropa ceñida y cuidada cabellera provocan miradas de envidia en casi todos los contertulios. Borges, Nabokov, Rulfo; la desestructuralización de Sor Juana… opinan todos −atropellándose- con el propósito de acaparar la atención del poeta gurú que, a través de gruesos anteojos, escruta las palabras, gestos e ideas ajenas. Les mira, gira y desplaza su corpachón −como si bailase danzón−  sin abandonar la reducidísima superficie. Añade en segundos agudas observaciones que se disipan con el bochorno y los litros de Pepsi Cola tibia.

Casi todas las oficinas de los profesores están ubicadas en la tercera planta del inmueble. Un hombre con facha de anticuario, señala las puertas del fondo.

−Esa oficina era de Rama, aquella de Stanza, sssussurra y tartamudea nervioso. Ambos se estrellaron… Mala suerte ¿no? Indaga a sí mismo con parsimonia. Se aleja…

El gobierno aumentó el presupuesto, y decidieron contratar al Premio White House. Es un señor retraído y funesto, cuya sombra refleja un obvio aburrimiento. Durante el descanso obligatorio, el galardonado entra a su oficina para descansar sobre una silla desvencijada. Mira hacia afuera e intuye que la ex-comandante del Frente le otorgará un descuento en la compra del próximo arbolito de navidad. Desde el fondo del corredor, aparece una figura desgarbada:

−¿Han preparado algo?, pregunta con insistencia, y voltea para no ser visto por el ínclito narrador. Llegó muy joven, y supo arrimarse al decano. Los unía la sangre. Ha escrito muy poco, sin embargo sabe ostentar su actual posición: asevera haber visto el Aleph en un rincón de la biblioteca.

                                     II

         Salí de la estación del metro y deambulé por algunos minutos en la capital de rostros nocturnos. Por un momento, sentí un escalofrío tremendo, ya que, en mi eterna búsqueda de empleo, jamás imaginé que la circunstancia fuese tan favorable. Después de verificar la dirección, pasé el retén de seguridad y fui guiado a la anhelada entrevista. Una atractiva mujer condujo en inglés y español, el habitual e impúdico interrogatorio. Conseguí ganar su confianza y así empezar el entrenamiento laboral que incluía conferencias y pláticas de expertos. Uno de ellos aseveró que en el área metropolitana existían únicamente pandillas integradas por jóvenes de linaje africano o hispánico. En el momento en que mi entrevistadora explicaba que el fondo recaudado de cien millones de dólares, serviría para enviar a varios muchachos a la universidad, surgieron imágenes instantáneas de las instituciones académicas del rumbo, donde los subalternos somos despreciados por profesores y alumnos. Me acordé de los egregios literatos que coadyuvaban a mi infelicidad.

La oficina era magnífica, en particular las vistas de la gran capital: los Smithsonian, el obelisco y el Capitolio. ¡Era como haberse ganado un pedazo del cielo en la tierra! Al llegar el primer cheque de pago, creí que mis problemas económicos terminarían en el fondo del tarro de cerveza. No fue así. Lo supe después de haber conocido al editor del periódico patrocinador que, al ofrecernos galletas y té de mala calidad a sus empleados negros, hizo que reparara accidentalmente en su arrugada y percudida camisa. El final estaba a la vuelta de la esquina. El nudo torcido de la corbata de nylon fue un agüero insoslayable.

Un sol helado embellecía las terrazas pobladas de hongos multicolores y jardineras de concreto resguardadas por un mar de anuncios chillones y cuerpos tibios. El aroma de café acarició mi rostro seco, y me invitaba a la reflexión que sólo la holganza puede generar. Pensé agarrar el periódico y leer por leer, ignorando hasta a la vida misma; deseaba que las preocupaciones murieran en inexistentes abismos de café y coñac. Sin embargo, descendí por las gigantescas escaleras eléctricas con el propósito de encaminarme a la escuela asignada a la población hispánica. Mis compañeros de empleo trabajarían en otros ghettos. Al cruzar la avenida apareció Chin Chin el teporocho. Me miró y quiso mostrarme, a guisa de flash, sus graves cicatrices de puñal. El frío intensificaba el ambiente de patrullas, marihuana quemada y bourbon. Un chiquillo pedaleó su triciclo entre los edificios aledaños, y viró hacia la derecha para rematar la piel crujiente de una rata. Miré los muros del plantel. Después de cruzar el detector de armas, uno de los guardias me escoltó hasta la oficina de la señora directora. Allí, tuve la opción de escoger la planta alta de la exigua biblioteca donde encontré Best-sellers y uno que otro libro clásico. Al fondo del amplio pasillo, los azulejos de los baños aparecieron impregnados por grafito bilingüe que marcaba el territorio de los hijos de la guerra: Angel Garcia fue uno de ellos. 

                                               III

El sargento Garcia no era el vivo retrato de su padre. En nada se le parecía, y mucho menos en la forma de caminar, pues creció ajeno al influjo de Castilla la Vieja. A él, nunca le importó esa diferencia. Desde un punto de vista personal, un lenguaje y cultura habían sido substituidos por otro idioma y estilo de vida, aunque imperialistas, muy suyos.

Desde pequeño, los Estados Unidos había sido mito y cruda realidad que lo acosó hasta en los sueños: ¿Hispanic, Spanish, Latino, Greaser, Speak, Brown, what´s up bro? La España desconocida fue una continua dicotomía que le hizo sentirse orgulloso y avergonzado de la herencia paterna. Aprendió las primeras letras en una comunidad de Seattle, integrada por descendientes de judíos conversos, irlandeses, italianos, chinos, escoceses y griegos de escasos recursos económicos. Ajeno a las señas de identidad hispana, creció hablando inglés, y gracias al aspecto físico heredado por el lado materno, pudo evitar la discriminación étnica a primera vista; pero no la social. La gente del puerto cotejaba a menudo su apellido con el del vocalista de The Grateful Dead. Se llegó a pensar que Angel había sido producto ilegítimo de algún enamoramiento del cantante, quien en sus escapadas de Eugene, solía frecuentar los bares del malecón. En aquel entorno, los españoles eran seres intangibles, pasajeros en tránsito que preferían continuar emigrando en busca de mejores oportunidades.

Washington, D. C., no fue el paraíso terrenal esperado. Este lugar representó una extensión disfrazada del infierno del cual había tratado de escapar. Frente al Potomac, imaginaba cómo habría sido una vida distinta en la áspera tierra castellana.

                                                  IV

El llanto del niño se escuchaba desde la acera de enfrente. Los motores en marcha, el ruido de los televisores, el tráfico matutino, las prisas para proveer comida y alojamiento. La solicitud del préstamo bancario, las clases, el trabajo de tiempo completo. El futuro profesor desaparece por la estrecha escalera; huye de las manos burdas de una joven inexperta que acaricia a la criatura de ambos. Una silueta besa al recién nacido, y sus ojos se humedecen cada vez que corta fiambre en el Safeway ubicado en la esquina de Shoreline y Pine.

Son las seis de la tarde. Madre e hijo se miran en silencio. Ella observa el mar y recuerda la actitud de su familia que nunca le perdonó el haber huido de un hogar intangible. Cambia el pañal y reza en inglés, abrazando el endeble cuerpecito. El llanto se escurre por la carita del bebé fatigado. Como siempre, llovía copiosamente.     

                                     V

La negra noche es brillante y espectacular. Las bicicletas, automóviles y autobuses pasan ininterrumpidamente por la abigarrada avenida de neón. La heterogénea muchedumbre transita de un pub a otro, sólo para encontrar homogeneidad. Risas y carcajadas se fusionan con el ruido del tráfico citadino. Los anuncios sugieren fumar, beber y gritar hasta ahogarse en lo más profundo del éxtasis urbano. Las emanaciones de las máquinas invaden las terrazas contiguas a los muros de cristal. Toda preocupación, seria o no, desvanece en la vacuidad nocturna. El smog perfuma la atmósfera y el indeleble recuerdo de los golpes recibidos. ¿Cómo es posible que la memoria se encargara únicamente de recrear escenas de un mundo hostil y tan distante?, reflexionaba Angel una y otra vez en su camino a casa. Las hostias y cardenales son difíciles de borrar: one, two, three, four, repetía la presencia psicodélica del sargento Glenn Gonzales… La niñez había sido un verdadero follón, continuó divagando…

La imagen del padre y marido ausente se solidificó por medio de la violencia institucional y familiar. Jamás pudo borrar ese olor rancio en la oficina del Welfare:  lugar de indiscretos interrogatorios que generaban a regañadientes, cupones para comprar alimentos y el cheque del alquiler mensual. Las constantes broncas en la escuela desembocaron en visitas a la dirección escolar y el reformatorio. La disciplina aprendida lo preparó para la Guardia Nacional del Army. Por fin sería alguien, asintieron madre e hijo; además podría continuar sus estudios y percibir un salario. Al concluir la segunda incursión en la Guerra del Golfo Pérsico, Angel regresó a casa. El joven rebelde había sido transformado en un hombre muy seguro de sí mismo, opinaron los vecinos con orgullo patriótico infundido por una excelente campaña mediática. La mayor sorpresa de esa noche fue encontrar a su progenitor en casa. Unos días antes, la decisión de Angel había sido irrevocable: Ir a cualquier universidad. Le otorgué una beca; pero nunca la cobraría.

Desde aquí y a pesar del inevitable transcurso del tiempo, debajo de este naranjo, continúo pensando en la resistente corbata que gira con lentitud excesiva.                                                

 

 

 

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