Salí de la estación del metro y deambulé por algunos
minutos en la capital de rostros nocturnos. Por un momento, sentí un
escalofrío tremendo, ya que, en mi eterna búsqueda de empleo, jamás
imaginé que la circunstancia fuese tan favorable. Después de
verificar la dirección, pasé el retén de seguridad y fui guiado a la
anhelada entrevista. Una atractiva mujer condujo en inglés y
español, el habitual e impúdico interrogatorio. Conseguí ganar su
confianza y así empezar el entrenamiento laboral que incluía
conferencias y pláticas de expertos. Uno de ellos aseveró que en el
área metropolitana existían únicamente pandillas integradas por
jóvenes de linaje africano o hispánico. En el momento en que mi
entrevistadora explicaba que el fondo recaudado de cien millones de
dólares, serviría para enviar a varios muchachos a la universidad,
surgieron imágenes instantáneas de las instituciones académicas del
rumbo, donde los subalternos somos despreciados por profesores y
alumnos. Me acordé de los egregios literatos que coadyuvaban a mi
infelicidad.
La oficina era magnífica, en particular las vistas de la gran
capital: los Smithsonian, el obelisco y el Capitolio. ¡Era
como haberse ganado un pedazo del cielo en la tierra! Al llegar el
primer cheque de pago, creí que mis problemas económicos terminarían
en el fondo del tarro de cerveza. No fue así. Lo supe después de
haber conocido al editor del periódico patrocinador que, al
ofrecernos galletas y té de mala calidad a sus empleados negros,
hizo que reparara accidentalmente en su arrugada y percudida camisa.
El final estaba a la vuelta de la esquina. El nudo torcido de la
corbata de nylon fue un agüero insoslayable.
Un sol helado embellecía las terrazas pobladas de hongos
multicolores y jardineras de concreto resguardadas por un mar de
anuncios chillones y cuerpos tibios. El aroma de café acarició mi
rostro seco, y me invitaba a la reflexión que sólo la holganza puede
generar. Pensé agarrar el periódico y leer por leer, ignorando hasta
a la vida misma; deseaba que las preocupaciones murieran en
inexistentes abismos de café y coñac. Sin embargo, descendí por las
gigantescas escaleras eléctricas con el propósito de encaminarme a
la escuela asignada a la población hispánica. Mis compañeros de
empleo trabajarían en otros ghettos. Al cruzar la avenida
apareció Chin Chin el teporocho. Me miró y quiso mostrarme, a guisa
de flash, sus graves cicatrices de puñal. El frío
intensificaba el ambiente de patrullas, marihuana quemada y
bourbon. Un chiquillo pedaleó su triciclo entre los edificios
aledaños, y viró hacia la derecha para rematar la piel crujiente de
una rata. Miré los muros del plantel. Después de cruzar el detector
de armas, uno de los guardias me escoltó hasta la oficina de la
señora directora. Allí, tuve la opción de escoger la planta alta de
la exigua biblioteca donde encontré Best-sellers y uno que
otro libro clásico. Al fondo del amplio pasillo, los azulejos de los
baños aparecieron impregnados por grafito bilingüe que marcaba el
territorio de los hijos de la guerra: Angel Garcia fue uno de
ellos.
III
El sargento Garcia no era el vivo retrato de su padre. En
nada se le parecía, y mucho menos en la forma de caminar, pues
creció ajeno al influjo de Castilla la Vieja. A él, nunca le importó
esa diferencia. Desde un punto de vista personal, un lenguaje y
cultura habían sido substituidos por otro idioma y estilo de vida,
aunque imperialistas, muy suyos.
Desde pequeño, los Estados Unidos había sido mito y cruda realidad
que lo acosó hasta en los sueños: ¿Hispanic, Spanish,
Latino, Greaser, Speak, Brown, what´s up bro?
La España desconocida fue una continua dicotomía que le hizo
sentirse orgulloso y avergonzado de la herencia paterna. Aprendió
las primeras letras en una comunidad de Seattle, integrada
por descendientes de judíos conversos, irlandeses, italianos,
chinos, escoceses y griegos de escasos recursos económicos. Ajeno a
las señas de identidad hispana, creció hablando inglés, y gracias al
aspecto físico heredado por el lado materno, pudo evitar la
discriminación étnica a primera vista; pero no la social. La gente
del puerto cotejaba a menudo su apellido con el del vocalista de
The Grateful Dead. Se llegó a pensar que Angel había sido
producto ilegítimo de algún enamoramiento del cantante, quien en sus
escapadas de Eugene, solía frecuentar los bares del malecón.
En aquel entorno, los españoles eran seres intangibles, pasajeros en
tránsito que preferían continuar emigrando en busca de mejores
oportunidades.
Washington,
D. C., no fue el paraíso terrenal esperado. Este lugar representó
una extensión disfrazada del infierno del cual había tratado de
escapar. Frente al Potomac, imaginaba cómo habría sido una
vida distinta en la áspera tierra castellana.
IV
El llanto del niño se escuchaba desde la acera de enfrente. Los
motores en marcha, el ruido de los televisores, el tráfico matutino,
las prisas para proveer comida y alojamiento. La solicitud del
préstamo bancario, las clases, el trabajo de tiempo completo. El
futuro profesor desaparece por la estrecha escalera; huye de las
manos burdas de una joven inexperta que acaricia a la criatura de
ambos. Una silueta besa al recién nacido, y sus ojos se humedecen
cada vez que corta fiambre en el Safeway ubicado en la
esquina de Shoreline y Pine.
Son las seis de la tarde. Madre e hijo se miran en silencio. Ella
observa el mar y recuerda la actitud de su familia que nunca le
perdonó el haber huido de un hogar intangible. Cambia el pañal y
reza en inglés, abrazando el endeble cuerpecito. El llanto se
escurre por la carita del bebé fatigado. Como siempre, llovía
copiosamente.
V
La negra noche es brillante y espectacular. Las bicicletas,
automóviles y autobuses pasan ininterrumpidamente por la abigarrada
avenida de neón. La heterogénea muchedumbre transita de un pub
a otro, sólo para encontrar homogeneidad. Risas y carcajadas se
fusionan con el ruido del tráfico citadino. Los anuncios sugieren
fumar, beber y gritar hasta ahogarse en lo más profundo del éxtasis
urbano. Las emanaciones de las máquinas invaden las terrazas
contiguas a los muros de cristal. Toda preocupación, seria o no,
desvanece en la vacuidad nocturna. El smog perfuma la
atmósfera y el indeleble recuerdo de los golpes recibidos. ¿Cómo es
posible que la memoria se encargara únicamente de recrear escenas de
un mundo hostil y tan distante?, reflexionaba Angel una y
otra vez en su camino a casa. Las hostias y cardenales son difíciles
de borrar: one, two, three, four,
repetía la presencia psicodélica del sargento Glenn Gonzales… La
niñez había sido un verdadero follón, continuó divagando…
La imagen del padre y marido ausente se solidificó por medio de la
violencia institucional y familiar. Jamás pudo borrar ese olor
rancio en la oficina del Welfare: lugar de indiscretos
interrogatorios que generaban a regañadientes, cupones para comprar
alimentos y el cheque del alquiler mensual. Las constantes broncas
en la escuela desembocaron en visitas a la dirección escolar y el
reformatorio. La disciplina aprendida lo preparó para la Guardia
Nacional del Army. Por fin sería alguien, asintieron madre e
hijo; además podría continuar sus estudios y percibir un salario. Al
concluir la segunda incursión en la Guerra del Golfo Pérsico,
Angel regresó a casa. El joven rebelde había sido transformado
en un hombre muy seguro de sí mismo, opinaron los vecinos con
orgullo patriótico infundido por una excelente campaña mediática. La
mayor sorpresa de esa noche fue encontrar a su progenitor en casa.
Unos días antes, la decisión de Angel había sido irrevocable:
Ir a cualquier universidad. Le otorgué una beca; pero nunca la
cobraría.
Desde aquí y a pesar del inevitable transcurso del tiempo, debajo de
este naranjo, continúo pensando en la resistente corbata que gira
con lentitud excesiva.