Líneas introductorias
La seducción de las palabras,
libro de Álex Grijelmo, es un estudio exquisito donde se
demuestra la relación existente entre palabras y emociones:
“La seducción (de las palabras) parte de un intelecto
(…) pero no se dirige a la zona racional de quien
recibe el enunciado, sino a sus emociones. Y sitúa en una
posición de ventaja al emisor, porque éste conoce el valor
completo de los términos que utiliza, sabe de su perfume y
de su historia, y, sobre todo, guarda en su mente los
vocablos equivalentes que ha rechazado para dejar paso a las
palabras de la seducción.”
Álex Girjelmo, periodista y amante de la lengua español en
alguna ocasión afirmó que le encantaban las peculiaridades
mexicanas en el lenguaje, especialmente sus neologismos.
Las palabras del mexicano, dice el periodista, son tiernas,
descriptivas y divertidas
Después de leer La seducción de las palabras esta
aseveración llamó particularmente mi atención por ser una
materia en la cual no había reflexionado con anterioridad.
Es mi deseo en este trabajo cavilar en torno al léxico del
mexicano o su imagen verbal.
Lacónico análisis psicolinguístico del mexicano
El lenguaje es revelador de la historia y de la psicología
de los pueblos. Hacer un análisis lingüístico de un pueblo
descubre su inconciente histórico. El mexicano destaca por
su ancestral forma de manifestarse por medio del lenguaje
circunstancial. El mexicano se desapega fácilmente de los
cánones lingüísticos fijados por la Real Academia de la
Lengua Española, obedeciendo a su natural rebeldía por lo
estricto, por lo metódico y por aquello que signifique
sumisión a España.
Y es que el mexicano se caracteriza por la insurrección que
desde el nacimiento de la mexicanidad
ha enarbolado sobre todo en su conversación, con sagacidad,
picardía y doble sentido, pero también con disimulo y
autodevaluación.
En México las palabras tienen una fortísima carga evocativa
(sobre todo aquellas palabras pertenecientes al caló y al
lenguaje coloquial), donde detrás de cada letra se esconden
evocaciones, recuerdos, aromas, sabores y la historia de su
pueblo.
La palabra “grito” por ejemplo evoca de manera automática la
celebración patriótica del 16 de septiembre para festejar la
Independencia de 1810. La palabra “gringo” es un despectivo
y xenófobo calificativo que tiene su origen durante la
intervención norteamericana de 1847, cuando el pueblo al ver
desfilar los pelotones uniformados de verde les gritaban en
mal inglés green go.
Madre: la palabra favorita
“Madre” (o “mamá”-con dos emes que arrullan y dos
blancas as-) es la palabra favorita de los mexicanos
(aunque muchos no lo reconozcan porque les resulte cursi y
su virilidad y/o machismo se vean afectados) por todos los
significados, evocaciones y emociones que conlleva; es una
de esas palabras que son como cerezas anudadas siempre a
otras de las cuales habla Alex Grijelmo.
Para el mexicano la madre es la figura fundamental en todos
los aspectos. Incluso, durante la época prehispánica donde
se adoraba a Tonantzin (la Madrecita de todos los Cielos que
en la Colonia se convirtió en la Virgen de Guadalupe), morir
al dar a luz era lo mejor que podía sucederle a una mujer.
Decir “madre” en México equivale a atribuir aquellas
características que describen en el contexto popular a la
mujer perfecta: su mundo gira en torno a los hijos,
abnegada, disimulada y fingida, sometida, religiosa,
tradicionalista y víctima. Incluso se utiliza esta palabra
para añadir valor al discurso, como “a toda madre” (que es
hermoso), “¡en la madre!” (admirativo), “madral” (mucho) y
“chingomadral” (abundancial). Curiosamente la lingüística
popular le ha dado significados diametralmente opuestos,
comúnmente para desvalorizar; la explicación la encuentro en
que al ser la madre lo más apreciado en la cultura mexicana,
depreciar la madre del enemigo es el insulto más grande:
“chinga tu madre” (joder, molestar o fregar a la madre),
“desmadre” (vacilar, echar relajo), “madriza” (golpiza),
“pura madre” (que no acepta nada de nadie), “vale madre”
(que no vale nada)
El diminutivo (con tres íes) en el léxico mexicano
Como señala Grijelmo, la letra i se ha apropiado del
mensaje de lo pequeño por su sonido;
al parecer esta letra es una de las favoritas del mexicano
por ser los diminutivos parte esencial en su lenguaje. Los
utiliza para hablar de manera cariñosa (no se vaya a ofender
el receptor), como por ejemplo “mijito”, contracción en
diminutivo de “mi hijo”; para encubrir sentimientos como
orgullo y presunción que requieren de la atenuación porque
son condenados por la religión católica
–recordemos que la religiosidad en el pueblo mexicano está
muy arraigada–, como “estoy ahorrando un dinerito”,
“me compré un cochecito nuevo”; y de manera
inconciente, devaluándose él mismo, a sus posesiones y a lo
que le rodea, proyectando así su sentimiento de inferioridad:
“tengo un changarrito de refacciones” para referirse a la
posesión de un negocio que no reúne las características de
tienda de autoservicio consagrado al rubro de refacciones
automotrices, “paso por ti en mi carcachita” para
referirse a la acción de recoger a alguien en un vehículo
viejo, o “voy a comprarme unos trapitos” para afirmar
que se comprará ropa.
La “letra” ch
Considero que la “letra” preferida del mexicano es la ch
por ser una letra chingona (que se las sabe de todas todas;
mexicana por antonomasia), chipocluda (inteligente, sagaz,
relevante), pero también chacualera (vacilona) y chacotera
(contraria a toda solemnidad) -a pesar de que la ch no es
una letra, sino dos que representan un sonido de
articulación predorsal, prepalatal, africado sonoro (la
insurrección y la rebeldía plasmada en el discurso)-. Así,
se puede escuchar oraciones y conversaciones repletas de
chés, como por ejemplo “¡Chale!, aquella chamaca
chancluda con chal anda con ese chamaco chamagoso que
atiende el changarro de champurrados y con el chato
chipotudo que es chafirete de la Central. ¡Charros,
charros!, que ahí viene”;
otro ejemplo que podría ilustrar este párrafo es la canción
interpretada por el grupo Café Tacuba intitulada “Chilanga
Banda”.
Palabras disimuladas en la política mexicana
En México todo mundo disimula y nada es lo que parece.
Rodolfo Usigli definía a la política mexicana como un
conjunto de mentiras que pugnan por convertirse en verdades.
El pueblo mexicano ha sido y es una masa manipulada por unos
cuantos seducida históricamente por las palabras.
Hoy, el discurso oficial es que el mexicano debe respetar
las instituciones, porque para el mexicano respetar
connota e implica “obedecer” y también “amar”. Las paradojas
abundan no solamente en el discurso sino también en el
nombre de las instituciones: la CNC (Confederación Nacional
Campesina), por ejemplo, no fue creada por campesinos ni
por iniciativa de ellos, sino por el Presidente Lázaro
Cárdenas; el Partido Revolucionario Institucional (PRI),
pregonero de la “Revolución” es el partido más conservador y
enemigo de los cambios sustanciales y sustanciosos; el
Partido Acción Nacional (PAN) se ha caracterizado en el
último sexenio presidencial por la inacción.
Esta dramatización de la irrealidad
es una de las manifestaciones evidentes de la crisis de la
posmodernidad; la realidad desaparece bajo construcciones
ficcionales, convirtiéndose en una seña de identidad de la
manipulación propia de la consabida era de la sospecha.
A manera de conclusión
¿Qué es más eficiente en México para emitir mensajes,
dirigirse al corazón o a su intelecto? El mexicano, como
todo ser humano, repele la lógica de argumentos dirigidos
hacia la razón -no apela que un razonamiento se comprenda-,
busca lo expresivo, palabras con aromas distinguibles,
apelando a razonamientos que se sientan. La palabra, como se
observó en este trabajo, tiene una lógica asociativa, toma
elementos que simbolizan una realidad y dispara recuerdos.
El axioma #4 de la Imagen Pública es “la mente decide
mayoritariamente en sentimientos”.
Para emitir mensajes exitosos en México, dirijámonos al
corazón de su gente, utilicemos sus palabras –aquellas que
le significan, le evocan y le conmueven, aquellas cerezas
anudadas siempre a otras–.
Otro axioma de este conocimiento es que “la construcción de
una Imagen Pública siempre será relativa a tres factores
indispensables: la esencia, el objetivo que se desea cumplir
y las necesidades de la audiencia”. Conozcamos, pues, a
nuestra audiencia y hablémosles en su mismo idioma, con las
palabras que heredaron de sus antepasados y que conmueven y
exaltan sus pensamientos, dramaticemos la realidad
siendo absolutamente fieles a la verdad y/o a la esencia
del emisor
Fuentes
consultadas:
Díaz Guerrero, Rogelio, Psicología del
mexicano. Descubrimiento de la etnopsicología, Editorial
Trillas, México, 2002.
Ramírez, Santiago, El mexicano. Psicología
de sus motivaciones, Editorial Grijalbo, México, 1977.
Entiendo la dramatización de la irrealidad
como mostrar acontecimientos falsos con las técnicas
y mecanismos utilizados en Imagen Pública para
dramatizar la realidad, dramatizar la irrealidad es
representar una ficción.
En Imagen Pública dramatizar la realidad consiste en
potenciar las cualidades o valores de algo o alguien
y transmitirlos de manera breve y emotiva buscando
una respuesta conductual positiva de las audiencias
en torno a ese algo o a ese alguien.