México, Distrito Federal I Mayo-Junio 2008 I Año 3 I Número 14 Publicación Bimestral I Reserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

J. Pablo Ortiz (Guadalajara, México. 1979) es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Guadalajara, obtuvo el Diploma en Creación Literaria por la Sociedad General de Escritores Mexicanos (SOGEM), Obtuvo la maestría en literatura española medieval por la Universidad de Calgary. También, ha realizado estudios en el programa de maestría en Filosofía y Lógica en la UAG. Ha asistido como profesor por la Universidad de Arizona. En la Universidad Panamericana creó e impartió el programa de Semiótica para la Escuela de Comunicación. Ha publicado los poemarios El sueño del dinero escarabajo y otros poemas, Ante la oscuridad (2005) y De no pedirle al viento la noche, hoy en el silencio (2007). Ahora forma parte del programa doctoral en Letras Hispánicas en la Universidad de Calgary y enseña para esa institución.

 

Caminante son tus huellas

el camino y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.”

Antonio Machado.

 

El sevillano Antonio Machado (1855 -1939) se inicia en la poesía, propiamente en 1903, con la publicación de Soledades, galerías y otros poemas, pero no es hasta Campos de Castilla (1912) que el poeta afianza la idea de liberar su poesía de elementos ocasionales y perecederos[1]. Machado proporciona, como menciona Cerezo Galán, un carácter simbólico y sugestivo a la palabra, un estado musical al alma -a través de un sentimiento de raíces subconscientes-, como también, una intuición y textura abierta del sentido (18) Es por ello, que así se inaugura una nueva voz que canta sobre la vida interior, que reclama por una juventud no experimentada o dejada atrás; a la vez que se instaura una nueva voz que resuena incesante sobre la idea de la patria, la muerte, el sueño y el misterio como discurso. Es así que, la noción de la temporalidad y la intuición de la realidad próxima como también la lejanía de una ensoñación, descansan en un presente que encierra en sí mismo continuidad, dejando que “Castilla miserable, ayer dominadora”, en un plano de la conciencia de la voz poética, sueñe, espere o duerma.  

Es posible encontrar en la poética de Machado y, en particular caso, en Proverbios y cantares (1909) como en Poema de un día (1913) un rasgo de decisiva espiritualidad. La idea de la conciencia y la temporalidad, en la voz poética que hoy nos concierne, no se transforma en un elemento infinito e infinitamente creador, sino en una energía finita, condicionada y limitada por situaciones, circunstancias y obstáculos, que pueden incluso solidificarla, degradarla, bloquearla o dispersarla. En la obra de Machado se inscribe la presencia de la existencia del cuerpo y el universo material para entender la temporalidad de la conciencia. Se inscribe, una noción que reinstala la conciencia a su existencia concreta, que es condicionada y problemática. 

En su estudio sobre el pensamiento de Henri Bergson, Michael Barlow, destaca la importancia de la “duración real” como el dato de la conciencia despojado de toda supra-estructura intelectual o simbólica en su simplicidad originaria (96). Es claro que la voz poética en Machado se presenta como existencia espiritual y camino incesante, como una corriente continua e ininterrumpida que varía sin tregua, no sustituyendo cada estado de conciencia por otro, sino disolviendo los estados mismos en una continuidad fluida. La conciencia de la huella permutada que retorna con el simple hecho de volver la mirada hacia atrás, se instala en el sujeto poético de Proverbios y cantares; dicha conciencia es la voz que, como eco, resuena en el revés de un corazón sonoro, tal cual una moneda que cae en la alcancía vacía de la memoria y el tiempo como se muestra en estos versos:

Morir… ¿Caer como gota

de mar en el mar inmenso?

¿O ser lo que nunca he sido:

uno, sin sombra y sin sueño,

un solitario que avanza

sin camino y sin espejo?  (580).

 

No está ante nosotros, como es evidente, un sustrato inmóvil del “yo” sobre el cual se proyecte la sucesión de los estados conscientes. Aunque la duración como progreso está presente en la poesía de Machado, esa duración que carcome el futuro y se acrecienta avanzando, revela en la voz poética que su pasado no puede reflejarse ya de manera objetiva y tiene que acudir a la memoria no como una facultad especial, sino como un mismo devenir espiritual que espontáneamente puede conservarlo todo en sí mismo. 

En su Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, Henri Bergson argumenta sobre la preservación de la memoria que, ésta puede ser vista como una creación totalizadora, ya que en ella cada momento, aún siendo el resultado de todos los momentos precedentes, es absolutamente nuevo respecto a ellos (65). La voz poética de Poema de un día no se aleja de esta tradición filosófica y augura “gota a gota” un devenir como una corriente de agua clara que encierra en sí misma la posibilidad de trasformase o corromperse como un fenómeno necesario para el florecimiento y resultado que anuncia cambio y transfiguración:

Oh, tú que vas gota a gota,

fuente a fuente y río a río,

como este tiempo de hastío

corriendo a la mar remota,

con cuanto quiere nacer,

cuanto espera florecer (554).

 

Entonces, existencia y temporalidad, en la voz poética de Machado, significan madurar: evolución que se muestra como una creación y re-creación indefinida. Es así que la conciencia de la voz poética no se reduce a la duración de sí misma como parte de un tiempo homogéneo, sino que todos los estados mentales se unifican en la fluida corriente de la conciencia, como en un río en el que no pueden distinguirse dichos estadíos si no es por un acto de abstracción. El tiempo, en la poética de Machado, es la corriente del cambio que no puede darse sin una labor abstractiva del entendimiento y el uso del lenguaje que va unido a él.  

Menciona Cerezo Galán que la lucha contra el tiempo, en Machado, se “encanta” [2] en la palabra como una exploración de las galerías del alma en la eterna búsqueda por un tiempo perdido que retorna en la luz de los sueños al “conjuro de la palabra poética” (169). Es así que el “Tic-tic, tic-tic” de la voz poética reconoce libremente la nulidad de la eternidad y la perduración del mal o ¿del bien? Esta libertad se encuentra, en el sujeto poético, postrada ante la intuición de un albedrío que, imprevisible, no postula como causa el “yo”, ya que eso implicaría definición y, en Machado, la definición queda fuera del contexto poético. Por ello, el expresar, como fórmula lingüística, queda fuera del tiempo del que la voz poética se percata y es consciente; dicho tiempo se revela como “duración”. Duración que lleva al sujeto poético a la meditación y, al retorno consciente de la inteligencia, al instinto.  

El tiempo heterogéneo, ese que la psique de la voz poética no niega, ese que responde al estremecimiento del alma del sujeto poético no está separado del instinto que despierta en él la noción de la meditación rural. La intuición en Manchado, es un impulso que se ha vuelto desinteresado, consciente de sí, capaz de tornarse sobre su objeto y de extenderlo indefinidamente. La intuición estética en esta particular voz poética nos hace percibir la individualidad de las cosas poetizadas, individualidad que escapa a la percepción común. La voz del poeta lejos de retener las impresiones útiles de la realidad rural o de la noción de las horas y el minutero, nos muestra las exigencias de la acción, desveladas, desnudas; así éste logra comunicación inmediata con las cosas, una comunicación que sólo se logra sin la lectura de las etiquetas que los sujetos imponen ante la realidad. La voz del poeta se niega a la definición, busca en la imaginería del tiempo el vacío y la salvedad; busca en el “otro” esa respuesta sin tregua, ese “otro” que puede ser Unamuno, Bergson, Dios o, incluso, sus mismos demonios que no le dejan descansar. Tiempo como “soledad de soledades”, tiempo de acción ilimitada e indefinida, tiempo que en la dirección de los sentidos humanos despierta del sueño eterno en que ha estado guardado, callado.  

El tiempo toma voz, se apropia de manera analítica e intelectual del lenguaje y lo vuelve suyo; tal vez, simpatía por la cual esa voz -la del poeta- penetra en el interior de la vida rural para coincidir con ella en lo que tiene de única y por tanto, de inefable. La voz poética descubre la posibilidad que el tiempo le provee para que en una “estancia iluminada” de la intuición se dé cuenta de su propio latir y resonar como parte de un sujeto finito, mesurable y, lo más importante, vivo[3]:

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo? No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reló,

con esa monotonía,

que mide un tiempo vacío.

Pero ¿tu hora es la mía?

¿Tu tiempo, reloj, el mío? 

                                  (Poema de un día, 553).

 

No se niega, pues, como parte de un análisis intelectual que el sujeto poético acciona a partir de la necesidad de símbolos en la temporalidad de Machado, el poeta; pero esa aproximación, es materia para otro estudio. Aquí lo trascendente es ese proceso por el cual la voz poética encuentra su órgano, casi metafísico, en la intuición y es a partir de ésta que la voz encuentra su característica espiritual que le revela que “ni en el alma ni en el viento” existe un cimiento-objeto, más aún, revela que la poesía no construye la conciencia sino únicamente expone las estructuras de ésta. Por lo tanto, una metafísica del cimiento poético, en la voz poética que hoy nos atañe, queda negada. Se trata, entonces, de las estructuras que revelan la duración “consciente” que se postra en contra de la “espacialización”[4]. Es por ello, que la intuición le permite a la voz poética alcanzar, por medio de la conciencia de temporalidad, un impulso vital, que es su fuerza creadora.

Las horas se transforman en minutos cuando el poeta espera saber algo, pero la voz del poeta se agita al ver en el tiempo la posibilidad de lo que puede ser aprendido o ¿aprehendido?, incluso, de lo que ha dejado de aprender, de lo que deja o ha dejado escapar. Es así que la pregunta retórica es expulsada al viento sin nadie que responda, tal vez, sin nadie que habite en el mundo ya. Todo ha pasado y la voz del poeta resuena sin cansancio en esta premisa:

Nuestras horas son minutos

cuando esperamos saber,

y siglos cuando sabemos

lo que se puede aprender […]

En preguntar lo que sabes

el tiempo no has de perder…

Y a preguntas sin respuesta

¿quién te podrá responder?

                                  (Proverbios y cantares, 569-570).

 

En la realidad de la voz poética queda claro que el único objeto de la intuición es la conciencia. Pareciera que existe, en Machado, de forma implícita una visión directa de la conciencia por parte de la conciencia. Entonces, podríamos preguntarnos de manera transliteral si en la voz poética de Proverbios y cantares, ¿hay dos modos de conciencia? 

La intuición en la voz poética que nos concierne puede tener significados diversos y no se define unívocamente. Con todo, su distinción esencial es que la voz poética en Machado piensa en términos de duración, de conciencia pura; es por ello que tenemos la sensación de estar ante dos conciencias, pero no es así, ya que todo se remite a la acción intuitiva de aprehender o arrojar objetos poetizados. La voz poética en machado pareciera comprender que los objetos de intuición tienen vida propia por lo que tiene que atraparlos con el ardid de la sutileza reflexiva, colocarlos, a la manera de Cerezo Galán, en el “encantamiento” del verso y escucharlos rugir en paz y, si no los hace suyos al final, dejarlos ir a otros versos, a otros poemas:

 

Hay dos modos de conciencia:

Una es luz, y otra paciencia […]

Dime tú: ¿Cuál es mejor?

¿Conciencia de visionario

que mira en el hondo acuario

peces vivos,

fugitivos,

que no se pueden pescar 

                                              (Proverbios y cantares, 577). 

Aquí, la “pesca” de dichos objetos sólo se podrá realizar si la intuición, como menciona Bergson, posee un hilo conductor. La intuición deberá ver si este hilo sube hasta el cielo o si se detiene a cierta distancia de la tierra (72). En el primer caso, la voz poética en Machado estaría experimentando un proceso místico, y queda claro que no sucede así. Pero es el segundo caso el que nos ha interesado, porque es evidente que la voz poética logra pescar uno o más de esos objetos que, volátiles, recorren su conciencia en la temporalidad y duración real de su aprehensión. Por lo tanto, es aquí, en este punto mismo de la anécdota del poeta, cuando estamos postrados ante una voz que ha aislado las experiencias metafísicas, sin oponer las unas a las otras. En todo caso, la poética de Machado se revela, de manera paradójica, muy por encima de la condición humana.  

Entonces, ¿será posible que nos encontremos frente a una conciencia nihilista, empirista, ascética? o ¿será posible, pues, que nos encontremos ante una conciencia de mítico anacoreta y visionario? La respuesta reside en el viaje del mundo que la intuición, en Machado, dibuja y, en la conciencia de saber si vamos en busca de lo que alguna vez la voz poética, presente en Machado, estuviese contemplando, ya fuese en Soria, Baeza o, simplemente, a orillas del Duero.

 

 Bibliografía

BARLOW, Michael. El pensamiento de Bergson. México: FCE, 1990.

BERGSON, Henri. Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Ed. Juan Miguel Palacios. Salamanca (España): Ediciones Sígueme, 1999.

CEREZO GALÁN, P. Palabra en el tiempo: poesía y filosofía en Antonio Machado. Madrid: Gredos, 1975.

MACHADO, Antonio. Poesías completas. Ed. Orestre Macrí, (3 vols.). Salamanca: Universitaria, 1989.

MENÉNDEZ PELÁEZ, Jesús (et al). Historia de la literatura española (3 vols.). León ,España : Everest, 2005. 

 

 


 

[1] José María Martínez Cachero, atribuye esta característica en referencia al desprendimiento de Machado de los moldes románticos e incluso de los moldes estilísticos que el Modernismo había traído consigo (Menéndez Peláez, 508 )

[2] El término que Cerezo Galán utiliza hace referencia al verbo embelecer o hechizar.

[3] Este término, en este contexto, debe ser tomado desde el punto de vista de la intuición estética, dirigida solamente a lo individual y no, por tanto, a una metafísica de la vida, sino desde una aproximación al arte de Manchado y su objeto intuitivo por la vida en general.  

[4] Término que H. Bergson utiliza en El pensamiento y lo moviente, mencionado en la obra citada de Michael Barlow. Dicho término hace referencia al antagonismo que surge entre la “temporalización” y la “espacialización” de la conciencia, mismas actividades que se encuentran coordinadas por la inteligencia humana pero que se diferencian entre ellas a partir del acto libertad del cual la intuición hace “consciente” al hombre. La “espacialización” denota un proceso de necesidad interesada (107).

 

 

 


 

 

  

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