La vi anoche
más coqueta que nunca. Y el embrujo duró toda la noche.
Estaba ya en ropa de cama sentada como una diva. Sus piernas
una sobre la otra con medias hasta la ingle. Una nube sobre
su torso y sus brazos tersos tendidos al cielo. Su cara de
mármol suave lucía cual Juno o Hera posando para Praxíteles
en el pórtico de las vestales. El firmamento mudo la
arropaba con smog de lino tras la gran alcoba de vidrio. Los
arreboles del sol aún se alejaban y detenían su paso
mirándola de reojo.
Desde esta
tierra lejana, ella, como novia blanca en noche de bodas,
caminaba lenta con su rebozo de agua y su mirada de diosa.
Era consciente que los hombres elevaban sus quijadas para no
perder el espectáculo de su vuelo hacia el aposento de rojo.
Su cara estaba más redonda y las líneas de sus pómulos
lucían finas y pálidas como princesa y geranio de sala. Sus
ojos entornados, apenas abiertos, brillaban como el lucero
que a su lado le perseguía. Sus labios entrecerrados, una
sonrisa robaban a la Gioconda de Leonardo. Su cuerpo, sombra
de nieve, apenas si se movía por entre estrellas, osas,
manchas lácteas y constelaciones con penachos. Nadie logró
ver sus tobillos ni caderas ni espalda, ni mucho menos su
pecho. Los expectantes voyeristas quedaron burlados porque,
como dama en celo, sólo nos dejó ver su cara.
Pasada la
media noche, Luna corrió la negra cortina y se escondió a
las miradas. Cambió de ropas su cuerpo y tiñó de rojo el
ambiente. Maquilló la palidez de su rostro por el carmesí de
la rosa y sobre sus hombros colgó una abermellada saya. El
cielo se puso rojo y el aire voló hasta la tierra con saltos
de agua encendida. La Luna cambió su blanco a rojo y dio la
vuelta en redondo sobre el cenit de su gloria porque estaba
de Plenilunio. Nadie le había visto tan sexi porque no la
habían visto en conquista. Era joven y era núbil, era virgen
y era ángel, era fetiche y placer. Jamás mujer alguna había
demorado tanto para maquillar su figura. Desde oriente
hasta occidente y en todos los puntos del Orbe los hombres
pudieron ver por horas a esta mujer en toda su sangre real,
reina de todas las noches que se acuesta al clarear.
Paparazzis,
poetas, telescopios, novios y novias, viejos y niños
salieron a ver la novia que bailaba el vals del cisne en el
palacio de hadas. Por toda una noche asistieron a un
concierto en sala sin sillas. Nadie sintió la pesadez del
cansancio ni se perdió un segundo la sinfonía de la Ninfa
que encantó y fue la estrella mayor en el firmamento de
Universo.
¿Cuándo la
volverán a ver estos ojos de iris y de lentes que todo lo
quieren probar? Por qué será que la Luna sólo viene por la
noche cuando el afán se aquieta, el espíritu está sereno y
los sentidos se alertan para percibir las delicias del amor?
Ella es una dama lejana, sentada sobre sí misma, en la punta
del Universo. Allí nos sigue mirando con la misteriosa
sonrisa que un día puso en sus labios, el pincel de un
atrevido. ¿Y nosotros en la cama tenemos una Luna cercana?
¿Sin maquillaje nos mira y nos deja que le pintemos el
cuerpo, le cantemos y la arrullemos hasta que sea la
madrugada?