
Sobre el libro muchos
son los profetas que se han animado a emitir mensajes
apocalípticos. Y no van exentos de algo de razón. Efectivamente,
todavía una gran masa de población prescinde, voluntaria o
involuntariamente, de los bienes culturales. Aprovechando el tirón
que nuestra sociedad le ha concedido a lo audiovisual, esos sectores
entienden los libros como artículos más bien accesorios, por no
decir inútiles. No obstante, aunque la realidad no sea demasiado
halagüeña para la lectura, parece ser que hay motivos para sofocar
un tanto las voces de alarma, entre otras razones porque las crisis
en la expansión de este hábito no son de factura actual, vienen
concurriendo desde los mismos orígenes de la literatura y, en parte,
van asociadas a la todavía pendiente tarea de alfabetización global.
Más aún, junto a la culturalización, se hace necesaria una campaña
de sensibilización, de educación sensitiva y sentimental para que
quien vive ajeno a lo estético y lo intelectual vea en su
descubrimiento algún tipo de deleite.
Quienes conocen el Quijote recordarán cómo los segadores
citados en él acceden a la literatura gracias a la presencia entre
ellos de un instruido que accede a leer para ellos en los ratos de
ocio compartido, y con su noble acción va transformando a sus rudos
compañeros en seres pensantes, emotivos y críticos. Éste es el
pasaje en que se hace alusión a la costumbre de la “lectura en
corro”: “Cuando
es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores
y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros
en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle
escuchándole con tanto gusto, que nos quita mil canas”.
Y no sólo se consigue con
ello matar el tiempo; gracias a ese hábito personajes de la talla de
Maritornes o el ventero que aloja a don Quijote y Sancho intervienen
en una tertulia de carácter literario, en concreto sobre los libros
de caballerías, con tanto conocimiento como puede tener cualquier
letrado, por ejemplo, el cura, hombre al que simplemente por el
hecho de pertenecer al clero se le debía suponer una cierta
erudición: “Y como el cura dijese que los libros de caballerías
que Don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el
ventero: No sé yo cómo puede ser eso, que en verdad que a lo que yo
entiendo no hay mejor lectura en el mundo, y que tengo ahí dos o
tres dellos, con otros papeles que verdaderamente me han dado la
vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. (…)A lo menos de mí sé
decir que cuando oigo decir aquellos foribundos y terribles
golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro
tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días. Y yo ni
más ni menos, dijo la ventera, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos estáis escuchando leer, que estáis
tan embobado que no os acordáis de reñir por entonces. Así es la
verdad, dijo Maritornes, y a buena fe que yo también gusto mucho
de oir aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan
que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su
caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de
envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de
mieles”. Éste es el milagro de la literatura: escapa de la
materialidad de las páginas de un libro en el mismo instante en que
es compartida.
En efecto,
la falta de instrucción no debía ser óbice para el disfrute del
arte, si quienes ostentan el conocimiento fuesen más generosos con
su saber. Se entiende que la educación se da en la escuela y, por
ende, ahí queda sobreentendida la lectura. A todas luces se está
viendo que no es un medio suficiente. En los ambientes académicos se
instruye e incluso se anima a leer, hay muchos proyectos que
persiguen ese objetivo. Muchos de ellos recurriendo a la figura del
cuentacuentos, figura de ascendencia milenaria y a cuya memoria
rinde homenaje Mario Vargas Llosa en su novela El hablador.
Pues bien, todo ello es del todo inútil si la lectura no trasciende
de los muros de la escuela.
En este
sentido, son encomiables los esfuerzos realizados por muchos
bibliotecarios para dar realidad a los clubs de lectura, un lugar de
encuentro en el que compartir la experiencia de ser lector y debatir
las múltiples interpretaciones a que están abiertas, en general, las
obras literarias, así como curiosidades de otra índole. Se intenta
con ello, a mi modo de ver, no sólo el fomento de la lectura, sino
la recuperación de la tertulia, hábito que corre peligro de
extinción con esta tendencia al ostracismo que está imperando.
Trabajar en casa, comprar en casa, y ligar con el ordenador: esa
parece ser la aspiración de muchos de nuestros contemporáneos. Como
si el trato con lo ajeno fuese tóxico o, simplemente, una pérdida de
tiempo. Con el declinar del siglo XX nos llega una preocupante moda:
la incomunicación. Si el siglo pasado llevó la literatura a los
cafés e hizo de ello un referente para los historiadores y
estudiantes de literatura (recuérdese, por ejemplo, la Tertulia de
la Fonda de San Sebastián, la más importante del S.XVIII, en la que
se reunían los mejores escritores del momento o la Tertulia del
Nuevo Café de Levante, que, en palabras de Valle-Inclán, ejerció
“ más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos
o tres universidades y academias»), el siglo que corre parece no
tener nada que decir, a no ser de modo virtual. Como si la presencia
física fuese un incordio, algo que evitar a toda
costa.
Alberto
Manguel, en su libro Una historia de la lectura (Ed. Alianza)
nos refiere el caso de Stevenson, que no quería aprender a leer para
no privarse del placer que le producían las lecturas de su
niñera...” Imaginamos a una niñera de forma muy distinta a la
exótica y sugerente Sherezade, pero el embrujo es el mismo. La voz
del otro es nuestra vista y a donde sus cadencias nos conducen es
lo que llamamos literatura. “Leemos para saber que no estamos
solos”, decía un alumno a su profesor en el film Tierras de
penumbra, del director Richard Attenborough, película biográfica
sobre el escritor C.S. Lewis, cuyo guión se inspira precisamente en
una obra del homenajeado, Una pena en observación. Quizá no
haya una manera más afectiva de referirse a la literatura: una feliz
compañía, un escape de la sensación de soledad que acompaña a
nuestra propia existencia. No salvar a solas el horror de la duda,
la página última del libro que todos acabamos siendo.
