El lápiz de carbón se escurre en su mano. Agustina
dibuja líneas y líneas. Danza su muñeca con trazo
firme sobre el papel. El papel sobre su falda. Los
trazos pueden divisarse por la hendija de la
puerta. Trazos, música soft rock y trazos. Los
senos desnudos se le mueven cada vez que marca un
delineado, o un semicírculo, o intensifica los
detalles de los nudillos en el esbozo, de los
botones de la camisa arrugada por una soga, de las
venas sobre la piel del cuello, cuando atenúa los
pormenores del puente. Blanco y negro. Gris.
Él la observa desde la hendija de la puerta, en un
escondite que acomoda su secreto hace semanas. Que
acomoda su secreto y la vergüenza, acaso
compartida. Identifica el bulto de ropa femenino
sobre una butaca, de lado a una estiba de libros
antiguos de Bierce. Él lame sin lengua la piel aún
a esa distancia. Aspira todo el espacio que puede
recoger entre su cuerpo maduro, arrugado y el de
ella inaugural. Poco trayecto si se atreviera, si le
diera la gana y abriera la caja para verle las
pestañas a Pandora. ¿Sabrá que él la observa?
Agustina levanta el rostro por un momento. Luego
regresa al dibujo. Tiene la potestad de recrear
realidades incomprendidas desde que era más chica y
su padre le permitía colorear. Su padre la sentaba
en su falda y le pedía que dibujara. Que dibujara y
se quedara quietecita, que no se quejara aunque
sintiera cosas. No ha pasado tanto tiempo.
Entre las figuras dibujadas en el papel va
apareciendo de a poco, en rayas grises, un hombre
que contempla el rápido del agua discurrir. Tiene
los brazos detrás de la espalda; las muñecas sujetas
con la soga; otra soga colgada al cuello y atada a
un grueso tirante por encima de su cabeza. Agustina
también le ha dibujado algunas tablas flojas, en
blanco y negro, colocadas sobre los durmientes de
los rieles que le prestan un punto de apoyo a él y a
sus verdugos. Los verdugos son dos soldados rasos
del ejército federal que Agustina ha estampado.
Blanco, negro, sombra. No lejos de ellos, en el
mismo entarimado improvisado, se halla de pie un
oficial del ejército con las divisas de sus
combates; estrellas de capitán. Grises, líneas finas
y líneas gruesas. Cuando Agustina se detiene a
dibujar en más detalle las medallas, el de la
hendija se agita, jadea, intenta no hacer ruido
mientras su mano se pierde. Desearía también tomar
un lápiz, acuclillarse junto a Agustina, rozar su
piel mientras comparten el pedazo de papel. Escuchar
que ella lo sabe, que lo perdona por antes, por
ahora y por más tarde. O que quizás lo disfruta un
poco.
El personaje del dibujo abre los ojos y escucha cómo
corre el agua bajo sus pies. Piensa en que si
lograra desatar sus manos, podría soltar el nudo
corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y
nadaría con fuerza hasta alcanzar la orilla; después
se internaría en el bosque y huiría hasta llegar a
la casa. El canvas. La hendija. Agustina. Hay un
hombre mayor que la observa.
Presiona casi hasta perforar el papel. Dibuja con
tenacidad. Él no está aquí. Atrapa la esencia.
Sudan los poros. Vuelve a tomarla de los hombros y
la lanza al suelo en un gesto que no sucede. Musita
“mi Agustina” con una voz que no se dice. Se coloca
encima. Se mueve provocándola y escuchándole decir
que no es nada, que no importa, que siempre lo ha
sabido y que le da igual. Colgado de la pared hay un
Drawing Hands de Escher que les guiña un ojo entre
el chasquido de los dedos de ambas manos.
Cuando Agustina se estira para delinear los trazos
de las sogas, en el dibujo blanco y negro sobre su
falda, él vuelve a agitarse aún escondido; aún sin
haber salido jadea, intenta no hacer ruido, su mano
se sigue perdiendo, recuerda a su niña sobre las
rodillas no hace tanto tiempo. Al hombre del papel
se le parte el cuello y se balancea de un lado a
otro sobre el puente del río Búho.
