De los varios niveles de
interpretación que requiere la primera frase en el
Quijote, resulta interesante observar, en
filigrana, la relación dialéctica que se deriva del
binomio forma/fondo para comprender y describir el
comportamiento psicomotor de los individuos, los
poderes constituidos y las instituciones. En efecto,
las implicaciones estéticas, que de ello se derivan,
son de índole polisémica. Observamos:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo
de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín
flaco y galgo corredor.
Esta frase, que sirve de preámbulo, hace las veces
de prolepsis y coincide básicamente con la
posibilidad de una reflexión que adquiere elevado y
expresivo tono descriptivo. Todo parece conducirnos
a El hombre rebelde de Albert Camus, pues,
tanto en lo psicológico como en lo social estas
líneas tienen un hondo y serio alcance conceptual.
Por lo que estas manifestaciones literarias nos dan
la clave de acceso a
los problemas de movilidad social de un
característico hidalgo campesino
en lucha constante dentro de
la clase nobiliaria.
El retrato, que hace el narrador del héroe, nos
brinda las condiciones de adscribir al protagonista
dentro del marco del escalafón más bajo de la
nobleza áurea. Es decir, se trata de un hidalgüelo
pobretón “de aldea”, el cual está honrado en su
aldea si cuenta, sobre todo en su ajuar, con “una
lanza tras la puerta, un rocín en el establo, una
adarga en la cámara,
[...]
y una moza que le ponga
la olla”.
Parece presentar todos los fermentos de una parodia
que afecta a todos los niveles de la estructura de
la novela cervantina.
Este enfoque orienta el planteamiento analítico
dentro del marco estricto del ámbito social. En
efecto, si el propio Cervantes afirma que su obra es
una “invectiva contra los libros de caballerías
es que quiere situar el problema en el corazón mismo
de la sociedad.
En esta misma línea se enmarcan las oportunas y
atinadas observaciones del profesor Auerbach, quien,
en su libro Mimesis,
destaca la ausencia de toda investigación de los
motivos sociales de la locura de don Quijote y de la
vida de su tiempo, partiendo del supuesto de que los
motivos reales de la vida sobre los que Cervantes
fundamentó su novela, son los sociológicos, no los
morales.
Abordando este mismo tema, Pierre Vilar subraya que,
el célebre texto cervantino es “un libro español que
no cobra todo su sentido más que en el corazón de la
historia”.
Efectivamente, la obra que, con el tiempo, ha
llegado a ser considerada como la primera novela
moderna o, al menos, como su germen,
no deja de ser no sólo una parodia de los libros de
caballerías sino sobre todo –y no es menos
importante- una diatriba social.
Realmente, la estructura paródica de la novela se
desarrolla con la complicidad de la forma y el fondo
que se con-funden –en el sentido de fundir con- para
ofrecernos singulares elementos encaminados a
comprender los hechos sociales.
Como consecuencia de lo anterior podemos observar,
desde la estructura morfológica del Quijote,
un hecho relevante que nos llama poderosamente la
atención.
A través de los dos epígrafes, es decir, El
ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y
El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha,
ambos paratextos, inclusive, parecen recoger,
plásticamente, el conflicto, de tipo socioeconómico,
que mantiene enfrentados dos estamentos sociales.
Entonces, el binomio “hidalgo/caballero” se
perfila como el eje fundacional, en torno al cual se
articula todo el discurso artístico, que ejerce en
la obra una destacada funcionalidad. Nace así la
figura
de don Quijote,
un hidalgo bien identificado que pretende medir sus fuerzas con las
de los
caballeros.
La cuestión planteada radica en las normas sociales
que inhabilitan a nuestro héroe en su aspiración a
la promoción social. Ante este hecho insostenible no
le queda otra alternativa que recurrir a la locura
como único medio capaz de depararle la posibilidad
de cambiar de estatus social. Este hecho
ficticio es en realidad una fantasía que consiste en
un cambio de papeles. La metamorfosis que ello
supone, toma cuerpo en el texto, como un
acontecimiento, que tiene una marcada característica
onírica. De hecho, resulta uno de los mejores sueños
de la literatura española, ya que don Quijote se
halla en un proceso de desplazamiento mental para
satisfacer sus propios anhelos que hacen extensivos
los de su clase de procedencia. No es, entonces
casual, si Jung llegó a dictaminar, no sin razón,
que los sueños tienen una función “prospectiva” como
combinación anticipatoria de probabilidades.
Así planteada, la locura quijotil cobra sentido
dentro del marco de la coherencia interna del
Quijote. Por lo tanto, recoge las frustraciones
y circunstancias desfavorables de una clase –los
hidalgos- en dificultad. Adquiere, de facto,
una categoría transformista por cuanto sustenta una
determinada postura de sedición que pone en crisis
la
ideología ortodoxa de un autoritarismo jerarquizante,
inhibidor de cualquier progreso social.
Asimismo, la locura viene siendo un aliado
estratégico, capaz de crear nuevas condiciones
psicológicas que le ofrecen al protagonista la
posibilidad de burlarse de ciertos patrones
mentales. Esta tendencia se ve refrendada por la
negación “no” de “no quiero acordarme”, como
expresión genética de refutación y afirmación.
Por eso, puede afirmarse con
José María Jover que el Quijote
es un exponente del conjunto de actitudes
espirituales y mentales vigentes en la sociedad
española por las décadas que presencian la
transición del siglo del Renacimiento al siglo
del Barroco; de reflejo fiel de ese mundo de
hidalgos y escuderos, de cabreros y
disciplinantes, etc.”.
A. Retablo de una crisis socio-económica
Don Quijote pertenece a la capa más baja de la
sociedad nobiliaria, es decir, se trata de “un
hidalgo de los de lanza en astillero, adarga
antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Lo cual
pone, nítidamente, de manifiesto un hidalgo de
aldea, en un momento en que esta clase social era
objeto de duras críticas, y ya no era indicativo
inmediato de nobleza. Asimismo, la merma paulatina
de su patrimonio económico es condición necesaria
que le impedía mantener una situación social acorde
con su rango.
En el fondo, tanto en el
Quijote
como en la novela picaresca, la cuestión relativa a
la movilidad social tiene como punto de anclaje
la figura del hidalgo.
Ya en el
Lazarillo,
el hidalgo cobra
especial protagonismo a través de la figura del
escudero,
es decir,
el “hidalgo
escuderil”,
que ocupaba el más bajo
escalafón de la
hidalguía. Y es que la situación social del escudero
era sumamente paradójica. Por un lado, estaba
integrado de derecho, y pertenecía a la clase
privilegiada. Por
otro, en cambio, estaba marginado, puesto que no
poseía la
necesaria solvencia económica con que mantener una
posición nobiliaria. Por lo que, su
precariedad
implicaba, en ocasiones, un status
similar, incluso,
al de cualquier pícaro.
De hecho, ya en el
Lazarillo
el hidalgo
pasa más hambre que el propio Lázaro de Tormes, que
es, curiosamente, quien le
proporciona algún mendrugo. Pero, las
críticas que se dirigen contra la hidalguía eran de
otra índole. Proceden
principalmente de los
burgueses y conversos que escribieron las primeras
novelas picarescas, a quienes
se cerraba el acceso a la nobleza, por cuestiones
de pureza de
sangre, no de dinero, mientras sí que formaban parte
de ella, la aristocracia, los hidalgos pobres.
De ahí que estos burgueses, de origen judío
o no, se
pregunten con insistencia acerca de qué
elementos implicaban la aparente superioridad de los “hidalgos
escuderiles” sobre
ellos. Sobre este
punto concreto, los apuntes de Xosé Estévez nos
parecen muy esclarecedores:
Hacia 1598 vivían en la corona de Castilla alrededor
de 137.000 familias hidalgas, cuya proporción
descendía de Norte a Sur, aunque no su poder
económico, inversamente proporcional a su
cuantificación y distribución geográfica. Gozaban de
privilegios fiscales, turísticos y sociales.
Como puede observarse, la picaresca se centraba en
la figura más baja de la
clase hidalga, en la del escudero, personaje que no
coincide
exactamente con el de Cervantes, cuyo hidalgo es
“de solar conocido” y “de devengar quinientos
sueldos”,
aunque
no muy rico
tampoco.
Aquí la cuestión planteada es distinta, ya que la
diferencia entre los dos tipos de hidalgo era lógica.
En otros términos estamos ante
un hidalgo rural que encuentra su contrapunto en un
labrador analfabeto.
En efecto,
el hidalgo cervantino amenazaba a los caballeros de
verdad,
ubicados por encima de él en la escala social, en la
misma medida en que el escudero
picaresco representaba una amenaza contra los
intereses ennoblecedores de
burgueses conversos o no enriquecidos, situados por
debajo de él, aunque
deseosos de superarlo. En cualquier caso, su lugar
central acarreaba la conflictividad social.
De ahí todo el interés de la obra de Cervantes.
Realmente,
en
el
Quijote
nos
encontramos ante un personaje
perfectamente
definido en la estructura social de su época. Es más,
según las
convenciones
de la época, los
hidalgos de solar son superiores, en rango, a los
que
formaban las otras dos categorías, es decir los
hidalgos notorios y los
hidalgos
de
ejecutoria.
Era el estrato más significativo del estamento
nobiliario, a excepción de los “vizcaínos”, a los
que “Cervantes adjudica la hidalguía universal”.
El problema radica en que, mientras
los hidalgos sufren una considerable
devaluación durante el s. XVI, que culmina a
principios del s.
XVII, los
caballeros consolidan,
a la inversa su posición. Lógicamente la
hidalguía
pierde buena parte de su prestigio
social. Charles Aubrun explica con rotundidad que,
disfrazada en términos de libro de caballerías, la
hostilidad de
don
Quijote tenía sus raíces en fundamentos muy
materialistas.
Los siguientes versos del propio
Cervantes son reveladores al respecto:
Un tal Fulano de Oviedo,
hidalgo, pero no rico:
maldición del siglo nuestro,
que parece que el ser pobre
al ser hidalgo es anejo.
La
carencia de
bienes económicos acentúa todavía más la dificultad
de su pretensión primordial, es decir
la de ser caballero.
No es casual que
fuera así, ya que
el factor económico constituía
el gozne que abría o
cerraba
el
paso
hacia
la caballería:
Junto a la
villa que me dio el cielo por patria vivía un
hidalgo riquísimo, cuyo trato y cuyas
muchas virtudes le hacían ser caballero en la
opinión de las gentes.
B.
Marco estético de la locura transformista
Problema central que no deja de perturbar
psicológicamente a
nuestro héroe ya que la posesión parece ser la causa
de todos los males de nuestro héroe. Por lo tanto,
supone la ruptura del orden armónico entre los
hidalgos y la sociedad. Lo que llevó a Karl Marx a
considerar que la infraestructura económica
determina la superestructura ideológica. En otros
términos, el poder dineral condiciona el poder
político. Cuestiones no menos relevantes que acaban
apartando al hidalgo manchego del entorno
normalizado. Dentro de este marco conviene entender
y orientar la reflexión sobre la soledad de su
exilio metafísico y el exilio de su propia soledad.
Como consecuencia de lo mismo, la soledad que le
rodea le obliga, finalmente, a encontrar en la
lectura, un asilo consolador. Lo cual propicia,
conceptualmente, el exilio de la soledad que
desemboca, metafísicamente, en la locura
transformista:
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura que
se le pasaban las noches leyendo de claro en claro,
y los días de turbio en turbio; y así, del poco
dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de
manera que vino a perder el juicio. (...) En efeto,
rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño
pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue
que le pareció convenible y necesario, así para el
aumento de su honra como para el servicio de su
república, hacerse caballero andante, y irse por
todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las
aventuras y a ejercitarse.
Este refugio que encuentra don Quijote, es la
resultante de la desesperación de un ser en un
momento en que todo parece conspirar contra su
destino. Este comportamiento psicomotor es una
actitud anti-estoica.
En
realidad, tal postura epicúrea, no sólo actúa como
guía de aquellos que corren hacia el puerto de la
sabiduría, sino que actúa como espuela y acicate en
el ejercicio y práctica de la virtud.
Amén de lo dicho, conviene decir que la locura es un
recurso estético catalizador de rechazo de la propia
sociedad. Al situarse al margen de cualquier norma
social genera las circunstancias de un exilio
metafísico. Milan Kundera se sitúa en esa
perspectiva:
La estupidez de la gente procede de tener respuesta
para todo. La sabiduría de la novela procede de
tener una respuesta para todo. Cuando don Quijote
salió al mundo, el mundo se convirtió en misterio
ante sus ojos. Ese es el legado de la primera novela
europea a toda la historia consiguiente de la novela.
Consecuentemente, don Quijote se empeña en crear un
mundo paralelo tendiente a sustituir al anterior.
Se deduce, desde luego, que la existencia de nuevas
posibilidades es prueba de que la realidad social
parece ser inviable.
Lo propio de la locura es situarse fuera de las
leyes que rigen la sociedad. Lo cual muestra,
claramente, la imposibilidad de homologar el yo
heterodoxo del loco con el entorno ortodoxo. Así, la
locura se perfila como un significante que viene
refrendando una actitud de decisión y de refutación.
La locura quijotesca tiene la ventaja de
protagonizar una libertad absoluta que no
admite más leyes que no sean las del propio albedrío
del protagonista. De hecho Spinoza señaló
precisamente, sobre este punto, que lo malo de
nuestro sistema no es que reprimiera nuestra
libertad, sino que nos produjera como supuestos
sujetos libres. Lo que implica una poética de la
libertad que tanta admiración ha causado en Torrente
Ballester:
Haber hecho uso de la libertad deseada, de la
libertad sin límites, en cuanto artista que
manipula, ordena y da expresión verbal a unos
determinados materiales libérrimamente elegidos
a contrapelo de las convenciones vigentes e
incluso de alguna de las suyas propias”.
La locura se perfila aquí como un recurso
ineluctable y necesario, por cuanto conecta con la
posibilidad de sortear ciertas trabas y demás
condicionamientos sociales. Por lo que, nuestro
héroe se ve forzado a determinar nuevas conductas
más favorables a su ambición. Don Quijote niega la
propia sociedad, y apuesta por la soledad del exilio
y el exilio de la soledad al lanzarse a la búsqueda
de nuevos patrones capaces de llevarle al encuentro
de su propio destino y a nuevos horizontes:
Y así, os digo que el don que os he pedido, y de
vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que
mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y
esta noche en la capilla desde vuestro castillo
velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se
cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se
debe, ir por todas las cuatro partes del mundo
buscando las aventuras, en pro de los menesterosos,
como está a cargo de la caballería y de los
caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a
semejantes fazañas es inclinado.
Como incidencia de lo mismo, el exilio se convierte,
de facto, en un nuevo marco que le permite a
don Quijote vincularse con los elementos
relacionados con su visión del mundo. Por eso, el
exilio era necesario ya que en su marco
no existe más cohesión que “la alegre neutralidad
del juego”.
Es decir, la estructura quijotil no es más que un
juego en tanto que una ceremonia paródica de sutil
confrontación con la sociedad.
Es tal la fuerza del invite, que la locura de don
Quijote es un recurso formal que vincula la realidad
con el mito. Es, en definitiva, un medio de
escapismo hacia una nueva cosmogonía donde “el alma
se siente liberada de las preocupaciones y angustias
por una especie de desvarío”.
Esta clase de desvarío, dice Erasmo, es un supremo
don de los dioses para poder librarse de tantos
males.
Este choque entre la realidad y el mito otorga a la
locura un valor sincrético que hace que el mito se
transmute en una nueva utopía como respuesta
concreta al inmovilismo social y el déficit de
confianza. Pues la utopía es la visualización de un
ideal. Como imagen de plenitud, señala algo que no
es del todo posible. Sin embargo, lo imposible que
entraña es necesario, incluso condición de
posibilidad para la realización de lo que es en cada
momento posible[26].
La
utopía abre la realidad y desde lo imposible muestra
sus posibilidades.
Desde la visión explícita, la locura quijotesca es
el referente de lo que debería existir, y es por
otra parte la veladora de un mundo nuevo frente a
una existencia que se piensa empobrecida. Y ese
mundo nuevo es la recuperación de la naturaleza de
lo humano, su elevación y transformación. Asimismo,
permite juzgar la situación existente como contraria
a lo que serían unas condiciones de vida conformes
con la dignidad del hombre. Es entonces la visión de
una forma de vida justa y digna de la sociedad y del
individuo[27].
En palabras de Ignacio Sotelo:
La Utopía pasa de ser un
topos, para
convertirse en un `tiempo´, el futuro ideal hacia
cuya realización camina la historia. Adviértase que
la Utopía se remoza al convertirse en algo
sustancialmente distinto, la `eucronía´, este futuro
ideal, del que se está seguro que se alcanzará un
día, aunque no se sepa muy bien cómo ni cuando.
Lejos de ser una patología, la locura comparte con
la utopía su poder inconformista. En otros términos,
la locura y el transformismo coinciden, por cuanto
crean una transmutación platónica, es decir la
capacidad intrínseca de liberarse de las cadenas que
mantenían a don Quijote anclado al inmovilismo
social. Lo describe muy bien Erasmo en los
siguientes términos:
Hay una coincidencia en que el alma está inmersa y
atada por los lazos del cuerpo, que por su misma
pesadez le impide remontarse a la contemplación y al
gozo de la verdad. Mientras el alma hace un uso
correcto de los órganos del cuerpo decimos que
aquélla está en sus cabales, pero cuando empieza a
romper sus cadenas y a conseguir su libertad, como
si se tratara de huir de la cárcel, se la llama
demente.
La locura, en el Quijote, establece una
diacronía, es decir un antes y un después. La
metamorfosis implica una duplicidad, es decir que la
duplicación muestra dos aspectos sincrónicos, como
dos personajes distintos, aunque muy semejantes.
Pasamos entonces del conformismo displicente del
héroe a la ofensiva a-crítica del protagonista. Es
de notar que
la locura transformista juega un papel trascendental,
ya que ofrece una dulce ilusión que en la caverna
platónica
desata las ataduras del prisionero. En efecto, el
entorno cotidiano quijotil parece ser una caverna,
donde don Quijote se siente tan encadenado como el
protagonista de la Vida es Sueño de Calderón,
y de ahí que en su fuero interno considera que la
locura es la única escapatoria posible. Por lo que,
la locura se convierte en ese lugar hacia donde es
posible refugiarse tras escapar de galeras.
Así, parece ser un recurso sutil e irónico que
pretende dar respuesta al cambio que se espera que
se produzca. Es una locura erasmista
por esencia, y crítica por humanismo. Es más, para Cortázar la locura es
un medio de transgresión:
Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de la plaza
de Mayo, gentes de pluma y de palabras, exiliados de
dentro y de fuera. Sigamos siendo locos, argentinos:
no hay manera de acabar con esa razón que vocifera
sus eslóganes de orden, disciplina y patriotismo.
Se trata, por lo tanto, de la estética de la
inestabilidad entre la plenitud y la nada, porque
“en la locura reposará el ser-moral del hombre”.
Es, a la postre, una estrategia de acercamiento a la
realidad
ante el asalto arrogante y vigoroso de lo nuevo.
C. La locura transformista y la conciencia del yo
Siendo una abstracción de la realidad, la locura
quijotesca no es un concepto despectivo; ni
estático, sino sirve, más bien, para calibrar el
estado filosófico de un elemento mítico que crea una
nueva existencia y otorga nuevos valores a las
cosas.
De ello se deriva que, el proyecto que conlleva, es
el de un nuevo comienzo. Por eso, todo pasa por el
filtro de la metamorfosis y de la regeneración:
Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le
pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no
era razón que caballo de cabalero tan famoso, y tan
bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y
ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase
quién había sido, antes que fuese de caballero
andante, y lo que era entonces; pues estaba muy
puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase
él también el nombre, y [le] cobrase famoso y de
estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo
ejercicio que ya profesaba. Y Así, después de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y
tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le
vino a llamar Rocinante: nombre, a su
parecer, alto, sonoro y significativo de lo que
había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora
era, que era antes y primero de todos los rocines
del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso
ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró
otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don
Quijote. (...) Puesto nombre a su rocín y
confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no
le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien
enamorarse; porque el caballero andante sin amores
era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma.
(...) Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció
ser bien darle título de señora de sus pensamientos;
y, buscándole nombre que no desdijese mucho del
suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y
gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso,
porque era natural de Toboso; nombre, a su parecer,
músico y peregrino y significativo, como todos los
demás que a él y a sus cosas había puesto.
Desde el punto de vista intratextual, la decisión
es de don Quijote, y ello lo presenta, en parte,
como si ejerciera su dominio sobre los
acontecimientos. Cabe suponer que, a través, de la
acción, estamos viendo al protagonista en acto de
creación. Don Quijote es un demiurgo -si entendemos
por tal ese arquitecto del cosmos del que habla
Platón en el Timeo – que ordena las cosas, no
en cuanto participación o conexión con lo
trascendente real, sino desde la intuición de una
idea que es llevada a cabo por sus propios
condicionantes. Podemos percibir, claramente, una
proximidad con la experiencia de lo sagrado,
entendida ésta como poder y plenitud. Hay en el
hidalgo manchego una perversión que nace de su
autoafirmación, es decir aceptar, no sólo, como
administrador, sino también como autor de lo
sagrado.
En su doctrina y práctica, las normas y los valores
se invierten, y pierden sentido de la realidad. La
aberración óptica, por la cual los objetos
cotidianos se transforman a los ojos de su mente
-los molinos se convierten en gigantes, las ovejas
en soldados, las ventas en castillos, etc.- muestra
que, lejos de ser un descuido caprichoso, el
transformismo onomástico tiene un efecto de
sugestión. En eso estriba el acto creador, como un
dios en el ejercicio de sus potencialidades. La
locura de nuestro hidalgo, afirma Martín de Riquer,
no viene exigida por un desorden amoroso, según
ocurría en el Orlando Furioso, sino se trata, por el
contrario, de un proceso propio e interno. Los
cambios de nombres ejemplarizan el ingreso en un
compromiso existencial distinto.
Es lo que los lingüistas llaman “etimologías
populares”,
es decir la alteración de los nombres, según las
asociaciones, que más convienen a su horizonte
intelectual.
Con ello, la realidad y la verdad se relativizan, se
hacen más flexibles, se liberan
de cualquier tentación de dogmatismo.
Adquiere, así, un
sentido unitario que visualiza la autonomía de la
literatura para crear su propio mundo; la
potencialidad artística de la obra escrita es
capaz, incluso, de crear su propia realidad y de
dialogar desde dentro de
ella misma con el lector.
Enlazando con este mismo tema, Leo Spitzer afirma,
concluyentemente, que:
[...] El artista Cervantes ha ensanchado, y por
ello gracias solamente al arte de su pluma como
novelista, la independencia demiúrgico, casi
cósmica del artita. Su ironía con variedades
matices, perspectivas y disfraces -de relativización y dialéctica- da testimonio de su
alta posición dominadora del mundo. Su ironía es
la libertad de las alturas, no la inexorable
disolución dionisíaca del individuo en la nada y
la muerte como en Schopenhauer y Wagner, sino
una libertad bajo la cúpula de aquella religión
que afirma la libertad del albedrío.
En la novela los nuevos nombres y apodos
alternativos tienen un gran poder evocador, y
denotan una función específica de que un nuevo mundo
acaba de nacer. Un nombre nuevo también puede
indicar un cambio mayor en el funcionamiento
psicológico del héroe. Vemos a don Quijote
imaginándose a sí mismo como un caballero con una
armadura resplandeciente, o como un joven galante.
Es dentro de este marco que conviene entender las
atinadas observaciones de Edward:
La variedad de nombres y títulos tiene un precedente
en la literatura anterior, especialmente en los
libros de caballería, que Cervantes imita; pero los
nombres múltiples de estas novelas no se utilizan de
manera tan calculada o efectiva.
De hecho, las evidentes mutaciones se utilizan para
favorecer el tema de la locura de don Quijote.
Forman parte integrante de temas más generales como
los de ilusión y realidad o verdad y apariencia. La
importancia que concede don Quijote a la
nomenclatura,
a la que asistimos, da constancia de que la locura
quijotesca conjura y desata al extremo todo el juego.
Es el juego de la inocencia infantil que sugieren
algunos aspectos importantes de su personalidad:
Yo sé quién soy; y sé que puedo ser no sólo los que
he dicho, sino todos los doce pares de Francia, y
aun todos los nueve de la fama, pues a todas las
hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí
hicieron, se aventajarán las mías.
En este fragmento, don Quijote se presenta
consciente de sí mismo y de su continuada existencia
a lo largo del tiempo. Su personalidad, por tanto,
actúa como fuerza formadora que, a su vez, es
formada. Al presentar para nosotros sus fantasías,
explora el ancho paisaje de la mente, por el que
yerra la imaginación y donde se convierte en arte.
Consecuentemente, la auto-dramatización de don
Quijote va más allá de los límites de la salud
mental. Lo mueve todo alrededor del círculo formado
por la locura. Lo más importante para nuestros
propósitos actuales es que don Quijote es siempre
consciente del proceso del que es el verdadero
artífice. Locke arroja una nueva luz sobre este
tema:
Puesto que la conciencia siempre acompaña al
pensamiento, y es eso lo que hace que cada uno
sea lo que llama yo, y por tanto se distingue de
todos los demás pensamientos, en ello justamente
consiste la identidad personal de un ser
racional [...] Aquello que tiene conciencia de
acciones presentes y pasadas es la misma persona
a la que éstas pertenecen.
El marcado carácter del protagonista recuerda lo
deliberado de la fantasía de muchos juegos
infantiles. En términos de Edward Riley
juega a ser lo que a él le gusta y a imitar
prototipos, como si viviera las fases de la
formación del sentido de la identidad y del
desarrollo de la personalidad del niño. Me parece
que la voluntariedad de su juego abstracto en la
primera parte no indica un sentido de identidad
deficiente, sino uno muy maleable.
Para parafrasear a Ortega y Gasset,
su yo total afecta, ahora, su nueva manera de ver su
propio entorno. Se trata de un proceso auténtico de
autor-realización del héroe, que emana desde su
interior y no desde el exterior. En esta conciencia
del yo no existe una representación continuada de la
existencia. El Quijote muestra la vida como
un proceso y no como un mero estado de las cosas.
D. La venta y lo burlesco
Más allá del costumbrismo turístico, el recinto que
ofrece la venta
es un topos que le da fundamento a la locura. Detrás
de la venta se oculta todo el sistema de
concepciones y valores. Por eso constituye uno de
los actantes que desempeñan una función de gran
envergadura en la obra de Cervantes. Por lo menos en
el episodio ceremonial, la venta se convierte en un
signo literario. Si don Quijote se ha vaciado para
llenarse de caballería, la venta no puede permanecer
en el vacío de la explicación.
Desde la perspectiva antropológica la venta adquiere
sentido, luz y finalidad.
En efecto,
este hecho histórico supone la idealización o
simplemente el ánimo cada vez pujante de convertir
lo posible en real. A nivel estético, don Quijote
asume esta armonización entre el deseo y la realidad.
Pues
el espacio escénico de re-presentación del
transformismo cobra una dimensión mitológica.
Entonces, inmensamente feliz, el hidalgo se
convierte en caballero en el medio de una ceremonia
ritual burlesca con una gran carga satírica:
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego
un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a
los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un
muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino
adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de
rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía
alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó
la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y
tras él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro,
siempre murmurando entre dientes, como que rezaba.
Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le
ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha
desenvoltura y discreción, porque no fue menester
poca para no reventar de risa a cada punto de las
ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del
novel caballero les tenía la risa a raya.
Es, precisamente, en este lugar, donde se discurre
el acto que consideramos relevante para comprender
la parodia satírica a través de la consagración y
desmitificación en el Quijote.
Este proceso no tendría ningún sentido si no
existiese una locura capaz de concebir y realizar lo
previamente pensado. Con lo cual la locura se torna
en cordura como encarnación del cambio.
Es en este marco, donde convendría situar a don
Quijote, conquistador del ideal caballeresco, como
transmisor de “un sentido ennoblecedor de la
existencia”.
En este lugar se encuentra toda la plenitud del ser
tras su vaciamiento. De este modo permite
identificar las distorsiones del sistema, pues en el
sentido popperiano, don Quijote muestra un completo
poder de explicación que impide cualquier criterio
de subjetividad.
De esta forma, cuando don Quijote confunde la venta
con un castillo, y eleva el hecho, por exceso, a una
categoría de conocimiento. Lo que implica que,
además de recrear el mundo, don Quijote lo explica.
Con eso se ilumina el desplazamiento paródicamente a
un medio de venteros poco honrados.
Siguiendo este razonamiento, la venta se convierte
en el escenario burlesco, donde se concita el
destierro de la melancolía como ruptura radical.
Pero la supuesta melancolía de don Quijote no es una
huida del mundo, a modo de “voluptuosa búsqueda de
la inacción”, según la expresión acuñada por Carlos
Gurméndez, sino todo lo contrario, se trata más bien
de una marcha hacia el mundo para reinventarlo. Por
otra parte no es casual si las primeras críticas
fueran dirigidas contra los caballeros, acusados de
atropellar la movilidad social.
He aquí el motivo por el cual en su primera salida,
al pernoctar en la venta se encuentra, don Quijote,
con las “rameras”, a las que confunde con
“doncellas” o “damas”. En efecto, con el beneplácito
de un sórdido ventero, como maestro de ceremonia,
una de ellas sería la madrina de la ceremonia de su
armadura, como caballero en la misma venta.
La ironía y la comicidad con que suele encarnar
tales figuras, son claro reflejo de los sinsabores
acumulados. Por lo que los
caballeros auténticos pudieron sentirse expresamente
aludidos, y no para bien, a causa del contexto
ridículo de la disparatada ceremonia.
Además, existían otros referentes textuales de burla
caballeresca igualmente duros y esclarecedores para
los caballeros, que, seguramente, se sintieron
satirizados y ofendidos, “a consecuencia también de
las pocas fuerzas y muchos años del hidalgo enfermo
y loco que se pretendía caballero”.
En otros términos, podemos decir con J. Salazar
Rincón que el
hombre que ha de empuñar las armas, ha de
tener, según las
propias leyes de la caballería, mocedad, brío,
riqueza, linaje y sano juicio; y así se
indica expresamente en el
Código de las
Partidas y
en las reglas
que rigen
la conducta de los caballeros.
En definitiva, la venta se convierte en el escenario,
donde se concita toda la virtuosidad de la capacidad
satírica del protagonista:
La extraordinaria potenciación novelesca de ese
miniespacio de la venta, que se llena de contenido
social y novelesco hasta extremos límites y se
convierte en una especie de sustituto de la corte,
no es un mero lucimiento de virtuosismo literario ni
una ostentación de constructor manierista, sino que
se trata de dar cauce adecuado a una necesidad
expresiva compleja.
Estos detalles, no menos importantes, proporcionan
toques burlescos a la parodia novelesca. Se trata de
un juego de enmarque, de literatura dentro de
literatura o simplemente de une mise en abyme.
Este procedimiento
de ridiculización de los caballeros
se vuelve de facto grotesco. No es de
extrañar que se sirva
de la ironía como instrumento principal, ya que la
ironía va íntimamente unida a la
libertad, como había dicho, con autoridad
indiscutible, Aristóteles:
La ironía es más propia de un hombre libre que la
chocarrería, porque el irónico
busca reírse él mismo y el chocarrero que se rían
los demás.
Siguiendo este mismo planteamiento se ilumina la
parodia que se consolida por la necesidad de
ridiculizar a los caballeros.
En realidad se trata de una confrontación de dos
clases sociales en permanente contradicción.
De este modo las jerarquías que dominan el mundo se
encuentran vencidas por el hidalgo, recién
convertido en caballero. La subversión como objetivo
y la parodia como forma acaban respaldando el
intento de establecimiento de la justicia
horizontal, es decir “aquel acto justo del caballero
que, en el plano de las realidades puramente
personales y sociales, supone la corrección de una
injusticia previa”.
En consecuencia, lo que se restaura en el acto justo
es el orden humano completo, tanto personal como
colectivo. Lo cual implica el retorno a una armonía
en la que todas las partes muestran un equilibrio
interno y perfecto.
Con esto el sistema se hace verdadero y la palabra
se hace vida al fundar la unidad entre novela y
realidad. Enfocando este mismo tema
Harold Bloom dice:
[...] El sentido trágico de la vida, descubierto por
Unamuno en don Quijote, es también la fe de Moby
Dick. Ahad es un monomaníaco; también don
Quijote personaje más amable, pero los dos son
idealistas atormentados que buscan la justicia en
términos humanos, no hombres teocéntricos, sino
hombres divinos, impíos.
El apremio con que don Quijote se hace armar
caballero es solidario de la situación previa de
injusticia contra la que don quijote debe luchar.
Se trata, por lo
tanto, de “la mirada irónica, dice Gabriel
Zaid, que nos permite contemplar el mundo desde un
punto de vista liberado y liberador del acontecer”.
Lo cosmológico está, definitivamente, abierto, y el paso hiriente de lo semiótico
a lo grotesco justifica la circunstancia con
la que, probablemente, se juega, lingüísticamente, a
través del nombre.
Ya desde el principio el prefijo “don”
antepuesto, junto con Quijote inaugura la burla a
través del sufijo despectivo “-ote”, de ridícula
denotación. Siendo la pieza de la armadura, el
quijote cubre el muslo.
Asimismo, su adscripción geográfica es burlesca,
pues don Quijote es señor de La Mancha,
acaso la zona más árida y desértica de la Península
Ibérica, lugar en el que abundaban los cristianos
nuevos, por tanto donde no abundaba la nobleza.
Pero nos parece importante reasaltar que don Quijote
se perfila como un defensor a ultranza de la
vieja
caballería
andante:
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar
más tiempo a poner en efeto su pensamiento,
apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía
en el mundo su tardanza, según eran los agravios que
pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones
que enmendar, y abusos que mejorar y deudas que
satisfacer.
Consecuentemente, desde
esta óptica,
desdeña
la nueva
situación de los caballeros cortesanos. Más aún el
adjetivo “ingenioso” contempla esencialmente las
virtudes intelectuales y no físicas de don Quijote.
En cualquier caso, don Quijote ve en el dinero, del
que, él mismo carece, como el principio del fin de
la caballería andante.
Cabe puntualizar, que esta fe firme en su propósito
al afrontar su destino, se eleva a la altura de lo
heroico. Motivo más que suficiente para arremeter
contra los
caballeros cortesanos:
Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí es menester
mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que
los cortesanos llevan lo mejor del torneo.
En cualquier caso, a tenor de las investigaciones de
Elliott, podemos decir que
el acceso a la monarquía de Felipe III y la
consiguiente llegada al
poder del duque de Lerma, fueron momentos favorables
para que los nobles sintieran la irresistible
llamada de la vida placentera y las comodidades de
la
Corte:
A medida que los grandes y pequeños nobles se
trasladaban a la Corte,
eran seguidos por
miles de personas que ocupaban o aspiraban a ocupar
un lugar a su servicio.
[...]
Los segundones y
los hidalgos arruinados acudían en tropel a la
Corte con la esperanza de hacer o reponer sus fortunas
Siguiendo este mismo raciocinio, huelga decir que
dentro de la estructura inmanente de la obra resulta
entendible la coherencia de la actitud de don
Quijote que ataca con dureza a los caballeros. Lo
cual viene confirmando la vinculación dialéctica del
universo creativo y el entorno caracterizado por su
poder de inspiración permanente para el artista.
Sobre este punto concreto las palabras de Antonio
Rey son de gran interés para nuestro enfoque:
Por si no era suficiente, don Quijote, además,
arremetía con frecuencia contra los caballeros
cortesanos, lo cual era totalmente lógico desde su
perspectiva de esforzado caballero andante, o lo que
es lo mismo, desde su locura caballeresca.
Por la misma razón, don Quijote rechaza la corte, al
parecer, centro del poder opresivo, hasta el punto
de que no figura en sus andanzas. En la primera
parte del Quijote, Sancho, nada más ver a los
galeotes, dice que son “gente forzada del rey que va
a las galeras”, y el caballero, extrañado, inicia el
siguiente diálogo:
--¿Cómo gente forzada? ¿Es posible que el rey haga
fuerza a ninguna gente?
--No digo eso –respondió Sancho-, sino que es gente
que por sus delitos va condenada a servir al rey en
las galeras, de por fuerza.
--En resolución –replicó don Quijote-, como quiera
que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de
por fuerza, y no de su voluntad.
--Así es –dijo Sancho.
--Pues desa manera –dijo su amo-, aquí encaja la
ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer
y acudir a los miserables”.
En definitiva, el
Quijote
representa para Cervantes una excelente coartada
para dejar reflejadas, plásticamente, las
contradicciones sociales de su época. En efecto, el
tema del hidalgo rural que, perdido el juicio, trata
de resucitar la caballería andante, ofrecía a
Cervantes la posibilidad de poner de manifiesto la
irrenunciable capacidad de los factores sociales en
constante contradicción dialéctica. Son precisamente
estos hechos que determinan y calibran el
comportamiento psicomotor de los grupos sociales en
pleno ejercicio de su libertad:
La libertad, Sancho es uno de los más preciosos
dones que a los hombres dieran los cielos; con ella
no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como
por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que
puede venir a los hombres.
En estrecha relación con esa exaltación a la
libertad conviene decir, que desde la postura
renacentista, el hombre es un ente que se hace a sí
mismo, por estar en plena disponibilidad de ser. Así
dice Cervantes que “cada uno es artífice de su
aventura”, o que “cada uno es hijo de sus obras”. En
ello radica esa constante afirmación de sí mismo que
vemos en don Quijote, que le hace exclamar en
determinados momentos.
Es una afirmación de que no tiene un solo ápice de
egoísmo, sino que responde a una plena conciencia
transindividualista. Por lo tanto, no predica la
superioridad de unos hombres sobre otros, sino la
igualdad metafísica de todos ellos:
Así le dice, claramente, don Quijote a Sancho:
“Sábete, Sancho que no es un hombre más que otro,
sino hace más que otro”. Una formula en la que no
sólo se implica la igualdad humana, sino la
necesidad de superarla por el propio esfuerzo en
persecución del ideal. Es decir, la posibilidad que
otorga la locura para trascender de las limitaciones
sociales.
Para conseguirlo, el predominio de la forma sobre el
fondo ha sido determinante en el Quijote. El
cambio que se ha operado con relación a las novelas
de caballería resulta significativo, puesto que don
Quijote se ha apoderado de la forma para hacerla
vida. Por lo tanto, la forma será la razón
vertebradora de su cometido justo. Quizás, Cervantes
es un esteta muy caracterizado por la extrema
búsqueda de la plasticidad formal. Por lo tanto,
siendo el núcleo medular, la forma desvela la
capacidad creativa, que sirve de reflejo a la
tensión dialéctica existente.
Al igual que García Lorca, con Cervantes “La poésie
jaillit en éclair, et le poète reste là, stupéfait,
avec dans la main, le tonnerre”.
Con la complicidad de Xosé Estévez hemos de decir
que la sociedad de la segunda mitad del s. XVI y
comienzo del siguiente era una sociedad compleja;
contradictoria; y en constante proceso dinámico.
Sarcástico, Cervantes consigue resaltar el problema
de la conflictividad social que aquejaba al
variopinto mosaico de la sociedad española del siglo
de oro.
Este planteamiento nos encamina hacia la
contemplación de la oposición de contrarios, como el
hilo pendular que dictamina la primacía de la forma
sobre el fondo en el Quijote. Por lo tanto,
siendo el núcleo medular, la forma desvela la
capacidad creativa que sirve de reflejo a la tensión
dialéctica existente.
Podría decirse que el Quijote es una obra
polifónica por excelencia. Y he aquí, justamente, la
encarnación de un héroe encantado que busca, con
obstinación, soluciones utópicas a los problemas de
su época. Ni Montemayor, con sus pastores fijados en
una introspección doliente, ni Mateo Alemán, con su
pícaro crispado en su soliloquio han sabido, antes
de Cervantes, protagonizar una revolución casi
copernicana. Situándose en esta perspectiva, no
sorprende que Dostoievski haya afirmado que el
Ingenioso Hidalgo es el libro que ha alcanzado
el cenit de la creación literaria:
No hay en todo el mundo una obra literaria más
profunda y magnífica. Ésta es, hasta ahora, la
última y más grande expresión del pensamiento
humano; ésta es la ironía más honda que el hombre ha
sido capaz de concebir. Y si el mundo llegara a su
fin, y si se preguntara entonces a la gente:
--¿Habéis entendido vuestra vida en la Tierra? ¿A qué
conclusiones habéis llegado? El hombre podría
señalar, en silencio, El Quijote.
Por esta razón el
novelista checo Milan Kundera ha situado la herencia
de Cervantes a la misma
altura que la filosofía de Descartes:
Para mí el creador de la Edad Moderna no es
solamente Descartes, sino también
Cervantes.
[...]
Cuando
[...]
don Quijote salió de su casa
[...],
el mundo
[...],
en ausencia
del juez Supremo, apareció de pronto en una dudosa
ambigüedad; la única Verdad
divina se descompuso en cientos de verdades
relativas que los hombres se repartieron.
De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con
él la novela, su imagen y
modelo.
Se explica entonces la combinación inseparable de la
forma y el contenido como expresión del propio
significado de la novela. Cabe también la
posibilidad de que Cervantes creara un discurso
propio con ideas e intuiciones coincidentes con lo
social. En otros términos, la sublimación de los
problemas sociales marca un nítido tono que entronca
con el valor de la persona y su condición natural.
El modelo arquetipal desarrollado por Cervantes
tiende a remediar un orden social injusto. Quizás,
sea la clave que faltaba para comprender los
numerosos estudios que se hayan dedicado a analizar
sus implicaciones en el terreno moral y político,
intentando ofrecer una visión global de la teoría de
la justicia en
el
Quijote.
En cualquier caso, ante la imposibilidad real de
concitar la justicia positiva, el caballero ficticio
despliega una justicia ficticia con resortes
igualmente ficticios.
Detrás, está la idea de Ortega y Gasset de
que “Toda novela
contiene el Quijote en su interior
como una marca de aguas, como todo poema
épico contiene la Iliada, como el
hueso de un fruto”. Sobre este punto
recomendamos la lectura de Meditaciones
del Quijote, Obras completas, Madrid,
Alianza/Revista de Occidente, 1994, pp.
73-84.
Sobre
este punto léase
Memoriales y cartas del
Conde Duque de Olivares,
ed. de J. H. Elliott y J. F. de la Peña,
Madrid, Alfaguara, 1978, p. 60.
Cf.
Cervantes,
Los trabajos de
Persiles y Sigismunda,
III. 3.
Los
estoicos: filósofos se caracterizan por su
apaceia o indiferencia ante las
circunstancias de la vida. Para ello, ni el
placer ni el dolor son normas de conducta.
La razón y el seguimiento de la naturaleza
eran sus normas fundamentales. La locura
rechaza el principio estoico de no seguir el
placer para dar por bueno el epicúreo de
búsqueda del placer.
Sobre
este punto remitimos al lector a Erasmos,
Elogio de la locura, Madrid, Alianza
Editorial, 1999, p. 70.
Cf.
Torrente Ballester, Nuevo cuadernos de la
Romana, Barcelona, destino, 1976, p. 22.
[26]
Cf. Hinkelammer, citado por José Antonio
Pérez Tapias, “Mito, ideología y utopía.
Posibilidad y necesidad de una utopía no
mitificada”, en Gazeta de Antropología,
núm. 6, 1988, texto 06-04.