No hay peor puerta que la que tiene el aire, cerrada, pero cuando se
abre
allí se escuchan los himnos.¿Nunca los has sentido que son las
bocanadas de ingrávidas brisas
y, mientras rodamos acá abajo, siempre en la boca de los túneles,
esas celosías abiertas, nos consuelan, nos reencantan? Yo, que
arrastro la pierna como el último mamut acribillado
de olvido, lo sé muy bien, que siempre he mirado hacia arriba
esperando que se muevan las trenzas de astros. Y he esperado el roce
de una mano como beso de hierba .Fue alguna vez la completura del
alma, lo fue, como la risa en la plaza y las palomas mendigas
bailando con sus tres pasitos. Hubo mañanas con mi sonrisa en su
mejilla de sol y ciudad. Pero el resto es lobreguez y oración como
sucede en el camposanto.
Nada más he cosechado.
Y al pie de esa puerta me la paso como el paralítico de Betesda.
Y me esfuerzo por levantar y relevantar el lar volatizado. Pido a
las alas de los pájaros
su ritmo y su alegría. Demando a las flores su vuelo colorido. Los
cerrados párpados de las montañas me regalan sus azules, sus lilas,
y yo construyo. Entonces mi oído oye los himnos.
Y un aliento trasestelar me anima. Y yo prosigo.
Como el que va a medio camino. Húmedas las pupilas. El alma en la
piel.
Con cierta indefinible esperanza. Escuchando el santo susurro que
le dice
donde poner el pie. Y así vive.
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I
Año 3
I Número
15 I
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