Entrevista realizada por Andrea Gallo
José E. Santos
(San Juan, 1963) es un escritor
de Puerto Rico y pertenece a la Generación del 80. Estudió en el
Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico y en la
Brown University (Providence, Rhode Island). Ha trabajado como
profesor en Rhodes College en los EE. UU. y en la Universidad
del Sagrado Corazón en Santurce. En la actualidad enseña
Literatura Española en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de
Mayagüez.
Además de crítico literario (su ámbito de estudio es
prevalentemente la literatura española de los siglos XVIII al XX),
es un original autor de poesía y prosa y su escritura es
representativa de la trayectoria cultural-literaria de su isla.
Debutó con el poemario Pequeño cuaderno gris, que salió
en 1987, al que siguieron Crónica de la degustación
(2005), Después de la espera (2006) y Libro de Venecia
(2007); poemas suyos han sido incluidos en la Antología de la
poesía latinoamericana del siglo XXI (1997) de Julio Ortega.
La obra narrativa cuenta con las colecciones de cuentos
Archivo de oscuridades (2003), Deleites y miserias
(2006), Los Viajes de Blanco White (2007), Los
comentarios (2008) y Trinitarias y otros relatos
(2008).
A.G.: Cuando se hace referencia a la literatura contemporánea de
Puerto Rico se suelen inscribir sus autores bajo la etiqueta de
“Generación”. La Generación del 50 se caracterizó por una
escritura de alto nivel artístico y por comprometerse social y
políticamente, inspirándose en temas como el desplazamiento de
la clase proletaria, la industrialización, la emigración, la
asimilación cultural a EE.UU. La siguiente Genereación del 70
enfatizó la ruptura formal y se distinguió por una notable
presencia femenina/feminista, pero siguió con las temáticas
tratadas a la del 50. La del 80, de la que se te considera un
representante junto con Zoé Jiménez Corretjer, Rafael Acevedo,
Alberto Martínez Márquez, Israel Ruiz Cumba, José Liboy, Mario
Cancel, Mayra Santos Febres (entre otros), se define como un
grupo más heterogéneo por los temas, habitualmente menos
comprometidos con lo político, y por un gusto más bien lírico
que tiende hacia lo surrealista. ¿Te parece apropiada esta
clasificacion por generaciones? ¿Sientes pertenecer a una
generación literaria o te percibes más bien como un escritor
aislado? ¿Qué es lo que te une y/o separa de tu generación
literaria y qué distingue sustancialmente este grupo del 80 de
los demás, anteriores y posteriores?
J.E.S.: Deseo comenzar dándote las gracias por tu interés en mi
obra y, sobre todo, por la de mi país. En torno a lo de las
generaciones pues, es curioso, como mencionas, nuestra vocación
generacional por llamarla de alguna manera. Parecería haber
cierta urgencia gregaria entre los escritores, o entre los que
desean clasificarlos. Si fuera a definir la Generación del 80
como tal diría que es un conjunto heterogéneo de escritores que,
en vez de establecer algún tipo de ruptura estética con el
momento anterior, lo asimila y lo hace dialogar con otras
tradiciones y con el momento presente. Esto podría decirse de
todo movimiento literario si se quiere, por lo que el mote de
“generación” muchas veces es un intento de aglutinar
cronológicamente a tales o cuales escritores y ubicarlos frente
al momento histórico que viven. A mí se me hace difícil, por
ejemplo, ver a la Generación del 70 como un todo orgánico o
estructurado. Tan particular es la obra de Rosario Ferré como la
de Edgardo Rodríguez Juliá para verlos dentro de un mismo marco
narrativo, o la poesía de corte feminista de Etnairis Rivera,
Ivonne Ochart y otras frente a la oferta proteica, irónica y
reflexiva de Jan Martínez, por ejemplo. Los escritores del 80
se han deleitado en poner a jugar entre sí las distintas
tradiciones que los han formado con una intensa exploración del
repertorio de posibilidades lingüísticas. Para ser un tanto
específico, la poesía “ochentista” relee y reformula las
vanguardias a la luz de una perspectiva histórica que se ancla
en la percepción de un estancamiento político que contrasta con
el fluir cultural y mediático de finales del siglo XX y los
inicios del XXI. Hay algo de esto en su prosa aunque es mucho
más diversa, y es donde más se nota el diálogo con las
preferencias o la formación de cada autor. Muchos son los
escritores valiosos de este momento. Considero fundamental la
poesía de Rafael Acevedo y la de Zoé Jiménez Corretjer por
razones distintas e igualmente sustantivas. De igual manera, las
ofertas narrativas de Mario Cancel, José Liboy y Mayra Santos
muestran muy bien esa interacción con los modelos precedentes
que da una voz particular a cada uno de los narradores
ochentistas. Al ver las cosas de este modo no puedo considerarme
“aislado” propiamente, pues en cierto modo todos lo somos. Creo
que todos nosotros aceptamos esto y lo hemos visto dentro del
marco de haber coincidido, colaborado o compartido en la
universidad y en otros ámbitos desde aquella década hasta el
presente.
A.G.: Tu país vive una condición política algo anómala y ambigua
y presenta una situación culturalmente peculiar. En uno de tus
cuentos (“Diálogo”, Deleites y miserias) el protagonista,
al enterarse de que hay extranjeros que conocen a “Puerto Rico,
la isla” habla a modo de broma cultural y se sorprende de esta
forma: “[Ella] Sabía de la existencia de nuestro punto
desconocido, tan arcano para la mayoría, a menos de que se
pensara que era un distrito de la ciudad de Nueva York”. En
Puerto Rico ¿qué relación existe entre literatura e identidad?
¿Cuál te parece que es y que debería ser el papel del escritor y
del intelectual en Puerto Rico?
J.E.S.: Bueno, son preguntas perennes en nuestra historia
intelectual estas dos que mencionas. Hay toda una corriente de
pensamiento que viene desde principios del siglo XX y se
fundamenta en esta discusión precisamente, en cómo definir al
puertorriqueño frente al estadounidense dada la “condición
anómala y ambigua” que mencionas. Yo no veo que esta condición
sea tan ambigua. Nuestro país es una colonia de los EE. UU., y
en este sentido me parece muy preciso el tipo de debate que se
ha dado. Hasta los silencios, las omisiones y los aparentes
desvíos de esta discusión sobre la identidad son propios del
laboratorio cultural colonial. Pienso en los discursos
radicales y su enfrentamiento a otras visiones recientes que
intentan insertar a Puerto Rico dentro de una óptica más
“globalizada” si se quiere, o acaso más a la luz de los procesos
sociales propios de los EE. UU., y todo encaja con el
polimorfismo colonial. Es como cuando analizamos a figuras del
pasado colonial hispanoamericano como Sigüenza y Góngora o como
Pablo de Olavide, que vemos la diferenciación con y el
acercamiento a los discursos de la metrópoli. Puerto Rico vive
un ciclo de repeticiones dentro de esta discusión. La metáfora
de la condición histórica de Puerto Rico ha quedado plasmada en
la novela La charca de Manuel Zeno Gandía (siglo XIX) y
un tanto se repite dentro de otros registros recientemente en
La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez. En mi
caso, reconozco la labor y el valor de aquellos que han deseado
trascender esta visión, aunque confieso que cada día me siento
más convencido de la importancia del debate sobre lo nacional y
sobre la evolución del panorama político en mi país. No puedo
hablar por los demás, es decir, no propongo que el escritor deba
tener un papel específico en la sociedad, ni que se sienta
comprometido con una cosa o con otra. Eso es asunto de cada
cual. Creo que como literatura colonial la literatura
puertorriqueña siempre muestra elementos de este debate por más
que se desee evitar, pero es mi perspectiva solamente y tal vez
me equivoque por completo, como habrá quien diga.
A.G.: Hoy en día la poesía casi no tiene público; en cambio la
narrativa, sobre todo la novela, está condicionada por las
exigencias del mercado, de manera que el escritor se convierte
más bien en una marca en donde el nombre resulta ser más
importante que el contenido. ¿Cuál es tu opinión con respecto a
la literatura hoy en día y al papel/función del escritor? ¿Cuál
es la visión estética que anima tu poesía y la motivación para
escribirla?
J.E.S.: ¿Será acaso ya un hecho la agonía de la literatura?
Bueno, es que lo que mencionas siempre me hace pensar en que tal
vez la lectura como tal ha tenido un retroceso ante las
exigencias del mercado de entretenimiento. Al menos veo eso en
Puerto Rico, por lo que no me extraña que un joven, o un adulto
se sienta estimulado por sentarse frente al televisor o al
ordenador a jugar algún juego virtual y reconstruirse dentro de
esa ficción particular. Veo todo como un retroceso puesto que la
literatura crea tantas realidades alternas como sean posibles a
cada lectura mientras que los programas virtuales ya dirigen la
trayectoria un tanto. Y es una pena que el sistema de educación
en mi país se haya alejado un tanto de la importancia de las
humanidades. Podríamos bromear un tanto con el título del ensayo
de Ortega y Gasset y hablar de “la deshumanización de la
educación”. Suena un tanto terrible, y lo es. De la narrativa se
puede decir que sí ha caído tal vez dentro del cerco del
mercadeo. No puedo decir que todo lo que se escribe sigue unas
pautas exigidas por las casas editoriales. Me gustaría pensar
que la mayoría de lo que se publica es fiel al interés del
escritor como artista y no del escritor como mercader. Es un
poco mi fe, y estoy seguro que siempre se abre paso la
conciencia estética por sobre las modas de turno. Ahora bien, en
torno a lo que preguntas sobre mi poesía, pues, diría que
funciona en mí más bien como un álbum, es decir, como retrato de
un momento en que sentía o pensaba en tales o cuales cosas. Es
por eso que no escribo ya poesía de manera continua. De joven
era lo único que escribía y fue lo que me formó como ejecutor.
La veía como el taller obligatorio para entender, deleitar y
aprender los diferentes niveles de significación que ofrece el
lenguaje. Ya últimamente la poesía me seduce solamente en los
momentos en que me consume la reflexión personal, sea íntima,
filosófica o social.
A.G.: Tú poesía, aunque privilegie el verso libre, y metáforas
atrevidas, es de gusto muy lírico y adopta algunos recursos
retóricos tradicionales. En cambio tu prosa cuentística suena
bastante escueta, coloquial, anti-literaria y hasta agresiva por
su lenguaje violento y sus imágenes repugnantes (como por
ejemplo en Deleites y miserias). ¿Dónde está el punto de
conexión y síntesis entre estas dos inspiraciones y visiones
estético-poéticas aparentemente contrastantes?
J.E.S.: Es interesante que comentes esto. Nunca lo había pensado
de esta forma, pero sí veo por donde viene tu planteamiento.
Puede que sea tradicional mi aproximación a la poesía. Debo esto
tal vez a mi formación y mis preferencias. La narrativa fue algo
que llegó a mí mucho más tarde. Se ve influida por el cine, por
los medios de comunicación y por la sordidez de la realidad, de
la experiencia de la vida. Un colega y escritor, Mario Cancel,
me ha comentado que ve un nexo entre mi poesía y mi cuentística
en la naturaleza experimental de algunos de mis procesos
narrativos que ve como una extensión de esa misma inquietud en
mi poesía. Me llama la atención que uses “anti-literario” como
calificativo. Parto de la visión de que nada es anti-literario,
de que todo es válido si entra dentro de un esquema estético y
estructural reconocible en cada texto y para cada texto. Me
atrevería a decir que el nexo más reconocible presente en mi
prosa y en mi poesía ha de ser la intensidad. Esa agresividad de
que hablas la puedo rastrear en casi toda mi obra. Ahora bien,
Deleites y miserias es una colección un tanto dirigida,
pensada como un todo cerrado aunque polivalente en el que la
violencia era uno de los andamios principales. Hay cuentos en
Los comentarios y en Trinitarias y otros relatos que
participan acaso de algún lirismo más afín con mi producción
poética.
A.G.: Muchas veces grandes escritores ignoran el mecanismo del
proceso creativo, pero logran un equilibrio y perfección no
planeado a la hora de ponerse a escribir. ¿El hecho de estudiar,
enseñar y producir crítica literaria y por lo tanto, desmontar
el texto como un engranaje, analizarlo, investigar sus aspectos
formales y de contenido, su técnica de construcción, ha influido
y condicionado tu forma de escribir?
J.E.S.: Diría que hay algo de eso en mi narrativa, aunque no es
que planifique siempre. Algunos cuentos responden a ese deseo de
construir una micro-estructura, pero usualmente es algo que
viene luego de comenzado, al darme cuenta de qué posibilidades
de desarrollo tiene el cuento. Muchos de mis cuentos, sin
embargo, simplemente se construyen según redacto, sin plan
específico alguno. Deleites y miserias es la única
colección, como te dije, pensada como un todo en sí mismo y en
que tuve en cuenta el diálogo entre varios procedimientos y
niveles de significación. Deseaba un texto dividido en pequeños
textos conectados por elementos semánticos y por la posición que
ocupan en la secuencia del libro. La violencia, la sexualidad, y
la autorreferencialidad serían entonces los hilos que se
entretejen en el mismo. Tal vez Los Viajes de Blanco White
es otro texto que apunta también un poco a esa idea de un plan
por el hilo argumental que subyace al texto, aunque de manera
mucho más laxa. Mi poesía, por su parte, ha vivido bastante
independientemente de mi vida de crítico y profesor y responde
más bien a lograr reencontrar esa voz poética intensa que va y
viene.
A.G.: ¿Cuáles son los autores que mayoritariamente inspiran tu
creación artística? ¿Sufres alguna influencia de la narrativa (y
poesía) española contemporánea? ¿Tu escritura tiene alguna
peculiaridad que la distinga de otros?
J.E.S.: A ver. Empecé como poeta y mis preferidos en aquel
momento eran Miguel Hernández, Pablo Neruda, Antonio Machado, y
poco más tarde, ya universitario yo, Blas de Otero. Tres
españoles y un hispanoamericano. No tenía un poeta
puertorriqueño favorito en aquellos años, si bien leía mucho a
Juan Antonio Corretjer. Los puertorriqueños que más leía eran
José Luis González y Luis Rafael Sánchez, pero eran narradores.
Para ese entonces leer cuentos o novelas era algo casi sagrado,
en el sentido de que no pasaba jamás por mi mente pensar que
pudiera redactar narrativa alguna vez. Mis dioses, por así
llamarlos, eran Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Horacio Quiroga
y García Márquez. Los leía y releía. Fue años más tarde que
cobré algo de confianza con la narrativa y lo debo casi
enteramente a mi lectura de Borges. Como su discurso juega con
la mezcla de los paradigmas de la filosofía, de la crítica y de
la narración propiamente, me sentí más cómodo a la hora de
sentarme y ejercitarme en alguno de esos discursos con miras a
escribir un cuento debido a que ya escribía crítica. De mi
escritura como tal no sé qué sería lo particular. Mencionas lo
de la agresividad, y hay algo también de tratar de dejar al
lector con algún elemento de sorpresa que aderece cualquier
posible conclusión sobre lo que se expresa. Eso es muy
quiroguiano en mí. Si fuera a aventurar alguna constante en mi
narrativa sería una cierta autoconciencia colonial que evita
transferir a mis personajes, especialmente en textos referentes
a Puerto Rico, la proyección de alguna emancipación ontológica
frente a su contexto social.
A.G.: Para terminar no puedo evitar hacerte una pregunta algo
personal: ¿por qué un poemario dedicado a mi ciudad, a Venecia?
J.E.S: Pues bien, te he de decir que ya hace algunos años tuve
una crisis personal múltiple, es decir, muchas cosas intensas,
algunas negativas, pasaron en mi vida y mi hermana deseaba que
viajara con ella a alguna parte para distraerme y ver si salía
yo de ese estado de cosas. Yo acepté su oferta, pero le dije
que fuera un viaje a Venecia, entre otras razones por la
celebración de la belleza que constituye el Carnaval. Viene a
ser algo así como la ornamentación onírica total. La ciudad se
vuelve una pintura, una película intensa y hermosa. El viaje fue
todo lo que deseaba que fuera y mucho más. Por primera vez en
mucho tiempo pude desentenderme de todo, entregarme a la
exploración vital absoluta, respirar tranquilo, incluso dormir
sin ansiedad y en total abandono. Fui feliz, y recuperé mucho de
lo que soy y de lo que me define tras ese viaje. Ya a los pocos
días de regresar comencé a sentir deseos de plasmar lo sentido,
capturarlo para no perderlo. No sabía si escribir un cuento pues
en esos días había comenzado la redacción de lo que sería
Trinitarias y otros relatos. Pensaba, sin embargo, que debía
expresarme en una colección de poemas por el nivel de la
intensidad y la combinación de celebración y reflexión que
sentía. El Libro de Venecia se ha vuelto algo así como un
instante de fascinación conservado en unas cuantas páginas.
Vuelvo a leerlo siempre que deseo revivir esa memoria y reavivar
mi momento presente, volverlo intenso, volverlo bello y sonreír.
A.G.: ¿Cuáles son tus futuros proyectos artísticos?
J.E.S: Bueno, por el momento estoy casi en un receso. Me asaltan
ideas y tomo notas con miras a desarrollarlas. No hay un plan
concreto. Soy sincero. Pero eso es hoy. No sé de la semana
entrante, o del mes que viene. Siempre escribo notas cortas de
posibles alternativas. Ya he de ver.
A.G.: Me queda sólo despedirme. Gracias José por tu tiempo y
gentileza.
J.E.S.: Gracias a ti Andrea.
