En los orígenes remotos
del tiempo narrado, allí donde topamos con el mito
dionisíaco más arcaico, más enigmático, más hermético de la
cultura de la expresión -la griega-, encontramos también una
brecha, un obstáculo infranqueable cuyo sentido sería
imposible entender mediante un retroceso. Ni siquiera una
máquina del tiempo; ni siquiera un recorrido inverso en la
línea temporal y necesaria al punto “Knossos” o “Minos” de
la cronología histórica podría desescombrar el misterio del
mito cretense del laberinto. No hay moderno hilo de Ariadna
capaz de resolver este enigma, y sin embargo todavía es
posible aventurarnos a su interior a costa de arriesgarnos a
ser despedazados.
I. Causas y azares
"El universo (que otros llaman la
Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez
infinito, de galerías hexagonales..."
Insiste la lengua inglesa en trazar una distinción
afortunada entre dos acepciones del castellano “laberinto”
que invita a pensar en una divergencia insostenible en el
seno de dicho término. La primera, “maze”, es por lo
general una tendencia reciente, próxima al impulso lógico
del hombre moderno, y hace referencia a esos senderos
bifurcados donde hace falta un uso exhaustivo del intelecto
para no desorientarse. El maze es la versión andante,
bípeda del puzzle o rompecabezas: hará falta mucho
cálculo, mucha pureza y lucidez mental para encontrar la
salida, pero precisamente cualquiera, siguiendo los
pasos adecuados, puede resolver la encrucijada. Por otro
lado, el más antiguo “labyrinth”, cuyo diseño
encontramos en vestigios grecorromanos y medievales, ofrece
una fisonomía bien distinta a la anterior: en lugar de
continuas ramificaciones se presenta una vía única y
sinuosa, que va retorciéndose sobre sí misma hasta llegar
habitualmente a un centro, y de éste nuevamente a la salida.
Como se puede adivinar, el labyrinth no ofrece ningún
aprieto teórico que haya que solventar; no hay en él la
premura de una criba entre múltiples opciones o de una sabia
elección; al revés, su trazado parece apuntar a la idea de
destino, de fatalidad irremediable que no ofrece alternativa
a quien lo afronta.
Esta arqueológica versión del laberinto alcanza su grado
superior de violencia en el mito cretense, pues lo que
espera en el centro no es otra cosa que el Minotauro,
identificado por muchos con el dios de efigie taurina
Dionisos. Como es sabido, el ingeniero ateniense Dédalo ideó
la arquitectura y Minos, rey de Creta, encerró en su
interior al monstruo híbrido, oscuro objeto de deseo de su
esposa Pasifae. Los jóvenes se aventuraban cada nueve años a
su interior como ofrendas que calmaran la cólera del dios,
pero uno de ellos, Teseo, obtuvo de Ariadna, hija de Minos,
dos utensilios con los que romper ese fatal desenlace: un
puñal para matar al minotauro y un ovillo para encontrar la
salida del laberinto. Y aquí es donde empiezan los
problemas.
El hilo de Ariadna se ofrece a nosotros con una extraña
familiaridad, como un artefacto enmarañado y difícil, cuyo
sentido es preciso destrabar a fin de entender la
importancia estética del mito, en el cual parecen estar
jugándose dos concepciones contrapuestas de espacio y
tiempo. Ya hemos visto cómo el laberinto cretense es un
sendero encrespado, contraído y turbador que conduce sin
derivas a su médula central. Pero ¿cómo el ovillo continuo
de Ariadna puede contraponerse a esa noción laberíntica del
espacio hasta acabar por conjurar su embrujo, volver
transparente su complejidad y dar con la salida? Y,
paralelamente, ¿qué nueva visión del tiempo lleva implícita
ese hilo que permitió a Teseo escapar a su destino y
convertirse en héroe “por méritos propios”?
El hilo apela a su portadora: Ariadna es una figura ambigua
en la mitología griega, que parece caracterizarse por su
habilidad para transitar umbrales: de diosa pasa a mortal
para huir de Creta con su amado Teseo, pero éste la abandona
en Knossos y se ve obligada a traspasar la frontera divina
una vez más para regresar junto a Dionisos. Entre medias hay
mucho más que un mero cambio de amante: si Ariadna se va con
Dionisos, es forzada a regresar a ese tiempo del destino
gobernado por el laberinto donde los dioses acaban por
imponer sus arbitrarios designios, inescrutables para los
mortales que los padecen. A los hombres siempre se les
escapa algo de esos caprichosos vaivenes, de esa enmarañada
urdimbre que mezcla la violencia de lo tiránico con el juego
de lo azaroso y parece no tener traducción exacta a un
lenguaje cabal. Apolo y Dionisos están aquí hermanados;
recordemos la inconexa palabra de la Sibila en el oráculo
délfico que era preciso interpretar: hace falta ser
muy sabio para predecir el destino llevándolo a un lenguaje
humano, y aun así nadie garantiza una traducción perfecta.
Los hombres han tejido lenguaje y pensamiento por medio de
la transparencia y la causalidad, pero los hilos celestes y
terrestres están confeccionados a partir de materiales muy
diversos: el ciego destino no es transitable como una cadena
de causas y efectos; su expresión nunca es la de la
“necesidad”, sino la del capricho y la discontinuidad. Por
una mezcla inextricable de causas y azares, el dios siempre
logrará imponer su mandato, frente al cual los hombres están
desprotegidos, pues su pensamiento no logra desenmarañar esa
trama. Cuando Ariadna entrega a Teseo el puñal y el hilo,
impone la continuidad en el ámbito de lo discontinuo,
sometiendo a la pareja Minotauro-laberinto a las reglas de
la necesidad humana, donde ya sí Teseo puede competir con
esperanzas de victoria. El gesto de amor es para la diosa un
salto mortal que se manifiesta en la suspensión del
tiempo divino. En Grecia, ésta suspensión sólo se podía
permitir ser un ensueño momentáneo: como es sabido, el mito
concluye con la victoria de Dionisos; en unas versiones
Teseo aborrece y renuncia a Ariadna y en otras es Artemisa
la encargada de matarla y devolverla –ya como inmortal-
junto al dios. Esta virulencia celeste se vuelve
comprensible si pensamos que es la propia lógica narrativa
del mito la que es puesta en jaque con la desobediencia de
Ariadna: si la joven logra su propósito de ser feliz como
mortal y los dioses pierden la partida frente a los hombres,
éstos comenzarán a escribir a su manera, como mortales
liberados, sustituyendo la mitología por algo parecido a una
historia de sus pueblos. Pero no adelantemos
acontecimientos.
El destino, por tanto, siempre encuentra formas de seguir
cumpliéndose; por mucho que Ariadna logre imponer la
necesidad en el recinto sagrado del laberinto, una vez fuera
de él la ventaja retorna a los dioses y a su mudable
capricho. Tras el mito griego
está funcionando una brecha metafísica: el orden mortal es
sólo expresión, apariencia, reverberación especular de una
verdad insondable donde azar y necesidad se dan
entremezclados. El hado parecerá delirante, y sin embargo el
delirio que emite es todavía mayor que sí: la transparente
concatenación de causas humanas es un reflejo de la
verdad de los dioses, pero ésta es ciega y no se deja
traducir a una física de la luminosidad. De Dionisos sabemos
que mira al espejo y ve reflejado el mundo sin verse a sí;
el mundo es su visión alucinatoria.
Antes de su fatal desenlace a favor de Dionisos, podemos
decir por tanto que el mito del laberinto insinúa un
consuelo metafísico: con su obsequio, Ariadna prueba que hay
para los hombres una salida heroica al destino; que
acompañados del instrumental apropiado –hilo del lógos,
de la razón, de la causalidad, así como el cuchillo que
separa lo azaroso de lo necesario- es posible sustraerse al
capricho ciego de los dioses. Ariadna entrega a Teseo una
nueva temporalidad, como diciéndole “yo me hago mortal para
que tú te hagas a ti mismo”. A este respecto, siempre ha
habido un problema con la interpretación práctica del hilo,
pues ¿para qué necesitaría Teseo un hilo en un laberinto
cretense, cuya arquitectónica había sido diseñada por Dédalo
para conducir directamente al centro? Pero justamente: desde
el momento en que el héroe ensarta a la monstruosa figura
del animal-dios, el laberinto deja de ser un camino de
dirección única para convertirse en un rompecabezas a la
altura de cualquier mortal, y no ya sólo de un dios.
Ariadna susurra a Teseo: “este ovillo te será útil para
encontrar el camino después de matar a la bestia”,
como si la arquitectónica del lugar cambiase de pronto con
la muerte de su custodio divino; como si para encontrar la
salida hiciera falta ahora un artificio humano (según
ciertas fuentes el hilo fue entregado a Ariadna por Dédalo,
inventor del laberinto) para escapar de ese otro. Como
vemos, el labyrinth se convierte en maze
cuando deja de estar regido por un destino fatal.
Y aunque no tengamos noticia exacta de
la arquitectura del laberinto mítico, al menos con el paso
de los siglos la suplantación se dio así: los laberintos de
dirección única dejaron paso a rompecabezas que introducían
la bifurcación y la posibilidad, y donde el miedo era ahora
a la pérdida y la desviación: a no encontrarse en el mejor
de los caminos posibles. Donde al laberinto antiguo el héroe
entraba como quien se dirige a un destino (que el hilo de
Ariadna era el excepcional encargado de suspender), en el
moderno se entra ya sin destino, siendo un hombre libre,
puro, preparado para rastrear todo el ámbito de la
posibilidad e indagar la salida sólo en base a un criterio
autónomo y a una resuelta razón. Los enigmas que bloqueaban
el camino se han tornado en problemas lógicos y matemáticos
que pueden ser solventados con la adecuada preparación y
pureza de carácter.
Hoy hace falta ser verdaderamente un cualquiera para
someterse al desafío del laberinto, pero antiguamente sólo
unos pocos elegidos eran seducidos hasta sus meandros.
II. Las cuentas se
rinden al hilo
Un individuo recorre distintas fases en la educación y
permanece el mismo individuo; e igualmente un pueblo, hasta
la fase que sea la fase universal de su espíritu. En este
punto se halla la necesidad interna, la necesidad conceptual
de la variación.
Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal
Sorprende así que una de las
pretendidas conquistas superiores del hombre moderno esté ya
insinuada en el mito griego. ¿Qué hubiera pasado de no haber
arruinado los dioses el plan secreto de Ariadna? La
respuesta nos fue prorrogada algunos siglos, pero podemos
imaginar a un Teseo libre de ataduras regresando a Atenas,
donde se convirtió en protagonista inaugural de una historia
ya meramente humana, que se podía permitir prescindir del
capricho divino y forjarse como un asunto entre mortales.
Surgió así una nueva forma de contar las cosas, liberada del
mito antiguo y esa laberíntica esclavitud que lo traducía en
una sinuosa y voluble narrativa. De entre las cenizas del
tiempo laberíntico emergió la historia desatando nada menos
que todo el curso universal de los pueblos. Esta nueva
eventualidad histórica, identificativa de los estados y su
libertad frente a las arcaicas, fatales servidumbres, era la
inmodesta heredera de Teseo el ateniense, que utilizó el
hilo de Ariadna para escapar del laberinto -en su doble
vertiente- y abrazar como conquista el vínculo de la
necesidad. Sin embargo, surgió todavía otra dificultad: los
más agudos de entre los filósofos modernos se percataron de
la endeblez de este tiempo de los mortales, que se veía
amenazado a cada rato por las guerras y matanzas entre los
estados que lo pueblan y que los historiadores nos cuentan
tan a la ligera en términos de influencias, causas,
contingencias, auges o decadencias. La historia pedía
hacerse universal; pedía una orientación superior para
evitar ser pasto de esa carnicería entre facciones arrojada
por sus tramas subsidiarias. Le faltaba un cobertizo frente
el cenagal de la guerra y la ruina humanas: un sentido único
que se encargara de atravesar todas las cuentas; del hilo de
Ariadna vamos pasando al hilo de “la razón en la historia”,
donde el término “razón”, frente a “mero entendimiento” hace
referencia a ese través, a esa flecha direccional que
orienta y regula el tiempo hacia su fin. ¿No parece resonar
todavía aquí la antigua idea de destino? Es posible, pues
una trama oculta –la del destino universal de los pueblos-
se sigue colando por entre todos esos episodios de la
historia;, la novedad, no obstante, es que ahora esa trama
no es más que un estribillo de la razón que cualquiera puede
captar si escucha con oídos apropiados. Los tratados de
filosofía de la historia se convirtieron en los nuevos
oráculos, aunque con una diferencia importante: frente a las
inconexas y desapaciguantes palabras de la Sibila, se asumía
ahora una perfecta traducibilidad a un lenguaje humano:
todo lo racional es real. Más acá de la fractura
metafísica, la suprema hostilidad tanto de Apolo como de
Dionisos fue olvidada para siempre en el fondo de un abismo
cuyo tenue hilo se deshizo.
III. Siempre hay
un maze para un labyrinth
Arribo, ahora, al
inefable centro de mi relato, empieza aquí mi desesperación
de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo
ejercicio presupone un pasado que los interlocutores
comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph,
que mi temerosa memoria apenas abarca? Jorge Luis Borges
De este modo, cuando la cultura y la
religión griegas se apagaron, el capricho de los dioses
desapareció para dejar libre albedrío al ámbito de la
necesidad mediata y racional. Los laberintos se volvieron
lugares de entrada y salida; familiares e inofensivos,
dejaron de ser la imagen de una enigmática violencia divina
para convertirse en simples pasatiempos. Sin embargo,
mientras los filósofos y sus héroes históricos se mostraban
jubilosos con su recién estrenada ortopedia, encargada de
fijar sobre raíles el tiempo que les era dado a los mortales
y ponerlo a cubierto de su descarrilamiento, una nueva
fantasía emergió de esta noción encadenada de los instantes
en una dirección alternativa y desconcertante.
Del mismo modo en que el
labyrinth había surgido de la concepción griega del
caprichoso y sinuoso destino,
la máquina del tiempo se hizo posible como expresión extrema
o puesta por obra cronométrica de un maze afanoso y
expansivo: el espacio arrastró al tiempo modelándolo a su
imagen y convirtiéndolo en una línea de eslabones
bifurcantes. Impulsados por un mandato inicialmente barroco,
algunos pensadores se resistieron a la fijeza e
irreversibilidad del sentido del tiempo, a esa violencia
unidireccional de la causalidad que va del antes al después
y que todavía resonaba a destino. La sucesión no podía ser
restrictiva; las series se bifurcaban a cada instante y
debía ser posible transitarlas libremente, como si cada
instante fuera un punto de partida, como si “llegados a
puerto nos encontrásemos de nuevo en alta mar”. A los más
ávidos de entre los descendientes de Teseo les aterró así la
fijeza de un tiempo único y sintieron el impulso por
explorar todas sus posibles ramificaciones, pues de qué
serviría imponerle al tiempo la imagen de una cadena
eslabonada si no se permitía hacer
de los eslabones magnánimas
argollas que conectar con muchas otras y no ya sólo con la
que marcara la argucia de la razón; de qué serviría la
causalidad si todas las causas conspiraban desde el
principio hacia un desenlace final. La máquina del tiempo
como hipótesis extrema se rebeló contra la razón y sirvió
así para introducir en el tiempo algo extraño al tiempo,
laberintizando al infinito, poblándolo de paradojas y
haciendo de él un rompecabezas en sentido literal.
Y una vez más, hacía falta estar muy poco arraigado: ser un
hombre libre, mundano, sin ataduras; era necesario tener muy
poco destino para embarcarse en un viaje en el tiempo, pero
llevado a su forma extrema era preciso haber perdido también
la razón.
No hay destino ni hilo conductor que se sostengan
ante la bifurcación de las series temporales hacia una
infinidad de mundos posibles; difícil conservar incluso la
propia identidad: como en el mito de Dionisos y los titanes
frente al espejo, los crononautas se sentirían desgarrados
en una miríada de fragmentos repartidos simultáneamente por
la multiplicidad de líneas temporales sin que ninguno de
esos pedazos pudiera ser calificado exclusivamente como el
auténtico.
Y una historia de este tipo sería
francamente difícil de narrar.
La de la máquina del tiempo es
ciertamente una hipótesis extrema, que matiza la violencia
de las cadenas de la necesidad añadiéndole su aspecto más
lúdico –la propagación en múltiples series- para componer un
juego infinito, casi un paroxismo del entendimiento. Más
arriba hemos vuelto a recurrir al espejo de Dionisos, y
aunque pueda parecer insólito se da una vecindad entre esta
desmesura moderna y la severidad de los mitos antiguos. En
la antigüedad, Dionisos se ofrecía mediante un doble aspecto
que a muchos ha resultado indescifrable: por una parte era
ese voraz dios-animal que aniquilaba con violencia mítica,
pero por otra era el dios alegre de la embriaguez y el niño
que jugaba con la pelota, el trompo y los dados. Volviendo a
la figura del espejo y a la brecha metafísica que traza,
podemos pensar que Dionisos hace referencia en primer lugar
a esa ceguera brutal e inhumana que aguarda en el seno del
laberinto antiguo, pero una vez reflejado aparece
descompuesto en una disparidad infinita que se propaga
alegremente, contagiando su embriaguez a toda empresa humana
y revolviéndose así frente a la mesura de las creaciones de
su rival Apolo.
El laberinto antiguo, con el voraz minotauro en su centro, y
la forma extrema del moderno, con esa prolongación
inaprensible en infinitas galerías espaciotemporales sin
centro ni salida, serían representaciones igualmente
dionisíacas, si bien una pondría el énfasis en la violencia
y la otra en el juego, atendiendo al bifrontismo que nos han
trasladado los mitos griegos. Un máximo y un mínimo de
violencia separadas por un estallido, pero ambas, en
cualquier caso, atrapadas en sus respectivos laberintos: la
una buscando su muerte por la senda que conduce a una verdad
inaprensible y la otra diseminada por el perpetuo reflejo
irradiado.
El lado más hostil de Dionisos traduce la existencia de un
obstáculo; su lado más lúdico el de una libre extensión.
Cada época tiene el laberinto que merece, aunque
¿hay realmente dos? Calmemos nuestras ansias
analíticas: el dios no hace distinciones; éstas se dan
siempre más acá del espejo: más acá de la explosión de
Dionisos.
Por contra, allí donde se ha impuesto el monopolio de un
destino racional es el espejo mismo el que ha estallado: el
hombre ha olvidado que su mundo es la visión delirante de un
dios. Teseo ha escapado de ambos laberintos, pero sólo a
costa de un olvido: ya no le es posible captar ese
obstáculo, esa barrera infranqueable que separa a los dioses
de los hombres. Sin embargo, tal y como hemos tratado de
exponer, incluso en el lejano olvido de los mortales el dios
parece encontrar nuevas formas de retorno: siempre hay un
maze para un labyrinth; siempre el sueño
excéntrico de una máquina del tiempo que se cuela por entre
toda visión histórica, o el impulso barroco de hacer del
espacio-tiempo una hiedra sin fin. “¿Pudo haber ocurrido de
otro modo?” La razón nos dirá siempre que no, pero el niño
Dionisos dirá “sí” a la tirada de dados que deshile la
historia. ¿Descifraríamos el enigma con una máquina del
tiempo que nos llevase al punto “Minos” de la civilización
cretense? No si pretendiéramos hacerlo a lo largo de
una línea única obteniendo así “la verdad de la historia”;
sí, pero a costa de prolongar el viaje siempre un
poco más, lo suficiente como para no dar tiempo a la razón a
colarse por nuestros dislocados calendarios e inenarrables
mapas crononáuticos.
Bibliografía
Este texto habría
sido in(com)posible sin el legado filosófico de Giorgio
Colli.
Excepto, quizá, al modo de los cuentos de Borges:
“En ese instante gigantesco ví millones de actos
deleitables o atroces, pero ninguno me asombró como
el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin
superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis
ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo,
porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo,
recogeré.” (El Aleph).
destiempos.com
I
Año 3 I Número
15
I
2008 ©
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