México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

 

 

 Antonio Dopazo Gallego (España), tiene 26 años y completó sus estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid en 2007, obteniendo el premio extraordinario de licenciatura. Es, además, licenciado en Periodismo por la misma universidad (2005). Actualmente realiza su tesis doctoral sobre el bergsonismo y los conceptos de tiempo y movimiento en la Historia de la Metafísica junto a José Luis Pardo. Ha colaborado en diversas publicaciones con textos que giran en torno a los problemas del tiempo y el espacio y autores como Nietzsche, Bergson, Deleuze o Baudrillard. Este curso lo ha dedicado a investigar el legado filosófico del pensador italiano Giorgio Colli, abordando el nacimiento de la filosofía en Grecia, las aporías de Zenón de Elea y la respuesta aristotélica a las mismas en la Física

 

 

En los orígenes remotos del tiempo narrado, allí donde topamos con el mito dionisíaco más arcaico, más enigmático, más hermético de la cultura de la expresión -la griega-, encontramos también una brecha, un obstáculo infranqueable cuyo sentido sería imposible entender mediante un retroceso. Ni siquiera una máquina del tiempo; ni siquiera un recorrido inverso en la línea temporal y necesaria al punto “Knossos” o “Minos” de la cronología histórica podría desescombrar el misterio del mito cretense del laberinto. No hay moderno hilo de Ariadna capaz de resolver este enigma, y sin embargo todavía es posible aventurarnos a su interior a costa de arriesgarnos a ser despedazados.

 I. Causas y azares

"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales..."[1]

Insiste la lengua inglesa en trazar una distinción afortunada entre dos acepciones del castellano “laberinto” que invita a pensar en una divergencia insostenible en el seno de dicho término. La primera, “maze”, es por lo general una tendencia reciente, próxima al impulso lógico del hombre moderno, y hace referencia a esos senderos bifurcados donde hace falta un uso exhaustivo del intelecto para no desorientarse. El maze es la versión andante, bípeda del puzzle o rompecabezas: hará falta mucho cálculo, mucha pureza y lucidez mental para encontrar la salida, pero precisamente cualquiera, siguiendo los pasos adecuados, puede resolver la encrucijada. Por otro lado, el más antiguo “labyrinth”, cuyo diseño encontramos en vestigios grecorromanos y medievales, ofrece una fisonomía bien distinta a la anterior: en lugar de continuas ramificaciones se presenta una vía única y sinuosa, que va retorciéndose sobre sí misma hasta llegar habitualmente a un centro, y de éste nuevamente a la salida. Como se puede adivinar, el labyrinth no ofrece ningún aprieto teórico que haya que solventar; no hay en él la premura de una criba entre múltiples opciones o de una sabia elección; al revés, su trazado parece apuntar a la idea de destino, de fatalidad irremediable que no ofrece alternativa a quien lo afronta.

Esta arqueológica versión del laberinto alcanza su grado superior de violencia en el mito cretense, pues lo que espera en el centro no es otra cosa que el Minotauro, identificado por muchos con el dios de efigie taurina Dionisos. Como es sabido, el ingeniero ateniense Dédalo ideó la arquitectura y Minos, rey de Creta, encerró en su interior al monstruo híbrido, oscuro objeto de deseo de su esposa Pasifae. Los jóvenes se aventuraban cada nueve años a su interior como ofrendas que calmaran la cólera del dios, pero uno de ellos, Teseo, obtuvo de Ariadna, hija de Minos, dos utensilios con los que romper ese fatal desenlace: un puñal para matar al minotauro y un ovillo para encontrar la salida del laberinto. Y aquí es donde empiezan los problemas.

El hilo de Ariadna se ofrece a nosotros con una extraña familiaridad, como un artefacto enmarañado y difícil, cuyo sentido es preciso destrabar a fin de entender la importancia estética del mito, en el cual parecen estar jugándose dos concepciones contrapuestas de espacio y tiempo. Ya hemos visto cómo el laberinto cretense es un sendero encrespado, contraído y turbador que conduce sin derivas a su médula central. Pero ¿cómo el ovillo continuo de Ariadna puede contraponerse a esa noción laberíntica del espacio hasta acabar por conjurar su embrujo, volver transparente su complejidad y dar con la salida? Y, paralelamente, ¿qué nueva visión del tiempo lleva implícita ese hilo que permitió a Teseo escapar a su destino y convertirse en héroe “por méritos propios”?

El hilo apela a su portadora: Ariadna es una figura ambigua en la mitología griega, que parece caracterizarse por su habilidad para transitar umbrales: de diosa pasa a mortal para huir de Creta con su amado Teseo, pero éste la abandona en Knossos y se ve obligada a traspasar la frontera divina una vez más para regresar junto a Dionisos. Entre medias hay mucho más que un mero cambio de amante: si Ariadna se va con Dionisos, es forzada a regresar a ese tiempo del destino gobernado por el laberinto donde los dioses acaban por imponer sus arbitrarios designios, inescrutables para los mortales que los padecen. A los hombres siempre se les escapa algo de esos caprichosos vaivenes, de esa enmarañada urdimbre que mezcla la violencia de lo tiránico con el juego de lo azaroso y parece no tener traducción exacta a un lenguaje cabal. Apolo y Dionisos están aquí hermanados; recordemos la inconexa palabra de la Sibila en el oráculo délfico que era preciso interpretar: hace falta ser muy sabio para predecir el destino llevándolo a un lenguaje humano, y aun así nadie garantiza una traducción perfecta. Los hombres han tejido lenguaje y pensamiento por medio de la transparencia y la causalidad, pero los hilos celestes y terrestres están confeccionados a partir de materiales muy diversos: el ciego destino no es transitable como una cadena de causas y efectos; su expresión nunca es la de la “necesidad”, sino la del capricho y la discontinuidad. Por una mezcla inextricable de causas y azares, el dios siempre logrará imponer su mandato, frente al cual los hombres están desprotegidos, pues su pensamiento no logra desenmarañar esa trama. Cuando Ariadna entrega a Teseo el puñal y el hilo, impone la continuidad en el ámbito de lo discontinuo, sometiendo a la pareja Minotauro-laberinto a las reglas de la necesidad humana, donde ya sí Teseo puede competir con esperanzas de victoria. El gesto de amor es para la diosa un salto mortal que se manifiesta en la suspensión del tiempo divino. En Grecia, ésta suspensión sólo se podía permitir ser un ensueño momentáneo: como es sabido, el mito concluye con la victoria de Dionisos; en unas versiones Teseo aborrece y renuncia a Ariadna y en otras es Artemisa la encargada de matarla y devolverla –ya como inmortal- junto al dios. Esta virulencia celeste se vuelve comprensible si pensamos que es la propia lógica narrativa del mito la que es puesta en jaque con la desobediencia de Ariadna: si la joven logra su propósito de ser feliz como mortal y los dioses pierden la partida frente a los hombres, éstos comenzarán a escribir a su manera, como mortales liberados, sustituyendo la mitología por algo parecido a una historia de sus pueblos. Pero no adelantemos acontecimientos.

El destino, por tanto, siempre encuentra formas de seguir cumpliéndose; por mucho que Ariadna logre imponer la necesidad en el recinto sagrado del laberinto, una vez fuera de él la ventaja retorna a los dioses y a su mudable capricho. Tras el mito griego está funcionando una brecha metafísica: el orden mortal es sólo expresión, apariencia, reverberación especular de una verdad insondable donde azar y necesidad se dan entremezclados. El hado parecerá delirante, y sin embargo el delirio que emite es todavía mayor que sí: la transparente concatenación de causas humanas es un reflejo de la verdad de los dioses, pero ésta es ciega y no se deja traducir a una física de la luminosidad. De Dionisos sabemos que mira al espejo y ve reflejado el mundo sin verse a sí; el mundo es su visión alucinatoria.

Antes de su fatal desenlace a favor de Dionisos, podemos decir por tanto que el mito del laberinto insinúa un consuelo metafísico: con su obsequio, Ariadna prueba que hay para los hombres una salida heroica al destino; que acompañados del instrumental apropiado –hilo del lógos, de la razón, de la causalidad, así como el cuchillo que separa lo azaroso de lo necesario- es posible sustraerse al capricho ciego de los dioses. Ariadna entrega a Teseo una nueva temporalidad, como diciéndole “yo me hago mortal para que tú te hagas a ti mismo”. A este respecto, siempre ha habido un problema con la interpretación práctica del hilo, pues ¿para qué necesitaría Teseo un hilo en un laberinto cretense, cuya arquitectónica había sido diseñada por Dédalo para conducir directamente al centro? Pero justamente: desde el momento en que el héroe ensarta a la monstruosa figura del animal-dios, el laberinto deja de ser un camino de dirección única para convertirse en un rompecabezas a la altura de cualquier mortal, y no ya sólo de un dios. Ariadna susurra a Teseo: “este ovillo te será útil para encontrar el camino después de matar a la bestia”, como si la arquitectónica del lugar cambiase de pronto con la muerte de su custodio divino; como si para encontrar la salida hiciera falta ahora un artificio humano (según ciertas fuentes el hilo fue entregado a Ariadna por Dédalo, inventor del laberinto) para escapar de ese otro. Como vemos, el labyrinth se convierte en maze cuando deja de estar regido por un destino fatal.

Y aunque no tengamos noticia exacta de la arquitectura del laberinto mítico, al menos con el paso de los siglos la suplantación se dio así: los laberintos de dirección única dejaron paso a rompecabezas que introducían la bifurcación y la posibilidad, y donde el miedo era ahora a la pérdida y la desviación: a no encontrarse en el mejor de los caminos posibles. Donde al laberinto antiguo el héroe entraba como quien se dirige a un destino (que el hilo de Ariadna era el excepcional encargado de suspender), en el moderno se entra ya sin destino, siendo un hombre libre, puro, preparado para rastrear todo el ámbito de la posibilidad e indagar la salida sólo en base a un criterio autónomo y a una resuelta razón. Los enigmas que bloqueaban el camino se han tornado en problemas lógicos y matemáticos que pueden ser solventados con la adecuada preparación y pureza de carácter[2]. Hoy hace falta ser verdaderamente un cualquiera para someterse al desafío del laberinto, pero antiguamente sólo unos pocos elegidos eran seducidos hasta sus meandros.

 II. Las cuentas se rinden al hilo

Un individuo recorre distintas fases en la educación y permanece el mismo individuo; e igualmente un pueblo, hasta la fase que sea la fase universal de su espíritu. En este punto se halla la necesidad interna, la necesidad conceptual de la variación.

Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal[3]

Sorprende así que una de las pretendidas conquistas superiores del hombre moderno esté ya insinuada en el mito griego. ¿Qué hubiera pasado de no haber arruinado los dioses el plan secreto de Ariadna? La respuesta nos fue prorrogada algunos siglos, pero podemos imaginar a un Teseo libre de ataduras regresando a Atenas, donde se convirtió en protagonista inaugural de una historia ya meramente humana, que se podía permitir prescindir del capricho divino y forjarse como un asunto entre mortales. Surgió así una nueva forma de contar las cosas, liberada del mito antiguo y esa laberíntica esclavitud que lo traducía en una sinuosa y voluble narrativa. De entre las cenizas del tiempo laberíntico emergió la historia desatando nada menos que todo el curso universal de los pueblos. Esta nueva eventualidad histórica, identificativa de los estados y su libertad frente a las arcaicas, fatales servidumbres, era la inmodesta heredera de Teseo el ateniense, que utilizó el hilo de Ariadna para escapar del laberinto -en su doble vertiente- y abrazar como conquista el vínculo de la necesidad. Sin embargo, surgió todavía otra dificultad: los más agudos de entre los filósofos modernos se percataron de la endeblez de este tiempo de los mortales, que se veía amenazado a cada rato por las guerras y matanzas entre los estados que lo pueblan y que los historiadores nos cuentan tan a la ligera en términos de influencias, causas, contingencias, auges o decadencias. La historia pedía hacerse universal; pedía una orientación superior para evitar ser pasto de esa carnicería entre facciones arrojada por sus tramas subsidiarias. Le faltaba un cobertizo frente el cenagal de la guerra y la ruina humanas: un sentido único que se encargara de atravesar todas las cuentas; del hilo de Ariadna vamos pasando al hilo de “la razón en la historia”[4], donde el término “razón”, frente a “mero entendimiento” hace referencia a ese través, a esa flecha direccional que orienta y regula el tiempo hacia su fin. ¿No parece resonar todavía aquí la antigua idea de destino? Es posible, pues una trama oculta –la del destino universal de los pueblos- se sigue colando por entre todos esos episodios de la historia;, la novedad, no obstante, es que ahora esa trama no es más que un estribillo de la razón que cualquiera puede captar si escucha con oídos apropiados. Los tratados de filosofía de la historia se convirtieron en los nuevos oráculos, aunque con una diferencia importante: frente a las inconexas y desapaciguantes palabras de la Sibila, se asumía ahora una perfecta traducibilidad a un lenguaje humano: todo lo racional es real. Más acá de la fractura metafísica, la suprema hostilidad tanto de Apolo como de Dionisos fue olvidada para siempre en el fondo de un abismo cuyo tenue hilo se deshizo.

 III. Siempre hay un maze para un labyrinth

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Jorge Luis Borges 

De este modo, cuando la cultura y la religión griegas se apagaron, el capricho de los dioses desapareció para dejar libre albedrío al ámbito de la necesidad mediata y racional. Los laberintos se volvieron lugares de entrada y salida; familiares e inofensivos, dejaron de ser la imagen de una enigmática violencia divina para convertirse en simples pasatiempos. Sin embargo, mientras los filósofos y sus héroes históricos se mostraban jubilosos con su recién estrenada ortopedia, encargada de fijar sobre raíles el tiempo que les era dado a los mortales y ponerlo a cubierto de su descarrilamiento, una nueva fantasía emergió de esta noción encadenada de los instantes en una dirección alternativa y desconcertante. Del mismo modo en que el labyrinth había surgido de la concepción griega del caprichoso y sinuoso destino, la máquina del tiempo se hizo posible como expresión extrema o puesta por obra cronométrica de un maze afanoso y expansivo: el espacio arrastró al tiempo modelándolo a su imagen y convirtiéndolo en una línea de eslabones bifurcantes. Impulsados por un mandato inicialmente barroco[5], algunos pensadores se resistieron a la fijeza e irreversibilidad del sentido del tiempo, a esa violencia unidireccional de la causalidad que va del antes al después y que todavía resonaba a destino. La sucesión no podía ser restrictiva; las series se bifurcaban a cada instante y debía ser posible transitarlas libremente, como si cada instante fuera un punto de partida, como si “llegados a puerto nos encontrásemos de nuevo en alta mar”. A los más ávidos de entre los descendientes de Teseo les aterró así la fijeza de un tiempo único y sintieron el impulso por explorar todas sus posibles ramificaciones, pues de qué serviría imponerle al tiempo la imagen de una cadena eslabonada si no se permitía hacer de los eslabones magnánimas argollas que conectar con muchas otras y no ya sólo con la que marcara la argucia de la razón; de qué serviría la causalidad si todas las causas conspiraban desde el principio hacia un desenlace final. La máquina del tiempo como hipótesis extrema se rebeló contra la razón y sirvió así para introducir en el tiempo algo extraño al tiempo, laberintizando al infinito, poblándolo de paradojas y haciendo de él un rompecabezas en sentido literal[6]. Y una vez más, hacía falta estar muy poco arraigado: ser un hombre libre, mundano, sin ataduras; era necesario tener muy poco destino para embarcarse en un viaje en el tiempo, pero llevado a su forma extrema era preciso haber perdido también la razón[7]. No hay destino ni hilo conductor que se sostengan[8] ante la bifurcación de las series temporales hacia una infinidad de mundos posibles; difícil conservar incluso la propia identidad: como en el mito de Dionisos y los titanes frente al espejo, los crononautas se sentirían desgarrados en una miríada de fragmentos repartidos simultáneamente por la multiplicidad de líneas temporales sin que ninguno de esos pedazos pudiera ser calificado exclusivamente como el auténtico. Y una historia de este tipo sería francamente difícil de narrar.[9]

La de la máquina del tiempo es ciertamente una hipótesis extrema, que matiza la violencia de las cadenas de la necesidad añadiéndole su aspecto más lúdico –la propagación en múltiples series- para componer un juego infinito, casi un paroxismo del entendimiento. Más arriba hemos vuelto a recurrir al espejo de Dionisos, y aunque pueda parecer insólito se da una vecindad entre esta desmesura moderna y la severidad de los mitos antiguos. En la antigüedad, Dionisos se ofrecía mediante un doble aspecto que a muchos ha resultado indescifrable: por una parte era ese voraz dios-animal que aniquilaba con violencia mítica, pero por otra era el dios alegre de la embriaguez y el niño que jugaba con la pelota, el trompo y los dados. Volviendo a la figura del espejo y a la brecha metafísica que traza, podemos pensar que Dionisos hace referencia en primer lugar a esa ceguera brutal e inhumana que aguarda en el seno del laberinto antiguo, pero una vez reflejado aparece descompuesto en una disparidad infinita que se propaga alegremente, contagiando su embriaguez a toda empresa humana y revolviéndose así frente a la mesura de las creaciones de su rival Apolo[10]. El laberinto antiguo, con el voraz minotauro en su centro, y la forma extrema del moderno, con esa prolongación inaprensible en infinitas galerías espaciotemporales sin centro ni salida, serían representaciones igualmente dionisíacas, si bien una pondría el énfasis en la violencia y la otra en el juego, atendiendo al bifrontismo que nos han trasladado los mitos griegos. Un máximo y un mínimo de violencia separadas por un estallido, pero ambas, en cualquier caso, atrapadas en sus respectivos laberintos: la una buscando su muerte por la senda que conduce a una verdad inaprensible y la otra diseminada por el perpetuo reflejo irradiado[11]. El lado más hostil de Dionisos traduce la existencia de un obstáculo; su lado más lúdico el de una libre extensión. Cada época tiene el laberinto que merece, aunque ¿hay realmente dos? Calmemos nuestras ansias analíticas: el dios no hace distinciones; éstas se dan siempre más acá del espejo: más acá de la explosión de Dionisos.

Por contra, allí donde se ha impuesto el monopolio de un destino racional es el espejo mismo el que ha estallado: el hombre ha olvidado que su mundo es la visión delirante de un dios. Teseo ha escapado de ambos laberintos, pero sólo a costa de un olvido: ya no le es posible captar ese obstáculo, esa barrera infranqueable que separa a los dioses de los hombres. Sin embargo, tal y como hemos tratado de exponer, incluso en el lejano olvido de los mortales el dios parece encontrar nuevas formas de retorno: siempre hay un maze para un labyrinth; siempre el sueño excéntrico de una máquina del tiempo que se cuela por entre toda visión histórica, o el impulso barroco de hacer del espacio-tiempo una hiedra sin fin. “¿Pudo haber ocurrido de otro modo?” La razón nos dirá siempre que no, pero el niño Dionisos dirá “sí” a la tirada de dados que deshile la historia. ¿Descifraríamos el enigma con una máquina del tiempo que nos llevase al punto “Minos” de la civilización cretense? No si pretendiéramos hacerlo a lo largo de una línea única obteniendo así “la verdad de la historia”; , pero a costa de prolongar el viaje siempre un poco más, lo suficiente como para no dar tiempo a la razón a colarse por nuestros dislocados calendarios e inenarrables mapas crononáuticos.

Bibliografía

Este texto habría sido in(com)posible sin el legado filosófico de Giorgio Colli.

 

 

[1] Borges, La biblioteca de Babel.

[2] El cine ha sondeado estos pasajes en la trilogía The Cube.

[3] p. 74 (Ed.Alianza)

[4] “Quien suministra esta garantía [de la paz perpetua] es, nada menos, que la gran artista de la naturaleza (natura daedala rerum), en cuyo curso mecánico brilla visiblemente una finalidad: que a través del antagonismo de los hombres surja la armonía, incluso contra su voluntad.” Kant, Hacia la paz perpetua, p. 31. (Ed. Tecnos)

[5] Precursores como Leibniz ya sondearon la cavernosidad de un pensamiento enfrentado a una infinidad de mundos posibles. La unicidad del tiempo, sin embargo, quedó finalmente puesta a salvo en su filosofía mediante mecanismos de clausura y selección. Y, si bien todavía en Leibniz no se alcanza un tiempo puramente histórico-racional, se observa muy claramente ése proceso restrictivo: vivimos en el mejor de los mundos posibles y no hay tránsito factible a ningún otro.

[6] En la saga Regreso al futuro, el personaje de Doc representa al hombre moderno de control de variables y precisos cálculos relojeros, frente al desmadre de Marty McFly con sus líos familiares en los que está en juego su propia identidad; Marty espera no perder su destino, pero Doc le aporta como solución toda la probabilística occidental: éste es el divertido caos de la película.

[7] Antes de que H.G. Wells popularizara la máquina del tiempo en su célebre novela, otro autor menos conocido, Enrique Gaspar y Rimbau, abordó el tema de la precaria estabilidad psicológica de los viajes temporales en su obra El anacronópete (1887). Escrita en formato de Zarzuela, narra la hilarante historia del viaje crónico de Sindulfo García -científico de Zaragoza e inventor del ingenio-, su amigo y ayudante Benjamín, la sobrina y pupila Clarita, la sirvienta, el capitán Luis -amor de Clarita-, unos cuantos húsares y algunas mujeres francesas de vida alegre. AnaRcrónopete, después de todo.

[8] Como hemos visto, Leibniz da el pistoletazo de salida, pero para liberar al juego ideal del corsé teológico de la composibilidad todavía habrá que esperar a dos de sus discípulos más aventajados: “Nietzsche y Mallarmé nos han vuelto a revelar un Pensamiento-Mundo, que emite una tirada de dados”. Las mónadas de Leibniz están encadenadas a una doble argolla divina: clausura y selección, pero en Nietzsche y Mallarmé lo que acontece es justamente que, al pasar a estar las mónadas en conexión con series divergentes que pertenecen a mundos incomposibles entre sí (es decir, “a caballo” entre diversos mundos), no sólo no hay selección divina –mejor mundo posible- sino que el principio de clausura también desaparece, con lo cual el individuo se diluye por completo, al no estar siquiera obligado a permanecer en el interior de su “jardín” o núcleo de predicados primitivos. "Diríase que la mónada, a caballo entre varios mundos, es mantenida semiabierta como por pinzas. En la medida en que el mundo está ahora constituido por series divergentes (caosmos), o que la tirada de dados sustituye al juego de lo Lleno, la mónada ya no puede incluir el mundo entero como en un círculo cerrado modificable por proyección, sino que se abre sobre una trayectoria o una espiral en expansión que se aleja cada vez más de un centro." (Deleuze, G., El pliegue. Leibniz y el barroco, p. 90 y 176)

[9] Excepto, quizá, al modo de los cuentos de Borges: “En ese instante gigantesco ví millones de actos deleitables o atroces, pero ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.” (El Aleph).

[10] Apolo y Dionisos parecen ir de la mano en su referencia a la fractura metafísica: al primero se asocian los enigmas y al segundo la bestia del laberinto, pero ambos son crípticos y hostiles con los mortales. Sin embargo, una vez pasamos al ámbito de la apariencia, los matices los distinguen: Dionisos nos ofrece un arte embriagador (el puro juego de los reflejos especulares) y Apolo conserva parte de su violencia originaria en una belleza sujeta a orden (la palabra, la medida).

[11] Eran frecuentes los antiguos ritos iniciáticos que colocaban un espejo en el corazón de un labyrinth.

 

 

 

 

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