México, Distrito Federal I Julio - Agosto  2008 I Año 3 I Número 15 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 








 

Arnoldo Rosas (Porlamar, Venezuela 1960).-Perteneció al Taller de Narrativa del Centro Latinoamericano “Rómulo Gallegos” (1981-1982). Sus trabajos han merecido los siguientes reconocimientos: Premio de Narrativa “Régulo Guerra Salcedo” 1987. Premio de Narrativa “Rosauro Rosa Acosta” 1988. Mención especial concurso literario “Andrés Silva” 1991. Primer finalista Bienal Literaria Nueva Esparta “Chevige Guayke” 1991. Mención de Honor Bienal Latinoamericana de Literatura “José Rafael Pocaterra” 2000. Ha publicado: Para Enterrar al Puerto (1985). Igual (1990.) Olvídate del Tango.( 1992) La Muerte No Mata a Nadie (2003) Nombre de Mujer (2005). Textos suyos están presentes en la siguientes antologías: Antología de Narradores Neoespartanos (1993). Antología de Narratistas Orientales (1994). Recuento, Antología del Cuento Breve Venezolano (1994). Quince que Cuentan (2008).

 

 

Eran las tardes de lluvia en el caserón de la esquina. Embebidos en la atmósfera de misterio, creada por las sombras, por el viento y el repiquetear continuo del agua, permanecíamos tranquilos, encerrados en el cuarto de las cosas viejas. Olvidábamos los juegos de disfraces, de tesoros escondidos, el correteo entre las matas del patio, dejábamos de registrar el escaparate de puertas desencajadas que papá prometía reparar cada sábado, de tratar de romper el candado herrumbroso de tiempo que mantenía inexplorado el baúl del abuelo, de observarnos en la telaraña del espejo, y nos sentábamos en la cama de hierro a sentir al diablo deambular por la humedad de la casa, en los silencios, entre los truenos; a la muerte en los quejidos de las maderas antiguas del techo, de las puertas. Permanecer callados, viéndonos, sintiéndonos juntos y sin deseos de hablar para no demostrar cobardía, pensando que allí, en el cuarto de los peroles, seríamos intocables.

En esas tardes de lluvia, impregnadas de soledad, de pronto, rompías el silencio: Casi nunca sueño, es más, sólo me ocurrió una vez; tuve una pesadilla. Fue antes de venir a vivir aquí. Cuando no nos conocíamos. Aún papá estaba vivo y yo era muy pequeño. Nuestra casa era como este cuarto; oscura, llena de cosas viejas y rotas. Todos dormíamos juntos: papá y mamá en la cama, yo en un chinchorro. Y una noche soñé. Jugaba en el corredor de una casa que no era la mía. En un piso de baldosas rojas al pie de un pilar. Jugaba con muñecas y en mi casa no había muñecas. Estaba concentrado en el juego y no lo sentí cuando llegó. No en el sueño pero sí desde afuera del sueño, desde el chinchorro. Fue creciendo desde la lejanía, de una reja negra que tampoco era de mi casa. Un punto gris avanzando hacia mí sigiloso, y yo con las muñecas, viéndome y viendo al gato sin poder gritar para avisarme. Ya cerca, el gato corrió y entonces pude gritar, pero ya era tarde; el gato me había arrancado una oreja y corría con la boca ensangrentada. Papá estaba conmigo: no llores, tranquilo, sólo fue un sueño.

Papá murió a los pocos meses. Un tiro. Aún nadie sabe quién ni por qué. Lo trajeron cuatro tipos: llovía y estaban empapados, llenaron la casa de agua. Mamá me abrazaba llorando y gritando.

 Y nos vinimos. Mamá se deshizo de las cosas, de algunas, aún quedaban la cama y la cocina de querosén. Cogió un maletín y me arrastró con ella hacia el puerto. Un ferry gris estaba en el muelle; entramos y nos sentamos en unos bancos apolillados, con manchas grasientas. Debí quedarme dormido, no recuerdo nada, sólo a un tipo tirado sobre un vómito, en el piso, al que tuvimos que saltar.

 Al llegar a esta casa me quedé paralizado. Tu mamá se abrazaba a la mía, lloraban, hablaban y se reían; agarraban el maletín, lo dejaban en el piso, se sentaban y se volvían a parar. Y yo aterrado, viéndote jugar al pie del pilar, sobre las losas rojas; viendo el corredor y la reja negra al fondo. Sentí que en algún momento aparecería el gato.

En las tardes, la casa era toda de nosotros pero sólo en el cuarto permanecíamos. Incluso cuando ya los juegos no eran parte de nuestro ritual cotidiano, cuando el mundo tomaba nuevo significado, cuando el baúl del abuelo dejó de ser de interés y sólo servía para esconder las cajas de cigarro que mamá no debía descubrir,  cuando comenzamos a bebernos el wisqui de papá y a pensar en que tal muchacha está buena y tal otra es una sinvergüenza, entonces dejó por completo de ser el cuarto de los peroles, para definitivamente convertirse en el de las confidencias.

Un día te miraste fraccionado en el espejo. Prendiste un cigarro, sacaste la botella de wisqui y comenzaste a hablar: El destino existe; debe haber una especie de libro donde todos nuestros actos estén de antemano escritos, si no, no hay manera de entender esta serie de azares que es la vida. Para que una cosa ocurra, millares de otras tienen que haber sucedido. Estamos aquí conversando y para ello nuestras madres tuvieron que ser hermanas; casarse con quienes se casaron y no con otro, parirnos, morir papá y tantas cosas que ni siquiera se me ocurren.

Yo tuve una visión, un fragmento de mi destino, y allí, junto al corredor de esta casa y a la muerte de papá por alguien tan misterioso como un gato, estaban las muñecas. Ellas han sido los fantasmas de mis últimos años, por ese extraño juego he rehuido mi imagen en los cristales, he descuidado mi apariencia, he temido sorprenderme contemplando a los compañeros de clase... Pero ya estoy tranquilo, por eso invito al brindis, a un cigarro y puedo verme sin miedo en el espejo.

Esta mañana, al salir del liceo, me fui con una amiga a su casa. Estuvimos solos... Hay cosas que no se deben contar ni al mejor amigo pero puedo decirte que no hay nada mejor que la cálida humedad de una mujer. 

Y tú dirás que después de tanto tiempo, de tanta lejanía y tantas lluvias, nos hemos reencontrado y no sé hablar de otra cosa que del cuarto húmedo y oscuro del caserón de la esquina; de recordar a otros nosotros, a otros tú y yo; a relacionar las orejas con muñecas y el pasillo rojo del sueño y del pasado. Pero es que este bar tiene la humedad de aquellas tardes de lluvia en el cuarto de los peroles, el murmullo de voces como chorros incesantes de agua; aquí realmente ronda el diablo y la muerte en cada mesa, en la oscuridad, en los bolsillos. Y, además, después de tanto tiempo, he sentido la necesidad imperiosa de encontrarnos, de volver a aquel cuarto a sentarnos en el baúl del abuelo, de fumarnos un cigarro escondidos y ser yo, por primera vez, quien rompa el silencio.

La muerte de papá no fue ninguna sorpresa. La estuvimos esperando por varios meses. Hubo momentos en que parecía vencer y recuperarse pero al instante recaía y entonces empeoraba. Los médicos no nos daban esperanzas y él lo sabía. Una tarde, oscura como aquellas de lluvia en el pasado, nos quedamos solos en el cuarto del hospital. Levantó la mano y me llamó: Hay cosas que deben contarse aún sabiendo el mal que harán, me dijo suavemente con los ojos cerrados. Hace tiempo vivían con nosotros tu tía y su esposo. Las cosas entre tu madre y yo no iban bien. El ambiente era tenso y por esa razón, al parecer, ellos decidieron irse. Quedamos en la casa solos, entonces tú mamá descubrió que estaba en estado. Se lo reclamé... Sólo me quedaba la venganza.

No creo, hermano, que valga la pena seguir la historia. Debes haber entendido. El gato de tu sueño ya murió.

 

 

 

 

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