Eran las tardes de
lluvia en el caserón de la esquina. Embebidos en la
atmósfera de misterio, creada por las sombras, por el viento
y el repiquetear continuo del agua, permanecíamos
tranquilos, encerrados en el cuarto de las cosas viejas.
Olvidábamos los juegos de disfraces, de tesoros escondidos,
el correteo entre las matas del patio, dejábamos de
registrar el escaparate de puertas desencajadas que papá
prometía reparar cada sábado, de tratar de romper el candado
herrumbroso de tiempo que mantenía inexplorado el baúl del
abuelo, de observarnos en la telaraña del espejo, y nos
sentábamos en la cama de hierro a sentir al diablo deambular
por la humedad de la casa, en los silencios, entre los
truenos; a la muerte en los quejidos de las maderas antiguas
del techo, de las puertas. Permanecer callados, viéndonos,
sintiéndonos juntos y sin deseos de hablar para no demostrar
cobardía, pensando que allí, en el cuarto de los peroles,
seríamos intocables.
En esas tardes de lluvia, impregnadas de soledad, de pronto,
rompías el silencio: Casi nunca sueño, es más, sólo me
ocurrió una vez; tuve una pesadilla. Fue antes de venir a
vivir aquí. Cuando no nos conocíamos. Aún papá estaba vivo y
yo era muy pequeño. Nuestra casa era como este cuarto;
oscura, llena de cosas viejas y rotas. Todos dormíamos
juntos: papá y mamá en la cama, yo en un chinchorro. Y una
noche soñé. Jugaba en el corredor de una casa que no era la
mía. En un piso de baldosas rojas al pie de un pilar. Jugaba
con muñecas y en mi casa no había muñecas. Estaba
concentrado en el juego y no lo sentí cuando llegó. No en el
sueño pero sí desde afuera del sueño, desde el chinchorro.
Fue creciendo desde la lejanía, de una reja negra que
tampoco era de mi casa. Un punto gris avanzando hacia mí
sigiloso, y yo con las muñecas, viéndome y viendo al gato
sin poder gritar para avisarme. Ya cerca, el gato corrió y
entonces pude gritar, pero ya era tarde; el gato me había
arrancado una oreja y corría con la boca ensangrentada. Papá
estaba conmigo: no llores, tranquilo, sólo fue un sueño.
Papá murió a los pocos meses. Un tiro. Aún nadie sabe quién
ni por qué. Lo trajeron cuatro tipos: llovía y estaban
empapados, llenaron la casa de agua. Mamá me abrazaba
llorando y gritando.
Y nos vinimos. Mamá se deshizo de las cosas, de algunas,
aún quedaban la cama y la cocina de querosén. Cogió un
maletín y me arrastró con ella hacia el puerto. Un ferry
gris estaba en el muelle; entramos y nos sentamos en unos
bancos apolillados, con manchas grasientas. Debí quedarme
dormido, no recuerdo nada, sólo a un tipo tirado sobre un
vómito, en el piso, al que tuvimos que saltar.
Al llegar a esta casa me quedé paralizado. Tu mamá se
abrazaba a la mía, lloraban, hablaban y se reían; agarraban
el maletín, lo dejaban en el piso, se sentaban y se volvían
a parar. Y yo aterrado, viéndote jugar al pie del pilar,
sobre las losas rojas; viendo el corredor y la reja negra al
fondo. Sentí que en algún momento aparecería el gato.
En las tardes, la casa era toda de nosotros pero sólo en el
cuarto permanecíamos. Incluso cuando ya los juegos no eran
parte de nuestro ritual cotidiano, cuando el mundo tomaba
nuevo significado, cuando el baúl del abuelo dejó de ser de
interés y sólo servía para esconder las cajas de cigarro que
mamá no debía descubrir, cuando comenzamos a bebernos el
wisqui de papá y a pensar en que tal muchacha está buena y
tal otra es una sinvergüenza, entonces dejó por completo de
ser el cuarto de los peroles, para definitivamente
convertirse en el de las confidencias.
Un día te miraste fraccionado en el espejo. Prendiste un
cigarro, sacaste la botella de wisqui y comenzaste a hablar:
El destino existe; debe haber una especie de libro donde
todos nuestros actos estén de antemano escritos, si no, no
hay manera de entender esta serie de azares que es la vida.
Para que una cosa ocurra, millares de otras tienen que haber
sucedido. Estamos aquí conversando y para ello nuestras
madres tuvieron que ser hermanas; casarse con quienes se
casaron y no con otro, parirnos, morir papá y tantas cosas
que ni siquiera se me ocurren.
Yo tuve una visión, un fragmento de mi destino, y allí,
junto al corredor de esta casa y a la muerte de papá por
alguien tan misterioso como un gato, estaban las muñecas.
Ellas han sido los fantasmas de mis últimos años, por ese
extraño juego he rehuido mi imagen en los cristales, he
descuidado mi apariencia, he temido sorprenderme
contemplando a los compañeros de clase... Pero ya estoy
tranquilo, por eso invito al brindis, a un cigarro y puedo
verme sin miedo en el espejo.
Esta mañana, al salir del liceo, me fui con una amiga a su
casa. Estuvimos solos... Hay cosas que no se deben contar ni
al mejor amigo pero puedo decirte que no hay nada mejor que
la cálida humedad de una mujer.
Y tú dirás que después de tanto tiempo, de tanta lejanía y
tantas lluvias, nos hemos reencontrado y no sé hablar de
otra cosa que del cuarto húmedo y oscuro del caserón de la
esquina; de recordar a otros nosotros, a otros tú y yo; a
relacionar las orejas con muñecas y el pasillo rojo del
sueño y del pasado. Pero es que este bar tiene la humedad de
aquellas tardes de lluvia en el cuarto de los peroles, el
murmullo de voces como chorros incesantes de agua; aquí
realmente ronda el diablo y la muerte en cada mesa, en la
oscuridad, en los bolsillos. Y, además, después de tanto
tiempo, he sentido la necesidad imperiosa de encontrarnos,
de volver a aquel cuarto a sentarnos en el baúl del abuelo,
de fumarnos un cigarro escondidos y ser yo, por primera vez,
quien rompa el silencio.
La muerte de papá no fue ninguna sorpresa. La estuvimos
esperando por varios meses. Hubo momentos en que parecía
vencer y recuperarse pero al instante recaía y entonces
empeoraba. Los médicos no nos daban esperanzas y él lo
sabía. Una tarde, oscura como aquellas de lluvia en el
pasado, nos quedamos solos en el cuarto del hospital.
Levantó la mano y me llamó: Hay cosas que deben contarse aún
sabiendo el mal que harán, me dijo suavemente con los ojos
cerrados. Hace tiempo vivían con nosotros tu tía y su
esposo. Las cosas entre tu madre y yo no iban bien. El
ambiente era tenso y por esa razón, al parecer, ellos
decidieron irse. Quedamos en la casa solos, entonces tú mamá
descubrió que estaba en estado. Se lo reclamé... Sólo me
quedaba la venganza.
No creo, hermano, que valga la pena seguir la historia.
Debes haber entendido. El gato de tu sueño ya murió.