
En el archivo de Pedro Lastra, albergado en la Special
Collections Department, University of Iowa Libraries, Iowa City,
Iowa, se conservan cuatro cartas de Gabriel García Márquez, todas de
1967 (3 de marzo, 14 de marzo, 30 de mayo y 26 de diciembre).
Resultan, en conjunto, valiosos documentos por su variedad temática;
no obstante pueden agruparse en dos campos: el de las obras
publicadas y los proyectos a mediano y largo plazos, por un lado;
por otro, el del seguimiento de la impresión y difusión de
Cien años de soledad.
En el primer caso, García Márquez cede a Lastra el derecho de
reproducir “Isabel viendo llover en Macondo” (el “Monólogo de
Isabel”, “un capítulo que se le cayó a La Hojarasca”) en una
antología que el chileno prepara, además de que le gestiona los
derechos de “La siesta del martes”, cedidos por esas fechas a
Sudamericana, su “editor continental”. De alguna manera, también
hace referencia a los cuentos que más tarde incluiría en
Ojos de perro azul (1974), por la alusión a “Alguien
desordena estas rosas”, al tiempo que busca crearse una imagen
futura:
Ese cuento, como otros diez o doce, de muchos de los cuales no
recuerdo ni el título ni la fecha de publicación, es de los primeros
que escribí. Mi contrato con Sudamericana incluye la publicación de
un tomo de esos cuentos primeros, y hace seis meses ando pidiendo
datos a amigos colombianos, para que me ayuden a recopilarlos. Este
tomo no saldrá antes de dos años. Creo que son cuentos muy
defectuosos, simples tentativas, búsquedas de caminos futuros, y no
quiero que me juzguen por ellos. He aceptado que los publiquen con
un largo prólogo mío, lleno de excusas y explicaciones, por una
razón que sin duda es presuntuosa: para que quienes se interesen en
mis libros actuales, conozcan sus antecedentes en esos cuentos.
Aparte de los compromisos en diversas ciudades (Bogotá, Lima, Buenos
Aires, Caracas y Barcelona), condenado a la errancia de los
escritores latinoamericanos, describe un proyecto inmediato que se
asoma en dos de las cuatro cartas:
El próximo paso es El Otoño del Patriarca. Un libro
arriesgado: será el largo monólogo de un dictador tropical de 123
años, sordo y medio gagá, tratando de justificarse ante el tribunal
revolucionario que lo ha de fusilar al amanecer, después de 80 años
en el poder. Lo arriesgado es que trataré de exprimir toda la
cantidad de poesía que, a mi modo de ver, hay en este fabuloso
[ejemplar] de la mitología latinoamericana, en su crueldad
legendaria, en su infinita soledad. Confío en poder estructurar el
carácter con elementos puramente líricos, y que al final quede dado
el personaje y su medio, en toda su abominable realidad.
Antes, sin embargo, García Márquez emprende la escritura de “un
cuento que puede ser muy largo y muy divertido, y que llevará el
pretensioso título de ‘La increíble y triste historia de la cándida
Eréndira, y de su abuela desalmada’. Es, más que nada, un recurso
para calentar motores antes de zambullirme, quien sabe durante
cuánto tiempo, en El Otoño del Patriarca. Después no sé qué
haré”. Entre tanto furor, también funge como gestor y compilador de
la crítica sobre su obra: pide y ofrece estudios, cuentos olvidados,
referencias, es decir se preocupa abiertamente por completar la
media fama a que se hallaba condenado.
Sobre el segundo punto, relacionado con su
opera magnum, puede verse que desde la carta del 14 de marzo de 1967
García Márquez aprovecha la comunicación con Lastra para anunciarle
la aparición inminente de Cien años de soledad, “en mayo”.
Así, el hoy premio Nobel le espeta un anzuelo del que no lo soltará
en las misivas siguientes: “Cien Años de Soledad constituye
mi gran esperanza para salir del anonimato en que he estado
escribiendo durante 20 años. Es un monstruo de 500 páginas, en las
cuales, según mis pretensiones, ocurre todo. Tan pronto como salga,
Sudamericana te enviará un ejemplar caliente. Estabas en mi lista
antes de que me escribieras”. La explicación final, si hubiera sido
cierta, saldría sobrando.
Ahora bien, como mayo llegó y se fue, García Márquez ofrece una
nueva fecha para el lanzamiento de
Cien años de soledad: “sale a la calle el 6 de junio” (en la
edición especial 21 de Proceso, Raúl Vargas sostiene que fue “el 5
de junio”, “La recepción”, p. 26). La carta no es gratuita en modo
alguno: García Márquez solicita a Lastra “un favor así de grande y
así de urgente: mándale a Paco [Porrúa] de la Editorial
Sudamericana, una lista muy precisa de los críticos y gacetilleros
que deben recibir ejemplares anticipados para asegurar un buen
lanzamiento de la novela en Chile. En la lista, por supuesto, te
pones tú a la cabeza”; mientras, en una especie de correspondencia
de favores, le recuerda: “el otro día te mandé la autorización de
Sudamericana para publicar el cuento en tu antología” (por cierto,
ya se lo había dicho en la carta del 3 de mayo: “Te autorizan a
reproducir LA SIESTA DEL MARTES, o cualquier otro de LOS
FUNERALES”).
Finalmente, en diciembre y después de unos meses de que el “monstruo
de 500 páginas” salió de la imprenta, García Márquez parece más
tranquilo y sin más perforaciones de úlcera: “Cien Años de
Soledad ha sido la salvación: gracias a sus ventas
espectaculares, tengo por delante unos años de paz doméstica que
pienso dedicar minuto tras minuto a escribir”.
Como diría Jorge Enrique Adoum, la correspondencia de un autor
también forma parte de la historia de la literatura y, a mi juicio,
en ocasiones son la literatura misma: muchos proyectos, variantes y
textos completos sólo fueron rescatados en una carta y no hay
testimonio impreso. En este caso, puede seguirse el afán de García
Márquez por organizar una campaña de ventas en el Continente, la
trama de una novela en ciernes, la construcción de un libro de
cuentos que no se haría realidad sino siete años después, la visión
crítica y autocrítica de un autor, en fin, diversos hilos mediante
los cuales se teje la trama de la literatura.
(Respeto la manera en que García Márquez alude a sus obras o a
otras: sin subrayado y con altas. Además, ajusto algunos acentos a
la norma académica.)
Marzo
14
[Señor]
Pedro Lastra S
Santiago de Chile
Mi querido Pedro Lastra:
tu carta me llegó en el mal momento
en que estaba metido en la revisión de galeras de mi última novela,
Cien Años de Soledad, que publica en mayo Sudamericana, y apenas
ahora salgo de esa tormenta para contestarte.
Me duele decirte que no hay
posibilidades de reimpresión de mis libros. Después de muchos años
esperando editor continental, acabo de hacer con Sudamericana un
buen arreglo para “toda la obra pasada y futura”, lo cual es para mí
como la realización de un viejo sueño: me angustiaba ver mis libros
en ediciones locales, y dispersos en diferentes editoriales. Esto
pone término, espero, a un problema que tú señalas casi
dramáticamente en tu carta: el de que mis amigos, conocidos y
desconocidos, tengan que andar consiguiendo los libros
milagrosamente, a través de la caridad de otros amigos.
Por mi parte no hay ningún
inconveniente para que incluyas los dos cuentos que me dices en la
Antología del Cuento Hispanoamericano. El Monólogo de Isabel,
que en realidad es un capítulo que se le cayó a La Hojarasca y que
quedó circulando como cuento gracias a la acuciosidad de Ricardo
Lacham, no tiene compromisos previos. La siesta del martes,
que es mi hijo predilecto, hace parte del volumen de Los Funerales,
que reimprime Sudamericana en julio, pero ya me he apresurado a
decirles que lo publicas con autorización mía, para que no vayan a
poner preso a nadie.
El cuento que te mandó Garcés Larrea
–Alguien desordena estas rosas– salió publicado varias veces
en distintas revistas colombianas, a principios de los años
cincuenta, y no sé de cuál de ellas sacó el recorte. Lo curioso es
que tengo que pedirte un favor: saca una copia y mándamela. Ese
cuento, como otros diez o doce, de muchos de los cuales no recuerdo
ni el título ni la fecha de publicación, es de los primeros que
escribí. Mi contrato con Sudamericana incluye la publicación de un
tomo de esos cuentos primeros, y hace seis meses ando pidiendo datos
a amigos colombianos, para que me ayuden a recopilarlos. Este tomo
no saldrá antes de dos años. Creo que son cuentos muy defectuosos,
simples tentativas, búsquedas de caminos futuros, y no quiero que me
juzguen por ellos. He aceptado que los publiquen con un largo
prólogo mío, lleno de excusas y explicaciones, por una razón que sin
duda es presuntuosa: para que quienes se interesen en mis libros
actuales, conozcan sus antecedentes en esos cuentos.
Estaré en México hasta julio. En ese
mes iré a Buenos Aires, venciendo mi terror al avión, como jurado
del concurso de novela Primera Plana-Sudamericana. De allí me
iré a Barcelona por un año, a escribir dos libros atrasados. Te
mantendré al corriente de mis direcciones. Soy muy mal corresponsal,
pero la idea de que mis amigos no sepan por dónde ando me produce
una rara sensación de desamparo. El año pasado perseguí a Vargas
Llosa durante seis meses por todo el mundo, y al fin lo capturé en
Londres. A qué diablos se debe esta condición errante de los
novelistas latinoamericanos.
Cien Años de Soledad constituye mi
gran esperanza para salir del anonimato en que he estado escribiendo
durante 20 años. Es un monstruo de 500 páginas, en las cuales, según
mis pretensiones, ocurre todo. Tan pronto como salga, Sudamericana
te enviará un ejemplar caliente. Estabas en mi lista antes de que me
escribieras. Creo que quien me dio tu dirección fue José Miguel
Oviedo. O fue Angel Rama?
El próximo paso es El Otoño del
Patriarca. Un libro arriesgado: será el largo monólogo de un
dictador tropical de 123 años, sordo y medio gagá, tratando de
justificarse ante el tribunal revolucionario que lo ha de fusilar al
amanecer, después de 80 años en el poder. Lo arriesgado es que
trataré de exprimir toda la cantidad de poesía que, a mi modo de
ver, hay en este fabuloso [ejemplar] de la mitología
latinoamericana, en su crueldad legendaria, en su infinita soledad.
Confío en poder estructurar el carácter con elementos puramente
líricos, y que al final quede dado el personaje y su medio, en toda
su abominable realidad. Este desafío me tiene entusiasmado, pero no
puedo cumplirlo en México, donde los trabajos forzados me agobian y
donde la vida pública me exaspera. Espero que la costa brava me dé
la tranquilidad que necesito para sacar este disparate.
Confío en que esta larga carta no
parezca una cortina de humo para disimular lo esencial: que no
puedes reimprimir mis libros. Tus planes editoriales me parecen
estupendos. Tengo la impresión de que América Latina, por fin,
empieza a producir suficientes cosas buenas, y en buenas cantidades,
como para que no tengas que lamentar mi negativa. Estoy convencido
de que al cabo de largos años de tentativas, la novela
latinoamericana está dando en el blanco. Ahora sólo falta romper la
absurda incomunicación. Esta carta aspira a ser una pequeña
contribución en ese sentido.
Un inmenso abrazo,
G. García Márquez
▫▫▫▫▫▫▫
Mayo 3
Mi querido Pedro Lastra:
gracias por tu carta y por
el envío del cuento. Poco a poco los voy reuniendo todos: son en
total unos doce.
No te había escrito en espera de una respuesta de
Sudamericana en relación con el cuento que quieres publicar en tu
antología. Te autorizan a reproducir LA SIESTA DEL MARTES, o
cualquier otro de LOS FUNERALES.
Imposible hacer escala en Santiago. Voy México-Bogotá-Lima-Baires,
aunque esto, por supuesto, no sería problema: el caso es que no me
queda un día libre, pues regreso volando a Caracas a una
confrontación de novelistas y críticos que harán allá con motivo del
premio Rómulo Gallegos. No irás por Chile? Sería estupendo
encontrarnos en las barricadas contrarias.
Me sigue conmoviendo el ojo avizor de Latcham: no se le
escapaba nada. Cómo hacía para estar pendiente de todo lo nuevo que
se publicaba?
Un gran abrazo, y hasta la próxima,
Gabriel
▫▫▫▫▫▫▫
Mayo 30
Mi querido Pedro Lastra:
CIEN AÑOS DE SOLEDAD sale a
la calle el 6 de junio.
Quiero pedirte un favor así de grande y así de urgente:
mándale a Paco Porrúa, de la Editorial Sudamericana, una lista muy
precisa de los críticos y gacetilleros que deben recibir ejemplares
anticipados para asegurar un buen lanzamiento de la novela en Chile.
En la lista, por supuesto, te pones tú a la cabeza.
El otro día te mandé la autorización de Sudamericana para
publicar mi cuento en tu antología.
La inminente aparición de la novela me está perforando la
úlcera!
Un enorme abrazo,
Gabriel
▫▫▫▫▫▫▫
26.XII.67, Barcelona
Mi querido Pedro Lastra:
estupendo el estudio sobre
La Hojarasca. Yo nunca entendí por qué ese aspecto sofocliano se le
ha escapado a todos los críticos, si a mí me parecía tan evidente en
la novela. Más aún, en un plan anterior, el cura y el médico debían
ser hermanos, pero luego me pareció que el asunto resultaba algo
melodramático al referirlo a un pueblo latinoamericano.
Hay en la contribución a la bibliografía algunas cosas que
no conozco, y que me gustaría ver. Por ejemplo: lo de Ariel Dorfman;
la crónica de Lachtamn sobre La Mala Hora; lo de Juan Loveluck; lo
de Mario Rodríguez Fernández.
A ti te falta, en cambio, porque tal vez no había aparecido
aún, un excelente estudio de Volkening sobre Cien Años, aparecido en
ECO.
El guión que se empezó a publicar en Letras Nacionales ya
fue filmado en México, bajo la dirección de Arturo Ripstein, y la
película resultó excelente. Y por tanto, un estrepitoso fracaso
comercial. El guion completo lo publicó la revista Bellas Artes de
México, no recuerdo cuándo, pero si tienes modo de pedirlo a México,
te lo mandarán. Me interesa que lo veas, porque de todo lo que
escribí para el cine, es el único donde se ven algunas de mis
obsesiones personales.
Le mandaré a Zapata Olivella, para Letras Nacionales, el
estudio sobre La Hojarasca. Tal vez alcance a salir antes de 10
años, habida cuenta del ritmo en que aparece esa revista.
Cien Años de Soledad ha sido la salvación: gracias a sus
ventas espectaculares, tengo por delante unos años de paz doméstica
que pienso dedicar minuto tras minuto a escribir. Ahora estoy metido
en un cuento que puede ser muy largo y muy divertido, y que llevará
el pretensioso título de “La increíble y triste historia de la
cándida Eréndira, y de su abuela desalmada”. Es, más que nada, un
recurso para calentar motores antes de zambullirme, quién sabe
durante cuánto tiempo, en El Otoño del Patriarca. Después no sé qué
haré.
Barcelona es una ciudad abúlica y tranquila, en la cual
estoy disfrutando del viejo placer del anonimato, que tan necesario
me resulta para escribir.
Un gran abrazo,
Gabriel
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